Hijas de nuestro Padre Celestial

Susan W. Tanner

Young Women General President


Susan W. Tanner
Nuestro Padre Celestial te conoce y te ama. Tú eres Su hija especial. Él tiene un plan para ti.

Nuestro yerno le dijo a su hija Eliza, de tres años, que para la noche de hogar iban a tener una lección sobre algo muy especial. Una gran sonrisa iluminó el rostro de la niña y trató de adivinar la sorpresa. “Con toda seguridad debe ser acerca de ”, dijo, “¡porque yo soy muy especial!”. Eliza recuerda y sabe quién es: una hija muy especial de Dios. Ella lo ha aprendido de su madre, que desde muy pequeñita le ha cantado como canción de cuna el himno de apertura: “Soy un hijo de Dios” (Himnos, Nº 196).

Por todo el mundo, y en casi todos los idiomas, las mujeres jóvenes de 12 a 18 años declaran lo mismo: “Somos hijas de un Padre Celestial que nos ama y nosotras lo amamos a Él” (“El lema de las Mujeres Jóvenes”, El progreso personal para las Mujeres Jóvenes [folleto], pág. 5). Sin embargo, a medida que crecen, en ocasiones se alejan del conocimiento convincente que tiene Eliza, de tres años, de que son muy especiales. Muchas veces la juventud sufre “crisis de identidad”, al preguntarse quiénes son en realidad. Los años de la adolescencia son también una época de lo que yo describo como: “robo de identidad”, que quiere decir que las ideas, las filosofías y las falsedades del mundo nos confunden, nos zarandean y tratan de robarnos el conocimiento de nuestra verdadera identidad.

Una excelente jovencita me dijo: ���En ocasiones no estoy segura de quién soy. No siento el amor de mi Padre Celestial. Mi vida parece difícil. Las cosas no están saliendo de la forma en que yo quería, esperaba o soñaba que ocurriesen”. Lo que le dije a ella, les digo ahora a todas las mujeres jóvenes, de todas partes: Sé, sin ninguna duda, que eres una hija de Dios; él te conoce, te ama y tiene un plan para ti. Sé que éste es un mensaje que el Padre Celestial desea que yo te comunique.

Los profetas y apóstoles de los últimos días testifican de nuestra naturaleza divina. La proclamación al mundo para la familia, dice: “Cada uno [de nosotros] es un amado hijo o hija espiritual de padres celestiales y, como tal, cada uno tiene una naturaleza y un destino divinos” (Liahona, octubre de 2004, pág. 49). Y el presidente Gordon B. Hinckley también ha dicho:

“No hay nadie que las supere; ustedes son hijas de Dios.

“Han recibido como patrimonio algo bello, sagrado y divino. Nunca lo olviden. Su Padre Eterno es el gran Maestro del universo. Él gobierna sobre todo, pero también escuchará sus oraciones como hijas Suyas, y las escuchará cuando le hablen. Él contestará sus oraciones y no las dejará solas” (“Permanezcan en el sendero de la rectitud”, Liahona, mayo de 2004, págs. 112–113).

Al permitir que el conocimiento de que tú eres una hija de Dios se arraigue en tu alma, te reconfortará, fortalecerá tu fe e influirá en tu comportamiento. Si permites que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente, tendrás confianza en la presencia de Dios, tal como se promete en el pasaje de nuestro lema de la Mutual (véase D. y C. 121:45).

¿Cómo puede cada una de nosotras saber y sentir que somos hijas de nuestro Padre Celestial? Existe un velo entre el cielo y la tierra, “un sueño y un olvido” cuando nacemos (William Wordsworth, “Ode on Intimations of Immortality”, de Recollections of Early Childhood; citado por el presidente Monson en “Y un niño los pastoreará”, Liahona, julio de 1990, pág. 69). Eso es necesario con el fin de que obtengamos “experiencias terrenales para progresar hacia la perfección y finalmente cumplir [nuestro] destino divino como herederos de la vida eterna” (Liahona, octubre de 2004, pág. 49). Nuestro Padre Celestial nos ama y desea ayudarnos a recordarle, por lo que nos proporciona destellos de la eternidad. El apóstol Pablo enseñó: “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios” (Romanos 8:16). El Espíritu nos permite percibir quiénes somos. Con frecuencia, el Espíritu nos habla al orar, al leer las Escrituras, al meditar acerca de la misericordia que el Señor tiene con nosotras, al recibir bendiciones del sacerdocio, al prestar servicio a los demás o al sentir el amor y la aprobación de los demás.

