El templo tiene que ver con las familias

Richard H. Winkel


Al ir al templo, amarán a su familia con un amor más profundo del que jamás hayan sentido.
 

Como acaba de mencionar, el presidente Gordon B. Hinckley dedicó el templo número 123 de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en Sacramento, California. Ese hermoso templo presta servicio a más de 80.000 maravillosos y entusiastas miembros de la Iglesia de Sacramento y sus alrededores. Lo visitaron más de 168.000 personas en el transcurso de la recepción al público a quienes se les dijo que los miembros pueden acercarse más al Salvador Jesucristo en esos magníficos edificios que en cualquier otra parte del mundo. Nuestros miembros saben que, mediante el Señor, pueden sentir la paz y la esperanza que les sustentará a ellos y a sus familias en el mundo atribulado de hoy.

Al ir al templo, amarán a su familia con un amor más profundo del que jamás hayan sentido. El templo tiene que ver con las familias. A medida que mi esposa Karen y yo redoblamos nuestro servicio en el templo, nuestro amor mutuo y el amor que sentimos por nuestros hijos han aumentado. Y eso no es todo: ese amor se extiende a nuestros padres, hermanos, hermanas, tíos, tías, primos, nuestros antepasados y, en especial, a nuestros nietos. Ése es el espíritu de Elías, el espíritu de la obra de historia familiar que, inspirado por el Espíritu Santo, hace volver el corazón de los padres hacia los hijos y el corazón de los hijos hacia los padres. Gracias al sacerdocio, el esposo y la esposa se sellan el uno al otro y los hijos se sellan a sus padres por la eternidad, de modo que la familia es eterna y no se separará al morir.

Cuando mi esposa y yo éramos jóvenes padres con niños pequeños en casa, los desafiamos a memorizar los Artículos de Fe. El premio, o recompensa, por memorizarlos todos era una velada con papá. Estábamos muy complacidos porque los tres mayores cumplieron con el desafío. Cuando nuestro hijo de siete años memorizó los trece Artículos de Fe, nos sentamos para elegir una noche y una actividad que pudiésemos realizar juntos. Yo estaba tan ocupado con el trabajo, los compromisos sociales y las responsabilidades de la Iglesia que no podía fijar una noche para salir con mi hijo hasta dos semanas después. Él se sentía sumamente desilusionado.

Sin embargo, averigüé que en la ciudad donde vivíamos había una bolera, o cancha de bolos, que permanecía abierta toda la noche. De inmediato elegimos una fecha y decidimos iniciar la actividad a las cinco de la mañana. El plan era levantarnos a las cuatro, desayunar e irnos.

Cuando llegó el día, sentí que alguien me tocaba el hombro muy de madrugada y mientras intentaba abrir los ojos, oí la voz de mi hijo que decía: “¿Ya es la hora, papi?”. Miré el despertador y ¡sólo eran las dos de la mañana!

“Vete a acostar, hijo”, le dije. “Aún no es hora”.

Una hora después, pasó lo mismo: “Papi, papi, ¿ya es hora de irnos?”. Después de decirle por segunda vez que se acostara, resultaba imposible no percibir su emoción.

Así que nos levantamos a las cuatro de la mañana, comimos algo y nos fuimos a la bolera. Lo pasamos muy bien.

Me gustaría poder decir que tuve actividades frecuentes y memorables como ésa con todos mis hijos, pero no puedo. Soy uno de esos padres que muchas veces desea retroceder en el tiempo y hacer las cosas de otra manera.

Al igual que ustedes, no quiero perder a ningún hijo; deseo estar con toda mi familia para siempre. El templo nos da a todos la esperanza de continuar y de mejorar nuestra relación, aun después de esta vida.

Los sellamientos conferidos en el templo prometen, además, otras bendiciones.

El profeta José Smith dijo (y jamás enseñó una doctrina más consoladora) que “el sellamiento eterno de padres fieles y las divinas promesas que se les hayan hecho por su valiente servicio en la causa de la verdad los salvarían no sólo a ellos, sino también a su posteridad. Aunque algunas ovejas se descarríen, el ojo del Pastor está sobre ellas, y tarde o temprano sentirán los tentáculos de la Divina Providencia extenderse hacia ellas y acercarlas de nuevo al rebaño. Ellos volverán, ya sea en esta vida o en la vida venidera. Tendrán que pagar su deuda a la justicia; sufrirán por sus pecados y tal vez anden por caminos espinosos; pero si esto finalmente los conduce, como al hijo pródigo, al corazón y al hogar de un padre amoroso que perdona, la dolorosa experiencia no habrá sido en vano” 1 .

¿No es esa declaración una noticia maravillosa para todas las familias con hijos sellados a ellas?

Examinemos otras bendiciones que nos brinda el templo. La casa del Señor es un refugio del mundo. Los miembros de Sacramento compartieron lo siguiente con los asistentes a la recepción al público: “A veces nuestra mente está tan abrumada con problemas y hay tantas cosas que exigen nuestra atención que no logramos pensar con claridad. En el templo, el polvo de la distracción parece asentarse, la niebla y la bruma parecen disiparse y ‘vemos’ cosas que antes no veíamos” 2 .

El salón celestial del templo es, concretamente, un lugar de paz, tranquilidad y belleza. Es un remanso de paz donde se puede reflexionar, contemplar, orar, meditar y sentir el amor de nuestro Padre Celestial y del Salvador. Al reflexionar y meditar en el templo, nuestros pensamientos se centran de manera natural en nuestra familia.

En 2 Samuel 22:7 leemos las palabras de David: “En mi angustia invoqué a Jehová, y clamé a mi Dios, él oyó mi voz desde su templo, y mi clamor llegó a sus oídos”. El templo es un lugar de revelación personal que nos bendecirá en nuestras mayordomías.

El presidente Hinckley nos ha dicho que: “Así como nuestro Redentor dio Su vida como sacrificio vicario por todos los hombres, y al hacerlo llegó a ser nuestro Salvador, así también nosotros, en una pequeña medida, al llevar a cabo la obra vicaria en el templo, llegamos a ser salvadores para aquellos que están en el otro lado, quienes no tienen modo de progresar a menos que los que estén en la tierra hagan algo en beneficio de ellos” 3 .

Éste es un servicio sumamente importante ya que nuestros amados hermanos y hermanas que ya partieron de esta vida quedan, literalmente, más vinculados a nosotros.

El templo es un lugar para conocer al Padre y al Hijo, un lugar donde experimentar la presencia divina. El profeta José Smith suplicó: “[Les] ruego… que [sigan] adelante… que sigan adelante hacia la perfección y que escudriñen más y más los misterios de la Divinidad” 4 . ¿Dónde debemos escudriñar? En la casa de Dios.

Ruego que nos convirtamos en un pueblo que va al templo y que lo ama. Testifico que el templo tiene que ver con las familias. También testifico que todo en el templo da testimonio de Jesucristo. Allí se siente Su ejemplo de amor y servicio. El templo es Su santa casa. Sé que Él es el Hijo de Dios, nuestro Salvador y Redentor, nuestro Mediador y nuestro Abogado ante el Padre. Nos ama y quiere que nuestra familia sea feliz y estemos juntos para siempre. Él desea que todos seamos activos en Su templo.

En el nombre de Jesucristo, amén.

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  1.  

    1.  Doctrina de Salvación, tomo II, págs. 84–85.

  2.  

    2. “Ama el Pastor las ovejas”, Liahona, mayo de 2003, pág. 62.

  3.  

    3.  Discursos del presidente Gordon B. Hinckley, tomo II, págs. 322–323.

  4.  

    4. Véase Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 450.