Señora Patton: La historia continúa

Presidente Thomas S. Monson

Primer Consejero de la Primera Presidencia


Presidente Thomas S. Monson
Estoy seguro de que nuestro Padre Celestial tenía presente las necesidades de ella y deseaba que escuchara las reconfortantes verdades del Evangelio.

Hoy extraño a mi colega James E. Faust; expreso mi amor a su querida esposa y a su familia y estoy seguro de que está sirviendo al Señor en otro lugar. Les doy la bienvenida a las nuevas Autoridades Generales que hemos sostenido, el presidente Eyring, el élder Cook y el élder González y deseo asegurarles que tienen mi total apoyo.

Hace treinta y ocho años, en una Conferencia General que se llevó a cabo en el Tabernáculo de la Manzana del Templo, hablé acerca de un amigo de la niñez, Arthur Patton, que murió cuando era joven. El discurso se titulaba “Señora Patton, Arthur vive”1. Dirigí mis palabras a la madre de Arthur, la señora Patton, que no era miembro de la Iglesia. A pesar de que tenía pocas esperanzas de que la señora Patton oyera mi discurso, deseaba compartir con todos aquellos que me estuvieran escuchando el glorioso mensaje de esperanza y de amor del Evangelio. Últimamente he sentido la impresión de volver a mencionar a Arthur y de relatarles lo que ocurrió después de mi mensaje original.

Primero, permítanme hablarles de Arthur. Tenía el cabello rubio, ondulado y una sonrisa muy amplia. Era más alto que cualquier otro muchacho de la clase. Supongo que por eso, en 1940, cuando el gran conflicto que llegó a ser la Segunda Guerra Mundial se extendía por la mayor parte de Europa, Arthur pudo engañar al personal de reclutamiento y alistarse en la Marina a la tierna edad de quince años. Para Arthur y para la mayoría de los muchachos, la guerra era una gran aventura. Recuerdo cuán apuesto lucía en el uniforme de la Marina. Cómo deseábamos ser mayores, o por lo menos más altos, para poder alistarnos nosotros también.

La juventud es una época muy especial de la vida. Longfellow escribió:

¡Hermosa es la juventud!
¡De brillante resplandor,
de ilusiones, aspiraciones y sueños de fervor!
Libro de comienzos, de historia sin fin,
¡Una heroína en toda joven, y en todo hombre un amigo afín!2
(traducción libre).

La madre de Arthur estaba muy orgullosa de la estrella azul que adornaba la ventana de la sala de estar, ya que le indicaba a todo el que pasaba frente a la casa que su hijo llevaba el uniforme de su patria y que servía activamente. Cuando yo pasaba por su casa, ella solía abrir la puerta y me invitaba a pasar para leer la carta más reciente de Arthur. Los ojos se le llenaban de lágrimas, tras lo cual me pedía que la leyera en voz alta. Arthur lo era todo para esa madre viuda.

Aún puedo ver las ásperas manos de la señora Patton en el momento en que, con cuidado, volvía a guardar la carta en el sobre. Eran manos trabajadoras; ella limpiaba las oficinas de un edificio del centro de la ciudad. Cada día de su vida, excepto los domingos, se la veía caminar a lo largo de la acera, con el balde y el cepillo en la mano, con el cabello cano recogido en un rodete, con los hombros cansados de trabajar y caídos por la edad.

En marzo de 1944, en pleno furor de la guerra, Arthur recibió un traslado del buque destructor U.S.S. Dorsey al portaaviones U.S.S. White Plains. Mientras estaba en Saipán, en el Pacífico Sur, el barco fue atacado. Arthur, que estaba a bordo, fue uno de los que se perdieron en el mar.

La estrella azul que estaba en la ventana del frente de la casa de los Patton se quitó de su lugar sagrado y se reemplazó con una dorada, que indicaba que aquel al que representaba la estrella azul había muerto en la batalla. En la vida de la señora Patton se apagó una luz, dejándola en total oscuridad y profunda desesperación.

Con una oración en el corazón, me acerqué a la conocida entrada de la familia Patton, preguntándome qué palabras de consuelo podrían salir de los labios de un jovencito.

La puerta se abrió y la señora Patton me abrazó como si fuese su propio hijo. Aquel hogar se tornó en capilla cuando una angustiada madre y un jovencito inseguro se arrodillaron a orar.

Al ponernos de pie, la señora Patton me miró a los ojos y dijo: “Tommy, no pertenezco a ninguna iglesia, pero tú sí; dime, ¿volverá a vivir Arthur?”. Lo mejor que pude, le testifiqué que Arthur en verdad volvería a vivir.

