Mi alma se deleita en las Escrituras

Julie B. Beck

First Counselor in the Young Women General Presidency


Julie B. Beck
Si todavía no se han formado el hábito del estudio diario de las Escrituras, comiencen ahora y continúen estudiándolas.

De recién casada, le pedí a mi suegra, que cocina muy bien, que me enseñara a hacer los deliciosos panecillos que hacía ella. Con animación, me dijo ¡que le había llevado veinticinco años aprender a hacer un buen panecillo!, y añadió: “Más te vale comenzar a hacerlos ahora”. Seguí su consejo y hemos disfrutado en casa de muchos y muy buenos panecillos.

Por aquel mismo tiempo, me invitaron a un almuerzo que se daba a todas las hermanas de la Sociedad de Socorro de mi barrio que hubiesen leído ya fuese el Libro de Mormón o algún libro breve de historia de la Iglesia. En ese entonces, yo sólo leía las Escrituras de vez en cuando, por lo que llené los requisitos para ir al almuerzo por haber leído un libro breve, lo cual era más fácil y llevaba menos tiempo. Durante el almuerzo, experimenté la fuerte sensación de que, si bien el libro de historia era bueno, yo debía haber leído el Libro de Mormón. El Espíritu Santo me inspiraba a cambiar mis hábitos de lectura de las Escrituras. Aquel mismo día comencé a leer el Libro de Mormón y desde entonces nunca he dejado de leerlo. Aunque no me considero experta en las Escrituras, en verdad me regocijo al leerlas todas y me siento agradecida por haberme formado el hábito de toda una vida de leerlas. Sería imposible aprender las lecciones que contienen las Escrituras al leerlas todas sólo una vez o al estudiar versículos seleccionados en una clase.

Saber hacer panecillos es un gran conocimiento práctico para el ama de casa. Cuando los horneo, un aroma delicioso llena la casa. Me posibilita mostrar mi amor a mis familiares compartir con ellos lo que he hecho. Cuando estudio las Escrituras, el Espíritu del Señor llena mi casa, a la vez que adquiero un importante conocimiento que en seguida comparto con mis familiares, y mi amor por ellos aumenta. El Señor nos ha dicho: “…dedicaréis vuestro tiempo al estudio de las Escrituras” (D. y C. 26:1) y que “el Libro de Mormón y las Santas Escrituras [se nos han dado]… para [nuestra] instrucción” (D. y C. 33:16). Toda mujer puede ser instructora de doctrina del Evangelio en su hogar y toda hermana de la Iglesia debe tener conocimiento del Evangelio como líder y como maestra. Si todavía no se han formado el hábito del estudio diario de las Escrituras, comiencen ahora y continúen estudiándolas a fin de estar preparadas para sus responsabilidades tanto en esta vida como en las eternidades.

Mis primeras tentativas de hacer panecillos y de leer las Escrituras no siempre fueron satisfactorias, pero con el tiempo se volvieron tareas más fáciles. Para las dos labores, debí aprender las debidas técnicas y adquirir un conocimiento de los procedimientos adecuados. La clave fue comenzar e intentarlo una y otra vez. Una forma útil de comenzar a estudiar las Escrituras es “aplicarlas” a nosotras mismas (véase 1 Nefi 19:23). Hay quienes comienzan por escoger un tema en la Guía para el Estudio de las Escrituras del cual deseen saber más. O empiezan al comienzo de un libro de las Escrituras y buscan enseñanzas específicas a medida que lo leen.

Por ejemplo, cuando me llamaron a ser líder de las Mujeres Jóvenes, compré un nuevo juego de Escrituras y, al leerlas y marcarlas, buscaba lo que me serviría en mi llamamiento. A veces, pongo en ellas papelitos de colores, para tener un rápido acceso a los temas que esté estudiando. He puesto lengüetas de papel en mis Escrituras para indicar con ellas muchos de mis versículos preferidos sobre el arrepentimiento y la Expiación, y hallarlos fácilmente mientras medito durante la Santa Cena cada semana. Por lo general, tomo notas de lo que voy aprendiendo, las cuales a veces guardo en mis Escrituras y otras veces apunto en un cuaderno separado.

De vez en cuando compro un nuevo ejemplar del Libro de Mormón. Cuando empiezo a leer ese nuevo libro, hago apuntes en los márgenes, a fin de llevar un registro de lo que voy aprendiendo al estudiar. Para recordar lo que voy aprendiendo, trazo líneas para conectar los conceptos, sombreo versículos y subrayo palabras clave. Cuando encuentro conceptos que se relacionan entre sí, hago una cadena de pasajes para enlazar las ideas (véase “Conexión entre pasajes de Escrituras”, La enseñanza: El llamamiento más importante, 2000, pág. 63). Me agrada pensar en mis libros de las Escrituras como en un cuaderno de ejercicios, por lo que a veces anoto dónde me encontraba cuando aprendí algo importante o el nombre de la persona que me lo enseñó. De ese modo, la experiencia se refresca en mi memoria cuando vuelvo a leer ese pasaje.

