El milagro de la Santa Biblia

M. Russell Ballard

Of the Quorum of the Twelve Apostles


M. Russell Ballard
Somos creyentes fieles y verídicos en el Señor Jesucristo y en Su palabra revelada por medio de la Santa Biblia.
 

Mis hermanos y hermanas, ¡la Santa Biblia es un milagro! Es un milagro que los 4.000 años de historia sagrada y secular de la Biblia fueran registrados y preservados por los profetas, apóstoles y clérigos inspirados.

Es un milagro que tengamos la poderosa doctrina, los principios, la poesía y los relatos de la Biblia, pero, por encima de todo, es un milagro maravilloso que tengamos el registro de la vida, del ministerio y de las palabras de Jesús, que fue protegido durante la época del oscurantismo y a través de los conflictos de innumerables generaciones para que pudiésemos tenerlo en la actualidad.

Es un milagro que la Biblia contenga literalmente en sus páginas el Espíritu de Cristo que convierte y sana, y que durante siglos haya hecho volver el corazón de los hombres, guiándolos a orar, a elegir el sendero correcto y a buscar para encontrar a su Salvador.

La Santa Biblia lleva bien su nombre; es santa porque enseña la verdad, es santa porque nos consuela con su espíritu, es santa porque nos enseña a conocer a Dios y a comprender Sus tratos con los hombres, y es santa porque a través de sus páginas testifica del Señor Jesucristo.

Abraham Lincoln dijo acerca de la Biblia: “Este Gran Libro… es el mejor don que Dios haya dado al hombre. Todo lo bueno que el Salvador dio al mundo se comunicó por medio de ese libro, y de no ser por él, no podríamos discernir el bien del mal” (Speeches and Writings, 1859–1865 [1989], pág. 628).

No es casualidad ni coincidencia que tengamos la Biblia en la actualidad. El Espíritu indujo a hombres rectos a registrar tanto las cosas sagradas que vieron como las inspiradas palabras que hablaron y oyeron. Otras personas devotas estuvieron prestas a proteger y a preservar esos registros; hombres como John Wycliffe, el valiente William Tyndale y Johannes Gutenberg fueron inducidos, contra mucha oposición, a traducir la Biblia en un lenguaje que la gente pudiera entender, y publicarla en libros que la gente pudiera leer. Creo que hasta los eruditos de la época del rey Santiago tuvieron impresiones del Espíritu durante sus labores de traducción.

La época del oscurantismo fue oscura porque la luz del Evangelio se le ocultó a las personas; éstas no tenían a los apóstoles ni a los profetas, ni tenían acceso a la Biblia. El clero mantenía las Escrituras en secreto y fuera del alcance de las personas. Mucho les debemos a los valientes mártires y reformadores como Martín Lutero, John Calvin y John Huss, quienes exigieron la libertad para adorar y el acceso común a los libros sagrados.

William Tyndale dio su vida porque creía profundamente en el poder de la Biblia; él dijo: “La naturaleza de la palabra de Dios es tal, que el hombre que la lea o que oiga explicaciones y debates en cuanto a ella, comenzará de inmediato a convertirse en una persona cada vez mejor, hasta que llegue a ser un hombre perfecto” (S. Michael Wilcox, Fire in the Bones: William Tyndale—Martyr, Father of the English Bible [2004], pág. xv).

El estudio sincero y diligente de la Biblia nos hace cada vez mejores, y siempre debemos tener presente a los incontables mártires que sabían de este poder y dieron su vida a fin de que halláramos en las palabras de este texto el sendero que conduce a la felicidad eterna y a la paz del reino de nuestro Padre Celestial.

Si bien aquellos primeros reformadores cristianos coincidían en muchas cosas, al final discreparon en muchos puntos de doctrina, lo cual resultó en la organización de numerosas denominaciones cristianas. Roger Williams, un antiguo defensor de la libertad religiosa, llegó a la conclusión de que no había “ninguna iglesia de Cristo debidamente constituida sobre la tierra, ni persona alguna autorizada para administrar ninguna de las ordenanzas de la Iglesia, ni las [podía] haber hasta que [fuesen] enviados nuevos apóstoles por el gran Director de la Iglesia, cuya venida yo busco” (“La restauración de todas las cosas”, Liahona, mayo 2006, pág. 61).

