“Apacienta mis ovejas”

Silvia H. Allred

Primera Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro


Silvia H. Allred
Por medio de las visitas mensuales que hacemos a nuestras hermanas, podemos crear lazos de amor, amistad y confianza.
 

Mis queridas hermanas: Me siento humilde por la oportunidad de estar ante ustedes y compartir los sentimientos de mi corazón. Soy una mujer común y corriente, insignificante según las normas del mundo, pero el Señor, en Su gran misericordia, siempre me ha bendecido con oportunidades singulares y un don muy valioso: He recibido el don de la veracidad de este Evangelio y de la realidad de Jesucristo y Su sacrificio expiatorio. He sentido la guía del Espíritu Santo desde que tenía sólo catorce años de edad, que fue cuando escuché a los misioneros y leí el Libro de Mormón. Mi testimonio siempre arde en mi corazón y mi fe es inquebrantable. Este don de fe y testimonio ha sido una gran bendición en mi vida.

Hoy me encuentro en presencia de las mejores y más valiosas mujeres del mundo, y siento el peso de la gran responsabilidad que descansa sobre mí en este momento. He orado, estudiado y meditado las Escrituras para buscar inspiración para decir lo que el Señor desea que les diga en esta ocasión.

Como presidencia de la Sociedad de Socorro, hemos estudiado y meditado la historia y el propósito de esta Sociedad, esta singular organización que fue divinamente organizada por un profeta de Dios para bendecir a las mujeres de la Iglesia. Ese inspirado comienzo ocurrió en respuesta a los tiernos deseos del corazón de las mujeres de aquella época. Se organizó con dos propósitos muy claros: socorrer al pobre y salvar almas1.

La hermana Beck mencionó que algo en lo que las mujeres de esta Iglesia pueden y deben ser las mejores es en dar ayuda.

Pensemos en el principio que se enseñó en Juan 21:15–17. El Señor le preguntó a Pedro: “¿me amas?”. Pedro contestó: “tú sabes que te amo”. El Señor le dijo: “Apacienta mis corderos”. El Señor le preguntó por segunda vez: “¿me amas?”. Pedro contestó de nuevo: “Sí, Señor; tú sabes que te amo”. El Señor le dijo: “Pastorea mis ovejas”. El Señor preguntó por tercera vez: “¿me amas?”. Pedro le dijo: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo”. Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas”.

Como discípulas de Cristo, nosotras también declaramos que lo amamos. Entonces, ¿en qué forma apacentamos a Sus ovejas?

Una manera en que las hermanas de la Sociedad de Socorro pueden apacentar a Sus ovejas es mediante las visitas de las maestras visitantes. “Los objetivos del programa de las maestras visitantes son establecer lazos de amistad y de afecto con cada una de las hermanas y brindar apoyo, consuelo y amistad”2. A fin de lograr esos objetivos, las maestras visitantes deben hacer lo siguiente:

  1. 1.

    Cada mes, visitan a cada hermana asignada (de ser posible en su hogar).

  2. 2.

    “…averiguan de las necesidades espirituales y temporales de la hermana y de la familia de ella”.

  3. 3.

    “Brindan la ayuda correspondiente”.

  4. 4.

    “Dan instrucción espiritual por medio de un mensaje mensual”3.

El Señor ha bendecido a las mujeres con atributos divinos de amor, compasión, bondad y caridad. A través de nuestras visitas mensuales como maestras visitantes, tenemos el poder de bendecir a cada hermana al ofrecer nuestro amor y bondad y brindar los dones de compasión y caridad. No importa cuáles sean nuestras circunstancias personales, todas tenemos la oportunidad de edificar y de amar a los demás.

He vivido en diversos países de Centro y Sudamérica, en el Caribe y España; he visto que las visitas de las maestras visitantes se han hecho con fidelidad al caminar distancias cortas y largas, al ir en autobús, en metro o en tren. Mi amiga, Ana, era una joven madre de Costa Rica que fielmente hacía sus visitas todos los meses, caminando muchas veces bajo intensa lluvia. Treinta años después, es abuela y sigue siendo una fiel maestra visitante. Ella ha sido una bendición para muchas hermanas.

Por medio de las visitas mensuales que hacemos a nuestras hermanas, podemos crear lazos de amor, amistad y confianza. Si escuchamos los susurros del Espíritu, aumentaremos nuestra percepción de las necesidades de otras personas. Si actuamos de acuerdo con esas impresiones divinas, podemos ser una bendición para los que necesitan ayuda. Pero tenemos que estar dispuestas a dar: a dar de nuestros recursos y nuestro tiempo. La magnitud de nuestra vida no se mide con lo que recibimos, sino con lo que damos. El programa de las maestras visitantes brinda la oportunidad de dar, a medida que atendemos las necesidades físicas, espirituales y emocionales de las hermanas.

Cuando vivía en la República Dominicana, visité a una hermana que acababa de salir del hospital y regresaba a casa después del nacimiento de su tercer hijo. Me sorprendió ver lo tranquila que lucía. ¡Sus dos otros hijos eran todavía tan pequeños! Después de conversar unos minutos, me contó que se sentía tranquila porque las hermanas de la Sociedad de Socorro se habían a-puntado para ir a ayudarla todos los días durante varios días. Ella sintió el amor de ellas.

