Revelación personal: Las enseñanzas y el ejemplo de los profetas

Élder Robert D. Hales

Del Quórum de los Doce Apóstoles


Élder Robert D. Hales
La revelación personal es el modo por el cual sabemos por nosotros mismos las verdades más importantes de nuestra existencia.

Al comenzar la última sesión de esta histórica conferencia, me uno a ustedes para expresar gratitud por el privilegio de sostener al presidente Henry B. Eyring como consejero de la Primera Presidencia, al élder Quentin L. Cook como miembro del Quórum de los Doce Apóstoles, y al élder Walter F. González como uno de los siete presidentes de los Setenta. A ellos brindo mi amor y apoyo, y testifico que son llamados de Dios por un profeta viviente, el presidente Gordon B. Hinckley, “de acuerdo con el espíritu de revelación y profecía”1.

Los acontecimientos de estos dos últimos días nos enseñan que necesitamos revelación en la obra del Señor y revelación personal para nuestra propia vida. La revelación personal es el modo por el cual sabemos por nosotros mismos las verdades más importantes de nuestra existencia: la realidad viviente de Dios, nuestro Padre Eterno, y de Su Hijo Jesucristo; la veracidad del Evangelio restaurado, así como el propósito y la guía que Dios tiene para nosotros.

Casi todo lo que sé sobre la revelación personal lo he aprendido del ejemplo de los profetas, tanto antiguos como modernos. Esta tarde quisiera compartir algunos de esos ejemplos y ruego que nos inspiren a cada uno de nosotros a buscar las bendiciones de la revelación personal en nuestra propia vida.

Cuando era un joven Representante Regional se me asignó ayudar al élder Marion G. Romney a reorganizar una estaca. Durante el largo y apacible viaje a la conferencia, la conversación se tornó hacia la magnitud espiritual de nuestra asignación. El élder Romney me enseñó cómo el Señor nos bendice con revelación. “Robert”, me dijo, “he aprendido que cuando estamos en la obra del Señor, contamos con Su bendición para lograr cualquier cosa que se nos pida hacer”. El élder Romney me explicó, además, que llegaríamos a la ciudad distante, nos arrodillaríamos en oración, entrevistaríamos a poseedores del sacerdocio, volveríamos a arrodillarnos en oración y el Espíritu Santo nos revelaría cuál era la persona que el Señor había elegido para ser el nuevo presidente de estaca. Me prometió que sería una de las grandes experiencias espirituales de mi vida, y así fue.

Nuestro Padre Celestial nos ha enviado a cada uno de nosotros a la tierra para hacernos merecedores de la vida eterna: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”2. ¿Cómo conocemos al Padre y al Hijo por nosotros mismos? Mediante la revelación personal. La revelación personal es la manera en que nuestro Padre Celestial nos ayuda a conocerlo a Él y a Su Hijo, a aprender y vivir el Evangelio, a perseverar en rectitud hasta el fin, y a ser merecedores de la vida eterna, para así regresar a Su presencia.

Tal vez se pregunten: “¿Cómo obtenemos revelación personal?”. Pablo aconsejó a los santos que confiaran en el Espíritu más bien que en la sabiduría del mundo3. A fin de obtener ese Espíritu, empezamos con la oración. El presidente Lorenzo Snow había estudiado el Evangelio varios años antes de unirse a la Iglesia, pero no recibió un testimonio sino hasta dos o tres semanas después de su bautismo, cuando se retiró en secreta oración. “El Espíritu de Dios descendió sobre mí”, dijo. “Oh, qué dicha y felicidad sentí, [pues] entonces recibí un conocimiento perfecto de que Dios vive, que Jesucristo es el Hijo de Dios, y de la restauración del santo sacerdocio y de la plenitud del Evangelio”4.

He aprendido que la oración es un firme cimiento para la revelación personal, pero hace falta más que eso. Mientras aún era representante regional, tuve la oportunidad de aprender de otro apóstol: el élder Boyd K. Packer. Se nos asignó el reorganizar una estaca y comenzamos arrodillándonos juntos en oración. Después de entrevistar a los líderes del sacerdocio y de orar, el élder Packer sugirió que camináramos juntos alrededor del edificio. Mientras caminábamos, me demostró un principio esencial para recibir revelación personal, el principio que el Señor le enseñó a Oliver Cowdery: “He aquí… debes estudiarlo en tu mente”5. Reflexionamos sobre nuestra asignación, deliberamos juntos y dimos oído a la voz del Espíritu. Al regresar, oramos y meditamos más; entonces estuvimos preparados para recibir revelación.

La revelación viene en el tiempo del Señor, lo cual a menudo implica que debemos avanzar con fe aun cuando no hayamos recibido todas las respuestas que deseamos. Ya como Autoridad General, recibí la asignación de ayudar a reorganizar una presidencia de estaca bajo la dirección del élder Ezra Taft Benson. Después de orar, entrevistar, estudiar y volver a orar, el élder Benson me preguntó si ya sabía quién iba a ser el nuevo presidente de estaca. Le dije que aún no había recibido la inspiración; me miró por un largo tiempo y me respondió que él tampoco. Sin embargo, ambos recibimos la inspiración de pedirles a tres dignos poseedores del sacerdocio que hablaran en la sesión de la conferencia del sábado por la tarde. Unos momentos después de que comenzó a hablar el tercer orador, el Espíritu me indicó que él debía ser el nuevo presidente de estaca. Miré al presidente Benson y vi lágrimas que rodaban por su rostro. Ambos habíamos recibido la revelación, pero sólo al seguir procurando la voluntad de nuestro Padre Celestial al proceder con fe.

