Diversión y felicidad

Claudio R. M. Costa

Of the First Quorum of the Seventy


Claudio R. M. Costa
Podemos sentirnos felices cada día de nuestra vida gracias a las pequeñas cosas que hacemos y somos plenamente felices al guardar los mandamientos de un Dios amoroso.

Hace unos cuatro meses, recibí la asignación de servir en Bogotá, Colombia, lugar al que nos trasladamos. Un día, mientras trataba de encontrar el camino para llegar a la capilla a la que asisto, me detuve en un parque para pedir información.

Observé que allí había muchas familias disfrutando de la bella y soleada mañana. Vi a unos cuantos niños jugando y corriendo llenos de vitalidad. Tenían un brillo especial en sus semblantes; tenían las mejillas enrojecidas por el sol y por la agitación de correr y jugar; observé que todos se llevaban muy bien.

Me dio la impresión de que se estaban divirtiendo bastante, pero al prestar mayor atención percibí que, más que estar divirtiéndose, aquellos niños tan puros eran totalmente felices.

Más tarde, mientras conducía el automóvil hacia la capilla, mis pensamientos se remontaron al tiempo que fui bautizado. Un amigo me preguntó qué era lo que había encontrado de diferente en la Iglesia. Yo le respondí: “He encontrado la verdadera felicidad”, a lo que él comentó: “La felicidad completa no existe; lo único que existe son momentos felices”.

Comprendo que ese buen amigo mío no entendía la diferencia que hay entre diversión y felicidad. Lo que él llamaba “momentos felices” eran esas ocasiones en las que se divertía. Lo que no sabía era que la felicidad es mucho más que sólo diversión, ya que ésta es pasajera, mientras que la felicidad es un estado perdurable.

Muchas personas de este mundo no comprenden la diferencia que existe entre diversión y felicidad y tratan de encontrar la felicidad en medio de la diversión. Pero esas palabras tienen diferentes significados.

Al buscar una definición de ambas palabras en el diccionario encontré lo siguiente: Diversión: Espectáculo, juego, fiesta. Felicidad: Satisfacción, alegría, dicha.

Después de entrar en la Iglesia, aprendí que realmente existe una gran diferencia entre estos dos términos. Aun antes de ser bautizado supe que el Señor tiene un plan de salvación para todos Sus hijos (véase 2 Nefi 2:9). Gracias a ese plan, y dependiendo de lo que hagamos aquí en la tierra, podremos volver a la presencia de nuestro Padre Celestial y vivir con Él para siempre en un estado de felicidad eterna.

Tanto la diversión como la felicidad son buenas, pero indudablemente vale más la pena buscar la felicidad. La felicidad puede comprender también la diversión, pero la diversión sola no nos asegurará la verdadera felicidad.

En el capítulo 15 de Lucas encontramos la parábola del hijo pródigo. En ella el hijo menor pide a su padre la parte que le corresponde de su herencia. El padre se la entrega y el joven hijo se va al mundo, en busca de lo que él creía que era la verdadera felicidad. Empieza a divertirse mucho y mientras le dura el dinero se ve rodeado de muchas personas que afirman ser sus amigos. Una vez que desperdicia toda su fortuna en diversiones con los supuestos amigos, éstos le dan la espalda y él se queda sin nada. A esa altura de su vida el muchacho pasa por mucho sufrimiento y decepción; va a trabajar para un hombre para cuidarle los cerdos y al pasar hambre desea comer incluso las algarrobas que comían esos animales. Entonces repara en el hecho de que los sirvientes de su padre se alimentaban bien y tenían incluso de sobra, y que él no tenía qué comer.

Así, decide volver a la casa de su padre y pedirle que le permita ser uno de sus empleados. Regresa arrepentido de sus hechos y su padre, un hombre justo, lo recibe lleno de amor. Entonces él se da cuenta de que su felicidad estaba allí, en la vida apacible junto a su familia.

Todos los que buscan la felicidad completa la pueden encontrar en el Evangelio de Jesucristo, el cual se enseña en Su Iglesia. Por medio de la doctrina de Jesucristo, aprendemos que podemos formar parte de ese gran plan de felicidad que Él ha preparado para todos nosotros, Sus hijos e hijas. Si guardamos Sus mandamientos, somos bendecidos y llegamos a conocer la verdadera felicidad; aprendemos que somos felices al hacer las cosas pequeñas que nos edifican y que aumentan nuestra fe y nuestro testimonio, cosas que hacemos a diario, como por ejemplo:

Somos felices al orar por la mañana y por la noche y al saber que el Señor nos escucha y está siempre dispuesto a bendecirnos, perdonarnos y ayudarnos. Nos sentimos felices al percibir la influencia del Espíritu Santo en nuestra vida, especialmente a la hora de tomar decisiones importantes. Nos sentimos felices al llegar al hogar después de un largo y agotador día de trabajo y encontrarnos con nuestra esposa e hijos que nos reciben con sonrisas y grandes manifestaciones de amor. Nos sentimos felices al conversar con nuestros hijos, al pasar momentos gratos en familia y al tener nuestra noche de hogar. En una palabra, podemos sentirnos felices cada día de nuestra vida gracias a las pequeñas cosas que hacemos y somos plenamente felices al guardar los mandamientos de un Dios amoroso que se interesa en Sus hijos.