En la Conferencia General de hace tantos años, al contar este relato, mencioné que había perdido contacto con la señora Patton, pero que una vez más quería dar respuesta a su pregunta: “¿Volverá a vivir Arthur?”.

Mencioné al Salvador del mundo, que anduvo por los polvorientos caminos de los pueblos a los que reverentemente llamamos la Tierra Santa; que hizo al ciego ver, al sordo oír, al cojo caminar y a los muertos vivir; a Aquél que con ternura y amor nos aseguró: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida”3.

Expliqué que el plan de la vida y una explicación de su curso eterno los recibimos del Maestro de los cielos y de la tierra, sí, Jesucristo el Señor. Para comprender el significado de la muerte, debemos entender el propósito de la vida.

Indiqué que en esta dispensación, el Señor declaró: “Y ahora, de cierto os digo, yo estuve en el principio con el Padre, y soy el Primogénito”4. “También el hombre fue en el principio con Dios”5.

Jeremías el profeta registró:

“Vino, pues, palabra de Jehová a mí, diciendo:

“Antes que te formase… te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones”6.

Desde el majestuoso mundo de los espíritus entramos al gran escenario de la vida para probar que seremos obedientes a todas las cosas que Dios ha mandado. Durante la vida terrenal avanzamos de una infancia indefensa, a una niñez inquisitiva y después a una madurez reflexiva. Experimentamos gozo y dolor, logros y decepciones, éxito y fracaso; saboreamos lo dulce y, no obstante, probamos lo amargo. Así es la vida.

Entonces, a la vida de cada uno llega la experiencia conocida como muerte; nadie está exento; todos deben pasar por sus puertas.

Para la mayoría, hay algo siniestro y misterioso en cuanto a ese inoportuno visitante al que llamamos muerte. Quizás sea el miedo a lo desconocido lo que hace que muchos teman su llegada.

Arthur Patton murió rápidamente; para otros la muerte es lenta. Sabemos, por medio de la palabra revelada de Dios, que “los espíritus de todos los hombres, en cuanto se separan de este cuerpo mortal… son llevados de regreso a ese Dios que les dio la vida”7.

Le aseguré a la señora Patton y a todos los que estaban escuchando que Dios nunca los abandonaría; que Él envió a su Hijo Unigénito al mundo a enseñarnos, mediante el ejemplo, la clase de vida que debíamos vivir. Su Hijo murió en la cruz para redimir a toda la humanidad. Las palabras que dijo a la angustiada Marta y a Sus discípulos nos brindan consuelo hoy: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.

“Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente”8.

“En la casa de mi Padre muchas moradas hay; sí así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros…

“…vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis”9.

Reiteré los testimonios de Juan el revelador y de Pablo el apóstol. Juan registró:

“…vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios…

“Y el mar entregó los muertos que había en él”10.

Pablo declaró: “…así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados”11.

Expliqué que hasta que llegue la gloriosa mañana de la Resurrección, andamos por fe. “Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara”12.

Le aseguré a la señora Patton que Jesús le hacía a ella y a todos los demás esta invitación:

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.

“Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas”13.

Como parte de mi mensaje, le expliqué a la señora Patton que ese conocimiento la sostendría en su dolor; que nunca se encontraría en la trágica situación de la incrédula que perdió a un hijo y que, al ver el ataúd descender a la madre tierra, dijo: “Adiós, hijito; adiós para siempre”. Más bien, con cabeza erguida, valor enardecido y fe inquebrantable, ella podía elevar la mirada, mirar más allá de las tranquilas olas que rompían el azulado Pacífico, y susurrar: “Adiós, Arthur, mi hijo querido. Adiós, hasta que nos veamos otra vez”.

Cité las palabras de Tennyson, como si su hijo se las estuviese dirigiendo a ella:

¡Ocaso y estrella vespertina y un claro llamado para mí!
No haya gemido en la escollera cuando me haga a la mar.
Crepúsculo y campana vespertina y tras ello la oscuridad.
No haya tristeza en el adiós cuando me vaya a embarcar.
Fuera de los confines de Tiempo y de Lugar la corriente lejos me puede llevar cara a cara a mi Dios espero ver cuando la escollera vaya a cruzar14.

Al concluir mi mensaje de hace tantos años, le expresé a la señora Patton mi testimonio personal como testigo especial, diciéndole que Dios nuestro Padre la tenía presente, que mediante sincera oración ella podía comunicarse con Él; que Él, también tenía un Hijo que había muerto, sí, Jesucristo el Señor; que Él es nuestro abogado para con el Padre, el Príncipe de Paz, nuestro Salvador y Divino Redentor, y que un día lo veríamos cara a cara.

