Buscad el reino de Dios

Gordon B. Hinckley

President of the Church


Gordon B. Hinckley
Espero que todos ustedes recuerden que en este día de reposo me oyeron dar mi testimonio de que ésta es la santa obra de Dios.

Mis amados hermanos y hermanas, les doy las gracias por las oraciones que han ofrecido a mi favor y ahora ruego que su fe me sostenga.

Cuando un hombre llega a tener mi edad, se detiene de vez en cuando para reflexionar en lo que lo ha llevado a su situación actual.

Si me lo permiten, quisiera hablarles de un asunto que podría considerarse egoísta. Lo hago porque la vida del Presidente de la Iglesia en realidad pertenece a la Iglesia entera. Tiene muy poca privacidad y nada de secretos. Esta mañana creo que mi discurso será diferente de los que habrán escuchado en otras conferencias generales de la Iglesia.

Estoy en el ocaso de mi vida. Todos nosotros estamos totalmente en las manos del Señor. Como muchos de ustedes ya saben, recientemente fui sometido a una intervención quirúrgica seria y es la primera vez en mis 95 años que he sido paciente en un hospital. No se lo recomiendo a nadie. Los médicos dicen que aún tengo algunos problemas de salud.

Estoy por cumplir mi cumpleaños número 96 y aprovecho esta oportunidad para expresar mi aprecio y gratitud por las maravillosas bendiciones que el Señor ha derramado sobre mí.

Todos tenemos que tomar decisiones en el curso de la vida, algunas con el seductor atractivo de la riqueza y la prosperidad; otras parecen menos prometedoras. De alguna forma el Señor ha velado por mí y ha guiado mis decisiones, aunque en el momento no siempre fue evidente.

Acuden a mi mente las palabras del poema de Robert Frost, “The Road Not Taken” [El camino que nadie tomó], que concluye con estas líneas:

“Dos caminos había en un bosque, y yo…
yo tomé el menos transitado.
Y ésa fue la acción decisiva de mi vida”.
(Robert Frost, The Road Not Taken, poeta estadounidense [1874–1963].)

Pienso en las palabras del Señor: “…buscad el reino de Dios, y todas estas cosas os serán añadidas” (Lucas 12:31).

En esta conferencia de abril, hace 48 años, fui sostenido por primera vez como Autoridad General. A partir de entonces he hablado en todas las conferencias generales. He dado más de 200 discursos y he tratado una gran variedad de temas, pero el más común, el que ha predominado en todos ellos ha sido mi testimonio de esta gran obra de los Últimos Días.

Pero las cosas han cambiado y están cambiando. Hace dos años falleció la que fue mi amada compañera durante 67 años. La extraño más de lo que puedo expresar. Era de verdad una mujer maravillosa y caminamos lado a lado en perfecto compañerismo durante más de dos terceras partes de un siglo. Al contemplar mi vida en retrospectiva, lo hago con cierta medida de asombro. Todo lo bueno que me ha ocurrido, incluso mi matrimonio, lo debo a mi actividad en la Iglesia.

La otra tarde tuve la oportunidad de repasar una lista incompleta de sociedades y organizaciones que me han honrado, y todo por mi actividad en la Iglesia. Presidentes de los Estados Unidos, un gran número de ellos, han ido a la Oficina de la Presidencia de la Iglesia. En la pared de mi oficina tengo una fotografía en la que le presento un Libro de Mormón al presidente Ronald Reagan. En mi librero está la Medalla Presidencial de la Libertad que me otorgó el presidente Bush. He visitado la Casa Blanca en varias ocasiones. He recibido a primeros ministros y embajadores de muchas naciones, entre ellos a Margaret Thatcher y Harold McMillan, del Reino Unido, y me he relacionado con ellos.

He conocido y trabajado con todos los Presidentes de la Iglesia, desde Heber J. Grant hasta Howard W. Hunter. He conocido y amado a todas las Autoridades Generales durante todos estos muchos, muchos años.

Ahora trato de ocuparme de los muchos libros y artefactos que he acumulado con el correr de los años. Al estarlo haciendo, encontré un viejo diario con anotaciones esporádicas desde el año 1951 hasta 1954. En esa época, era consejero de la presidencia de mi estaca y aún no me habían llamado a ser Autoridad General.