En los comienzos de mi servicio en la Iglesia, el élder Harold B. Lee enseñó esta lección cuando fue a organizar una nueva estaca en el distrito donde vivíamos. Yo acababa de ser sostenido como obispo y el élder Lee me pidió que lo acompañara a una conferencia de prensa. Una vez allí, un impulsivo joven periodista confrontó al élder Lee diciéndole: “Usted dice ser profeta. ¿Cuándo fue la última vez que recibió revelación y sobre qué fue?”. El élder Lee hizo una pausa y, mirándolo directamente, respondió con dulzura: “Ayer por la tarde, a eso de las tres. Estábamos orando sobre a quién se debería llamar como presidente de la nueva estaca y se nos indicó quién debía ser esa persona”. El corazón del periodista cambió. Jamás olvidaré el Espíritu que reinó en aquella sala cuando el élder Lee dio un poderoso testimonio de la revelación que pueden recibir los que fielmente buscan hacer la voluntad del Señor.

Como niños, jóvenes, padres, maestros y líderes fieles, es posible que recibamos revelación personal más a menudo de lo que nos damos cuenta. Cuanta más revelación personal recibimos y reconocemos, más crece nuestro testimonio. Siendo obispo, mi testimonio crecía cada vez que recibía revelación para extender llamamientos a los miembros del barrio. Ese testimonio se ha fortalecido cada vez que presencio el llamamiento o las nuevas asignaciones de Autoridades Generales, oficiales, Setentas de Área y presidentes de estaca. Más importante aún, me fortalecen las revelaciones personales que recibo como hijo de Dios, esposo y padre. Estoy muy agradecido por la guía y la dirección del Espíritu en nuestro hogar cuando pedimos orientación para asuntos familiares.

Para todos nosotros, nuestras revelaciones personales reflejan el modelo de revelación que reciben los profetas, según se narra en las Escrituras. Adán y Eva invocaron el nombre del Señor y recibieron revelación personal, incluso el conocimiento del Salvador6. Enoc, Abraham y Moisés buscaron el bienestar de su pueblo y recibieron las maravillosas revelaciones registradas en la Perla de Gran Precio7. Elías recibió revelación personal a través de un silbo apacible y delicado8; la de Daniel fue en un sueño9. La revelación personal de Pedro le dio un testimonio de que Jesús es el Cristo10. Lehi y Nefi recibieron revelaciones sobre el Salvador y el Plan de Salvación, y prácticamente todos los profetas de la Biblia y del Libro de Mormón recibieron revelaciones para amonestar, enseñar, fortalecer y consolar tanto a ellos mismos como a su pueblo11. Después de orar mucho en el templo, el presidente Spencer W. Kimball recibió la revelación sobre el sacerdocio12; y después de orar sobre cómo extender las bendiciones del templo a más miembros de la Iglesia, el presidente Hinckley recibió la revelación de construir templos más pequeños13.

Los profetas reciben revelación personal para ayudarles en su diario vivir y para dirigir los asuntos terrenales de la Iglesia. Nuestra responsabilidad es buscar revelación personal tanto para nosotros como para las responsabilidades que el Señor nos ha dado.

Estas últimas semanas el presidente Hinckley ha buscado revelación para los llamamientos que se anunciarían en esta conferencia. Hace más o menos un mes, en la reunión de la Primera Presidencia y del Quórum de los Doce Apóstoles de los jueves en el templo, oí al presidente Hinckley ofrecer una oración sencilla y sincera para recibir guía espiritual. La respuesta a su sincera oración ya se nos ha presentado a todos.

¿Vemos el modelo de la revelación en la vida de los profetas? ¿Están entretejidas también en nuestra vida las fibras de ese modelo?

Sabemos que el modelo se centra en la Expiación14. Recibimos las bendiciones de la Expiación cuando nos arrepentimos de nuestros pecados y observamos los mandamientos. Ése fue el convenio que hicimos al bautizarnos y lo renovamos cada semana al participar de la Santa Cena. Al perseverar en rectitud estamos listos para decir como dijo Samuel: “Habla, [Señor], porque tu siervo oye”15. Y el Señor responde: “Bienaventurados vuestros ojos, porque ven; y vuestros oídos, porque oyen”16.

Nos preparamos para recibir revelación personal igual que los profetas: al estudiar las Escrituras, ayunar, orar y edificar la fe. La clave está en la fe. Recuerden la preparación de José para la Primera Visión:

“Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios…

“Pero pida con fe, no dudando nada”17.

Mediante la fe inquebrantable aprendemos que “es por la fe que se obran milagros”18.

