“Velad conmigo”

Henry B. Eyring

Of the Quorum of the Twelve Apostles


Henry B. Eyring
“Conforme cuiden a Sus ovejas, el amor que sientan por él aumentará, y eso incrementará su confianza y valor”.

Estoy agradecido por el honor de hablar en nombre del Señor a los pastores de Israel. Eso es lo que somos. Cuando aceptamos el sacerdocio, tomamos sobre nosotros la responsabilidad de hacer lo que estuviese a nuestro alcance por velar por la Iglesia. Ninguno de nosotros puede eludir esa responsabilidad. El presidente del sacerdocio en toda la tierra lleva toda la responsabilidad. Mediante las llaves del sacerdocio, cada quórum lleva una porción de esa responsabilidad; incluso el diácono más nuevo en el lugar más distante de la tierra tiene parte en la gran responsabilidad de velar por la Iglesia.

Escuchen estas palabras de Doctrina y Convenios: “Por tanto, ocupe cada hombre su propio oficio, y trabaje en su propio llamamiento; y no diga la cabeza a los pies que no tiene necesidad de ellos; porque sin los pies, ¿cómo podrá sostenerse el cuerpo?” Luego, el Salvador incluso agrega a los diáconos en Su lista de asignaciones: “los diáconos y los maestros deben ser nombrados para velar por la iglesia y para ser sus ministros residentes” (D. y C. 84:109, 111).

Ruego poder explicar esta sagrada confianza de tal modo que incluso el diácono más nuevo y el converso ordenado más recientemente comprendan esta oportunidad. En muchas partes de las Escrituras, el Señor se ha descrito a sí mismo y a aquellos que llama al sacerdocio como pastores. Un pastor cuida sus ovejas. En los relatos de las Escrituras, las ovejas están en peligro; necesitan protección y alimento. El Salvador nos amonesta que debemos cuidar las ovejas de la misma manera que él lo hace. Él dio Su vida por ellas; le pertenecen a él. Nosotros no podemos ofrecer el mismo nivel de cuidado que él si, como siervos asalariados, damos cuidado sólo cuando sea conveniente y sólo por una recompensa. Ésta es la norma del Señor:

“Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas.

“Mas el asalariado, y que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, ve venir al lobo y deja las ovejas y huye, y el lobo arrebata las ovejas y las dispersa” (Juan 10:11–12).

Los miembros de la Iglesia son las ovejas; son de él y él nos llama a nosotros para cuidarlas. Debemos hacer más que simplemente prevenirlas del peligro; debemos alimentarlas. Para prevenirlas del peligro espiritual y alimentarlas con alimento espiritual se necesita fe y generosidad. Una vez, hace mucho tiempo, el Señor le mandó a Su profeta reprender a los pastores de Israel. Ésta es la amonestación, que aÚn está en vigor, en las palabras del profeta Ezequiel:

“Vino a mí palabra de Jehová, diciendo:

“Hijo de hombre, profetiza contra los pastores de Israel. . . y dí a los pastores: Así ha dicho Jehová el Señor: ¡Ay de los pastores de Israel, que se apacientan a sí mismos! ¿No apacientan los pastores a los rebaños? (Ezequiel 34:1–2).

El alimento que esos pastores tomaron para sí mismos, dejando que las ovejas pasaran hambre, podría ser la salvación para las ovejas. Uno de los grandes pastores del Libro de Mormón describió lo que es ese alimento y cómo se puede conseguir.

“Y después que habían sido recibidos por el bautismo, y el poder del Espíritu Santo había obrado en ellos y los había purificado, eran contados entre los del pueblo de la iglesia de Cristo; y se inscribían sus nombres a fin de que se hiciese memoria de ellos y fuesen nutridos por la buena palabra de Dios, para guardarlos en el camino recto, para conservarlos continuamente atentos a orar, confiando solamente en los méritos de Cristo, que era el autor y perfeccionador de su fe” (Moroni 6:4).

