La dignidad personal para ejercer el sacerdocio

Gordon B. Hinckley

President of the Church


Gordon B. Hinckley
“Nuestra conducta en público debe ser intachable; nuestra conducta en privado es aún más importante; debe aprobar la norma establecida por el Señor”.

Mis queridos hermanos, quisiera hablar de manera muy franca esta noche en cuanto a un asunto por el cual me siento sumamente preocupado.

Qué gran placer y qué desafío tan grande es el dirigirme a ustedes. Qué formidable hermandad constituimos los que poseemos el precioso y maravilloso sacerdocio. Éste proviene de Dios nuestro Padre Eterno quien, en esta gloriosa dispensación y con Su Hijo Amado, ha hablado de nuevo desde los cielos. Ellos han enviado a Sus siervos autorizados a conferir esta autoridad divina sobre los hombres.

La norma para tener derecho a recibir y ejercer este poder sagrado es la dignidad personal. Es sobre eso de lo que quisiera hablar esta noche.

Empiezo por leerles de Doctrina y Convenios, sección 121.

“…los derechos del sacerdocio están inseparablemente unidos a los poderes del cielo, y… éstos no pueden ser gobernados ni manejados sino conforme a los principios de la rectitud.

“Es cierto que se nos pueden conferir; pero cuando intentamos encubrir nuestros pecados, o satisfacer nuestro orgullo, nuestra vana ambición, o ejercer mando, dominio o compulsión sobre las almas de los hijos de los hombres, en cualquier grado de injusticia, he aquí, los cielos se retiran, el Espíritu del Señor es ofendido, y cuando se aparta, se acabó el sacerdocio o autoridad de tal hombre” (D. y C. 121:36–37).

Esa es la palabra inequívoca del Señor en cuanto a Su divina autoridad. ¡Qué enorme obligación impone esto en cada uno de nosotros! Los que poseemos el sacerdocio de Dios debemos seguir normas más elevadas que las del mundo. Debemos disciplinarnos; no debemos considerarnos mejores que los demás, pero podemos y debemos ser hombres decentes y honorables.

Nuestra conducta en público debe ser intachable; nuestra conducta en privado es aún más importante; debe aprobar la norma establecida por el Señor. No podemos ceder al pecado, y mucho menos tratar de encubrir nuestros pecados; no podemos satisfacer nuestro orgullo; no podemos ser partícipes de la vana ambición; no podemos ejercer mando, dominio ni compulsión sobre nuestras esposas e hijos, ni en otras personas, en cualquier grado de injusticia.

Si hacemos cualquiera de esas cosas, los poderes del cielo se retiran; el espíritu del Señor es ofendido y el poder mismo de nuestro sacerdocio queda nulo; se pierde su autoridad.

Nuestro modo de vivir, las palabras que enunciemos, y nuestra conducta cotidiana, afectan nuestra eficiencia como hombres y jóvenes que poseen el sacerdocio.

Nuestro quinto Artículo de Fe dice: “Creemos que el hombre debe ser llamado por Dios, por profecía y la imposición de manos, por aquellos que tienen la autoridad, a fin de que pueda predicar el evangelio y administrar sus ordenanzas”.

Aunque aquellos que tienen la autoridad pongan las manos sobre nuestra cabeza y seamos ordenados, es posible que debido a nuestro comportamiento invalidemos y perdamos cualquier derecho a ejercer esa autoridad divina.

En la Sección 121 dice también: “Ningún poder o influencia se puede ni se debe mantener en virtud del sacerdocio, sino por persuasión, por longanimidad, benignidad, mansedumbre y por amor sincero;

“por bondad y por conocimiento puro, lo cual ennoblecerá grandemente el alma sin hipocresía y sin malicia” (D. y C. 121:41–42).

Ahora bien, mis hermanos, esos son los límites dentro de los cuales se debe ejercer este sacerdocio; no es como un manto que nos ponemos y nos quitamos a nuestro antojo. Cuando se ejerce en rectitud, es como el tejido mismo de nuestro cuerpo, una parte de nosotros, en todo momento y en todas circunstancias.

De modo que a ustedes, jovencitos que poseen el Sacerdocio Aarónico, se les ha conferido ese poder que posee las llaves de la ministración de ángeles. Piensen en ello por un momento.

Ustedes no se pueden dar el lujo de hacer nada que se interponga entre ustedes y la ministración de ángeles en beneficio suyo.

Ustedes no pueden ser inmorales en ningún sentido; no pueden ser deshonestos; no pueden engañar ni mentir; no pueden tomar el nombre de Dios en vano ni usar un lenguaje obsceno y aún así tener derecho a la ministración de ángeles.

No quiero que se den aires de pureza; quiero que sean varoniles, que sean vigorosos, fuertes y felices. A los que tengan inclinaciones atléticas, quiero que sean buenos atletas y se esfuercen por salir vencedores; pero al hacerlo, no tienen que ceder a un comportamiento indecoroso ni a un lenguaje profano ni indecente.