Al leer ese viejo diario, recordé con aprecio cómo, mediante la bondad del Señor, llegué a conocer muy íntimamente y bien a todos los integrantes de la Primera Presidencia y a los miembros del Quórum de los Doce. Ahora no sería posible tener una oportunidad así porque la Iglesia es mucho más grande.

El diario contiene anotaciones como las que siguen a continuación:

“11 de marzo de 1953: El presidente McKay habló conmigo acerca del programa de la conferencia de abril para los presidentes de misión.

“Jueves 19 de marzo: Joseph Fielding Smith me pidió que asignara a una de las Autoridades Generales que demostrara cómo dirigir las conferencias misionales del sábado por la noche… Creo que Spencer W. Kimball o Mark E. Petersen debe encargarse de ello”.

“Jueves 26 de marzo: El presidente McKay contó una historia interesante. Él dijo: ‘Un granjero tenía un terreno muy grande y cuando ya era anciano no lo podía atender. Tenía varios hijos y los llamó a su alrededor y les dijo que tendrían que ocuparse de la granja. El padre descansó, pero un día salió a caminar por el terreno. Los hijos le dijeron que regresara a casa, que no necesitaban su ayuda, pero él dijo: “Hasta mi sombra en esta granja vale más que el trabajo de todos ustedes”’. El presidente McKay dijo que el padre del relato representaba al presidente Stephen L Richards, que estaba enfermo, pero cuya contribución y ayuda el presidente McKay tenía en muy alta estima”.

“Viernes 3 de abril de 1953: Asistí a una reunión en el templo con las Autoridades Generales y los presidentes de misión, desde las 9 de la mañana hasta las 3:30 de la tarde. Hablaron más de 30 presidentes de misión. Han hecho grandes progresos, pero todos ellos quieren más misioneros”.

“Martes 14 de abril: El presidente Richards fue a la oficina; tuve una charla agradable con él. Parece estar cansado y débil. Pienso que el Señor lo ha preservado para un gran propósito”.

“Lunes 20 de abril de 1953: Tuve una conversación interesante con Henry D. Moyle, del Consejo de los Doce Apóstoles”.

“15 de julio de 1953: Albert E. Bowen, miembro del Consejo de los Doce, murió después de haber estado gravemente enfermo más de un año. Se ha ido otro de mis amigos… Llegué a conocerle bien. Era un hombre sabio y constante. Nunca se le podía apresurar; nunca llevaba prisa. Era sumamente reflexivo, un hombre de prudencia inusual y de una gran fe sencilla. Los ancianos sabios fallecen. Eran mis amigos. En mi corto tiempo he visto ir y venir a muchos de los grandes hombres de la Iglesia; a la mayoría he conocido íntimamente y he trabajado estrechamente con ellos. El tiempo tiende a borrar el recuerdo. En cinco años más sólo se recordarán unos cuantos de los nombres como Merrill, Widtsoe, Bowen, todos ellos personajes de renombre. Día tras día el hombre debe sentir satisfacción con su trabajo, debe reconocer que su familia tal vez lo recuerde, que puede contar para el Señor, pero más allá de eso, su monumento será muy pequeño para las generaciones venideras”.

Y así sigue el diario. Lo leo sólo para ilustrar la relación tan asombrosa que tuve de joven con miembros de la Primera Presidencia y del Quórum de los Doce.

En el transcurso de mi vida, también he caminado entre los pobres de la tierra, y he compartido con ellos mi amor, mi preocupación por ellos y mi fe. Me he relacionado con hombres y mujeres de privilegio y renombre de muchas partes de la tierra. Espero que esas oportunidades me hayan permitido ejercer una influencia positiva.

Cuando yo era un niño de apenas once años de edad, recibí una bendición patriarcal de un hombre al que jamás había visto y al que nunca volví a ver. Es un documento asombroso y profético. Es muy personal y no leeré mucho; sin embargo, contiene esta afirmación: “Las naciones de la tierra escucharán tu voz y recibirán el conocimiento de la verdad por el maravilloso testimonio que expresarás”.

