Enfoque y prioridades

Dallin H. Oaks

Of the Quorum of the Twelve Apostles


Dallin H. Oaks
“Si la información de que se dispone se utiliza de un modo juicioso es mucho más valiosa que la gran cantidad de información que se deja en barbecho”.

Al acercarnos a la conclusión de esta magnífica conferencia, es oportuno preguntarnos qué nos vamos a esforzar por llegar a ser a causa de lo que hemos oído decir a los siervos del Señor.

Somos responsables de nuestros actos y seremos juzgados por la forma en que empleemos lo que hayamos recibido. Ese principio eterno se aplica a todo lo que se nos ha dado. En la parábola de los talentos (véase Mateo 25:14–30), el Salvador enseñó ese principio con respecto a la utilización de lo que nos pertenezca. El principio de la responsabilidad también se aplica a los medios espirituales que se nos han proporcionado en las enseñanzas que hemos recibido y a las valiosas horas y días que se nos han adjudicado durante nuestro tiempo en la vida terrenal.

Deseo examinar la forma en que ese principio de la responsabilidad se aplica a nuestro empleo del mayor tiempo libre y de la información con que contamos en la actualidad.

Debido a la prolongación de las expectativas de vida y a los dispositivos modernos que sirven para ahorrar tiempo, la mayoría de nosotros tenemos mucho más tiempo libre que el que tenían nuestros predecesores. Somos responsables de la forma en que utilicemos ese tiempo. “No desperdiciarás tu tiempo” (D. y C. 60:13) y “cesad de ser ociosos” (D. y C. 88:124), mandó el Señor a los primeros misioneros y miembros. “El tiempo veloz vuela”, dice un himno conocido, “y ya no vuelve más. Viene y sigue adelante, no se detiene jamás. Si cuidado no tenemos, la oportunidad perderemos. De prisa se va la vida, es como si fuese un día” (“Improve the Shining Moments,”Hymns, 1985, Nº; 226).

La importancia del mayor tiempo libre de que disponemos se ha realzado considerablemente gracias a la tecnología moderna de la recuperación de datos. Para bien o para mal, la Internet y los discos compactos han puesto a nuestro alcance inmediato existencias extraordinarias de información, conocimientos e imágenes. Junto con las comidas rápidas, tenemos comunicaciones rápidas y hechos rápidos. El efecto que esos recursos han surtido en algunos de nosotros parece cumplir la profecía del profeta Daniel de que en los Últimos días “muchos correrán de aquí para allá, y la ciencia se aumentará” (Daniel 12:4).

Al tener mucho más tiempo libre y una escala mucho más amplia de posibilidades de emplearlo, es prudente reexaminar los principios fundamentales por los que debemos guiarnos. Si bien las circunstancias temporales cambian, las leyes y los principios eternos que deben guiar lo que escogemos hacer no cambian jamás.

I.

Hay un cuento sencillo y divertido que contiene una advertencia y que me gusta porque es fácil traducirlo a diversos idiomas y culturas.

Dos hombres formaron una sociedad. Construyeron un pequeño cobertizo junto a un transitado camino. Consiguieron un camión que condujeron hasta el campo de cultivo de un agricultor, donde compraron una camionada de melones a un dólar por melón. Condujeron el camión cargado hasta el cobertizo que habían hecho junto al camino, donde vendieron los melones a un dólar cada uno. Volvieron al campo del agricultor y compraron otra camionada de melones a un dólar por melón. Los transportaron hasta el mismo lugar junto al camino, y de nuevo vendieron los melones a un dólar por unidad. Al volver en el camión al campo del agricultor, uno de los socios dijo al otro: “Oye, no estamos ganando mucho dinero en este negocio, ¿no te parece?”. “No, no estamos ganando nada”, le contestó el asociado y agregó: “¿Crees que necesitamos un camión más grande?”.

Nosotros tampoco necesitamos una camionada más grande de información. Al igual que los dos socios del cuento, lo que más necesitamos es un enfoque más claro sobre cómo debemos valorar y utilizar lo que ya tenemos.

