El idioma del amor

Gayle M. Clegg

Second Counselor in the Primary General Presidency


Gayle M. Clegg
“Todo niño necesita informes regulares que afirmen: ‘Te conocemos. Te valoramos. Tienes potencial. Eres bueno’ ”.

Cuando era una joven madre, mi esposo y yo nos vimos en la necesidad de llevar a cinco niños menores de ocho años a vivir a Sudamérica. Aunque ninguno de nosotros hablaba el idioma, nuestra hija de seis años fue la que más dificultad tuvo para aprender un nuevo idioma. Decidimos ponerla en el jardín de infantes con los niños de cuatro años, aunque debía empezar en primer grado. Teníamos la esperanza de que al relacionarse con niños menores fuera menos intimidante para ella y le facilitara comunicarse en portugués.

Pero la realidad es que mi hija era tan extraña para los niños como ellos lo eran para ella. Cada día era una lucha y yo me sentía angustiada por ella cada mañana cuando caminábamos a la escuela y luego esperaba a que regresara, desanimada, al final del día.

Un día, unos niños fueron particularmente crueles con ella; algunos incluso le tiraron piedras y la acosaron, riéndose de ella groseramente durante la hora de recreo. Ella se sintió asustada y herida y decidió que no volvería al salón de clase. Quedándose sola en el campo de recreo mientras los niños se iban, ella recordó lo que le habíamos enseñado en cuanto a la soledad. Recordó que nuestro Padre Celestial siempre está cerca de Sus hijos y que ella podía dirigirse a Él en cualquier momento y no sólo antes de acostarse. Él comprendería las palabras de su corazón. En una esquina del campo de recreo ella inclinó la cabeza e hizo una oración. No sabía por qué orar, de modo que pidió que su papá y su mamá estuvieran con ella para protegerla. Al volver al salón de clases, acudió a su mente una canción de la Primaria.

Por campos de trébol paseo a menudo,
y suelo manojos de flores juntar.
Recojo capullos por todo el prado,
y madre, las flores en ti hacen pensar.
(“Por campos de trébol paseo”, Canciones para los Niños, pág. 109)

Al abrir los ojos, vio una florcita que crecía entre las grietas del cemento; la cortó y se la echó al bolsillo. Sus problemas con los demás niños no desaparecieron, pero volvió a la escuela sintiendo que sus padres estaban con ella.

Todos nosotros, tal como mi hija de seis años, nos hemos sentido perdidos o solos en tierra extraña. Tal vez la tierra extraña para ustedes haya sido aprender el idioma del álgebra o de la química. Tal vez pensaron que habían llegado a tierra extraña cuando se unieron a la Iglesia, aunque lo hayan hecho en su propio país. Pónganse en el lugar de un nuevo converso; palabras como “llamamiento”, “Obispado Presidente” y hasta “Autoridad General” son parte de un nuevo vocabulario.

Y nuestros misioneros, que han comprendido y respondido a los susurros del Espíritu Santo de que la Iglesia es verdadera, pero luego enfrentan el desafío de aprender tanto el Evangelio como un idioma extranjero a la vez. Su valentía me maravilla.

Nuestra vida está repleta de casos de frustración en el aprendizaje de un idioma extranjero. Sin embargo, hay una lengua que es universal. Las palabras “y madre, las flores en ti hacen pensar” encontraron significado en el corazón de una niña. Una canción de la Primaria y una flor silvestre fueron el idioma familiar de una oración que fue contestada.

Después de que Jesús había estado enseñando por un tiempo en el templo de la tierra de abundancia, percibió que tal vez la gente no había comprendido todas las palabras que les habló. Les pidió que volvieran a sus hogares y que meditaran y oraran con su familia, y que se prepararan para cuando Él volviera al día siguiente.

Pero cuando “de nuevo dirigió la vista alrededor hacia la multitud, y vio que estaban llorando, y lo miraban fijamente, como si le quisieran pedir que permaneciese un poco más con ellos… tomó a sus niños pequeños, uno por uno, y los bendijo… y habló a la multitud, y les dijo: Mirad a vuestros pequeñitos. Y he aquí, al levantar la vista para ver… vieron ángeles que descendían del cielo cual si fuera en medio de fuego; y bajaron y cercaron a aquellos pequeñitos… y los ángeles les ministraron” (3 Nefi 17:5–21, 23–24).

El “cercar” con el fuego de nuestro testimonio es un idioma que todos nosotros debemos aprender a hablar y comprender.

La primera lección que se le enseña a todo niño del mundo que va a la Primaria es “Soy un Hijo de Dios”. Niños desde los 18 meses de edad se señalan a sí mismos con el dedo y dicen:

“Mi Padre Celestial me conoce,
sabe lo que me gusta hacer.
Mi nombre sabe y donde vivo.
Yo sé que me ama Él”
(Primaria 1, 2).

Hace varios años, cuando enseñaba sexto grado, un muchacho de 14 años, vestido como pandillero, entró a mi sala de clases. Era dos años mayor y físicamente parecía ser cuatro años más grande que los otros 30 estudiantes. Pronto descubrí que Brian no sabía leer, que no había asistido a la escuela con regularidad y que había vivido con diversos guardianes legales en varias ciudades.

Se acercaba el tiempo de preparar las calificaciones y en mi día libre fui a la escuela para terminar de calificar el trabajo de los niños y anotar las notas en las boletas de calificaciones. Cuando entré en el salón para buscar los registros, vi que Brian estaba causando gran desorden en la clase. Le dije a mi agradecida colega que yo llevaría a Brian conmigo. Tomamos unos libros ilustrados para niños de primer año y nos dirigimos a la biblioteca, mientras hablábamos sobre fútbol en el camino.