Por lo general, esos milagros no serán manifestaciones físicas del poder de Dios, como dividir el mar Rojo, levantar a los muertos, derrumbar los muros de prisiones o la aparición de mensajeros celestiales. Intencionalmente, la mayoría de los milagros son manifestaciones espirituales del poder de Dios, entrañables misericordias que suavemente se confieren a través de impresiones, ideas, sentimientos de seguridad, soluciones a problemas, fortaleza para afrontar las dificultades y consuelo para soportar las decepciones y el pesar.

Recibimos esos milagros cuando soportamos lo que las Escrituras denominan “la prueba de [nuestra] fe”19. En ocasiones esa prueba es el tiempo que transcurre antes de recibir una respuesta. El presidente David O. McKay buscó un testimonio cuando era un joven que cuidaba ganado, pero no lo recibió hasta muchos años después, mientras servía como misionero en Escocia. Él dijo: “Fue una manifestación por la cual como joven con dudas había orado en secreto… en las colinas y en el campo. Fue una reafirmación para mí de que la oración sincera se contesta ‘en algún momento, en algún lugar’”20.

Tal vez la respuesta sea: “Ahora no; ten paciencia y espera”.

Testifico que en la colina o en el campo, en la arboleda o en el aposento, ahora o en las eternidades venideras, se cumplirán las palabras del Señor a cada uno de nosotros: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá”21. Si bien se nos manda que no busquemos señales, se nos manda “buscad… los mejores dones”22. Esos dones incluyen el Espíritu Santo y la revelación. Esa revelación vendrá “línea por línea, precepto por precepto”, como dijo el Salvador, y “a quien reciba, [yo, el Señor] le daré más”23.

Al salir de esta conferencia, exhorto a que cada uno de nosotros busque y reciba en mayor grado el Espíritu de Dios. El Salvador oró para que Sus discípulos del Nuevo Mundo recibieran ese Espíritu. Luego, a modo de ejemplo para todos nosotros, dejó a Sus discípulos y en oración dio gracias a Su Padre Celestial por habérselo concedido24. Sigamos Su ejemplo y oremos por el Espíritu de Dios, dando gracias por su maravillosa bendición en nuestra vida.

Expreso mi testimonio especial de que Jesucristo vive y dirige Su Iglesia por conducto de un profeta viviente: el presidente Gordon B. Hinckley. Sé, ¡sé!, que el presidente Hinckley dirige esta Iglesia por revelación. Utilizando las palabras de Alma: “He aquí, os digo que [estas cosas] el Santo Espíritu de Dios me las hace saber. He aquí, he ayunado y orado muchos días… Y ahora sé por mí mismo que son verdaderas; porque el Señor Dios me las ha manifestado… y éste es el espíritu de revelación que está en mí”25.

Que cada uno de nosotros reciba ese Espíritu, obtenga las bendiciones de la revelación personal y sepa por sí mismo que estas cosas son verdaderas, es mi sincera oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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  1.  

    1. Alma 8:24.

  2.  

    2. Juan 17:3.

  3.  

    3. Véase 1 Corintios 2:11–16.

  4.  

    4. Citado en Eliza R. Snow Smith, Biography and Family Record of Lorenzo Show, 1884, pág. 8.

  5.  

    5. D. y C. 9:8.

  6.  

    6. Véase Moisés 5:4–11.

  7.  

    7. Véase Génesis 18:23–33; Éxodo 3:1–3; 32:31–33; Moisés 1:1–2, 24; 6:26–37; 7:2–4; Abraham 1:1–2, 15–19.

  8.  

    8. Véase 1 Reyes 19:11–12.

  9.  

    9. Véase Daniel 2:16–20.

  10.  

    10. Véase Mateo 16:15–17.

  11.  

    11. Véase 1 Nefi 2:16; 11:1–2; para más ejemplos véase Mosíah 3:1–4; Alma 43:23; Helamán 7–8; Helamán 10:2–4; 3 Nefi 1:10–13; Mormón 8:34–35; Éter 3:1–6, 13–14, 25.

  12.  

    12. Véase “El presidente Tanner de la Primera Presidencia presenta la nueva revelación para el voto de los miembros” Liahona, febrero de 1979, pág. 22.

  13.  

    13. Véase “Pensamientos sobre los templos, la retención de conversos y el servicio misional”, Liahona, enero de 1998, pág. 57.

  14.  

    14. Véase Hechos 9; Mosíah 27; Alma 36.

  15.  

    15. 1 Samuel 3:10.

  16.  

    16. Mateo 13:16.

  17.  

    17. Santiago 1:5–6.

  18.  

    18. Moroni 7:37.

  19.  

    19. Éter 12:6.

  20.  

    20. Citado en Francis M. Gibbons, David O. McKay, un apóstol para el mundo, un Profeta de Dios, 1986, pág. 50.

  21.  

    21. Mateo 7:7; Lucas 11:9; véase también 3 Nefi 14:7.

  22.  

    22. D. y C. 46:8.

  23.  

    23. 2 Nefi 28:30.

  24.  

    24. Véase 3 Nefi 19:19–23.

  25.  

    25. Alma 5:46