Gracias a la tecnología moderna, el contenido de enormes bibliotecas, así como otros medios de información están al alcance inmediato de muchos de nosotros. Algunos deciden pasar innumerables horas curioseando al azar en la Internet, viendo programas insignificantes de televisión o leyendo rápidamente otras fuentes voluminosas de información. ¿Pero con qué fin? Los que se dedican a esos pasatiempos son como los socios del cuento: van de prisa de aquí para allá cada vez con más carga, sin captar la verdad esencial de que no podremos sacar ganancias de nuestro trabajo mientras no comprendamos el verdadero valor de lo que ya tenemos al alcance.

Un poeta describió ese concepto erróneo como un “ciclo interminable”que reporta “conocimiento de palabras e ignorancia de la Palabra”, en lo cual “la sabiduría”se “pierde en el conocimiento”y el “conocimiento”se “pierde en la información” (T. S. Eliot, “Choruses from the Rock”, The Complete Poems and Plays, 1909–1950 [1962], pág. 96).

Tenemos miles de veces más información disponible que la que tuvieron Thomas Jefferson o Abraham Lincoln. Sin embargo, ¿quiénes de nosotros se considerarían mil veces más cultos o más Útiles a nuestros semejantes que ellos? La índole magnífica de lo que esos dos hombres nos dieron --incluidos la Declaración de la Independencia y el Discurso de Gettysburg-- no se puede atribuir a que tenían grandes fuentes de información, puesto que sus bibliotecas eran comparativamente pequeñas segÚn nuestras normas. La virtud de ellos radicó en el empleo juicioso e inspirado de una cantidad limitada de información.

Si la información de que se dispone se utiliza de un modo juicioso es mucho más valiosa que la gran cantidad de información que se deja en barbecho. Yo tuve que aprender esa lección obvia cuando estudiaba abogacía.

Hace más de cuarenta y cinco años, fui por primera vez a una biblioteca de jurisprudencia en la que había cientos de miles de libros de derecho. (Hoy en día una biblioteca de ese tipo contendría millones de páginas adicionales accesibles mediante la recuperación electrónica de datos.) Cuando comencé a preparar el trabajo de investigación que me habían designado, pasé muchos días buscando en cientos de libros el material que necesitaba. No tardé en darme cuenta de la verdad evidente (ya conocida para los investigadores expertos) de que nunca acabaría aquel trabajo dentro del margen de tiempo de que disponía si no enfocaba la investigación al empezar y la detenía oportunamente para tener tiempo de analizar lo que hubiera hallado y redactar mis conclusiones.

Ante el exceso de información de los espléndidos recursos que se nos han dado, debemos comenzar por enfocar lo que deseemos averiguar para que no nos volvamos como los de la conocida profecía referente a la gente de los Últimos días: ”. . .siempre están aprendiendo, y nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad” (2 Timoteo 3:7). Además necesitamos horas de tranquilidad y meditación con oración al procurar transformar la información en conocimiento y el conocimiento maduro en sabiduría.

También debemos enfocar la atención a fin de evitar lo que sea dañino. La abundante información y las imágenes accesibles en la Internet exigen un enfoque nítido y definido, así como autodominio para evitar acceder a la pornografía que es un flagelo cada vez mayor en nuestra sociedad. En el diario Deseret News se comentaba hace poco en un editorial: “Las imágenes que solían esconderse en mostradores apartados ahora son fácilmente accesibles en el computador u ordenador” (21–22 de febrero de 2001, pág. A12). La Internet ha hecho accesible la pornografía a las personas casi sin esfuerzo y muchas veces sin que tengan que salir de la intimidad de su casa. La Internet también ha facilitado las actividades predatorias de adultos que se valen del anonimato y de la accesibilidad de la red para llegar secretamente a los niños con fines malignos. ¡Padres y jóvenes, cuídense de ellos!

Hay muchas referencias del Evangelio en esta fácilmente accesible avalancha de información. Por ejemplo, en el sitio “web”de nuestra Iglesia ahora se puede acceder a todos los discursos de las conferencias generales y a otros artículos de las revistas de la Iglesia de los pasados treinta años. Los maestros pueden bajar grandes cantidades de información sobre cualquier tema. Si un volante está enfocado directamente en el tema de la lección, es muy Útil; pero demasiados volantes pueden restar valor a nuestro esfuerzo por enseñar los principios del Evangelio con claridad y testimonio. Demasiado material complementario empobrecerá en lugar de enriquecer porque hará borroso el enfoque de los alumnos sobre el principio designado y los alejará del procurar con oración aplicar esos principios a ellos mismos.