La verdadera felicidad está en obedecer los mandamientos de Dios. En 2 Nefi 2:25, aprendemos que “Adán cayó para que los hombres existiesen; y existen los hombres para que tengan gozo”, o, en otras palabras, para que sean felices.

He visto esta felicidad en la vida de muchos miembros de la Iglesia. Hace algunas semanas fui asignado a presidir una conferencia de estaca en la ciudad de Cali, Colombia. Allí conocí a un joven miembro de la Iglesia muy especial, cuyo caso puede ilustrar muy bien lo que es ser totalmente feliz.

Se llama Fabián. Su familia también es miembro y él conoce el plan de felicidad desde su más tierna edad. En 1984, cuando tenía tres años, Fabián y su familia vivían cerca de una ancha y transitada avenida, que servía de ruta para muchas líneas de autobuses.

Un día, aprovechando que el portón de su casa estaba abierto, el pequeño Fabián salió a la calle y fue atropellado por un autobús. Gracias a la bondad de nuestro Padre Celestial, Fabián salió con vida del accidente. Sus padres lo llevaron a tres diferentes hospitales, pero en ninguno lo pudieron atender. Continuaron buscando ayuda, pero cuando la encontraron, el diagnóstico no fue muy alentador. Después de múltiples operaciones, los médicos informaron a la familia que los daños que su hijo había sufrido en las extremidades eran tan severos que, para salvarlo, tendrían que amputarle la pierna derecha.

El pequeño Fabián comenzó entonces una vida diferente sin una de sus piernas. Poco a poco aprendió a controlar su cuerpo, caminando con la ayuda de muletas. Con el tiempo fue a la escuela y recibió el apoyo de sus maestros y compañeros. Algunos se burlaban de su condición, pero aprendió a no dejarse abatir por esas burlas.

Participaba con entusiasmo en actividades físicas y, a pesar de que le resultaba difícil ganar las competencias, estaba siempre listo para participar en cada una de ellas con valentía.

Actualmente Fabián es consejero en la presidencia de los Hombres Jóvenes de su estaca. Asiste en forma regular a clases de instituto de religión y participa activamente como líder estudiantil. Juega baloncesto y fútbol y también juega al tenis de mesa con sus amigos de instituto; anda en bicicleta y hace todo lo que puede hacer un joven normal; además trabaja como voluntario dando clases de inglés en una fundación para niños pobres.

Fabián quiere servir al prójimo y a Dios con todas sus fuerzas. Siempre hay una sonrisa en su rostro y está continuamente dispuesto a ayudar a alguien. Fabián es un joven verdaderamente feliz. Con una fuerza extraordinaria que es el producto de su confianza en Dios, él es un gran ejemplo para todos cuantos le conocen.

Su felicidad proviene de esforzarse cada día por vivir una vida digna y de ser obediente a los mandamientos de Dios. Él me recuerda el pasaje que se encuentra en Mosíah 2:41: “Y además, quisiera que consideraseis el bendito y feliz estado de aquellos que guardan los mandamientos de Dios. Porque he aquí, ellos son bendecidos en todas las cosas, tanto temporales como espirituales; y son recibidos en el cielo, para que así moren con Dios en un estado de interminable felicidad. ¡Oh recordad, recordad que estas cosas son verdaderas!, porque el Señor Dios lo ha declarado”.

Si somos obedientes a los mandamientos de Dios, viviremos felices para siempre. El Señor declara en Alma 41:10 que “la maldad nunca fue felicidad”.

Como siervo de Dios y miembro de Su Iglesia, les invito a ser plenamente felices si escuchan Sus consejos, viven Sus mandamientos y obedecen las palabras de Sus profetas vivientes.

Sé que el factor que más influye en nuestra felicidad es el prestar atención a los consejos de los profetas vivientes quienes nos enseñan en esta Iglesia.

Tengo un testimonio de que Dios vive, de que Jesús es el Cristo, nuestro Salvador y Redentor. Él dio Su preciosa vida por cada uno de nosotros. Sé que José Smith es un profeta de Dios, lo sé con todo mi corazón. Sé que el Libro de Mormón es la palabra de Dios y que nos puede guiar por caminos de felicidad.

Sé que el presidente Gordon B. Hinckley es el profeta de Dios en la actualidad y que él nos enseña con amor y paciencia cómo podemos ser felices en esta vida y en la vida venidera.

Estas cosas forman parte de mi testimonio de la verdad y las comparto con ustedes, mis hermanos y hermanas, en el nombre de Jesucristo. Amén.