Decenas de millones de personas han hallado fe en Dios y en Jesucristo al buscar la verdad en la Biblia. Innumerables son las personas que no tenían nada, excepto la Biblia para nutrir y guiar su fe.

Gracias al esfuerzo de los reformadores, “la Biblia se convirtió en una posesión familiar. La palabra de Dios se leía tanto alrededor del fuego del hogar de los humildes como en las salas de los grandes” (John A. Widtsoe, en Conference Report, abril de 1939, pág. 20).

Millones de familias se han unido en la búsqueda por encontrar la Iglesia de Jesucristo mediante el estudio de la Biblia. Una de esas familias, a comienzos del siglo XIX, que residía en el norte del estado de Nueva York, era la familia de Joseph Smith. Uno de sus hijos era José Smith, un joven que escudriñaba la Biblia para saber cuál de las numerosas denominaciones religiosas era igual a la Iglesia que Jesucristo organizó. Las palabras de la Biblia le indujeron a orar para obtener mayor luz y conocimiento espirituales de Dios. Decidido a buscar la sabiduría prometida en las Santas Escrituras, José se arrodilló en humilde oración a comienzos de la primavera de 1820. ¡Ah, qué maravillosa luz y verdad se derramaron sobre él cuando aquel día contempló la gloriosa manifestación de Dios el Padre y del Señor Jesucristo! Una vez más, Dios llamó a un profeta tal y como lo hizo en los días de Noé, Abraham y Moisés.

Cuán agradecidos debiéramos sentirnos por la Santa Biblia; en ella aprendemos no sólo de la vida, de las enseñanzas y de las doctrinas de Cristo; aprendemos sobre Su Iglesia, Su sacerdocio y sobre la organización que Él estableció y llamó la Iglesia de Jesucristo en aquel entonces. Nosotros creemos en esa Iglesia y creemos también que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es esa misma Iglesia, restaurada en la tierra, completa y con la misma organización y el mismo sacerdocio.

Sin la Biblia, no tendríamos conocimiento de Su Iglesia en aquel entonces, ni tendríamos hoy la plenitud de Su Evangelio.

Amo la Biblia, sus enseñanzas, sus lecciones y su espíritu. Amo los significativos y profundos relatos del Antiguo Testamento, así como a sus grandes profetas que testifican de la venida de Cristo. Me encantan los trayectos y los milagros apostólicos, así como las epístolas de Pablo en el Nuevo Testamento, pero sobre todo, me encantan los relatos de los testigos oculares en cuanto a las palabras, el ejemplo y la Expiación de nuestro Salvador Jesucristo. Amo la perspectiva y la paz que me infunde la lectura de la Biblia.

Hermanos y hermanas, estoy seguro de que muchos de ustedes han pasado por la experiencia de oír a alguien decir que “los mormones no son cristianos porque tienen su propia Biblia: El Libro de Mormón”. A cualquiera que dé cabida a esta idea errónea, le decimos que creemos en el Señor Jesucristo como nuestro Salvador y el autor de nuestra salvación; y que creemos, reverenciamos y amamos la Santa Biblia. Contamos con Escrituras sagradas adicionales, como el Libro de Mormón, pero éste corrobora la Biblia, y nunca la sustituye.

Jesús enseñó que debíamos “[escudriñar] las Escrituras; porque… ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39). Estas palabras brindan entendimiento e inspiración a todo el que sinceramente desee conocer y entender la verdad sobre Jesucristo. Las Escrituras son ricas en historia, doctrina, relatos, sermones y testimonios, todo lo cual está centrado definitivamente en el Cristo eterno y Su misión física y espiritual para con los hijos de nuestro Padre Celestial.