A ustedes, jóvenes que piensan salir en misiones, no empañen su vida con nada que pudiese poner en tela de juicio su dignidad para salir como siervos del Dios viviente.

Ustedes no pueden, bajo ninguna circunstancia, poner en peligro el poder divino que llevan en su interior como ministros ordenados del Evangelio.

Por vía de amonestación y advertencia, la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce Apóstoles han emitido la siguiente declaración dirigida a ustedes:

“Como misioneros, se espera que mantengan las más altas normas de conducta, entre ellas la observancia estricta de la ley de castidad,…

“Nunca deben estar solos con ninguna otra persona, sea hombre o mujer, adulto o menor [a no ser su compañero asignado].

“Incluso las acusaciones falsas en contra de un misionero inocente pueden tomar muchos meses para investigarse y pueden resultar en la interrupción o en la terminación del servicio misional. Protéjanse de tales acusaciones no separándose nunca de su compañero(a), incluso en las casas que visiten” (Declaración de la Primera Presidencia en cuanto a la conducta de los misioneros, 22 de marzo de 2002).

Ustedes no tienen por qué preocuparse de esas cosas si en todo momento observan las reglas del servicio misional. Si lo hacen , tendrán una maravillosa experiencia y volverán con honor a sus seres queridos sin mancha, sospecha ni remordimiento.

Al volver a casa, nunca olviden que aún son élderes de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Se ocuparán en la búsqueda de una compañera eterna; desearán casarse en la casa del Señor. Para ustedes, no deberá haber otra manera de hacerlo. Tengan cuidado, no sea que destruyan el derecho que tienen a casarse de esa manera. Diviértanse, pero mantengan su cortejo dentro de los límites de una estricta disciplina. El Señor ha dado un mandato y una promesa; Él ha dicho: “…deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente”. Entonces a eso sigue la promesa de que “tu confianza se fortalecerá en la presencia de Dios; y… El Espíritu Santo será tu compañero constante” (D. y C. 121:45–46).

La esposa que elijan será su igual. Pablo declaró: “…en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón” (1 Corintios 11:11).

En el compañerismo del matrimonio no hay inferioridad ni superioridad; la mujer no camina delante del marido, ni el marido camina delante de la esposa; ambos caminan lado a lado, como un hijo y una hija de Dios en una jornada eterna.

Ella no es su sirviente, su propiedad, ni nada por el estilo.

Qué fenómeno tan trágico y absolutamente repugnante es el abuso de la esposa. Cualquier hombre de esta Iglesia que abuse a su esposa, la degrade, la insulte, que ejerza injusto dominio sobre ella, es indigno de poseer el sacerdocio. A pesar de que haya sido ordenado, los cielos se retirarán, el Espíritu del Señor será ofendido y se acabará la autoridad del sacerdocio de ese hombre.

Cualquier hombre que toma parte en esa práctica es indigno de poseer una recomendación para el templo.

Lamento decir que veo demasiado de este horrible fenómeno; hay hombres que asaltan a su esposa, tanto verbal como físicamente. ¡Qué tragedia tan grande cuando un hombre degrada a la madre de sus hijos!

Es cierto que hay algunas mujeres que abusan de sus maridos, pero esta noche no les estoy hablando a ellas; me dirijo a los hombres de esta Iglesia, hombres sobre quienes el Todopoderoso ha conferido Su santo sacerdocio.

Mis hermanos, si entre los que me están escuchando hay aquellos que sean culpables de ese tipo de conducta, les pido que se arrepientan. Pónganse de rodillas y pidan al Señor que les perdone; suplíquenle que les dé el poder para controlar su lengua y su mano pesada; pidan el perdón de su esposa y de sus hijos. El presidente McKay solía decir. “Ningún otro éxito puede compensar el fracaso en el hogar” (citando a J. E. McCulloch, Home: The Savior of Civilization, pág. 42; en Conference Report, abril de 1935, pág. 116). Y el presidente Lee dijo: “Lo más importante de la obra del Señor que ustedes y yo hagamos jamás será dentro de las paredes de nuestro propio hogar” (Harold B. Lee, Doing the Right Things for the Right Reasons, Brigham Young University Speeches of the Year, 1961, pág. 5).

Tengo la plena confianza de que cuando estemos ante el tribunal de Dios no se dirá mucho sobre cuánta riqueza hayamos acumulado en la vida, ni de los honores que hayamos logrado, pero se harán preguntas específicas en cuanto a nuestras relaciones en el hogar. Y estoy seguro de que únicamente aquellos que a lo largo de la vida hayan tenido amor, respeto y aprecio por su compañera e hijos recibirán de nuestro juez eterno las palabras: “Bien, buen siervo y fiel… entra en el gozo de tu señor” (Mateo 25:21).

Menciono otro tipo de abuso: es el de los ancianos. No creo que sea común entre nosotros, y espero que no lo sea; ruego que no lo sea.

Creo que nuestra gente, casi la mayoría, observa el antiguo mandamiento: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da” (Éxodo 20:12),

Pero cuán trágico, cuán absolutamente repugnante es el abuso de los ancianos.

