Al rescate

Thomas S. Monson

First Counselor in the First Presidency


Thomas S. Monson
“Hermanos, el mundo tiene necesidad de su ayuda. Hay pies que estabilizar, manos que aferrar, mentes que animar, corazones que inspirar y almas que salvar”.

Esta noche tengo la abrumadora y humilde responsabilidad de dirigirme a ustedes, mis estimados hermanos que poseen el sacerdocio de Dios, y que se encuentran reunidos aquí en el Centro de Conferencias y por todo el mundo.

Algunos de ustedes son diáconos, quizás recién ordenados; otros son sumos sacerdotes que han prestado servicio largo y fiel en llamamientos sagrados. Todos se han reunido a fin de aprender mejor nuestro deber.

Hermanos, el mundo tiene necesidad de su ayuda. Hay pies que estabilizar, manos que aferrar, mentes que animar, corazones que inspirar y almas que salvar. Las bendiciones de la eternidad les aguardan. Tienen el privilegio de no ser espectadores sino participantes en el escenario del servicio del sacerdocio.

El presidente Wilford Woodruff declaró: “Todas las organizaciones del sacerdocio tienen poder. El diácono tiene poder por medio del sacerdocio que posee; igual el maestro. Tienen el poder de ir ante el Señor a fin de que se escuchen y contesten sus oraciones, al igual que lo tiene el profeta. . . Es por medio de este sacerdocio que a los hombres se les confieren ordenanzas, se les perdonan sus pecados y se les redime. Para este propósito se nos ha revelado y sellado sobre nuestra cabeza” 1 .

Una vez escuché a un diácono recién ordenado decir, después de que hubo recibido el Sacerdocio Aarónico: “Hoy es la primera vez que voy a repartir la Santa Cena; casi no puedo esperar. Sé que es una ordenanza muy sagrada, de modo que lo haré con mucho cuidado. Tengo un testimonio verdadero de la Iglesia, y espero ir pronto a servir en una misión”.

Hermanos, permítanme compartir con ustedes una carta que recibí hace algÚn tiempo, escrita por un marido que se había alejado del sendero del servicio y del deber del sacerdocio. Es típica de la sÚplica de muchos de nuestros hermanos. Él escribió:

“Estimado Presidente Monson:

“Tuve tanto y ahora tengo tan poco. No soy feliz y siento como si fuera un fracaso en todo. El Evangelio nunca se ha apartado de mi corazón, a pesar de que ya no lo tenga en la vida. Le ruego sus oraciones.

“Por favor no se olvide de los que estamos acá. . . los Santos de los Últimos Días perdidos. Sé dónde está la Iglesia, pero a veces creo que necesito que alguien más me muestre el camino, me aliente, me quite mis temores y me dé su testimonio”.

Mientras leía esa carta, mis pensamientos se remontaron a una visita a unas de las grandes galerías de arte del mundo, el famoso Museo Victoria y Alberto, de Londres, Inglaterra. Allí, exquisitamente enmarcada, estaba una obra maestra que Joseph Mallord William Turner pintó en 1831. En la pintura se aprecian nubes tenebrosas y la furia de un mar turbulento que augura peligro y muerte. A lo lejos se divisa la luz de un barco encallado. En primer plano, está un bote salvavidas al que lanzan a lo alto las olas de agua espumosa. En la playa está una esposa y dos niños, empapados por la lluvia y azotados por el viento; miran ansiosos hacia el mar. Mentalmente abrevié el nombre de la pintura; para mí se llamaba “Al rescate”.

En medio de las tormentas de la vida acecha el peligro; y los hombres, al igual que los barcos, se encuentran encallados y frente a la destrucción. ¿Quién tripulará los barcos salvavidas, para dejar atrás las comodidades del hogar y de la familia, e irá al rescate?

El presidente John Taylor nos advirtió: “Si no magnificáis vuestros llamamientos, Dios os hará responsables de aquellos que pudisteis haber salvado si sólo hubierais cumplido con vuestro deber” 2 .

Hermanos, nuestra tarea es insuperable. Estamos en la obra del Señor, y por lo tanto, tenemos derecho a la ayuda de él. Pero debemos esforzarnos. De la obra teatral Shenandoah proviene la siguiente línea que sirve de inspiración: “Si no lo intentamos, no lo haremos; si no lo hacemos, ¿para qué, entonces, estamos aquí?”.

Cuando el Maestro ministró entre los hombres, dijo a los pescadores de Galilea que dejaran sus redes y le siguieran, declarándoles: ”. . .os haré pescadores de hombres” 3 . Y así lo hizo. Esta noche él hace el llamado a cada uno de nosotros de unirnos a las filas 4 . Él nos proporciona el plan de batalla con Su amonestación: “Por tanto, aprenda todo varón su deber, así como a obrar con toda diligencia en el oficio al cual fuere nombrado” 5 .

