Papá, ¿estás despierto?

F. Melvin Hammond

Of the First Quorum of the Seventy


F. Melvin Hammond
¿Se preguntan sus hijos si ustedes están dormidos en lo que respecta a las cosas que tienen más importancia para ellos?

Hace poco, el élder Pace, el élder Condie y yo nos reunimos con la Primera Presidencia. Al entrar en la sala, el presidente Hinckley nos miró con detenimiento y luego, con una sonrisa, dijo: “¿Cómo pueden tres hombres de pelo blanco ser la Presidencia de los Hombres Jóvenes de esta Iglesia?”. Sólo le respondimos: “Porque usted nos llamó, Presidente”.

Jovencitos, esperamos que estén entusiasmados con el programa “Sacerdocio Aarónico: Cumplir nuestro deber a Dios”. Ha sido presentado a todo el Sacerdocio Aarónico en el mundo y tiene como fin bendecirles espiritual, física, social y mentalmente. Los requisitos son importantes y requerirán el máximo de sus esfuerzos. Podrán establecer metas personales y lograrlas con la ayuda de sus padres y extraordinarios líderes. Por toda la Iglesia se percibe un gran entusiasmo relacionado con este programa. Queremos que cada uno de ustedes cumpla los requisitos y reciba el anhelado premio “Mi deber a Dios”.

Hace muchos años llevé a nuestro único hijo, que era sólo un niño, en su primer viaje de campamento y pesca. El cañón era empinado y el descenso era difícil; pero la pesca era excelente. Cada vez que un pez mordía mi anzuelo, le daba la caña al emocionado muchacho, quien, con gritos de alegría, terminaba de sacar la bella trucha. En las sombras y la frescura de la tarde que caía, empezamos a subir la elevada montaña. Él se apresuró antes que yo y me decía: “Vamos, papá; a que te gano a llegar hasta arriba”. El reto cayó en oídos sordos. Su pequeño cuerpo literalmente parecía volar alrededor de cada obstáculo y cuando parecía que yo iba a desfallecer con cada paso, él llegó a la cima y se volvió para darme ánimo. Después de cenar nos arrodillamos para orar; su vocecita se elevó dulcemente hacia los cielos en una plegaria para dar fin a nuestro día. Después nos metimos en una gran bolsa de dormir y luego de empujar y tirar un poco, su cuerpecito se acurrucó fuertemente contra el mío para recibir calor y seguridad durante la noche. Al contemplar a mi hijo a mi lado, de pronto sentí una ola de amor pasar por mi cuerpo con tal fuerza que hizo que se me salieran las lágrimas. En ese preciso momento, él me abrazó y dijo:

“Papá”.

“Sí, hijo”.

“¿Estás despierto?”

“Sí, hijo, estoy despierto”.

“Papi, ¡te quiero un millón y un trillón de veces!”

Inmediatamente se quedó dormido, pero yo permanecí despierto hasta altas horas de la noche, expresando mi gratitud por las maravillosas bendiciones que representaba el cuerpecito de aquel niño.

Mi hijo es ya adulto, con un hijo propio. De vez en cuando, los tres salimos a pescar. Al ver a mi nieto pelirrojo junto a su padre recuerdo la imagen de aquel momento maravilloso de hace mucho tiempo. La pregunta inocente: “Papá, ¿estás despierto?”, aún acude a mi corazón.

A todo padre, hago la misma pregunta penetrante: “Papá, ¿estás despierto?”. ¿Se preguntan sus hijos si ustedes están dormidos en lo que respecta a las cosas que tienen más importancia para ellos? Permítanme decirles que hay varios aspectos que nos indicarán si estamos ‘despiertos’ o ‘dormidos’ a la vista de nuestros hijos.

Primero, nuestro amor a Dios y el aceptar nuestro papel como líder de la familia al guardar Sus mandamientos. Hace algunos años, después de una conferencia de estaca, tuve la impresión de visitar a un hermano que se había alejado de la Iglesia. Lo encontramos trabajando en el jardín. Me acerqué y le dije: “Estimado hermano, el Señor Jesucristo me ha enviado a verlo; soy el élder Hammond, uno de Sus siervos”.

Nos dimos un abrazo y entramos en su hermoso y modesto hogar. Él llamó a su esposa y tres hijos para recibirnos; dos apuestos jovencitos y una bella jovencita se sentaron al lado de sus padres. Les pregunté qué era lo que deseaban más que nada en ese momento. El hijo mayor dijo: “Si tan sólo todos pudiéramos volver a la Iglesia como familia, seríamos tan felices y estaríamos tan agradecidos”. Les hicimos saber lo mucho que el Salvador les necesitaba y lo mucho que les amaba. Les expresamos nuestro testimonio y luego nos arrodillamos en oración. El padre oró; y la madre lloró. Ya han vuelto a estar totalmente activos en la Iglesia. Los hijos están orgullosos de su padre y son felices.

