El Libro de Mormón: Otro Testamento de Jesucristo – Cosas claras y preciosas

Boyd K. Packer

Acting President of the Quorum of the Twelve Apostles


Boyd K. Packer
El Libro de Mormón es un tesoro interminable de sabiduría e inspiración, de consejo y de corrección.

José Smith dijo: “Declaré a los hermanos que el Libro de Mormón era el más correcto de todos los libros sobre la tierra, y la clave de nuestra religión; y que un hombre se acercaría más a Dios al seguir sus preceptos que los de cualquier otro libro” (Introducción del Libro de Mormón, pág. V; véase también History of the Church, tomo IV, pág. 461).

La primera edición del Libro de Mormón: Otro Testamento de Jesucristo se imprimió en Palmyra, Nueva York, en marzo de 1830. José Smith —un muchacho campesino y sin instrucción— había cumplido 24 años un poco antes de esa fecha. El año anterior había pasado un total de 65 días traduciendo las planchas. Casi la mitad de ese tiempo fue después que él hubo recibido el sacerdocio. La impresión había tardado siete meses.

Cuando leí el Libro de Mormón la primera vez del principio al fin, leí la promesa de que si yo “pregun[taba] a Dios el Eterno Padre, en el nombre de Cristo, si [eran verdaderas las cosas que había leído]; y si pedí[a] con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo, él [me] manifesta[ría] la verdad de ellas por el poder del Espíritu Santo” (Moroni 10:4). Intenté seguir esas instrucciones como las había entendido.

Si quizás yo esperaba que se produjese de inmediato una manifestación espléndida como una experiencia sobrecogedora, ésta no sucedió. No obstante, experimenté un buen sentimiento y comencé a creer.

El siguiente versículo contiene una promesa aún mayor: “…por el poder del Espíritu Santo podréis conocer la verdad de todas las cosas” (Moroni 10:5; cursiva agregada). Yo no sabía cómo actuaba el Espíritu Santo aun cuando en el Libro de Mormón se explica en un número de veces y en una diversidad de formas.

Estudié y aprendí que los “ángeles hablan por el poder del Espíritu Santo; por lo que declaran las palabras de Cristo”, y también decía que debemos “[deleitarnos] en las palabras de Cristo; [con la promesa de que] las palabras de Cristo os dirán todas las cosas que debéis hacer” (2 Nefi 32:3).

Y dice claramente que “si… no podéis entenderlas, será porque no pedís ni llamáis” (2 Nefi 32:4).

También leí: “…si entráis por la senda y recibís el Espíritu Santo, él os mostrará todas las cosas que debéis hacer” (2 Nefi 32:5). Yo ya había hecho eso cuando fui confirmado miembro de la Iglesia por la “imposición de manos para comunicar el don del Espíritu Santo” (Los Artículos de Fe 4).

Si en mi inocencia de niño yo había esperado alguna experiencia espiritual especial, ésta no se verificó. A lo largo de los años, al oír sermones y lecciones, y al leer el Libro de Mormón, comencé a comprender.

Nefi, tras haber sido maltratado por sus hermanos, les recordó que un ángel les había hablado [y añadió] “pero habíais dejado de sentir, de modo que no pudisteis sentir sus palabras” (1 Nefi 17:45). Cuando comprendí que el Espíritu Santo podía comunicarse a través de nuestros sentimientos, comprendí la razón por la que las palabras de Cristo, sean éstas del Nuevo Testamento o del Libro de Mormón o de las otras Escrituras, producen tan buenos sentimientos. Con el paso del tiempo, descubrí que las Escrituras tenían la respuesta para lo que yo debía saber.

Leí: “Ahora bien, éstas son las palabras, y podéis aplicároslas a vosotros y a todos los hombres” (2 Nefi 11:8; cursiva agregada; véase también 1 Nefi 19:23–24; 2 Nefi 6:5; 11:2). Comprendí que eso quería decir que las Escrituras se aplicaban a mí personalmente, y se aplican también a todas las demás personas.