Es doloroso imaginar a un pastor alimentándose a sí mismo y dejar que las ovejas pasen hambre. Sin embargo, con mis propios ojos he visto muchas veces un pastor que alimentó a su rebaño. Uno era el presidente de un quórum de diáconos. Uno de los miembros de su quórum vivía cerca de mi casa. Ese muchacho vecino nunca había asistido a una reunión de quórum ni había hecho nada con los miembros del quórum. Su padrastro no era miembro y su madre no asistía a la Iglesia.

Un domingo por la mañana, la presidencia de su quórum de diáconos se reunió en consejo. Cada semana, un buen asesor y maestro les nutría por la buena palabra de Dios. En la reunión de presidencia, esos pastores de trece años de edad recordaban al muchacho que nunca asistía; hablaban en cuanto a lo mucho que él necesitaba lo que ellos recibían. El presidente asignó a su consejero a ir en busca de la oveja errante.

Yo conocía al consejero y sabía que era tímido y lo difícil de la situación, de modo que observé con asombro a través de mi ventana a medida que el consejero pasaba lentamente por mi casa, en camino a la casa del muchacho que nunca iba a la Iglesia. El pastor llevaba las manos en los bolsillos; la mirada fija en el suelo. Caminaba lentamente, tal como uno lo haría si no estuviera seguro de que deseara llegar al lugar al que se dirige. En más o menos veinte minutos, volvía por el mismo camino, con el diácono perdido a su lado. Esa escena se repitió varios domingos; luego, el muchacho que había estado perdido y habían encontrado, se mudó.

Ahora bien, ese relato no parece tener nada de extraordinario; eran tan sólo tres muchachos sentados en un cuarto alrededor de una mesa; luego, era un muchacho que caminaba por una calle y regresaba con otro muchacho. Pero años más tarde, me encontraba en una conferencia de estaca, a gran distancia del cuarto donde se había reunido en consejo esa presidencia. Se me acercó un hombre de cabello cano y me dijo en voz queda: “Mi nieto vivió en su barrio hace algunos años”. Con ternura, me contó acerca de la vida del muchacho; luego me preguntó si podría encontrar a aquel diácono que había hecho el lento recorrido por aquella calle hacía tanto tiempo. Se preguntaba si yo podría agradecerle y decirle que su nieto, para entonces un hombre, aÚn se acordaba.

Él recordaba porque en esas cuantas semanas, él reconocía que, por primera vez en su vida, había estado bajo el cuidado de los pastores de Israel. Había sido amonestado al escuchar verdades eternas de personas que se preocupaban por él. Se le había ofrecido el pan de vida. Y los jóvenes pastores habían sido fieles a la confianza del Señor.

No es fácil aprender a tenerla y hacerlo de manera constante. El Salvador nos mostró cómo hacerlo, y cómo capacitar a los demás para hacerlo. Él estableció Su Iglesia. Tuvo que dejar Su Iglesia en manos de siervos inexpertos, como lo somos muchos de nosotros. Él sabía que ellos confrontarían dificultades que sobrepasarían sus poderes humanos para resolverlas. Lo que él hizo por ellos puede ser una guía para nosotros.

Cuando el Salvador fue al Jardín de Getsemaní a sufrir la amarga agonía antes de la traición y los sufrimientos en la cruz, pudo haber ido solo; pero llevó consigo a Sus siervos en el sacerdocio. Éste es el relato de Mateo: “Entonces JesÚs les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo” (Mateo 26:38; cursiva agregada).

El Salvador oró a Su Padre para recibir fortaleza. En medio de Su agonía, él volvió a Pedro para enseñarle lo que se requiere de todos aquellos que velaran con él:

“Vino luego a sus discípulos, y los halló durmiendo, y dijo a Pedro: ¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora?

“Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil” (Mateo 26:40–41).

