Cómo llegar a ser instrumentos en las manos de Dios

Don R. Clarke

Of the Second Quorum of the Seventy


Don R. Clarke
Una persona no tiene que tener un llamamiento en la Iglesia, ni recibir una invitación para ayudar a alguien, ni siquiera gozar de buena salud para llegar a ser un instrumento en las manos de Dios.
 

Mi abuelo materno, Alma Benjamin Larsen, tenía sólo 34 años cuando, al despertar una mañana, advirtió que casi no veía nada. Poco tiempo después de eso, perdió la vista por completo. Mi abuelo había servido en una misión y siempre había sido un fiel miembro de la Iglesia. Era un granjero que tenía una esposa y tres hijos, y no imaginaba la vida privado de la vista. La esposa y los hijos pequeños de mi abuelo se vieron enfrentados con la tarea de tener que llevar las cargas extras de ayudar en la granja, y el dinero era escaso.

Durante ese tiempo de oscuridad física, muchas personas llegaron a ser instrumentos en las manos de Dios para ayudar a mi abuelo ciego. Un hecho que produjo un gran impacto sobre ellos ocurrió en 1919. Aquél fue un año de muchas dificultades económicas para todas las personas del pueblo de mi abuelo. Se embargaban las granjas por omisión del pago de las deudas vencidas y los comercios se declaraban en quiebra. El préstamo hipotecario de la granja era considerable y el abuelo recibió una notificación del banco que le indicaba que tendría que pagar la suma de $195.00 a fin de aplazar el embargo un año más. Para él, tener que pagar esa cantidad de dinero era como si le hubiesen pedido una libra de su propia carne. Prácticamente todos se encontraban en la misma situación, por lo que parecía imposible conseguir todo ese dinero. Aun si hubiera reunido todo lo que la granja producía —los caballos, las vacas y la maquinaria—, no habría podido venderlos por $195.00. El abuelo le pidió a un vecino que le matase y descuartizase dos o tres de las vacas y las vendió, e hizo lo mismo con algunos otros productos. Había prestado dinero a sus vecinos y ellos acordaron devolvérselo hacia el final del año, pero ninguno de sus deudores podía pagarle. La situación económica del abuelo era sombría.

El abuelo contó esto en su diario personal: “Nunca olvidaré aquella noche fría, justo antes de la Navidad de 1919. Ya se veía que íbamos a perder la granja. Mi hija Gladys me puso un papel en la mano y me dijo: ‘Esto ha llegado hoy en el correo’. Se lo llevé a su madre y le pregunté qué era. Esto fue lo que mi esposa me leyó: ‘Estimado hermano Larsen: He estado pensando en usted todo el día. Me pregunto si estará pasando por problemas económicos. Si es así, tengo $200.00 que le puedo facilitar’. La carta la firmaba ‘Jim Drinkwater’. Jim era un hombre pequeño de cuerpo y lisiado, y hubiera sido la última persona sobre la tierra que se habría pensado tuviera tal cantidad de dinero. Esa misma noche fui a su casa, y él me dijo: ‘Hermano Larsen, esta mañana he recibido un telegrama del cielo y no he podido dejar de pensar en usted en todo el día. Estaba seguro de que usted tenía penurias económicas’. El hermano Drinkwater me dio los $200.00; enviamos $195.00 a la empresa hipotecaria y, con los cinco dólares que sobraron, compramos botas y ropa para los niños. Ese año sí vino Santa Claus”.

En seguida, el abuelo expresó su testimonio: “El Señor nunca me ha desamparado. Él ha enternecido el corazón de otras personas de la misma forma en la que enterneció el corazón del hermano Drinkwater. Testifico que la única seguridad y protección que he tenido en la vida han venido mediante el esfuerzo por guardar los mandamientos del Señor y el apoyar y el sostener a las autoridades de esta Iglesia”.

Muchas veces he pensado en Jim Drinkwater y me he preguntado cómo llegó él a ser alguien en quien el Señor pudiera confiar. Jim era un hombre pequeño y lisiado en quien Dios confió para ayudar a un granjero ciego que tenía una cuantiosa deuda y tres hijos. He aprendido muchísimo de la experiencia de mi abuelo con Jim Drinkwater. He llegado a entender que una persona no tiene que tener un llamamiento en la Iglesia, ni recibir una invitación para ayudar a alguien, ni siquiera gozar de buena salud para llegar a ser un instrumento en las manos de Dios. ¿Cómo, entonces, ustedes y yo llegamos a ser instrumentos en las manos de Dios? Los profetas y las Escrituras nos enseñan la manera de hacerlo.

Antes que nada, debemos sentir amor por los hijos de Dios. Cuando el intérprete de la ley le preguntó al Salvador: “Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento?”, el Salvador respondió:

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.

“Este es el primero y grande mandamiento.

“Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:36–39).