Nefi enseñó: ”. . .Deleitaos en las palabras de Cristo; porque he aquí, las palabras de Cristo os dirán todas las cosas que debéis hacer” (2 Nefi 32:3). Eso es enfoque. Nefi también dijo de cuando enseñaba las Escrituras: “apliqué todas las Escrituras a nosotros mismos para nuestro provecho e instrucción” (1 Nefi 19:23). Eso es aplicación personal.

Como un ejemplo más de la necesidad de enfocarnos en lo indispensable al emplear para enseñar las grandes fuentes de información del pasado, comparen el valor que tienen hoy en día los consejos que Brigham Young dio a la gente hace ciento cuarenta años con lo que el presidente Hinckley y los demás siervos del Señor nos están diciendo a cada uno, ahora mismo, en esta conferencia. O comparen el valor que tienen para nosotros algunos otros hechos o consejos que se dieron en tiempos ya remotos con lo que dijo el presidente de estaca en la Última conferencia de nuestra estaca o con lo que nos aconsejó el obispo el domingo pasado.

Lo más valioso de eso es la importancia de lo que el Espíritu nos ha indicado anoche o esta mañana con respecto a nuestras necesidades particulares. Cada uno de nosotros debe cuidarse de que la actual abundancia de información no ocupe nuestro tiempo de un modo tan completo que no podamos enfocar la atención para oír y obedecer la voz apacible y delicada que está allí para guiarnos en medio de nuestras propias dificultades de hoy día.

Espero que estas advertencias sobre la necesidad de enfocar las cosas no se interprete como hostil hacia el empleo selectivo de la nueva tecnología que ha puesto a nuestro alcance inmediato tal abundancia de información. Respecto de eso, hago eco a lo que dijo Brigham Young, que indicó:

“Cada descubrimiento en la ciencia y en el arte que sea realmente verdadero y provechoso para la humanidad ha sido concedido por revelación directa de Dios. . . Debemos aprovechar todos esos grandes descubrimientos. . . y dar a nuestros hijos el beneficio de todo segmento de conocimiento Útil, a fin de prepararlos para dar un paso adelante y hacer su parte con eficacia en la gran obra” (Deseret News, 22 de octubre de 1862, pág. 129).

II.

También debemos tener prioridades. Nuestros asuntos prioritarios determinan lo que buscamos en la vida. La mayor parte de lo que se ha enseñado en esta conferencia tiene que ver con el orden de prioridad de las cosas. Confío en que prestemos oídos a esas enseñanzas.

JesÚs enseñó del orden prioritario cuando dijo: “Por tanto, no busquéis las cosas de este mundo, mas buscad primeramente edificar el reino de Dios, y establecer su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (TJS Mateo 6:38). “Buscad primeramente edificar el reino de Dios”significa dar prioridad absoluta a Dios y a Su obra. La obra de Dios es llevar a cabo la vida eterna de Sus hijos (véase Moisés 1:39), y todo lo que esto conlleva en el nacimiento, la crianza, la enseñanza y el sellamiento de los hijos de nuestro Padre Celestial. Todo lo demás está más abajo en el orden de prioridades. Pensemos en esa realidad al reflexionar en algunas enseñanzas y algunos ejemplos del orden de prioridad de las cosas. Como alguien dijo: “Si no hemos escogido primeramente el reino de Dios, al final no importa lo que hayamos escogido en su lugar”.

En cuanto al conocimiento, la máxima prioridad del conocimiento religioso se debe dar a lo que recibimos en el templo. Ese conocimiento se adquiere con las enseñanzas explícitas y simbólicas de la investidura y con la inspiración del Espíritu que recibimos si estamos deseosos de buscar y estamos aptos para percibir la revelación que se nos da en ese sagrado lugar.

Con respecto a los bienes que se poseen, JesÚs enseñó que “la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (Lucas 12:15). Por lo tanto, no debemos hacernos tesoros en la tierra “donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan” (Mateo 6:19). En otras palabras, los tesoros de nuestro corazón --a lo que damos prioridad-- no deben ser lo que las Escrituras llaman “las riquezas [y]. . . las vanidades de este mundo” (Alma 39:14). Las “vanidades del mundo”comprenden cualquier combinación de las cuatro características mundanas de los bienes que se poseen, el orgullo, la prominencia y el poder. En lo que atañe a eso, las Escrituras nos recuerdan que “no las puedes llevar contigo” (Alma 39:14). Debemos andar en busca de la clase de tesoros que las Escrituras prometen a los fieles: “grandes tesoros de conocimiento, sí, tesoros escondidos” (D. y C. 89:19).