Hay un sentimiento de consuelo y de amonestación en esas simples palabras del Maestro hacia Sus pastores. Él vigila con nosotros; él, que ve todas las cosas, cuyo amor es infinito y quien nunca duerme, vigila con nosotros. Él sabe lo que las ovejas necesitan en todo momento. Él nos lo hace saber por el poder del Espíritu Santo y las envía a nosotros. Y mediante el sacerdocio, nosotros podemos invitar Su poder para que las bendiga.

Pero la amonestación que hizo a Pedro también la hace a nosotros. El lobo que mataría a las ovejas ciertamente atacará al pastor. Por eso, debemos cuidarnos a nosotros así como a los demás. Como pastores, seremos tentados a pecar un poco, pero el pecado en cualquiera de sus formas ofende al Espíritu Santo. No hagan nada o vayan a ningÚn lugar que ofenda al Espíritu; no pueden arriesgarse a hacerlo. En caso de que el pecado les hiciese caer, ustedes no sólo serían responsables de sus propios pecados sino de la aflicción que podrían haber evitado en la vida de los demás si ustedes hubiesen sido dignos de escuchar y obedecer los susurros del Espíritu. El pastor debe ser capaz de escuchar la voz del Espíritu y de hacer bajar los poderes del cielo o fracasará.

La amonestación que se dio a un antiguo profeta lo es también para nosotros:

“A ti, pues, hijo de hombre, te he puesto por atalaya a la casa de Israel, y oirás la palabra de mi boca, y los amonestarás de mi parte.

“Cuando yo dijere al impío: Impío, de cierto morirás; si tÚ no hablares para que se guarde el impío de su camino, el impío morirá por su pecado, pero su sangre yo la demandaré de tu mano” (Ezequiel 33:7–8).

La pena del fracaso es grande, pero el Señor le enseñó a Pedro cómo edificar el fundamento para el éxito. Él repitió tres veces un sencillo mensaje; de que el amor por el Señor se anidaría en el corazón de un verdadero pastor. Éste es el relato:

“Simón Pedro: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos? Le respondió: Sí, Señor; tÚ sabes que te amo. El le dijo: Apacienta mis corderos. Volvió a decirle la segunda vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro le respondió: Sí, Señor; tÚ sabes que te amo. Le dijo: Pastorea mis ovejas. Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? Y le respondió: Señor, tÚ lo sabes todo; tÚ sabes que te amo. JesÚs le dijo: Apacienta mis ovejas” (Juan 21:17).

El amor es lo que debe motivar a los pastores de Israel. Al principio podrá parecer difícil, porque tal vez ni siquiera conozcamos bien al Señor, pero si comenzamos con siquiera un granito de fe en él, el servicio que prestemos a las ovejas aumentará nuestro amor por el Señor. Proviene de las cosas sencillas que todo pastor debe hacer. Oramos por las ovejas, por cada una de quien somos responsables. Cuando preguntamos: “¿Podrías decirme quién me necesita?”, se recibirán respuestas. Acudirá a nuestra mente una cara o un nombre; o tal vez tengamos un encuentro fortuito con alguien, cuando sabemos que no lo es. En esos momentos, sentiremos el amor del Salvador por ellos y por nosotros. Conforme cuiden a Sus ovejas, el amor que sientan por él aumentará, y eso incrementará su confianza y valor.

Tal vez estén pensando: “No es tan fácil para mí; tengo tantas personas a quienes cuidar, y tengo tan poco tiempo para hacerlo”. Pero cuando el Señor llama, él prepara el camino, Su camino. Hay pastores que creen en eso. Les contaré acerca de uno.

Hace dos años, se llamó a un hombre como presidente de su quórum de Élderes. Hacía menos de diez años que era miembro de la Iglesia y apenas había logrado ser digno de ser sellado a su esposa y familia en el templo. Su esposa era inválida; tenían tres hijas. La mayor tenía trece años y preparaba las comidas y, con la ayuda de los demás, estaba al cuidado de la casa. Los escasos ingresos por el trabajo manual que él desempeñaba sostenían no sólo a esas cinco personas, sino a un abuelo, que vivía con ellos en la pequeña casa.