Cuando algún versículo que yo había leído varias veces llegaba a adquirir un significado personal para mí, pensaba que la persona que había escrito ese versículo había tenido una profunda y madura comprensión de mi vida y de lo que yo sentía.

Por ejemplo, leí que el profeta Lehi participó del fruto del árbol de la vida y dijo: “…por lo que deseé que participara también de él mi familia, pues sabía que su fruto era preferible a todos los demás” (1 Nefi 8:12). Había leído ese pasaje más de una vez, pero éste no había significado mucho para mí.

El profeta Nefi también dijo que había escrito “las cosas de mi alma… y las escribo para la instrucción y el beneficio de mis hijos” (2 Nefi 4:15). Yo había leído eso, pero no habían significado mucho para mí tampoco. Pero posteriormente, cuando tuve hijos, comprendí que Lehi y Nefi tenían sentimientos tan profundos con respecto a sus hijos como los que yo tengo para con mis hijos y mis nietos.

Esas Escrituras me parecieron claras y preciosas, y me pregunté cómo el joven José Smith pudo haber tenido tan agudos conceptos. El hecho es que no creo que él haya tenido tan profundos conceptos, puesto que no tenía que tenerlos; él tan sólo tradujo lo que estaba escrito en las planchas.

Esa clase de conceptos claros y preciosos se encuentran en todas partes en el Libro de Mormón, y manifiestan una profundidad de sabiduría y de experiencia que ciertamente no es característica de un joven de 23 años de edad.

Aprendí que cualquier persona de cualquier lugar podía leer el Libro de Mormón y recibir inspiración.

Algunos conceptos han cobrado significado para mí tras haberlos leído una segunda y aun una tercera vez, y se han “aplicado” a situaciones que se me han presentado en la vida cotidiana.

Mencionaré otro concepto claro y precioso que no tuvo gran significado para mí la primera vez que leí el Libro de Mormón. Cuando yo tenía 18 años de edad, me llamaron al servicio militar. Si bien hasta entonces yo no había tenido motivo para inquietarme en ese respecto, llegó a preocuparme mucho el asunto de si era correcto que yo fuese a la guerra. Hallé mi respuesta en el Libro de Mormón.

“…no estaban [los nefitas] luchando por monarquía ni poder, sino que luchaban por sus hogares y sus libertades, sus esposas y sus hijos, y todo cuanto poseían; sí, por sus ritos de adoración y su iglesia.

“Y estaban haciendo lo que sentían que era su deber para con su Dios; porque el Señor les había dicho, y también a sus padres: Si no sois culpables de la primera ofensa, ni de la segunda, no os dejaréis matar por mano de vuestros enemigos.

“Y además, el Señor ha dicho: Defenderéis a vuestras familias aun hasta la efusión de sangre. Así que, por esta causa los nefitas luchaban contra los lamanitas, para defenderse a sí mismos, y a sus familias, y sus tierras, su país, sus derechos y su religión” (Alma 43:45–47).

Sabiendo eso, me fue posible servir con buena disposición y honorablemente.

Otro ejemplo: Una vez me enfrenté con tener que tomar una decisión importante. Cuando después de orar, todavía no sabía qué hacer, fui a ver al élder Harold B. Lee. Él me aconsejó que siguiese adelante. Al percibir que yo aún me sentía muy indeciso, me dijo: “El problema que usted tiene es que desea ver el final del camino antes de comenzar a recorrerlo”. En seguida, me citó el siguiente versículo del Libro de Mormón: “no contendáis porque no veis, porque no recibís ningún testimonio sino hasta después de la prueba de vuestra fe” (Éter 12:6).

Y añadió: “Usted debe aprender a caminar unos pasos en la oscuridad y, entonces, se encenderá la luz y le mostrará el camino”. Aquélla fue una lección trascendental basada en un versículo del Libro de Mormón.

¿No les ha ocurrido a veces lo que a Nefi, que dijo: “E iba guiado por el Espíritu, sin saber de antemano lo que tendría que hacer” (1 Nefi 4:6)? ¿No se han sentido a veces muy débiles?

