"No tengas miedo, porque más son los que están con nosotros"

G. Larsen


"No estamos solos en esta sagrada responsabilidad de ser padres, de amar a nuestros hijos y dirigirlos. No hay mayor regocijo que eso y merece todo sacrificio".

Como padres y líderes de la juventud, podría resultarnos fácil perder la fe y retorcernos las manos de preocupación por ellos y por el mundo en que están viviendo.

Los sucesos actuales no son nuevos, pero tampoco carecen de esperanza. Cuando Enoc era el profeta, los cielos lloraron por la iniquidad del mundo (véase Moisés 7:28 –37). No cabe la menor duda de que los cielos lloran hoy día.

El profeta Eliseo se vio rodeado por todo el ejército sirio que iba resuelto a matarlo, pero tranquilizó a su preocupado y único compañero que se sentía alarmado ante el numeroso enemigo al decirle que, cuando estamos del lado del Señor, sea cual sea el número o el poder del mundo, somos la mayoría. Testifico que las consoladoras palabras de Eliseo a su joven amigo siguen siendo ciertas hoy en día: ". . .más son los que están con nosotros que los que están con ellos" (2 Reyes 6:16). El Señor rodeará y protegerá a nuestros jóvenes con carros de fuego, como lo hizo para Eliseo, los cuales consisten en los padres, los abuelos, las tías, los tíos, los vecinos, los líderes y los amigos que los aman y los guiarán.

Los últimos cuatro años he estado sumergida en la obra de las Mujeres Jóvenes. Al viajar por todo el mundo y conversar con ellas, nos enteramos en cierto grado de sus esperanzas, sus sueños, sus temores y desilusiones. Hago eco a las palabras del presidente Hinckley: ". . .ésta es la mejor generación que ha tenido la Iglesia" (Church News, 15 de febrero de 1997, pág. 3). En general, estos jóvenes, con valentía y energía, defienden el bien y la decencia.

Pero aunque son firmes y buenos, nuestros jóvenes necesitan nuestra ayuda. Y hay ayuda a la mano: El programaProgreso Personal de las Mujeres Jóvenes, elSacerdocio Aarónico: Cumplir nuestro deber a Dios,laGuía para padres y líderes de la juventudy la edición revisada dePara la fortaleza de la juventudservirán tanto a los padres como a los líderes para ayudar a los jóvenes de forma activa y directa a permanecer firmes ante la decadente moralidad. Nuestros jóvenes quieren más que tan sólo proveedores de las cosas temporales: anhelan personas que los amen y los guíen.

Una parte muy importante del quererlos es escucharlos. Sé lo que es que a uno le escuchen porque yo tuve esa bendición.

Solía ayudar a mi padre en la granja. No siempre disfrutaba de esa faena, pero cuando llegaba la hora del almuerzo, nos sentábamos a la sombra de los álamos a comer y a charlar. Mi padre no se valía de aquellos momentos propicios a la enseñanza para establecerme reglamentos ni rectificar mi proceder. Sencillamente conversábamos de cualquier cosa y de todo.

Era la ocasión en que podía hacerle preguntas. Me sentía tan segura que incluso podía hacerle preguntas que hubiesen podido irritarle. Recuerdo haberle preguntado: "Papá, ¿por qué me avergonzaste delante de mis amigos la semana pasada cuando me quedé con ellos hasta muy tarde y fuiste a buscarme?".

La respuesta que me dio refleja otro aspecto del amor paternal. No había sido su intención ser arbitrario; había ciertas normas de conducta que se esperaba yo respetase. Me dijo: "Lo tarde que era y que tú no llegaras me preocupó. Lo que más deseo es que estés sana y salva". Y comprendí que su cariño por mí era más fuerte que sus deseos de dormir y que la inconveniencia de vestirse y salir a buscarme.

Ya sea en el campo o en cualquier otro lugar y ocasión, en momentos como ésos, se estrechan lazos para otras oportunidades que quizá no sean tan ideales ni tan serenas. La relación permanece intacta gracias a esa inversión de tiempo y trato mutuo, a pesar de la estricta doctrina y la corrección, o quizás a causa de ello.

El amor es escuchar a los jóvenes cuandoellosestán listos para hablar, ya sea a medianoche, a las seis de la madrugada, camino a seminario, o en medio de ocupaciones y quehaceres. Habrán visto el anuncio de la Iglesia en la televisión en el que se ve un dormitorio a oscuras. Se abre la puerta y entra una niñita con un libro debajo del brazo; se dirige hacia su padre que está profundamente dormido y le pregunta: "Papá, ¿me lees un cuento?". El padre, sin abrir los ojos, dormido, le dice entre dientes: "Queridita, papá tiene mucho sueño; pregúntale a mamá". La pequeña se dirige a la madre que también duerme y le pregunta: "Mami, ¿puede papá leerme un cuento?". Entonces el padre despierta del todo y, en la próxima escena, se ven los tres juntos y al padre leyendo el cuento.