Alrededor de nosotros tenemos los buenos ejemplos de los que buscan tesoros permanentes: los que “tienen hambre y sed de justicia” (Mateo 5:6) y ponen el reino de Dios en primer lugar en su vida. Entre los más visibles de esos ejemplos tenemos a los hombres y a las mujeres que dejan a un lado sus actividades seculares e incluso se despiden de sus familiares para servir al Señor en la misión. Decenas de miles de ellos son misioneros jóvenes. Además, tributo un homenaje particular a los que sirven en el campo misional en los años de la madurez, algunos como líderes misionales y otros como matrimonios misioneros. Su servicio notable evidencia aquello a lo que dan prioridad, y su ejemplo admirable es una guía tanto para sus familiares como para todos los que los conocen.

Aquello a lo que damos prioridad es más visible en la forma en que empleamos nuestro tiempo. Alguien ha dicho: “Tres cosas no vuelven jamás: la flecha que se ha lanzado, la palabra que se ha hablado y la oportunidad que se ha perdido”. No podemos reciclar ni guardar el tiempo que se nos adjudica cada día. En lo que respecta al tiempo, sólo tenemos una oportunidad de escoger y luego se va para siempre.

Las decisiones acertadas que tomamos son especialmente importantes en nuestra vida familiar. Por ejemplo, ¿cómo pasan los miembros de la familia su tiempo libre juntos? El pasar tiempo juntos es necesario, pero no es suficiente. Debemos regirnos por un orden de prioridades al emplear el valioso tiempo que damos a nuestras relaciones familiares. Comparemos el efecto del tiempo que se pasa en la misma sala simplemente viendo un programa de televisión con la trascendencia del tiempo que se dedica a la comunicación de unos con otros individualmente y como familia.

Veamos otros ejemplo: ¿Cuánto tiempo dedica la familia a aprender el Evangelio mediante el estudio de las Escrituras y las enseñanzas de los padres en comparación con el tiempo que los miembros de la familia dedican a ver competiciones deportivas, programas de entrevistas o telenovelas? Creo que muchos de nosotros estamos sobrealimentados con espectáculos de mala calidad y mal alimentados con el pan de vida.

Con respecto al orden de prioridades de las decisiones de gran importancia (como por ejemplo, los estudios, la ocupación, el lugar de residencia, el cónyuge o la maternidad), debemos preguntarnos cuál será la consecuencia eterna de esa decisión. Algunas decisiones que parecen convenientes para la vida terrenal tienen riesgos inaceptables para la eternidad. Al tomar todas esas decisiones debemos tener un inspirado orden de prioridades y aplicarlo de manera que nos reporten bendiciones eternas tanto a nosotros como a nuestros familiares.

Entonces, después de haber hecho todo lo que hayamos podido, debemos recordar el sabio consejo y la consoladora aseveración del rey Benjamín, que enseñó: “Y mirad que se hagan todas estas cosas con prudencia y orden; porque no se exige que un hombre corra más aprisa de lo que sus fuerzas le permiten” (Mosíah 4:27).

Los asuntos prioritarios fundamentales de los Santos de los Últimos Días tienen dos aspectos: Primero, procuramos comprender nuestra relación con Dios el Padre Eterno y con Su Hijo Jesucristo, y afianzar esa relación al recibir Sus ordenanzas salvadoras y guardar los convenios que hemos hecho. Segundo, procuramos comprender nuestra relación con nuestros familiares y afianzar esos vínculos al efectuar las ordenanzas del templo y guardar los convenios que hacemos en ese santo lugar. Esos vínculos, afianzados de la manera que he explicado, brindan bendiciones eternas que no se obtienen de ninguna otra manera. Ninguna combinación de ciencias, éxito, posesión de bienes, orgullo, prominencia o poder pueden proporcionar esas bendiciones eternas.

Testifico que esto es verdadero, y testifico de Dios el Padre, cuyo Plan establece el camino, y de nuestro Salvador Jesucristo, cuya expiación hace posible todo. En el nombre de Jesucristo. Amén.