Un silbo apacible y delicado, y un corazón vibrante

First Counselor in the Presiding Bishopric


Richard C. Edgley
Es un silbo apacible y delicado y un corazón vibrante lo que testifica del milagro de la Restauración.

En 1995 se me invitó a dar la bienvenida y dirigir unas palabras en un seminario científico celebrado en Salt Lake City sobre el tema de la nutrición infantil, al que asistieron noventa y seis científicos de 24 países. Mientras observaba a los presentes al tomar la palabra, me impresionó que hubiera tantos países representados, como lo demostraban sus atuendos, el color de la piel, los idiomas y otras características particulares.

Tres o cuatro meses más tarde, asistí a una conferencia de estaca en la costa este de los Estados Unidos y mientras me hallaba en el estrado, preparándome para la sesión de liderazgo del sacerdocio, un hombre de África entró en la sala y se sentó próximo al pasillo. Me resultaba vagamente familiar, aunque no podía recordar dónde lo había visto. Me incliné hacia el presidente de estaca y le pregunté quién era aquel hombre. Él me respondió: “No es miembro de la Iglesia. Es un profesor de intercambio oriundo de África que enseña en una prestigiosa universidad de la región. Hace unos meses asistió a un seminario científico en Salt Lake City. Le dieron un folleto de la Iglesia y eso lo llevó a leer todo lo que pudo encontrar sobre nosotros y ahora asiste a las reuniones siempre que le es posible”. Y medio en broma, el presidente de estaca agregó: “No me extrañaría que asistiera también a las reuniones de la Sociedad de Socorro”.

Después de la reunión de liderazgo del sacerdocio, volví a presentarme a aquel profesor, quien me afirmó su alegría por su recién descubierta fuente de verdad. Me explicó que su familia, que se hallaba en África, estaba recibiendo las charlas misionales y que se reunirían con él en Estados Unidos en unas cuatro semanas para bautizarse todos juntos.

Al final de la sesión para los adultos celebrada aquel mismo sábado por la tarde, ese hombre se apresuró a ir hasta el púlpito y, golpeándose el pecho, dijo muy emocionado: “El corazón me vibra como si fuera a salírseme del pecho. No sé si podré aguardar las cuatro semanas para que se bautice mi familia”. Le aconsejé que se quedara tranquilo y esperara a su esposa y a sus hijos para que todos pudieran bautizarse juntos.

Cuando Elías tuvo que huir para salvar la vida de las garras de la malvada princesa fenicia Jezabel, el Señor lo condujo a un monte elevado en el que vivió una experiencia asombrosa. Mientras estaba en el monte ante el Señor, sintió “un grande y poderoso viento… pero Jehová no estaba en el viento. Y tras el viento un terremoto; pero Jehová no estaba en el terremoto. Y tras el terremoto un fuego; pero Jehová no estaba en el fuego. Y tras el fuego un silbo apacible y delicado” (1 Reyes 19:11–12).

De vez en cuando, personas de otras religiones me preguntan por qué nuestra Iglesia crece tan rápido, tanto en el número de miembros como en actividad, mientras que otras iglesias, según se informa, declinan en ambos aspectos. La respuesta a esa pregunta es simplemente un silbo apacible y delicado y después un corazón vibrante. En este mundo ajetreado, tumultuoso y aparatoso, no es como un viento, ni como un terremoto, ni como un fuego, sino que es un silbo apacible y delicado, aunque bien perceptible, lo que produce un corazón vibrante. Es una calidez apacible del corazón lo que testifica que éste es el Evangelio restaurado de Jesucristo, con toda su doctrina, su sacerdocio y sus convenios que se habían perdido a lo largo de muchos siglos de oscuridad y confusión. Sí, es un silbo apacible y delicado y un corazón vibrante lo que testifica del milagro de la Restauración.

Es un silbo apacible y delicado y un corazón vibrante lo que inspira a millones de miembros a emular la vida de Jesús en palabra, obra y servicio. Es un silbo apacible y delicado, y un corazón vibrante lo que motiva a miles de matrimonios jubilados a servir en misiones, por lo general de 18 meses o más, dejando a un lado las comodidades de la vida para ir al mundo y servir a los demás, costeándose sus propios gastos, algo que muchas personas considerarían un gran sacrificio; sirviendo a menudo en zonas del mundo donde una ducha caliente y una cama cómoda son lujos que sólo quedan en el recuerdo.

Es un silbo apacible y delicado y un corazón vibrante lo que hace que cientos de miles de jóvenes abandonen una profesión prometedora, pospongan sus estudios (en ocasiones perdiendo sus becas escolares o atléticas) o demoren sus noviazgos para servir al Señor de su propio bolsillo, a fin de declarar la restauración del Evangelio. Es un silbo apacible y delicado y un corazón vibrante lo que da a nuestros jóvenes el deseo y el valor de defender la pureza, la honradez y los principios, aun a riesgo de ser a veces ridiculizados y rechazados. Es un silbo apacible y delicado y un corazón vibrante lo que nos inspira a guardar gozosos los mandamientos de Dios y a compartir las cargas de los menos afortunados. Sí, hay poder en el silbo apacible y delicado y en el corazón vibrante.

Alma tenía una manera particular de preguntar por la condición espiritual de nuestro corazón. Él pregunta: “¿Habéis nacido espiritualmente de Dios?”. Y después: “¿Habéis recibido su imagen en vuestros rostros? ¿Habéis experimentado este gran cambio en vuestros corazones?” (Alma 5:14; cursiva agregada). En otras palabras, ¿vibra nuestro corazón con un testimonio de Jesucristo?