Aprecio y atesoro la noble palabra deber. Demos oído al conmovedor recordatorio que se encuentra en la epístola de Santiago: “Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos” 6 .

Hay una antigua canción de mi generación que se intitula: “El sólo desearlo lo hará realidad”. Eso no es verdad. El sólo desearlo no lo hará realidad. El Señor espera nuestro razonamiento; nuestra acción; nuestro trabajo; nuestros testimonios; nuestra devoción. Lamentablemente, hay aquellos poseedores del sacerdocio que se han vuelto menos activos. Ayudémosles a volver al sendero que conduce a la vida eterna. Edifiquemos esa firme base del Sacerdocio de Melquisedec que será el fundamento de la actividad y del progreso de la Iglesia; será el puntal que fortalecerá toda familia, todo hogar, todo quórum de todo país.

Hermanos, podemos tender una mano de ayuda a aquellos de los que somos responsables y traerlos a la mesa del Señor para deleitarse en Su palabra y disfrutar la compañía de Su Espíritu, y no ser “extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios” 7 .

El transcurso del tiempo no ha alterado la capacidad del Redentor para cambiar la vida de los hombres, nuestra vida y la vida de aquellos con quienes trabajamos. Tal como le dijo a Lázaro, el muerto, así nos dice hoy: “Ven” 8 . Sal de la desesperación de la duda; sal de la aflicción del pecado; sal de la muerte de la incredulidad; sal a una nueva vida. Ven.

Descubriremos que aquellos a quienes servimos, que a través de nuestra labor han sentido la influencia del amor del Salvador, por alguna razón no pueden explicar el cambio que se efectÚa en sus vidas. Tienen el deseo de servir con más fidelidad, caminar con más humildad y vivir más como el Salvador. Después de recibir su vista espiritual y vislumbrar las promesas de la eternidad, hacen eco a las palabras del hombre ciego a quien JesÚs le restauró la vista, que dijo: “una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo” 9 .

¿Cómo podemos explicar esos milagros? ¿A qué se debe el aumento en la actividad espiritual de hombres que por tanto tiempo habían sido menos activos? El poeta, al hablar de la muerte, escribió: “Dios tocó al hombre, y durmió” 10 . Yo digo, al hablar de este nuevo nacimiento, “Dios tocó a los hombres, y despertaron”.

Hay dos razones fundamentales que en gran parte son responsables de estos cambios de actitud, de hábitos, de acciones. Primero, el hombre ha demostrado sus posibilidades eternas y ha tomado la decisión de lograrlas. El hombre ya no puede sentirse conforme con la mediocridad una vez que la excelencia esté a su alcance.

Segundo, otros hombres han seguido la admonición del Salvador y han amado a su prójimo como a sí mismos, han ayudado a realizar los sueños y las ambiciones de su prójimo.

En este proceso, el catalizador ha sido, y continuará siendo, el principio del amor.

Otro principio de verdad que nos guiará en nuestra determinación es que los muchachos y los hombres pueden cambiar. Recuerdo las palabras del guardián de una prisión que enseñó este principio. Un difamador que se enteró de los esfuerzos del guardián Duffy para rehabilitar a los hombres, dijo: “¿No sabe que los leopardos no pueden cambiar sus manchas?”.

El guardián Duffy respondió: “Sepa usted que no trabajo con leopardos. Trabajo con hombres, y los hombres cambian todos los días”.

Hace muchos años, antes de partir como presidente de la Misión Canadiense, con sede en Toronto, Ontario, había entablado amistad con un hombre que se llamaba Shelley, que vivía en el barrio, pero que no había abrazado el Evangelio, no obstante que su esposa e hijos sí lo habían aceptado. A Shelley se le había conocido como el hombre más fuerte del lugar cuando era joven; era un gran boxeador, aunque sus luchas raras veces eran en el cuadrilátero, sino en otro lado. Por más que me esforcé, no pude cambiar la actitud de Shelley; todo parecía ser en vano. Con el tiempo, Shelley y su familia se mudaron de nuestro barrio.

Después de volver de Canadá y de que fui llamado a integrar los Doce, recibí una llamada telefónica de Shelley; me dijo: “¿Podría sellar a mi esposa y a mí y nuestra familia en el Templo de Salt Lake?”.

Vacilante, le contesté: “Shelley, primero hay que hacerse miembro de la Iglesia”.

Se rió y respondió: “Me encargué de eso cuando usted estuvo en Canadá. Mi maestro orientador trabaja en un cruce de peatones escolar, y todos los días, cuando nos poníamos a charlar, hablábamos del Evangelio”.

Se efectuaron los sellamientos; se unió a una familia, y se sintió el gozo.