Muchas de ustedes estudian idiomas extranjeros. Si desean, podrían comenzar a leer el Libro de Mormón en otro idioma. Cuando se leen las Escrituras en otra lengua, se aprende lo que significan las palabras de una forma nueva. Hay personas que comienzan por buscar respuesta a sus preguntas, pues desean saber quiénes son y qué deberían estar haciendo en la vida. Un amigo mío me sugirió que comenzara por buscar las preguntas que el Señor nos hace en las Escrituras y que luego meditase en ellas (véase John S. Tanner, “Responding to the Lord’s Questions”, Ensign, abril de 2002, pág. 26). Desde entonces he descubierto muchas preguntas importantes, como por ejemplo: “¿qué es lo que tú deseas?” (1 Nefi 11:2) y: “¿Qué pensáis del Cristo?” (Mateo 22:42). Yo guardo una lista de esas preguntas en la parte de atrás de mis Escrituras. Suelo escoger una en la cual pensar en los momentos de tranquilidad por motivo de que la meditación me ilumina la mente, “para que [comprenda] las Escrituras” (Lucas 24:45). Cuando no las tengo a la mano, para comenzar mi estudio, repaso las enseñanzas que he memorizado. El recitar los Artículos de Fe u otros versículos para mí misma me permite conservarlos en la memoria.

Sea cual sea la forma en la que la persona comience a estudiar las Escrituras, la clave para desentrañar conocimientos importantes es continuar estudiando. Nunca me canso de descubrir los ricos tesoros de la verdad que hay en las Escrituras debido a que ellas enseñan “con claridad, sí, con toda la claridad de la palabra” (2 Nefi 32:7). Las Escrituras testifican de Cristo (véase Juan 5:39) y nos dicen todas las cosas que debemos hacer (véase 2 Nefi 32:3); nos “pueden hacer [sabias] para la salvación” (2 Timoteo 3:15).

Gracias a la lectura de las Escrituras y a las oraciones que acompañan mi estudio, he adquirido un conocimiento que me da paz y me sirve para conservar mis energías concentradas en lo que tiene importancia eterna. Gracias a haber comenzado a leer las Escrituras a diario, he aprendido acerca de mi Padre Celestial, de Su Hijo Jesucristo y de lo que debo hacer para ser como Ellos; he aprendido acerca del Espíritu Santo y de cómo hacerme merecedora de Su compañía; he aprendido acerca de mi identidad como hija de Dios. Esencialmente, he aprendido quién soy, por qué estoy aquí en la tierra y lo que debo hacer con mi vida.

De muchacho, el profeta José Smith tuvo un interrogante que le preocupaba intensamente. Comenzó a leer las Escrituras y halló la solución en la Biblia (véase Santiago 1:5). Él dijo: “Ningún pasaje de las Escrituras jamás penetró el corazón de un hombre con más fuerza que éste en esta ocasión, el mío”, y meditó en ello “repetidas veces” (José Smith—Historia 1:12). Debido a que José Smith puso en práctica lo que leyó en las Escrituras, llegó a saber acerca de nuestro Padre Celestial, de Su Hijo Jesucristo, del Espíritu Santo y de su identidad como hijo de Dios; José aprendió quién era él, por qué estaba aquí en la tierra y lo que debía hacer en esta vida.

Las Escrituras son tan importantes que Nefi arriesgó su vida para obtener una copia de ellas y deseó “ver, oír y saber” (véase 1 Nefi 10:17); escudriñó las Escrituras y descubrió “que eran deseables… [y]…de gran valor” (1 Nefi 5:21). En ellas, él aprendió “acerca de los hechos del Señor en otras tierras, entre los pueblos de la antigüedad” (1 Nefi 19:22). Comenzó a estudiar las Escrituras y aprendió acerca de nuestro Padre Celestial, de Su Hijo Jesucristo, del Espíritu Santo y de su identidad como hijo de Dios; aprendió quién era y lo que había de hacer.

Tengo gran confianza en las mujeres jóvenes de la Iglesia; mediante su hábito de estudiar a diario las Escrituras, serán “conducid[as] a creer las Santas Escrituras, sí, las profecías escritas de los santos profetas” (Helamán 15:7). Ustedes serán las madres y los líderes que ayudarán a preparar a la generación que viene con el entendimiento y el testimonio del Evangelio. Sus hijos serán los hombres y las mujeres de fe que continuarán edificando el reino de Dios sobre la tierra gracias a lo que ustedes les enseñen de las Escrituras.

Si la lectura de las Escrituras no es todavía un hábito de ustedes, hoy es un gran día para comenzar. En realidad, no me llevó veinticinco años aprender a hacer buenos panecillos; sólo me hacía falta el aliento necesario para comenzar. Si bien los panecillos han sido un placer para mi familia, la mayor dicha ha provenido del hábito de la lectura diaria de las Escrituras que comencé hace ya muchos años. Algunos días tengo mucho tiempo para meditar en ellas y, otros, reflexiono sobre unos cuantos versículos. Del mismo modo que comer y respirar sustentan mi cuerpo físico, las Escrituras alimentan mi espíritu y le dan vida. Y ahora puedo decir al igual que Nefi: “…mi alma se deleita en las Escrituras, y mi corazón las medita… He aquí, mi alma se deleita en las cosas del Señor, y mi corazón medita continuamente en las cosas que he visto y oído” (2 Nefi 4:15–16). En el nombre de Jesucristo. Amén.