Moroni se sintió débil y temeroso de que, dijo: “se burlen de nuestras palabras [a causa de nuestra debilidad].

“…el Señor [le] habló, diciendo: Los insensatos hacen burla, mas se lamentarán; y mi gracia es suficiente para los mansos, para que no saquen provecho de vuestra debilidad;

“y si los hombres vienen a mí, les mostraré su debilidad. Doy a los hombres debilidad para que sean humildes; y basta mi gracia a todos los hombres que se humillan ante mí; porque si se humillan ante mí, y tienen fe en mí, entonces haré que las cosas débiles sean fuertes para ellos” (Éter 12:25–27; cursiva agregada).

La vida pasa demasiado rápido. Cuando se sientan débiles, desanimados, deprimidos o temerosos, abran el Libro de Mormón y lean. No dejen pasar mucho tiempo antes de leer un versículo, un pensamiento o un capítulo.

La experiencia me ha enseñado que el testimonio no sobreviene de repente, sino que va creciendo, como dijo Alma, de la semilla de la fe: “…fortalecerá vuestra fe, porque diréis: Sé que ésta es una buena semilla; porque, he aquí, brota y empieza a crecer”(Alma 32:30). Si la nutren, crecerá, pero si no la nutren, se secará (véase Alma 32:37–41).

No se desilusionen si han leído y releído, y todavía no han recibido un testimonio poderoso. Quizás les ocurra como a los discípulos de los que se habla en el Libro de Mormón que se hallaban llenos del poder de Dios en gran gloria “y no lo supieron” (3 Nefi 9:20).

Hagan lo mejor que puedan. Piensen en este versículo: “Y mirad que se hagan todas estas cosas con prudencia y orden; porque no se exige que un hombre corra más aprisa de lo que sus fuerzas le permiten. Y además, conviene que sea diligente, para que así gane el galardón; por tanto, todas las cosas deben hacerse en orden” (Mosíah 4:27).

Los dones espirituales que se describen en el Libro de Mormón están presentes en la Iglesia hoy en día: indicaciones, impresiones, revelaciones, sueños, visitaciones y milagros. Tengan la seguridad de que el Señor puede, y a veces lo hace, manifestarse con poder y gran gloria. Los milagros sí ocurren.

Mormón dijo: “…¿ha cesado el día de los milagros?

“¿O han cesado los ángeles de aparecer a los hijos de los hombres? ¿O les ha retenido él el poder del Espíritu Santo? ¿O lo hará, mientras dure el tiempo, o exista la tierra, o haya sobre la faz de ella un hombre a quien salvar?

“He aquí, os digo que no; porque es por la fe que se obran milagros…” (Moroni 7:35–37).

Oren siempre, a solas y con su familia. Las respuestas se recibirán de diversas maneras.

Unas pocas palabras o una frase de un versículo, como por ejemplo: “la maldad nunca fue felicidad” (Alma 41:10), les hará saber de la realidad del maligno y cómo éste trabaja.

“…porque de este modo obra el diablo, porque él no persuade a ningún hombre a hacer lo bueno, no, ni a uno solo; ni lo hacen sus ángeles; ni los que a él se sujetan” (Moroni 7:17).

Profetas de las diversas generaciones han enseñado las doctrinas del Evangelio sempiterno para proteger a “los pacíficos discípulos de Cristo” (Moroni 7:3).

Mormón vio nuestra época e hizo esta advertencia: “excepto que el Señor castigue a su pueblo con muchas aflicciones, sí, a menos que lo visite con muerte y con terror, y con hambre y con toda clase de pestilencias, no se acuerda de él” (Helamán 12:3).

Cuando el Señor visitó a los nefitas, ellos le preguntaron

“el nombre por el cual [habían] de llamar esta iglesia; porque [había] disputas entre el pueblo concernientes a este asunto.

“…el Señor les dijo… ¿Por qué es que este pueblo ha de murmurar y disputar a causa de esto?