Todo padre en la Iglesia debe actuar como patriarca de su hogar; debe ponerse a la cabeza al guiar espiritualmente a la familia. No debe delegar ni transferir sus responsabilidades a la madre; debe reunirlos para tener oración familiar, noche de hogar para la familia, lectura de las Escrituras y de vez en cuando entrevistas de padre. Él es el protector, el defensor y la fuente bondadosa de disciplina. Es el padre quien debe dirigir, unificar y fortalecer la unidad familiar al aceptar el sacerdocio de Dios y responder a los llamamientos y privilegios relacionados con la autoridad del sacerdocio. La relación que él tenga con Dios y Su Hijo Jesucristo es uno de los faros de luz que guiará a sus hijos e hijas a través de las tormentas de la vida.

Si el padre es un verdadero discípulo de Jesucristo, entonces los hijos le seguirán como la noche sigue al día. “Papá, ¿estás despierto?”

Segundo, la relación que tengamos con nuestra esposa, la madre de nuestros hijos. Teniendo en cuenta todo lo que hacemos, el modo en que tratemos a nuestra esposa bien podría tener el mayor impacto en el carácter de nuestros hijos. Si un padre es culpable de imponer abuso verbal o físico a su compañera, en cualquier grado, sus hijos le tendrán resentimiento y quizás hasta lo desprecien. Es interesante saber que cuando ellos crezcan y se casen, es probable que sigan el mismo modelo de abuso con su propia esposa. Hay una necesidad urgente en nuestra sociedad de padres que respeten a su esposa y la traten con amor y dulzura.

Hace poco escuché a un padre que imprudentemente le llamó a su bella e inteligente esposa “estúpida” y “tonta” de la manera más degradante por un pequeño error que había cometido inocentemente. Los hijos lo oyeron, avergonzados y atemorizados por su madre, que había sido denigrada frente a los que ella tanto amaba. Pero a pesar de haberse expresado una disculpa y pedido perdón, permanecieron aún la herida y la vergüenza de un momento sin sentido.

No se puede esperar que el Espíritu del Señor nos bendiga si insistimos en enfadarnos, en ser indiferentes y crueles con nuestro cónyuge. No podemos esperar que nuestros hijos tengan respeto y gentileza hacia su madre si nosotros no damos el ejemplo apropiado. El presidente David O. McKay dijo: “Lo más importante que un padre puede hacer por sus hijos es amar a la madre de ellos” (citado por Theodore Hesburgh, Reader’s Digest, enero de 1963, pág. 25; en Richard Evans’ Quote Book, 1971, pág. 11).“Papá, ¿estás despierto?”

Tercero, proporcionar disciplina que sea justa y se aplique con amor. Muy a menudo, debido a nuestra propia frustración y debilidad, levantamos nuestras manos para golpear a nuestros hijos, por lo general, con el fin de tratar de proteger nuestro propio orgullo egoísta. Todo hijo necesita disciplina; y no sólo la necesita, sino que la espera y la desea. La disciplina da dirección y enseña autodominio, pero en toda disciplina debe haber un sentimiento de justo criterio y amor puro.

Cuando era niño, mi madre, que era viuda, me aplicó la disciplina más severa posible. Me dijo con lágrimas en los ojos: “Hijo, me tienes tan decepcionada”. El dolor que sentí en el corazón fue más de lo que podía soportar; mil latigazos no me habrían dolido tanto. Sabía que esa reprimenda era el resultado de su amor puro, porque, si había algo de lo que estaba seguro, era de que mi madre me amaba. Tomé la determinación de que jamás volvería a ser la causa de la decepción y la angustia de mi madre angelical. Creo que he tenido éxito en el cumplimiento de esa decisión.

En lo referente a la disciplina, “Papá, ¿estás despierto?”

Padres, es sumamente importante que dominemos los retos que he mencionado si queremos que nuestros hijos sean espiritual y emocionalmente maduros. Si lo hacemos, ellos no se avergonzarán de nosotros ni tampoco de sí mismos. Llegarán a ser hombres de honor, respeto, llenos de amor, dispuestos a servir al Salvador y a someter su voluntad a la de Él. Entonces nos regocijaremos en el hecho de que serán nuestros para siempre. Ellos dirán: “Papá, ¿estás despierto?” .

Y responderemos: “Sí, hijo, estoy despierto”.

En el nombre de Jesucristo. Amén.