Los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días creen que “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil” (2 Timoteo 3:16). Amamos la Biblia y las demás Escrituras. Esto tal vez sorprenda a quien no sepa de nuestra creencia en la Biblia como la palabra revelada de Dios; éste es uno de los pilares de nuestra fe, un poderoso testimonio del Salvador y de la influencia constante de Cristo en la vida de quienes le adoran y le siguen. Cuanto más leamos y estudiemos la Biblia y sus enseñanzas, más claramente veremos la base doctrinal del evangelio restaurado de Jesucristo. Tenemos la tendencia de amar aquellas Escrituras a las que le dedicamos más tiempo. Tal vez debamos equilibrar nuestro estudio a fin de amar y comprender todas las Escrituras.

Especialmente ustedes, jóvenes, no pasen por alto la Biblia ni le resten valor; es el registro sagrado y santo de la vida de nuestro Señor. La Biblia contiene cientos de páginas más que todas nuestras otras Escrituras juntas; es el cimiento de todo el cristianismo. Nosotros no criticamos ni menospreciamos las creencias de ninguna persona. Nuestra gran responsabilidad como cristianos es compartir todo lo que Dios ha revelado con todos Sus hijos e hijas.

Aquellos que se unen a esta Iglesia no abandonan su fe en la Biblia, antes bien, la fortalecen. El Libro de Mormón no le quita valor, ni le resta importancia a la Biblia; al contrario, la amplía, la extiende y la exalta. El Libro de Mormón testifica de la Biblia y ambos testifican de Cristo.

El primer testamento de Cristo es el Antiguo Testamento de la Biblia, que predijo y profetizó la venida del Salvador, Su vida trascendente y Su Expiación liberadora.

El segundo testamento bíblico de Cristo es el Nuevo Testamento, que registra Su nacimiento, Su vida, Su ministerio, Su Evangelio, Su Iglesia, Su Expiación y Su resurrección, así como los testimonios de Sus apóstoles.

El tercer testamento de Cristo es El Libro de Mormón, en el que también se predice la venida de Cristo, se confirma el relato bíblico de Su Expiación salvadora y se revela la visita del Señor resucitado al otro hemisferio de la tierra. Con un propósito aclaratorio, El Libro de Mormón lleva impreso en la cubierta de cada ejemplar el subtítulo “Otro Testamento de Jesucristo”.

Cada uno de estos tres testamentos es una parte de la gran e indivisible palabra revelada del Señor a Sus hijos; contienen las palabras de Cristo en las cuales se nos ha amonestado que debemos deleitarnos, a fin de ser merecedores de la vida eterna (véase 2 Nefi 31:20). Quienes piensen que una parte es más importante o más verdadera que otra, pasan por alto la belleza y la totalidad del canon de las Escrituras antiguas.

Y aquellos que piensen que los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días no creen en Jesucristo ni en la Biblia, deberían tomarse el tiempo para entender la Iglesia, la importancia de su nombre y el poder de su mensaje.

Me sorprende todo aquel que cuestiona la creencia de esta Iglesia en la Biblia y nuestra postura como cristianos. El nombre de la Iglesia es La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. En la última conferencia general, aquí en este mismo edificio, los líderes de nuestra Iglesia citaron la Biblia casi en 200 ocasiones. Esta Iglesia está organizada y funciona como la Iglesia que Cristo y Sus apóstoles establecieron en el Nuevo Testamento. Sentado en este estrado están el Profeta y los apóstoles del Señor Jesucristo.

Testifico solemnemente que somos creyentes fieles y verídicos en el Señor Jesucristo y en Su palabra revelada por medio de la Santa Biblia. No sólo creemos en la Biblia, sino que nos esforzamos por vivir sus preceptos y enseñar su mensaje. El mensaje de nuestros misioneros es Cristo, Su Evangelio, Su Expiación, y las Escrituras son el texto de ese mensaje. Decimos a todas las personas: “Les extendemos nuestro amor y les invitamos a venir. Permítannos compartir todo lo que Dios ha revelado”.

Mis hermanos y hermanas, debemos ayudar a todos, entre ellos a nuestros propios miembros, a comprender el poder y la importancia de la Santa Biblia. La Biblia es un libro de Escrituras que nos conduce a nosotros y a todo el género humano a aceptar a Jesucristo como nuestro Salvador. Dios nos conceda el deseo y la capacidad de aceptar y vivir Sus enseñanzas, es mi humilde oración, en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.