Palabras finales

Gordon B. Hinckley

President of the Church


Gordon B. Hinckley
Que nuestros testimonios de los grandes principios fundamentales de esta obra… resplandezcan con el brillo de nuestras vidas y acciones.

Mis hermanos y hermanas, ya casi terminamos. Al llegar al final de esta conferencia histórica, me vienen a la mente las palabras del imperecedero himno Recessional de Rudyard Kipling:

“Vano poder los reinos son;
huecos los gritos y el clamor.
Constante sólo es tu amor;
al compungido da perdón.
No nos retires tu amor;
haznos pensar en ti, Señor”
(“Haznos pensar en ti, Señor”, Himnos, Nº 35).

Ruego que al regresar a nuestros hogares llevemos el espíritu de esta gran reunión. Ruego que lo que hemos escuchado y experimentado nos quede como una porción de amor y de paz, una actitud de arrepentimiento y una resolución de esforzarnos un poco más por ser mejores ante la radiante luz del sol del Evangelio.

Que nuestros testimonios de los grandes principios fundamentales de esta obra, a los cuales se les ha sacado más brillo, resplandezcan con el fulgor de nuestras vidas y acciones.

Que aumente el espíritu de amor, de paz y de aprecio mutuos en nuestro hogar, que prosperemos en nuestras labores, que nos volvamos más generosos al compartir y que nos acerquemos a quienes nos rodean con amistad y respeto.

Que nuestras oraciones se conviertan en expresiones de gratitud al Dador de todo lo bueno, y de amor a Aquel que es nuestro Redentor.

Ahora, mis hermanos y hermanas, con renuencia deseo tratar algo personal por un momento. Algunos de ustedes habrán notado la ausencia de la hermana Hinckley. Por primera vez, en los 46 años desde llegué a ser Autoridad General, ella no ha asistido a la conferencia general. A comienzos del año estuvimos en África para dedicar el Templo de Accra, Ghana. Al salir de allí, volamos a Sal, una desértica isla del Atlántico, donde nos reunimos con miembros de una rama de la localidad. Después volamos a Saint Thomas, una isla del Caribe, y allí nos reunimos con unos cuantos miembros. Regresábamos a casa cuando ella se desmayó del cansancio y ha pasado días difíciles desde ese entonces. Ahora ella tiene 92 años, un poco más joven que yo. Creo que al reloj se le está acabando la cuerda y no sabemos cómo darle cuerda.

Es un momento profundamente triste para mí. Hemos estado casados durante 67 años este mes. Ella es madre de nuestros cinco talentosos y capaces hijos, abuela de 25 nietos y con un número cada vez más grande de bisnietos. Hemos caminado juntos, lado a lado a lo largo de estos años, en igualdad y como compañeros a través de la tormenta y bajo el resplandor del sol. Ella ha hablado a lo largo y a lo ancho en testimonio de esta obra; ha impartido amor, ánimo y fe doquier que ha ido. Las hermanas le han escrito cartas de agradecimiento desde todas partes del mundo. Seguimos teniendo esperanza y oramos por ella, y expresamos desde lo más profundo de nuestro corazón nuestro agradecimiento hacia los que la han atendido y cuidado, así como por la fe y las oraciones de ustedes a favor de ella. Ahora, al irnos a nuestros hogares, siento que debo decir:

Para siempre Dios esté con vos;
con Su voz Él os sostenga…
Cuando el temor os venga,
en Sus brazos Él os cubra…
que os guíe Su bandera;
que la muerte no os hiera;
para siempre Dios esté con vos.
(“Para siempre Dios esté con vos”, Himnos, Nº 89.)

Cada hombre, mujer, niño, jovencito y jovencita debe salir de esta conferencia siendo una persona mejor de lo que él o ella era al empezar hace dos días. Dejo mi bendición y mi amor a cada uno de ustedes, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.