Cada vez más, vivimos más tiempo, gracias al milagro de la ciencia moderna y la práctica médica; pero con el envejecimiento viene un deterioro de la capacidad física y a veces mental. Como he dicho antes, he descubierto que en los famosos “años de oro” hay grandes vetas de plomo. Estoy profundamente agradecido por el amor y el cuidado de nuestros hijos hacia su madre y su padre. Qué bella es la imagen de un hijo o de una hija que se esfuerza por ayudar con ternura, bondad y amor a sus padres envejecidos.

Quisiera ahora mencionar otra forma de abuso que ha recibido mucha publicidad: es el abuso sórdido y malvado de los niños por parte de adultos, por lo general hombres. Ese tipo de abuso no es nuevo; hay evidencia que indica que se remonta a través de las edades. Es una de las cosas más infames, trágicas y terribles. Lamento decir que esa horripilante maldad se ha manifestado en niveles muy limitados entre nuestra gente; es algo que no se puede aceptar ni tolerar. El Señor mismo dijo: “Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar” (Mateo 18:6).

Ésas son palabras sumamente fuertes del Príncipe de Paz, el Hijo de Dios.

De nuestro Manual de Instrucciones cito lo siguiente: “La posición de la Iglesia es que el abuso no puede tolerarse en ninguna de sus formas. Los que abusan … quedan sujetos a la disciplina de la Iglesia. No se les debe dar llamamientos ni deben tener recomendación para el templo. Una persona que haya abusado de un menor sexual o físicamente y haya sido disciplinada por la Iglesia, aun cuando más tarde se le restauren todos los derechos o se le readmita por medio del bautismo, no debe ser llamada por los líderes a un cargo en el que trabaje con niños o jóvenes, a menos que la Primera Presidencia autorice que se quite de su cédula de miembro la anotación que se haya hecho al respecto.

“En casos de abuso, la primera responsabilidad de la Iglesia es ayudar a los que lo hayan sufrido y proteger a los que puedan ser vulnerables a él en el futuro” (Libro 1: Presidencias de estaca y obispados, pág. 187.)

Durante mucho tiempo hemos dado atención a este problema; hemos instado a los obispos, presidentes de estaca y otros que den una mano de ayuda a las víctimas, que los consuelen, los fortalezcan y les hagan saber que lo que ocurrió fue inapropiado, que no tuvieron la culpa de lo ocurrido y que no tiene por qué volver a suceder jamás.

Hemos emitido publicaciones, establecido una línea telefónica donde los oficiales de la Iglesia pueden recibir consejo para atender esos casos, y hemos ofrecido ayuda profesional a través de LDS Family Services (Servicios Familiares Santos de los Últimos Días).

Por su naturaleza, esos actos son a menudo delictivos, penados de acuerdo con la ley. Por medio de esa línea telefónica se dispone de consejeros profesionales, incluso de abogados y trabajadores sociales, quienes aconsejan a los obispos y a los presidentes de estaca en cuanto a las obligaciones que tienen en esas circunstancias. Las personas de otros países deberán llamar a sus presidentes de área respectivos.

Ahora bien, la obra de la Iglesia es una obra de salvación; es un punto que quiero recalcar. Es una obra de salvar almas. Deseamos ayudar tanto a la víctima como al transgresor. Sentimos compasión por la víctima, y debemos actuar para ayudarla; sentimos compasión hacia el transgresor, pero no podemos tolerar el pecado del cual es culpable. Cuando se ha cometido una ofensa, hay un castigo. El proceso de la ley civil tomará las medidas necesarias; lo mismo sucederá con el proceso eclesiástico, lo que a menudo resulta en la excomunión. Éste es un asunto muy delicado y grave.

No obstante, reconocemos, y siempre debemos reconocer, que cuando se haya pagado el castigo y se hayan satisfecho las demandas de la justicia, habrá una mano bondadosa dispuesta a prestar ayuda. Es posible que las restricciones continúen, pero a la vez habrá bondad.

Hermanos, supongo que he sonado negativo al dirigirme a ustedes esta noche; esa no es mi intención, pero sí quiero levantar una voz de amonestación al sacerdocio de esta Iglesia por todo el mundo.

Dios ha conferido sobre nosotros uno de los dones más preciosos y maravillosos; lleva consigo la autoridad para gobernar la Iglesia, administrar sus asuntos, hablar con autoridad en el nombre del Señor Jesucristo, actuar en calidad de Sus siervos dedicados, bendecir a los enfermos, bendecir a nuestras familias y muchas otras personas; nos sirve de guía para nuestra vida; en su plenitud, su autoridad va más allá del velo de la muerte hacia las eternidades venideras.

No hay nada que se le compare en todo el mundo; protéjanlo, atesórenlo, ámenlo y vivan de modo que sean dignos de él.

“Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:16), es mi humilde oración, al dejar mi bendición sobre ustedes y extenderles mi amor, en el nombre de Jesucristo. Amén.