Mis maestras visitantes eran siempre las primeras en ir a verme y llevarme de comer cuando regresaba a casa con cada uno de mis bebés, en San José, Costa Rica.

El presidente Boyd K. Packer dijo que en la Sociedad de Socorro el dar servicio magnifica y santifica a cada una de las hermanas, y nos ha aconsejado dar prioridad al servicio en la Sociedad de Socorro por sobre toda otra sociedad o club similar4.

El programa de las maestras visitantes es también un eficaz instrumento para la retención y la reactivación. Una joven adulta soltera contó lo siguiente:

“Mientras leía el mensaje de la Primera Presidencia en la revista Ensign, acudió a mi mente mi asignación de maestra visitante. Mi compañera era una buena amiga mía, pero parecía que nuestros horarios nunca coincidían. Esa mañana decidí simplemente llamar por teléfono a las hermanas y fijar una hora, con la esperanza de que se acomodara al horario de mi compañera. Lamentablemente, ella no pudo acompañarme. Pedí a dos de mis compañeras de cuarto que me acompañaran, pero ninguna podía hacerlo. Sabía que hacer las visitas sola no era lo ideal, y pensé en cancelarlas, pero decidí que era mejor hacerlas sola que dejar que se pasara otro mes sin visitar a nuestras hermanas.

“Llegué a casa de Alejandra y me acerqué nerviosa a la puerta, sin saber si la reconocería. Se había mostrado muy amigable por teléfono, así que pensé que sería una hermana que habría visto en la capilla. Alejandra me saludó con un fuerte abrazo y una gran sonrisa. ¡Era una cara nueva! Durante nuestra conversación, Alejandra me contó acerca del deseo que tenía de empezar a ir a la Iglesia otra vez, y dijo que durante los últimos meses había estado esperando que alguien la visitara. Dijo que ésa era la primera vez que la visitaba una maestra visitante. Conversamos sobre algunos principios del Evangelio y compartimos impresiones en cuanto al Mensaje de las Maestras Visitantes de ese mes. Se comprometió a ir a la Iglesia esa semana. ¡Y lo hizo (incluso llevó a su novio)!

“Desde entonces, Alejandra y yo hemos llegado a ser buenas amigas. Ya no soy su maestra visitante, pero conversamos mucho más que sólo una vez al mes. Alejandra asiste a la Iglesia y a la noche de hogar con regularidad, y también asiste a instituto.

“Ahora tengo un testimonio más firme del programa de las maestras visitantes. Estoy agradecida por la guía del Espíritu Santo y Sus delicadas impresiones que me llevaron a una amiga tan buena y tan amorosa como Alejandra. Ambas fuimos igualmente fortalecidas con esta experiencia, y ambas la necesitábamos para nuestro progreso espiritual”5.

Cuando el pastor se preocupa, muchos de los que se habían perdido pueden volver y responder a una invitación de volver al redil.

En Moroni 6:4 se nos exhorta a recordar y nutrir a los que se han bautizado en la Iglesia de Cristo.

El mensaje mensual del Evangelio que compartimos en esas visitas edifica la fe y el testimonio. Tanto la que da como la que recibe se edifican mutuamente al intercambiar ideas y experiencias personales, al mismo tiempo que hablan sobre principios del Evangelio, las Escrituras y las enseñanzas de nuestros profetas.

Otra bendición es la estrecha amistad y el fortalecimiento que ocurren entre las dos hermanas que son compañeras en esta tarea; aprendemos mutuamente y nos amamos la una a la otra al servir juntas.

Podemos y debemos ser las mejores al brindar ayuda. Tenemos la perspectiva del Evangelio en nuestra vida; tenemos impresiones divinas que nos alientan a hacer el bien. Dediquemos un esfuerzo renovado y eficaz a la obra de las maestras visitantes. Nosotras podemos brindar alimento temporal y espiritual. Podemos y debemos ser las mejores en comprender y enseñar la doctrina. Podemos aliviar el hambre espiritual y apacentar a las ovejas, lo que podría significar fortalecer y nutrir a los miembros nuevos, a los menos activos, o incluso a los que sean plenamente activos.

Nuestro servicio debe ser desinteresado y callado y debe darse de buena voluntad, con corazones llenos del amor a Dios y a Sus hijos. Debe haber un sincero interés en pastorear al rebaño, de invitarlos a venir a Cristo.

Es mi oración que nos comprometamos a estar más dedicadas a extender nuestros brazos de amor y compasión para bendecir, ayudar y fortalecernos las unas a las otras al llevar a cabo nuestras visitas de maestras visitantes con un corazón dispuesto y feliz. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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  1.  

    1. Véase History of the Church, Tomo V, pág. 25.

  2.  

    2. “Sociedad de Socorro”, sección 3, Manual de Instrucciones de la Iglesia, Libro 2, págs. 244–245.

  3.  

    3.  Manual de Instrucciones de la Iglesia, Libro 2, págs. 245–246.

  4.  

    4. Véase Boyd K. Packer, “Una hermandad sin fronteras”, Liahona, marzo de 1981, pág. 71.

  5.  

    5. Correspondencia personal.