Permítanme decirles de sólo tres de las muchas cosas que me hacen vibrar el corazón. Primero, mi corazón vibra con el conocimiento de que Jesucristo es mi Salvador personal y que Su amor por mí bastó para que Él sufriera un dolor inimaginable, aun hasta la muerte. Mi corazón vibra cuando, estando a solas con mis pensamientos, me doy cuenta de que puedo ser limpiado, purificado y redimido por medio de la sangre de Jesucristo. Mi corazón vibra cuando contemplo el precio que se pagó: el sufrimiento que se soportó para evitar que yo pasara un dolor semejante por mis pecados y transgresiones.

Segundo, mi corazón vibra con el conocimiento de que un jovencito de sólo 14 años de edad fue a una arboleda y, mediante su sencilla pero humilde oración, los cielos se abrieron, Dios y Cristo se aparecieron y descendieron ángeles. Fue así que se restauró la plenitud del Evangelio de Jesucristo con todo su sacerdocio, sus convenios y su pureza de doctrina. Mi corazón vibra al pensar en lo que tuvo que pasar ese joven profeta para llevar a cabo la plenitud del Evangelio restaurado. Mientras descendían ángeles celestiales, los ángeles de Satanás también estaban trabajando. Comenzaron las persecuciones y, al igual que en la vida de los profetas de la antigüedad, la vida de José culminó en su martirio. A lo largo de sus pruebas y persecuciones, el joven profeta se mantuvo firme y decidido.

Gracias a José Smith, entiendo más plenamente la magnitud de la expiación de Cristo. Gracias al Profeta José, comprendo mejor la importancia del huerto de Getsemaní, un lugar de gran sufrimiento a medida que Cristo tomó sobre Sí nuestro padecimiento no sólo por nuestros pecados, sino también por nuestros dolores, debilidades, pruebas y tragedias. Entiendo la naturaleza infinita y eterna de Su gran y último sacrificio. Comprendo mejor el amor de nuestro Salvador ejemplificado en Su último gran acto de redención. Gracias a José Smith, mi amor y mi gratitud por el Salvador aumentan y mi adoración tiene mayor sentido. Entre los muchos himnos de nuestro himnario, escritos por W. W. Phelps, se encuentra el conocido himno que dice: “Al gran profeta rindamos honores” (“Loor al Profeta”, Himnos, Nº 15). Mi corazón vibra al entonar ese himno.

Sí, porque cantamos con entusiasmo y con dicha: “Al gran profeta rindamos honores”, cantamos sobre el Salvador con aun mayor reverencia, emoción y gratitud al decir: “Cuán asombroso es que por amarme así muriera Él por mí. Cuán asombroso es lo que dio por mí” (“Asombro me da”, Himnos, Nº 118). Mi corazón vibra gracias al conocimiento que el profeta José trajo a mi vida en cuanto al efecto personal de la expiación de mi Salvador.

Tercero, mi corazón vibra al estudiar y meditar las sagradas escrituras del Libro de Mormón, al complementar a la Biblia y testificar de la divinidad de Jesucristo como el Hijo de Dios, el Redentor y el Salvador del mundo. Gracias a ese sagrado compañero de la Biblia, mi comprensión de la doctrina de Cristo ha aumentado y así, muchas de las dudas que quedaban sin respuesta en ésta, ahora se explican a mi entera satisfacción. El Libro de Mormón es la evidencia tangible de que José es un profeta de Dios, de que Cristo realmente se le apareció y de que el Evangelio ha sido restaurado en toda su pureza y plenitud.

Mi corazón vibra al contemplar el milagro de la existencia del Libro de Mormón: la laboriosa tarea de grabar sobre planchas de metal, la atenta custodia que durante siglos le diera el escogido de Dios, y su milagrosa traducción. Ciertamente, encaja la perfecta definición de Escritura sagrada. Debido al majestuoso amor de Dios por nosotros, Él nos proporcionó esta evidencia para que podamos tenerla en nuestras manos, examinarla, estudiarla y hasta ponerla en tela de juicio. Pero, sobre todo, Dios me ama lo suficiente para darme a mí, y a cualquiera que sinceramente busque una revelación personal de la veracidad del Libro de Mormón, la evidencia tangible de la Restauración y de que José Smith fue un profeta verdadero.

Refiriéndose a este conocimiento sagrado, Alma, un profeta del Libro de Mormón, testifica:

“¿No suponéis que sé de estas cosas yo mismo? He aquí, os testifico que yo sé que estas cosas de que he hablado son verdaderas. Y ¿cómo suponéis que yo sé de su certeza?

“He aquí, os digo que el Santo Espíritu de Dios me las hace saber. He aquí, he ayunado y orado muchos días para poder saber estas cosas por mí mismo. Y ahora sé por mí mismo que son verdaderas; porque el Señor Dios me las ha manifestado por su Santo Espíritu; y éste es el espíritu de revelación” (Alma 5:45–46).

Al igual que Alma de antaño, cada uno de nosotros, miembros e investigadores sinceros, puede saber con certeza que estas cosas son verdaderas. Tenemos el gran privilegio de saber; es más que un privilegio; tenemos la responsabilidad de saber. Constituye una enorme pérdida el no saber cuándo se nos concede semejante privilegio. El Señor ha dicho: “…llamad, y se os abrirá” (Mateo 7:7). Jacob, un profeta del Libro de Mormón, dice: “…[venid] con íntegro propósito de corazón” (Jacob 6:5). No tenemos que confiar en nuestro intelecto ni en nuestros sentidos físicos. Si estudiamos, oramos y, al igual que Alma de antaño, incluso ayunamos, entonces viene un silbo apacible y delicado y un corazón vibrante. Imagínense recibir una revelación personal de Dios que les diga que estas cosas son verdaderas. Mi corazón vibra tan sólo con pensar en ello. En el nombre de Jesucristo. Amén.