El escribir los principios del Evangelio en nuestros corazones

F. González


"El conocimiento por sí solo no es suficiente. Debemos tomarnos el tiempo para aplicar dichos principios en nuestras vidas".

El inglés es el idioma de la restauración. En esta sesión de la conferencia, el inglés hablado con acento simboliza el crecimiento de la Iglesia en todo el mundo. Yo nací en Sudamérica, lugar donde la Iglesia ha crecido considerablemente. Cuando me uní a la Iglesia hace 30 años, había 108.000 miembros y seis estacas. Entonces, no había ningún templo en nuestro continente. Ahora somos dos millones seiscientos mil miembros y tenemos 557 estacas. Hay 11 templos en funcionamiento y dos en construcción. Nefi, hijo de Lehi, dijo: "Mas yo, Nefi, he escrito lo que he escrito; y lo estimo de gran valor, especialmente para mi pueblo. Porque continuamente ruego por ellos de día, y mis ojos bañan mi almohada de noche a causa de ellos" (2 Nefi 33:3). Este ruego, hecho de todo corazón, está siendo contestado en nuestros días. Nefi rogaba que las palabras que [había] escrito en debilidad [fueran] hechas fuertes" para nosotros; "pues los persuaden a hacer el bien; les hacen saber acerca de sus padres; y hablan de Jesús, y los persuaden a creer en él y a perseverar hasta el fin, que es la vida eterna" (2 Nefi 33:4).

He contemplado cómo los principios del Evangelio guían a más y más miembros en Sudamérica. Nuestra tarea, tanto en América del Sur como en otras partes, sigue siendo el buscar los principios que se encuentran en las Escrituras y enseñanzas de los profetas para escribirlos "no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón" (2 Corintios 3:3). El escribir de ese modo los principios del Evangelio requiere tiempo. Se requiere tiempo tanto para exponernos a las verdades del Evangelio como para aplicarlas en nuestras vidas.

La mayoría de los miembros en América del Sur comenzamos a ser expuestos a los principios del Evangelio dedicando tiempo para escuchar las charlas y los testimonios de los misioneros. Nos hemos tomado el tiempo para escuchar, y ahora nos resulta inevitable sentir profunda gratitud hacia los misioneros que sirvieron en nuestros países. Nuestro profundo agradecimiento no es sólo hacia los misioneros sino también hacia sus familias. Hoy en día, cientos de miembros sudamericanos envían a sus propios hijos a servir como misioneros para compartir el Evangelio restaurado. Los que somos primera generación en la Iglesia sentimos también gratitud hacia nuestros padres que no son miembros por haber tomado tiempo para enseñarnos principios justos los cuales nos prepararon para reconocer y dar la bienvenida al mensaje del Evangelio.

El proceso de aprender la doctrina y los principios del Evangelio fue iniciado por los misioneros; sin embargo, el mantener el Evangelio en nuestro corazón es una tarea continua que requiere tiempo. El conocimiento por sí solo no es suficiente. Debemos tomarnos el tiempo para aplicar dichos principios en nuestras vidas. Por ejemplo, Nefi sabía que el Señor contesta las oraciones. Aplicó su conocimiento hace siglos, lo cual nos ha traído bendiciones sempiternas a nosotros hoy en día. Si leemos con cuidado, vemos que Nefi oró a Dios con gran fe porque sabía que Dios oiría su "ruego" (véase 2 Nefi 33:3). Cuán agradecidos estamos de que Nefi se haya tomado el tiempo para aplicar su conocimiento. Cuán agradecidos estamos de que Nefi haya escrito su conocimiento en su corazón no "con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo".

Al igual que el obtener conocimiento, el ser un discípulo requiere tiempo. A veces reconocemos la veracidad de un principio pero no cambiamos nuestras prioridades para tener tiempo para vivir el principio. Al actuar así, perdemos valiosas oportunidades de lograr un cambio de corazón a medida que el Espíritu Santo nos instruye. Consideren por un momento el ejemplo de Enós, quien demoró en aplicar el conocimiento recibido de su padre. Llegó el momento en que se tomó el tiempo para vivir de acuerdo con dicho conocimiento y numerosas bendiciones nos han llegado a raíz de ello. Enós nos cuenta que salió a cazar bestias en los bosques cuando las enseñanzas de su padre "en cuanto a la vida eterna y el gozo de los santos" tocaron su corazón profundamente, así que decidió dedicarle tiempo a orar (véase Enós 1:3 –4). Como respuesta divina a su oración, el Señor hizo convenio con Enós de que haría llegar los registros a los lamanitas en Su propio y debido tiempo (véase Enós 1:16). Dios contesta nuestras oraciones. Enós transfirió ese principio de las tablas de piedra a las tablas de carne de su corazón, obteniendo de tal modo un mayor nivel de conocimiento. Esto trajo bendiciones tanto sobre él como sobre nosotros en esta dispensación.

Varios factores dificultan las buenas intenciones que tenemos de dedicar tiempo para aprender y en especial para vivir un principio del Evangelio. Por ejemplo, es abrumadora la abundancia de información sobre cualquier tema en particular que nos llega mediante los medios de comunicación. Tal abundancia de información puede ser la causa de que algunos estén "siempre aprendiendo, y nunca [llegando] al conocimiento de la verdad" (2 Timoteo 3:7).

Podemos evaluarnos individualmente y determinar qué cosas nos impiden dedicar tiempo a vivir el Evangelio, y entonces nos podemos arrepentir y hacer los ajustes necesarios, de modo tal que tengamos tiempo para aplicar los principios del Evangelio en nuestras vidas. Si lo hacemos, el Señor ha prometido que tendremos un entendimiento mayor de Sus verdades así como lo obtuvo Enós. El Señor declaró: "El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta" (Juan 7:17).

El tomar tiempo en nuestras vidas para aprender, meditar y en especial para practicar los principios del Evangelio nos traerá el gozo y la paz provenientes del Espíritu. La Iglesia continuará floreciendo en Sudamérica y en otras partes del mundo a causa de que más y más miembros están escribiendo los principios del Evangelio, no con tinta, sino con el Espíritu Santo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón. Yo testifico que las verdades de las Escrituras pueden ir más allá de una apreciación intelectual y convertirnos en personas más semejantes a Cristo a medida que nos tomemos el tiempo de incorporar dichas verdades en nuestras vidas. Sé que el Salvador es el Cristo Viviente. De estas cosas testifico en el nombre de Jesucristo. Amén.