Tenía la esperanza de que mi mensaje dirigido a la señora Patton llegara y conmoviera a otras personas que habían perdido a un ser querido.

Y ahora, mis hermanos y hermanas, comparto con ustedes el resto de esta historia. Yo pronuncié mi mensaje de conferencia el 6 de abril de 1969. Repito, tenía pocas esperanzas o casi ninguna de que la señora Patton escuchara el discurso; no tenía razón para pensar que ella escucharía la conferencia general, porque, como mencioné, ella no era miembro de la Iglesia. Entonces me enteré que había ocurrido algo semejante a un milagro. Sin tener ninguna idea de quién hablaría en la conferencia, o de los temas de los que hablarían, los vecinos de la señora Terese Patton, en California, a donde ella se había trasladado, que eran miembros de la Iglesia, la invitaron a su casa a escuchar una de las sesiones. Ella aceptó la invitación y de ese modo estaba escuchando la misma sesión donde yo me dirigí personalmente a ella.

Durante la primera semana de mayo de 1969, para mi asombro y alegría, recibí una carta que llevaba el matasellos de Pomona, California, de fecha 29 de abril de 1969. Era de la señora Terese Patton. Quisiera compartir con ustedes una porción de esa carta:

“Querido Tommy:

“Espero que no te importe que te llame Tommy, ya que siempre pienso en ti con ese nombre. No sé como darte las gracias por el reconfortante discurso que diste.

“Arthur tenía 15 años cuando se alistó en la Marina. Murió el 5 de julio de 1944, un mes antes de cumplir los 19 años.

“Fue maravilloso que pensaras en nosotros. No sé cómo darte las gracias por tus palabras de consuelo cuando Arthur murió, así como en tu discurso. A través de los años he tenido muchas dudas, y tú las has aclarado. Ahora me siento en paz en cuanto a Arthur… Que Dios te bendiga y te cuide siempre.

“Con cariño,

“Terese Patton”15.

Mis hermanos y hermanas, no creo que fuese una coincidencia que yo haya tenido la impresión de dar ese mensaje particular en la conferencia general de abril de 1969; y tampoco creo que fuese una coincidencia que los vecinos de Terese Patton la hayan invitado a su casa para esa sesión de la conferencia en particular. Estoy seguro de que nuestro Padre Celestial tenía presente las necesidades de ella y deseaba que escuchara las reconfortantes verdades del Evangelio.

Aunque la señora Patton dejó esta tierra hace mucho tiempo, he tenido la fuerte impresión de compartir con ustedes el modo en que nuestro Padre Celestial la bendijo y proveyó para ella, una viuda, en momentos de necesidad. Con toda la fuerza de mi alma, testifico que nuestro Padre Celestial nos ama a cada uno; Él oye las oraciones de los corazones humildes; Él oye nuestras súplicas para recibir ayuda, así como oyó a la señora Patton. Su Hijo, nuestro Salvador y Redentor, se dirige a todos hoy día: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él”16.

¿Escucharemos ese llamado? ¿Oiremos esa voz? ¿Le abriremos esa puerta al Señor, a fin de que recibamos la ayuda que está tan dispuesto a brindar? Ruego que así sea, en el nombre de Jesucristo. Amén.

Mostrar referencias

  1.  

    1. En Conference Report, abril de 1969, págs. 126–129.

  2.  

    2. “Morituri Salutamus”, en The Complete Poetical Works of Henry Wadsworth Longfellow, 1883, pág. 259.

  3.  

    3. Juan 14:6.

  4.  

    4. D. y C. 93:21.

  5.  

    5. D. y C. 93:29.

  6.  

    6. Jeremías 1:4, 5.

  7.  

    7. Alma 40:11.

  8.  

    8. Juan 11:25, 26.

  9.  

    9. Juan 14:2, 3.

  10.  

    10. Apocalipsis 20:12, 13.

  11.  

    11. 1 Corintios 15:22.

  12.  

    12. 1 Corintios 13:12.

  13.  

    13. Mateo 11:28, 29.

  14.  

    14. Alfred, Lord Tennyson, “Crossing the Bar” en Poems of the English Race, ed. Raymond Macdonald Alden, 1921, pág. 362. (Traducción libre.)

  15.  

    15. Carta personal en posesión de Thomas S. Monson.

  16.  

    16. Apocalipsis 3:20