Moisés se dio cuenta de quién era en realidad por medio de una poderosa experiencia espiritual. Él habló con Dios cara a cara y supo que era un hijo de Dios con una misión especial que llevar a cabo. Después de esa experiencia, Moisés padeció los bofetones de Satanás; pero, a causa de que había sentido la gloria de Dios, Moisés reconoció que Satanás no tenía ninguna gloria. Debido a que Moisés supo que era hijo de Dios y que Dios tenía una misión para él, tuvo el poder y la capacidad para resistir a Satanás, para tomar sabias decisiones, para clamar a Dios pidiéndole fortaleza y para seguir teniendo Su Espíritu consigo. (Véase Moisés 1.)

El mismo modelo se aplica a nosotras. Al comenzar a saber y a sentir quiénes somos en realidad, somos capaces de darnos cuenta de la diferencia que existe entre el bien y el mal, y recibimos poder para resistir la tentación. Una de las formas por la cual llegamos a comprender la misión divinamente señalada que el Señor tiene para nosotras es mediante nuestra bendición patriarcal; éste es un mensaje sumamente específico y personal que cada una de nosotras puede recibir mediante el poder del sacerdocio.

Otra forma de recibir discernimiento espiritual acerca de nuestra propia naturaleza eterna es de un padre o un líder que puede darnos esa seguridad de quiénes somos en realidad, en virtud de su inspirada visión. En ocasiones, el Espíritu me ha susurrado de manera muy específica acerca de la verdadera identidad de mis hijos. Recuerdo que la noche antes de nacer uno de nuestros niños, tuve la clara impresión de que ese bebé sería un gran amigo y una ayuda para cada uno de sus hermanos. Y eso ha resultado ser absolutamente cierto. En otra ocasión en que uno de nuestros adolescentes se sentía muy deprimido por haber estado en un accidente automovilístico, escuché con claridad en mi mente estas palabras: “Amo a este niño y guiaré su vida”. Y lo ha hecho. He recibido esos destellos una y otra vez. Cuando ellos han necesitado aliento, he sido bendecida con percepciones de los espíritus extraordinarios, nobles y eternos de mis hijos.

¿Alguna vez, su madre o su padre, al salir de casa, les ha dicho: “recuerda quién eres”? ¿Qué quieren decir con eso? “Recuerda que eres parte de esta familia y que tienes una reputación que proteger”. Y, lo que es más importante, “recuerda que eres un hijo de Dios y que debes comportarte como tal”. Los misioneros usan una placa como recordatorio constante de que son representantes de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Eso recuerda a los misioneros que se deben vestir de manera recatada y atractiva, tratar a la gente con gentileza y esforzarse por tener la imagen de Cristo en sus rostros. Ellos deben hacer todo eso porque llevan consigo esa placa con el nombre, una señal externa de su identidad. Por convenio, todas nosotras hemos tomado también sobre nosotras el nombre de Cristo. Su nombre debe estar grabado interiormente en nuestro corazón. Del mismo modo, se espera que actuemos como hijas dignas de nuestro Padre Celestial que, al menos figurativamente, nos ha enviado a la tierra con la admonición: “¡Recuerda quién eres!”.

Cuando se me llamó para prestarles servicio a ustedes, las mujeres jóvenes de la Iglesia, me di cuenta de que debía comportarme de manera apropiada. Un día, una de mis hijas recibió una multa por estacionar su auto en la calle con la etiqueta de matrícula vencida. Yo me hice cargo del asunto y me dirigí con determinación al edificio de administración de la ciudad para explicar que estábamos a punto de recibir por correo los documentos de la matrícula. Al entrar resueltamente por la puerta, alguien me dijo: “Sé quién es usted”. Eso me hizo detenerme y me recordó que yo también debía tener en cuenta quién soy, no sólo la Presidenta General de las Mujeres Jóvenes, sino, en especial, una hija de Dios.

Al relacionarnos con los demás, debemos recordar que otras personas son también hijos de nuestro Padre Celestial. Al comienzo de nuestro matrimonio, mi esposo solía decir: “No me casé contigo por tu apariencia”. Pero finalmente le dije en tono de broma: “Eso en realidad no se oye muy halagador”. Él me explicó lo que yo ya sabía, que eso tenía por objeto ser el más grande cumplido que podía hacerme. Me dijo: “Te amo por lo que eres intrínseca y eternamente”. El Señor dijo: “No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura… porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón” (1 Samuel 16:7). En la familia, en las amistades, en el noviazgo y en el matrimonio, no sólo debemos darle valía a la belleza y a la condición social, sino a la personalidad, a los buenos valores y a la naturaleza divina de cada uno.