Cuando se le llamó para ser presidente del quórum de Élderes, tenía 13 miembros. Ese pequeño quórum era responsable de otros 101 hombres que, o no poseían el sacerdocio, o eran diáconos, maestros o presbíteros. El tenía la responsabilidad de velar por las almas de 114 familias, con pocas esperanzas de que pudiese dedicar a la obra más que los domingos y quizás una noche a la semana debido a todo lo que tenía que hacer por su propia familia.

La dificultad de lo que le esperaba lo hizo ponerse de rodillas a orar. Luego, se puso de pie y se puso a trabajar. En sus esfuerzos por saber quiénes eran sus ovejas y llegar a conocerlas, sus oraciones fueron contestadas en una forma que él no esperaba. Empezó a ver más allá de la persona individual; llegó a saber que el propósito que el Señor tenía para él era para edificar familias. E incluso con su limitada experiencia, sabía que la forma de edificar familias era ayudarlas a hacerse dignas de hacer y de guardar los convenios del templo.

Empezó a hacer lo que siempre hace un buen pastor, pero lo hizo de modo diferente cuando vio que el templo era el lugar al que debían llegar. Oró para saber quiénes habrían de ser sus consejeros, que le acompañarían, y luego oró para saber cuáles familias le necesitaban y habían sido preparadas.

Visitó a cuantas personas le fue posible; algunos le trataron fríamente y no aceptaron su amistad, pero con aquellos que sí lo hicieron, siguió un modelo. Tan pronto como detectaba interés y confianza, los invitaba a reunirse con el obispo, a quien de antemano le había pedido lo siguiente: “Por favor dígales lo que se necesita para ser dignos de ir al templo a reclamar sus bendiciones para sí mismos y sus familias. Y luego testifíqueles, como yo lo he hecho, que valdrá la pena”.

Algunos aceptaron la invitación del presidente del quórum para recibir una clase de preparación para el templo, que enseñarían los líderes de la estaca. No todos terminaron el curso ni todos reunieron los requisitos para asistir al templo, pero se oró por cada familia y por cada padre. A la mayoría se invitó por lo menos una vez a una reunión donde se habló de la buena palabra de Dios. Con cada invitación se recibió el testimonio del presidente sobre las bendiciones del ser una familia sellada para siempre, y de la tristeza de estar separados. Cada invitación se extendió con el amor del Salvador.

Durante el servicio que prestó, el presidente había visto a 12 de los hombres que enseñó ser ordenados Élderes; había visto a cuatro de sus Élderes ser ordenados sumos sacerdotes. Esas cifras no revelan el grado verdadero de ese milagro. Las familias de esos hombres serán bendecidas a través de las generaciones. Los padres y las madres están ahora sellados el uno al otro y a sus hijos; está orando por sus hijos, recibiendo la ayuda de los cielos, y enseñando el Evangelio con el amor y la inspiración que el Señor concede a los padres fieles.

Ese presidente y sus consejeros se han convertido en verdaderos pastores; han velado por el rebaño con el Maestro y han llegado a amar al Señor. Son testigos oculares de la verdad que el Salvador enseñó al apóstol Thomas B. Marsh; es verídica para todos aquellos que, con el Señor, velan por Sus ovejas:

“Sigue tu camino, doquier que sea mi voluntad, y el Consolador te indicará lo que has de hacer y a dónde has de ir.

“Ora siempre, para que no entres en tentación y pierdas tu galardón.

“Sé fiel hasta el fin y, he aquí, estoy contigo. Estas palabras no son de hombre ni de hombres, sino mías, sí, de Jesucristo, tu Redentor, por la voluntad del Padre. Amén” (D. y C. 31:11–13).

Testifico que Dios el Padre vive y contesta nuestras oraciones. Soy testigo de que el amoroso Salvador vela por Sus ovejas con Sus fieles pastores.

En el nombre de Jesucristo. Amén.