El dar cariño puede manifestarse de modo natural, pero el ser líder es una técnica cultivada que tal vez no tomemos con seriedad suficiente. Guiamos por el ejemplo de la forma más poderosa de todas, y el peso de esa responsabilidad es muy grande tanto para los padres como para los líderes de los jóvenes.

¿Distinguen nuestros jóvenes, por la forma en que vivimos, en que hablamos y oramos que amamos al Señor? ¿Saben que su Padre Celestial es un Dios de amor por el modo como se sienten cuando están con nosotros? ¿Se sienten ellos seguros de que no seremos llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por las estratagemas de la presión social y de la aceptación del mundo? (véase Efesios 4:14).

Si vamos a dirigir con rectitud, no puede haber asomo de duda con respecto a nuestro código de valores. Las pequeñas ambivalencias de nuestra parte pueden producir grandes incertidumbres en nuestros jóvenes.

A veces me pregunto si nosotras, las madres, no seremos las que hacemos que nuestros hijos sientan la presión de ser populares y aceptados. El cambiar nuestros deseos a fin de que nuestras normas sean las del Señor envía un mensaje claro de que en el reino del Señor no hay desigualdad de criterios.

Después del discurso que el presidente Hinckley dirigió a la juventud en noviembre del año pasado, una joven comentó a su madre que su líder de las Mujeres Jóvenes se había quitado el segundo par de aretes que antes usaba. Estos observadores jóvenes se fijan en esas cosas: se fijan en cuán cortos son susshortsy en si han tenido que ajustar la blusa que llevan puesta; se fijan en la ropa que usan (o que no usan) cuando trabajan en el jardín; se fijan en la película que van a entrar a ver en el cine.

Hemos hecho convenios con el Señor y el ser líderes suele poner a prueba el nivel de nuestro cometido a esos convenios.

Una madre joven dijo: "Cuesta muchísimo tiempo y energías ser una buena madre. Es más fácil dejar que mis hijos se queden dormidos delante del televisor mientras recojo la casa y acostarlos después que leerles las Escrituras, orar con ellos, leerles cuentos y luego ponerlos en la cama. Pero ellos esperan deseosos ese ritual vespertino y sé que esa inversión, incluso cuando estoy demasiado cansada, reportará dividendos eternos". El ser líderes constantes influye en nuestros jóvenes para que tomen decisiones acertadas y, a la vez, nuestra confianza en ellos aumenta.

Recuerdo que cuando tenía yo dieciséis años oí por casualidad a mi madre hablar con mi padre. Ella estaba inquieta por algunas cosas que yo escogía hacer. No es que yo fuese culpable de ningún pecado más serio que el de la inmadurez de la juventud, pero mi madre estaba preocupaba. Lo que mi padre le dijo me produjo una enorme impresión: "No te preocupes", le afirmó a mamá, "confío en Sharon y sé que ella hará lo correcto". Aquellas horas en la granja tuvieron su recompensa en aquel momento. Desde entonces en adelante, mis vínculos se estrecharon con mis amorosos padres que confiaban en mí.

Una de las pruebas más grandes para padres y líderes es querer a quien parece ser una persona odiosa. Eso es difícil, pues pone a prueba toda nuestra paciencia y capacidad de amar incondicionalmente. Cuando padres desconsolados suplican pidiendo ayuda, esa ayuda la brindan ángeles que son los tíos, las tías, las abuelas o los abuelos, los buenos amigos y los líderes que rodean a nuestro ser querido. Ellos pueden reforzar nuestro mensaje y poner a ese hijo en el camino por el que hemos estado orando.

El amar con prudencia y el dirigir con un objetivo pondrá atajo a la iniquidad al preparar a la nueva generación para el placer inefable del ser padres. Nunca olvidaremos la alegría de cuando nuestro hijo de doce años sirvió por primera vez la Santa Cena o cuando oímos su voz al pronunciar la oración sacramental. ¿Cómo explicar lo que se siente cuando nuestra hija da su testimonio del Salvador o cuando la vemos recibir el medallón de Reconocimiento a la Mujer Virtuosa?

Vislumbramos un pedacito del cielo cuando estamos en el templo con nuestro hijo o hija arrodillados ante el altar con un compañero o compañera dignos, preparados para comenzar juntos una vida de promesas y realizaciones que les hemos ayudado a cultivar. ésos son momentos de cosechar lo sembrado.

Termino con mi testimonio de que no estamos solos en esta sagrada responsabilidad de ser padres, de amar a nuestros hijos y dirigirlos. No hay mayor regocijo que eso y merece todo sacrificio, todo minuto inconveniente, todo gramo de paciencia, de disciplina personal y de perseverancia. "Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?" (Romanos 8:31). En el nombre de Jesucristo. Amén.