Con el fin de lograrlo, en una estaca de Chile, las mujeres jóvenes que estaban en un campamento guardaban un libro de las virtudes de cada una de ellas. Cada día se conocían mejor y escribían las buenas cualidades interiores que descubrían en todas las que se encontraban allí. Al terminar el campamento, compartieron sus ideas y de esa manera ayudaron a cada persona a apreciar más su divinidad interior. Su líder dijo: “Literalmente fue un deleite este maravilloso espíritu de bondad y buena voluntad. Con toda sinceridad puedo decir que jamás oí una queja de las muchachas. Ellas prosperaban en un dulce espíritu de aceptación mutua que no siempre está presente entre las adolescentes y no hubo competencia ni contención. Nuestro campamento se había convertido en un pedacito de cielo” (correspondencia personal). Las jóvenes reconocieron y reafirmaron la naturaleza divina de cada una y, a medida que se expresaban esos pensamientos virtuosos, el Espíritu llenó el campamento.

C.S. Lewis dijo sabiamente: “Es algo muy serio pensar que vivimos en una sociedad de posibles dioses y diosas, recordar que la persona más común y corriente, y poco interesante con la que hablan, un día se puede convertir en alguien que, si la vieran ahora, se sentirían tentados a adorarla… No existen las personas comunes y corrientes… Su prójimo es lo más santo que se presenta ante sus sentidos” (C. S. Lewis, “The Weight of Glory”, Screwtape Proposes a Toast and Other Pieces, págs. 109–110).

Las mujeres jóvenes de todo el mundo, que saben que ellas y las demás son hijas de un amoroso Padre Celestial, viven vidas virtuosas, dedicadas al servicio y vidas ejemplares para demostrar su amor por Él. Me han impresionado las jovencitas de Brasil que vestían con modestia en una parte muy húmeda y caliente de Brasil. Ellas dijeron: “La modestia no tiene nada que ver con el clima, sino con el corazón”. Esas jovencitas sabían que eran hijas de Dios.

Me he sentido conmovida al enterarme de la bondad de cinco jóvenes estudiantes Santos de los Últimos Días, de Idaho, que recientemente se ahogaron en un terrible accidente. Eran bien conocidos por sus compañeros y en sus comunidades por sus altas normas de rectitud y por ser excelentes ejemplos de virtud e integridad. Esos jóvenes sabían que eran hijos e hijas de Dios.

Me ha emocionado el ejemplo de otra jovencita cuyos padres se divorciaron. Ella no quería que su hermano y sus hermanas menores se sintieran rechazados, así que todas las noches ella ora con ellos y les dice que los quiere. Esta jovencita sabe que es hija de un Padre Celestial que la ama y que, al amar a sus hermanos, ella lo ama a Él.

Y me ha conmovido enterarme de lo que hicieron las mujeres jóvenes de una zona del mundo agobiada por la pobreza y oprimida políticamente. A pesar de sus propias tribulaciones, esas jovencitas se reunieron en un campamento y planearon la forma de edificar a los demás. Hicieron paquetes de higiene personal para las mujeres necesitadas y prestaron además servicio en la comunidad, en hospitales y en casas. Por sus actos, sabemos que estas jovencitas comprenden su identidad como hijas de Dios. Mi corazón rebosa de amor por esas jovencitas y por las mujeres jóvenes de todo el mundo. Sé que ustedes son hijas de Dios y que las ama.

Para terminar, permítanme contarles una experiencia que para mí es tierna e incluso sagrada. Cuando primeramente se me llamó para prestar servicio como Presidenta General de las Mujeres Jóvenes, me sentí aterrada e incapaz. Permanecí despierta varias noches, preocupándome, arrepintiéndome y llorando. Después de varias noches así, tuve una experiencia sumamente conmovedora. Comencé a pensar en mis jóvenes sobrinas, después en las jovencitas de mi vecindario y de mi barrio, en las jóvenes que veía con regularidad en la secundaria, y visualicé a las mujeres jóvenes de la Iglesia de todo el mundo, más de medio millón de ellas. Me empezó a invadir y a embargar un sentimiento extraordinariamente cálido. Sentí un amor tan intenso por las mujeres jóvenes Santos de los Últimos Días de todas partes, por cada una de ustedes, y me di cuenta de que lo que estaba sintiendo era el amor que nuestro Padre Celestial tiene por ustedes. Fue algo potente y absoluto; por primera vez sentí paz, porque me di cuenta de lo que mi Padre Celestial deseaba que hiciera. Él deseaba que les testificara de Su gran amor por ustedes. De modo que testifico una vez más, que sé, sin ninguna duda, que nuestro Padre Celestial te conoce y te ama. Tú eres Su hija especial. Él tiene un plan para ti, y siempre estará allí para dirigirte, para guiarte y caminar a tu lado (véase “Soy un Hijo de Dios”). Ruego sinceramente que sepas esto y que lo sientas, en el nombre de Jesucristo. Amén.