Nos ubicamos en la mesa en la que yo estaba preparando las calificaciones y le pregunté si alguna vez le habían dado una boleta de calificaciones.

Movió la cabeza y dijo que “No”. Le pregunté si le gustaría tener una.

Me miró de frente y me dijo: “Sólo si dice que me he portado bien”.

Le hice una libreta especial en la que recalcaba sus buenas cualidades. Escribí su nombre completo y su habilidad de incluir a todas las personas y hacerlas reír. Mencioné específicamente su amor por los deportes. No era una calificación común, pero pareció complacerlo. Poco después, Brian desapareció de nuestra escuela y lo último que supe de él fue que estaba viviendo en otro estado. Yo abrigaba la esperanza de que dondequiera que él estuviera, llevara en el bolsillo la boleta de calificaciones en la que decía que era un buen niño.

Algún día todos recibiremos una boleta de calificaciones final. Tal vez se nos juzgue de acuerdo con la forma en que hayamos informado de las cosas buenas de otras personas. Todo niño necesita informes regulares que afirmen: “Te conocemos. Te valoramos. Tienes potencial. Eres bueno”.

Me encantan las historias de los niños pioneros. Siempre se nos habla de sus padres que caminaron hasta el valle del Lago Salado. Pero, según las palabras de una canción de la Primaria:

“Cuando pienso en los pioneros,
Pienso en lo valiente que fueron.
Me gusta pensar que los niños también vinieron;
Un niño pionero me habría gustado ser”.
(Traducción libre de “Whenever I Think about Pioneers,” (Cuando pienso en los pioneros) Children’s Songbook, 222)

Susan Madsen cuenta la historia de Agnes Caldwell de la compañía de carros de mano Willie. Quedaron atrapados en medio de fuertes tormentas y sufrieron hambre y frío terribles. Llegaron carromatos de socorro para llevarles comida y frazadas, pero no había suficientes carromatos para transportar a todas las personas enfermas. Aun después del rescate, la mayoría de las personas todavía tuvo que recorrer penosamente la gran distancia para llegar a la seguridad del valle.

Agnes, de nueve años de edad, estaba demasiado cansada para dar un paso más. El conductor se dio cuenta del esfuerzo que ella hacía para mantenerse a la par con el carromato y le preguntó si quería que la llevaran. Ella cuenta en sus propias palabras lo que sucedió después:

“Él se agachó y me tomó de la mano, arreando los caballos para hacerme correr con aquellas piernas que no podían dar un paso más. Y así fuimos, por lo que parecieron ser millas. En esos momentos, lo que me pasó por la mente fue que era el hombre más malo que jamás había vivido o del que jamás había oído. Al llegar al punto en que pensé que no podría continuar, se detuvo [y me subió al carromato]. Tomó una frazada y me envolvió en ella… para estar calentita y cómoda. En ese lugar, tuve tiempo para cambiar mi modo de pensar, y así lo hice, sabiendo que al haberme hecho correr, me había salvado de congelarme cuando me subió al carromato” (I Walked To Zion, [Caminé a Sión], 1994, pág. 59).

El conductor de ese carromato de socorro hizo que la niña corriera lo más lejos y lo más rápido que pudiera para que la sangre le volviera a circular por las piernas y los pies congelados. Él le salvó las piernas y tal vez hasta la vida haciendo que se ayudara a sí misma.

Hoy día, nuestros hijos tienen trayectos tan terribles y difíciles como la emigración hacia el oeste; hacen frente a todo tipo de calamidades a lo largo del camino. Debemos hacerles fuertes para que puedan soportar las cargas, y también enseñarles a encontrar gozo en esta vida. A veces es necesario correr para mantenernos a la par con la fe de nuestros hijos.

En otra época, en tercer Nefi, cuando Cristo bendecía a Sus discípulos, “…la sonrisa de su faz fue sobre ellos, y los iluminó la luz de su semblante” (3 Nefi 19:25).

El semblante sonriente denota que uno es bueno. Los niños tratan de ser como Jesús; desean ser como la persona que sonríe; desean estar con alguien que les responda con gozo.

El presidente Hinckley ha dicho: “Los niños necesitan la luz del sol; necesitan felicidad; necesitan amor y cuidado; necesitan bondad, alimento y cariño” (“Salvemos a los niños”, Liahona, enero de 1995, pág. 64).

Ese debe ser el idioma de la instrucción del Evangelio para nuestros hijos. Cualquiera sea su lengua natal, aprendan a enseñar y a hablar en el idioma de las oraciones fervientes y del testimonio gozoso para que los ángeles, tanto terrenales como celestiales, nos rodeen y nos ministren. Necesitamos mentores en el Evangelio que hablen la lengua de alabanza y amistad. Debemos dar con regularidad libretas espirituales de calificaciones en las que ratifiquemos mutuamente nuestra bondad. Es una bendición permitir que los niños corran lo más lejos que puedan por sí solos para que desarrollen fortaleza para sus propios testimonios, y debemos sonreírles y abrigarlos con el manto de nuestro afecto a lo largo de la gran jornada en el idioma universal del amor.

Doy gracias por la gran bendición de “[mirar] a [nuestros] pequeñitos”. “Me gusta pensar que los niños también vinieron”, en el nombre de Jesucristo. Amén.