Cuando fui relevado de mi misión en Inglaterra, viajé un poco por Europa. Había dado mi testimonio en Londres, y lo hice también en Berlín y de nuevo en París, y más tarde en Washington, D.C. En mi mente, había expresado mi testimonio en esas grandes capitales del mundo y ya había cumplido esa parte de mi bendición.

Pero eso resultó ser sólo el principio. A partir de entonces mi voz ha resonado en todos los continentes, en ciudades grandes y pequeñas, desde el norte hasta el sur y desde el este hasta el oeste, a lo ancho de todo este mundo, desde la Ciudad del Cabo hasta Estocolmo, desde Moscú hasta Tokio y Montreal, en cada una de las capitales del mundo. Todo ello es un milagro.

El año pasado pedí a los miembros de la Iglesia de todo el mundo que leyeran de nuevo el Libro de Mormón. Miles, incluso cientos de miles de personas respondieron a ese desafío. El profeta José dijo en 1841: “Declaré a los hermanos que el Libro de Mormón [es] el más correcto de todos los libros sobre la tierra, y la clave de nuestra religión; y que un hombre se acercaría más a Dios al seguir sus preceptos que los de cualquier otro libro” (History of the Church, tomo IV, pág. 461; citado en la Introducción del Libro de Mormón, pág. V).

Acepto la verdad de esa declaración y pienso que debe de haber ocurrido algo maravilloso al pueblo de esta Iglesia. Se les ha observado leyendo el Libro de Mormón mientras viajan en autobús, al tomar el almuerzo, en la sala de espera del médico y en muchas situaciones más. Confío en que nos hayamos acercado más a Dios como consecuencia de haber leído este libro; espero que así sea.

En diciembre del año pasado, tuve el privilegio, junto con muchos de ustedes, de honrar al profeta José Smith en el bicentenario de su nacimiento. El élder Ballard y yo estuvimos en el lugar de su nacimiento en Vermont, y este gran Centro de Conferencias estaba lleno de Santos de los Últimos Días; y la palabra fue transmitida vía satélite a todo el mundo en homenaje al amado Profeta de esta gran obra de los Últimos Días.

Y así podría continuar. De nuevo pido disculpas por hablar de cosas personales; no obstante, lo hago sólo para expresar mi aprecio y gratitud por La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Todo esto ha ocurrido debido al lugar en que el Señor me ha colocado. Mi corazón rebosa de gratitud y de amor.

Y repito:

“Dos caminos había en un bosque, y yo…
yo tomé el menos transitado.
Y ésa fue la acción decisiva de mi vida”.

Confío en que no considerarán lo que he dicho un obituario; más bien, espero tener la oportunidad de dirigirles la palabra otra vez en octubre.

Ahora, para concluir, espero que todos ustedes recuerden que en este día de reposo me oyeron dar mi testimonio de que ésta es la santa obra de Dios. La visión que recibió el profeta José Smith en la arboleda de Palmyra no fue imaginaria; fue algo muy real. Ocurrió a la plena luz del día. Tanto el Padre como el Hijo le hablaron al joven. Él los vio de pie en el aire arriba de su cabeza. Escuchó Sus voces y obedeció Su instrucción.

El Padre, el gran Dios del universo, fue quien presentó al Señor resucitado. Por primera vez en la historia escrita, tanto el Padre como el Hijo se aparecieron juntos para abrir las cortinas e iniciar ésta, la dispensación última y final, la dispensación del cumplimiento de los tiempos.

El Libro de Mormón es todo lo que afirma ser: una obra escrita por profetas que vivieron en tiempos antiguos y cuyas palabras han salido a la luz para “convencer al judío y al gentil de que Jesús es el Cristo, el Eterno Dios, que se manifiesta a sí mismo a todas las naciones” (portada del Libro de Mormón).

El sacerdocio se restauró bajo las manos de Juan el Bautista, y Pedro, Santiago y Juan. En esta Iglesia se ejercen todas las llaves y la autoridad pertenecientes a la vida eterna.

José Smith fue y es un profeta, el gran Profeta de esta dispensación. Esta Iglesia, que lleva el nombre del Redentor, es verdadera.

Les dejo mi testimonio y mi amor por cada uno de ustedes, en el nombre de Jesucristo. Amén.