Joseph F. Smith dijo: “La caridad o el amor es el principio más grande que existe. Si podemos extender una mano de auxilio al oprimido, si podemos ayudar a los que se encuentran desanimados y afligidos, si podemos elevar y mejorar la condición del ser humano, nuestra misión es hacerlo; el hacerlo es una parte esencial de nuestra religión” (Conference Report, abril de 1917, pág. 4). Cuando sentimos amor por los hijos de Dios, se nos brindan oportunidades de prestarles ayuda durante su viaje de regreso a Su presencia.

Las experiencias misionales de los hijos de Mosíah también nos ayudan a comprender cómo podemos llegar a ser instrumentos en las manos de Dios. “Y sucedió que viajaron muchos días por el desierto” (Alma 17:9). Debemos estar dispuestos a viajar. Los hijos de Mosíah estuvieron dispuestos a salir de su entorno y a llevar a cabo tareas nada agradables. Si Ammón no hubiera estado dispuesto a viajar a una tierra extranjera, en la que vivía un pueblo salvaje y empedernido y feroz, nunca habría encontrado ni ayudado a Lamoni y su padre, y muchos lamanitas nunca habrían aprendido acerca de Jesucristo. Dios nos ha pedido que viajemos, que salgamos a la misión, que aceptemos llamamientos, que invitemos a alguien a la Iglesia y que ayudemos a alguien que lo necesite.

En su empeño por ayudar a sus hermanos lamanitas, los hijos de Mosíah también aprendieron acerca de la importancia del ayuno y de la oración: “Ayunaron y oraron mucho para que el Señor concediera que una porción de su Espíritu los acompañase y estuviese con ellos, a fin de que fuesen un instrumento en las manos de Dios para llevar a sus hermanos, los lamanitas, si posible fuese, al conocimiento de la verdad” (Alma 17:9). ¿Realmente deseamos ser instrumentos en las manos de Dios? Si es así, nuestro deseo impregnará nuestras oraciones y constituirá el punto central de nuestros ayunos.

Tras haber perdido la vista, mi abuelo ayunó y oró para que, en caso de que tuviera que permanecer en la oscuridad, el Señor le diera paz. Él dijo que casi en menos de una hora “se iluminó mi mente y las nubes de oscuridad se disiparon”. Comenzó a ver de nuevo, no con los ojos físicos, sino con los ojos espirituales. Posteriormente, a Alma Benjamin Larsen se le llamó a ser patriarca y sirvió en ese oficio durante 32 años. Tal como los hijos de Mosíah, mi abuelo ayunó y oró, y, como resultado, se le concedió la oportunidad de bendecir a miles de los hijos de Dios.

Nosotros, al igual que Jim Drinkwater y mi abuelo, también debemos ser receptivos a las impresiones del Espíritu Santo, para que, cuando sintamos el deseo de ser un instrumento en las manos de Dios, recibamos revelación. El profeta Alma, hijo, nos cuenta acerca de las revelaciones que él recibió: “Sé lo que el Señor me ha mandado, y en ello me glorío… sí, y ésta es mi gloria, que quizá sea un instrumento en las manos de Dios para conducir a algún alma al arrepentimiento; y éste es mi gozo” (Alma 29:9). Alma había recibido una revelación en cuanto a lo que debía hacer.

Tengo una libreta que llevo conmigo, donde anoto la inspiración y las impresiones que recibo del Espíritu. Esa libreta no parece muy importante, pues se gasta y, de vez en cuando, hay que cambiarla por otra. A medida que los pensamientos acuden a mi mente, los anoto y luego trato de llevarlos a cabo. He descubierto que muchas veces, al haber puesto en práctica alguno de los puntos de mi lista, mi acción ha resultado ser la respuesta a la oración de alguien. También ha habido ocasiones en las que no he llevado a cabo alguno de los puntos de mi lista y he descubierto, más adelante, que había alguien a quien habría podido ayudar y no lo hice. Cuando recibimos impresiones acerca de los hijos de Dios, si anotamos los pensamientos y la inspiración que recibimos y los obedecemos, la confianza que Dios tiene en nosotros aumenta y se nos dan más oportunidades de ser instrumentos en Sus manos.

Como dijo el presidente Faust: “Ustedes pueden ser poderosos instrumentos en las manos de Dios para ayudar a llevar a cabo esta gran obra… Ustedes pueden hacer algo por otra persona que nadie más pueda hacer…” (“Instrumentos en las manos de Dios”, Liahona, noviembre de 2005, pág. 115). Dios valora muchísimo a los que ayudan a Sus hijos. Los invito a todos ustedes, y a mí mismo, a seguir el consejo de los profetas y a convertirnos en instrumentos en las manos de Dios, y, de ese modo, a contarnos entre Sus tesoros por haber ayudado a Sus hijos.

En el nombre de Jesucristo. Amén.