Abraham Lincoln ofreció este sabio consejo, el cual se aplica a los maestros orientadores: “Si deseas que un hombre esté a tu favor, primero convéncelo de que eres su amigo sincero” 11 .

Un amigo hace más que una visita por compromiso cada mes; un amigo se preocupa más acerca de la gente que de recibir méritos por haber cumplido con su obligación; un amigo demuestra interés; un amigo ama; un amigo escucha y un amigo hace lo posible por ayudar.

Hay hermanos en todos los barrios que parecen tener la aptitud y la habilidad especial de penetrar la corteza exterior y llegar al corazón. Uno de ellos era Raymond L. Egan, que fue mi consejero en el obispado. A él le encantaba hacerse amigo de un padre de familia para activarlo en la Iglesia y de ese modo también traer al redil a su esposa e hijos queridos. Este maravilloso fenómeno se repitió muchas veces, hasta que el hermano Egan salió de esta vida.

Hay también otras maneras mediante las cuales podríamos elevar y servir. En una ocasión, conversaba con un hombre de negocios jubilado al que conocía desde hacía mucho tiempo. Le pregunté: “Ed, ¿qué puesto tienes en el barrio?” Respondió: “Tengo la mejor asignación del barrio. Mi responsabilidad es ayudar a los desempleados a encontrar trabajo permanente. Este año ayudé a doce hermanos que estaban sin trabajo a encontrar empleo permanente. Nunca me he sentido tan feliz”. Corto de estatura, el “petizo Ed”, como lo llamamos cariñosamente, me pareció muy alto ese día, al hablarme con la voz entrecortada y los ojos hÚmedos. Él demostraba su amor ayudando a los necesitados; él restauraba la dignidad humana; él abría puertas para aquellos que no sabían hacerlo para sí mismos.

Creo firmemente que los que hacen lo posible por ayudar y edificar han encontrado la fórmula que bien describe al hermano Walter Stover, un hombre que dedicó su vida al servicio de los demás. En el funeral del hermano Stover, su yerno le rindió tributo con estas palabras: “Walter Stover tenía la habilidad de ver a Cristo en cada rostro que encontraba, y trataba a cada persona de acuerdo con ello.”Sus actos caritativos son legendarios así como lo es su talento para elevar a todas las personas a las que conocía. Su luz guiadora era la voz del Maestro que decía: “en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos. . . a mí lo hicisteis” 12 .

Hermanos, adquieran el lenguaje del Espíritu; no se aprende en libros escritos por hombres de letras ni por medio de la memorización ni la lectura. El lenguaje del Espíritu lo aprende aquel que procura con todo su corazón conocer a Dios y obedecer Sus mandamientos. La capacidad para “hablar”ese idioma permite que se rompan barreras, se superen obstáculos y se llegue al corazón humano.

En un momento de peligro o de prueba, ese conocimiento, esa esperanza, esa comprensión llevan consuelo a la mente preocupada y al corazón atribulado. Las sombras del desaliento se ven desvanecidas por rayos de esperanza; el pesar da paso al gozo, y la sensación de encontrarse perdido en la vida desaparece ante la seguridad de que nuestro Padre Celestial se interesa en cada uno de nosotros.

Para concluir, vuelvo a la pintura de Turner. En un sentido muy real, las personas que quedaron abandonadas en el barco que quedó encallado en el tempestuoso mar son como muchos jóvenes --y hombres mayores también-- que esperan ser rescatados por aquellos de nosotros que poseemos la responsabilidad del sacerdocio de tripular los botes salvavidas. Sus corazones anhelan ayuda. Las madres y los padres oran por sus hijos; las esposas y los hijos suplican al cielo que su padre y otros sean rescatados.

Esta noche ruego que todos los que poseemos el sacerdocio podamos percibir nuestras responsabilidades y, unidos, sigamos a nuestro Líder, sí, el Señor Jesucristo, y a Su Profeta, el presidente Gordon B. Hinckley, para ir al rescate.

En el nombre de Jesucristo. Amén.

Mostrar referencias

  1.  

    1. “El llamamiento a servir”, Liahona, enero de 2001, pág. 57).

  2.  

    2. “Llamados a servir”, Liahona, julio de 1996, pág. 46.

  3.  

    3. Mateo 4:19.

  4.  

    4. “Somos los soldados”, Himnos, pág. 162.

  5.  

    5. D. y C. 107:99.

  6.  

    6. Santiago 1:22.

  7.  

    7. Efesios 2:19.

  8.  

    8. Juan 11:43.

  9.  

    9. Juan 9:25.

  10.  

    10. Alfred, Lord Tennyson, In Memoriam, A. H. H., sección 85, estrofa 5, línea 4; ortografía modificada.

  11.  

    11. The Collected Works of Abraham Lincoln, ed. Roy P. Basler, 8 tomos, 1953, tomo 1, pág. 273.

  12.  

    12. Mateo 25:40.