“¿No han leído las Escrituras que dicen que debéis tomar sobre vosotros el nombre de Cristo, que es mi nombre? Porque por este nombre seréis llamados en el postrer día” (3 Nefi 27:3–5).

El objetivo central del Libro de Mormón es su testamento de Jesucristo. Más de la mitad de los más de 6.000 versículos del Libro de Mormón se refieren directamente a Él.

Por tanto, “hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo y escribimos según nuestras profecías, para que nuestros hijos sepan a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados” (2 Nefi 25:26).

El Libro de Mormón es un tesoro interminable de sabiduría e inspiración, de consejo y de corrección, “adapta[do] a la capacidad del débil y del más débil de [entre nosotros]” (D. y C. 89:3). Además, es rico en alimento para los más instruidos si éstos se vuelven humildes (véase 2 Nefi 9:28–29).

En el Libro de Mormón aprendemos:

El plan de salvación, o sea, “el gran plan de felicidad” (Alma 42:8; véase también Alma 42:5, 8, 12, 30).

La doctrina de Cristo y la Expiación (véase 2 Nefi 31:2–21; 32:1–6; 3 Nefi 11:31–40; 27:13–21).

Por qué la muerte es necesaria (véase 2 Nefi 9:4–6; Mosíah 16:8–9; Alma 12:25–27).

La vida después de la muerte en el mundo de los espíritus (véase Alma 42:11–14).

La forma en la que actúa el maligno (véase 2 Nefi 2:27; Alma 28:13; 3 Nefi 2:2).

El orden del sacerdocio (véase Mosíah 29:42; Alma 4:20; 5:3, 44; Alma 13:1–10).

Las oraciones sacramentales (véase Moroni 4:3; 5:2).

La forma segura de discernir entre el bien y el mal (véase Moroni 7:16).

Cómo retener la remisión de sus pecados (véase Mosíah 4:26).

Claras y proféticas advertencias y muchas, muchísimas otras cosas relacionadas con la redención del género humano y con nuestras vidas. Todas ellas son partes de la plenitud del Evangelio (véase D. y C. 20:9).

El Libro de Mormón confirma las enseñanzas del Antiguo Testamento, confirma las enseñanzas del Nuevo Testamento y restaura “muchas cosas claras y preciosas” (1 Nefi 13:28) que se habían perdido o quitado de ellos (véase también 1 Nefi 13:20–42; 14:23). Es en verdad otro testamento de Jesucristo.

Este año celebramos el aniversario número 175 de la organización de la Iglesia y el aniversario número 200 del nacimiento del profeta José Smith. En la Iglesia, se escribirá y se dirá mucho para tributarle honores.

Como de costumbre, se dirá y se escribirá mucho para desacreditarlo. Siempre ha habido, hay hoy en día y siempre habrá personas que remuevan el polvo de hace ya doscientos años con la esperanza de hallar algo que se le adjudique a José haber dicho o hecho con el fin de desacreditarlo.

Las revelaciones nos hablan de “…todos los que alcen el calcañar contra mis ungidos, dice el Señor, clamando que han pecado cuando no pecaron delante de mí, antes hicieron lo que era propio a mis ojos y lo que yo les mandé, dice el Señor” (D. y C. 121:16). Ellos efectivamente afrontan muy severos castigos.

No tenemos que defender al profeta José Smith. El Libro de Mormón: Otro Testamento de Jesucristo lo defenderá por nosotros. A los que rechazan a José Smith como profeta y revelador les queda buscar alguna otra explicación del Libro de Mormón.

Y de la segunda y potente defensa: Doctrina y Convenios, y de la tercera: La Perla de Gran Precio. Al publicarse combinados, esos libros de Escrituras constituyen un testamento inquebrantable de que Jesús es el Cristo y un testimonio de que José Smith es un profeta.

Y me uno a los otros millones de personas que tienen ese testimonio, y lo expreso a ustedes en el nombre de Jesucristo. Amén.