“De las cosas pequeñas”

Kathleen H. Hughes

First Counselor in the Relief Society General Presidency


Kathleen H. Hughes
No debemos cansarnos de hacer lo bueno, ni tampoco impacientarnos; el progreso que buscamos llegará “en su tiempo”.

El mensaje del gran himno de la restauración que hemos cantado en la apertura de esta reunión ha permanecido en mi mente y corazón desde que lo escogimos. “Dejad que Sión se levante; Su luz comienza a brillar… Preparando a su pueblo para recibir al Señor”(“Let Zion in Her Beauty Rise”, Hymns, Nº 41). Es glorioso pensar en ese tiempo prometido, cuando el Señor regresará, pero también es sobrecogedor considerar los cambios que debemos realizar para prepararnos para ello. No obstante, queridas hermanas, al conocerles y observar su devoción, creo que, como pueblo, no somos tan deficientes como a menudo pensamos serlo. Tenemos motivos para sentir esperanza y confianza a medida que nos preparamos.

Septiembre de 1832 fue un período de preparación muy agitado para los primeros santos. El Profeta se disponía a mudarse al hogar de John Johnson al sureste de Kirtland, Ohio; y otros hermanos se preparaban para partir a Misuri. En medio de tanta preparación, José Smith recibió la revelación que ahora conocemos como la sección 64 de Doctrina y Convenios. Tras dar instrucciones a los que irían a Misuri, el Señor les recordó: “Mas todas las cosas tienen que acontecer en su hora. Por tanto, no os canséis de hacer lo bueno, porque estáis poniendo los cimientos de una gran obra. Y de las cosas pequeñas proceden las grandes” (D. y C. 64:32–33; cursiva agregada).

Estos versículos son una guía al prepararnos nosotras mismas y nuestra familia para vivir en “tiempos peligrosos” (véase 2 Timoteo 3:1). No debemos cansarnos de hacer lo bueno, ni tampoco impacientarnos; el progreso que buscamos llegará “en su tiempo”. Es más, la gran obra que deseamos realizar procederá de las “cosas pequeñas”.

He aprendido que entre estas cosas pequeñas debo encontrar el tiempo para llenar mi reserva espiritual diariamente. Es tentador hacer una lista inmensa de mis defectos y luego tratar de superarlos, como dice una amiga mía, como si estuviera “matando serpientes”. El progreso personal puede parecer un plan de trabajo, pero, más bien, reside en el corazón, es un cambio de corazón. Cuando nosotras las mujeres luchamos para hacer frente a las exigencias de la vida —cuidar a los hijos, proveer lo necesario, estudiar, enfrentarnos con la edad o la enfermedad— nuestra propia espiritualidad a menudo figura al final de nuestra larga lista de “tareas”.

El estudio de las Escrituras y la oración producirán cambios, pero no automáticamente. Si leemos con atención parcial y oramos sin devoción total, practicamos un ritual no completamente inútil pero tampoco completamente productivo. Debemos, con el apoyo de nuestra familia, apartar el tiempo suficiente para estudiar —no sólo leer— para meditar, sentir y buscar respuestas. El Señor ha prometido que nos fortalecerá, nos edificará y nos renovará si le dedicamos tiempo todos los días (véase D. y C. 88:63).

Hermanas, si deseamos servir, debemos prepararnos; y debemos servir si deseamos prepararnos. Cuando tenía dieciséis años se me llamó a enseñar a los niños de tres años en la Escuela Dominical de menores (tal organización existía en aquellos tiempos remotos). Enseñé a algunos niños bastante inquietos; se subían a las sillas o a la mesa o se escondían debajo de ellas y parecía que nunca estaban quietos. Era sumamente inexperta y durante las primeras semanas me preguntaba si había hecho bien en aceptar el llamamiento.

Pero seguí adelante y aprendí, muy pronto, que no podía limitarme a orar para pedir ayuda. Debía prepararme, lo que significaba planear actividades, relatos y lecciones y significaba contar con un plan B, o más bien planes desde la C hasta la Z. Muchos años después, cuando me llamaron como líder de una Escuela Dominical de menores, sabía cómo ayudar a los nuevos maestros; sabía como disfrutar de los niños y conocía la importancia de ser fiel en mi llamamiento.

Como muchas de ustedes, he tenido numerosos llamamientos en la Iglesia. Algunos me han resultado más fáciles que otros, y he procurado magnificarlos todos. Pero, ¿se han puesto nerviosas alguna vez al pensar en la frase “magnifiquen su llamamiento?”. ¡A mí me ha preocupado! Hace poco leí un discurso en el que el presidente Thomas S. Monson dijo al respecto: “¿Y cómo se magnifica un llamamiento? Simplemente llevando a cabo el servicio que le corresponde” (“El poder del sacerdocio”, Liahona, enero de 2000, pág. 60). Hermanas, ¡podemos hacerlo! Oigo a hermanas decir que su llamamiento les está agotando o que no tienen tiempo para servir. Pero magnificar nuestro llamamiento no implica pasar la noche en vela preparando programas o decoraciones complejas para la mesa; no significa que siempre debamos llevarles un obsequio a las hermanas cuando las visitemos. A veces somos nuestras peores enemigas. Simplifiquemos. El mensaje de una buena lección se crea mediante la preparación espiritual. Concentrémonos en los principios del Evangelio y en el material de nuestras guías de estudio. Preparémonos para fomentar un interesante intercambio de ideas mediante el análisis en grupo y no por medio de un trabajo extra inventado que nos cansa tanto que nos hace lamentar el tiempo que dedicamos para cumplir con nuestros llamamientos.

Cuando se nos llama a servir, no se nos da una fecha de relevo. Nuestra vida es nuestro servicio. Lois Bonner, una hermana de noventa y dos años de mi estaca, comenzó a servir como maestra visitante al casarse, hace más de 65 años. Todavía sigue haciéndolo fielmente. Los Nelson, de Canadá y los Ellsworth, de Utah, nos enseñaron y fueron nuestros mentores, y nos amaron en su servicio como matrimonios misioneros en nuestro pequeño y creciente barrio de Misuri. Mediante ellos, conocimos el gozo de servir y nos beneficiamos con la sabiduría de sus experiencias. No concibo mejor manera de agradecer a nuestro Padre todo lo que nos da, que servir a Sus hijos en cada etapa de nuestra vida.

Para concluir, gradualmente empiezo a entender el significado y la importancia de nuestras ofrendas, sobre todo del diezmo y de las ofrendas de ayuno. A lo largo de Doctrina y Convenios, el Señor nos amonesta que nos cuidemos mutuamente y que aportemos de nuestros recursos temporales para edificar el reino de Dios. De hecho, el estar dispuestos a hacerlo es uno de los requisitos para que el Señor regrese a la tierra. (véase Daniel H. Ludlow, A Companion to your Study of the Doctrine and Covenants, 2 tomos, 1978, 2:46). Si bien nuestras circunstancias varían mucho, es importante que demos todo lo que esté a nuestro alcance. El Señor nunca nos pide dar todo lo que tenemos, pero para Él es importante saber que estaríamos dispuestas y que lo haríamos, si se nos pidiera (véase Bruce R. McConkie, “Obedience, Consecration, and Sacrifice”, Ensign, mayo de 1975, pág. 50). En una de las estacas donde residíamos mi esposo y yo, nuestro presidente de estaca instó a los miembros a duplicar sus ofrendas de ayuno y a prepararse para las bendiciones que resultarían de ello. Ahora puedo dar testimonio personal de que el Señor nos bendecirá de maneras inimaginables si somos fieles y verídicos al dar de manera generosa.

La espiritualidad por medio de la oración y del estudio, el servicio a los demás, los diezmos y las ofrendas generosas, éstos no son principios nuevos; son algunas de las “cosas pequeñas” que se requieren para obtener las grandes. En el versículo siguiente aprendemos lo que el Señor requiere de nosotras. Él requiere “el corazón y una mente bien dispuesta” (D. y C. 64:34; cursiva agregada). Lo que se debe renovar es nuestro corazón y nuestra mente. Todas tenemos faltas, debilidades y actitudes imperfectas. El Señor nos pide que seamos receptivas a Él sin retraernos en nada. Nos dice: No te afanes “por tu propia vida”; procura “mi voluntad y el cumplimiento de mis mandamientos” (Helamán 10:4). La renovación del corazón resulta cuando hacemos y damos todo lo que podemos y después entregamos nuestro corazón y voluntad al Padre. Al hacerlo, Él nos promete que tendremos una vida abundante aquí y en la eternidad. No debemos temer.

Hermanas, no se cansen de hacer lo bueno. Si somos pacientes, experimentaremos el cambio de corazón que buscamos. A casi todas nos requerirá modificar ligeramente nuestra dirección y dirigirnos hacia el verdadero norte. Lo que debemos cambiar se halla en las “pequeñas cosas”, que no por ello son fáciles. Hay muchísimas fuerzas que afectan nuestra brújula; pero reconocemos la atracción de la estrella polar; nos indica el rumbo hacia casa.

Les doy testimonio de la realidad de las promesas que el Padre nos ha dado a Sus amadas hijas. Les testifico que, al sintonizar nuestra vida para emular el ejemplo que el Salvador nos mostró, sabremos que la luz de Sión se está levantando y que estamos convirtiéndonos en un pueblo preparado para recibirlo. En el nombre de Jesucristo. Amén.