El servicio

Élder Steven E. Snow

De la Presidencia de los Setenta


Élder Steven E. Snow
Hay que buscar las maneras de bendecir a los demás con actos de servicio que sean sencillos.

En una ocasión el presidente David O. McKay citó las palabras de Abraham Lincoln y dijo: “Todo lo que soy o espero ser se lo debo a mi madre angelical”1. Esas palabras expresan mis sentimientos hacia mi propia madre. Viola Jean Goates Snow, Jeanie, para los que la conocían, nació en 1929 y murió en 1989, poco después de cumplir 60 años. Ella me enseñó, me animó y me convenció de que realmente podía lograr todo lo que me propusiera; y también me disciplinó. Tal como mis hijos dicen de su madre: “Era especialista en hacernos sentir culpables”. Mamá era una madre excepcional, un gran ejemplo, y no pasa un solo día sin que yo piense en ella y la extrañe.

Unos años antes de morir, le diagnosticaron cáncer, enfermedad contra la que luchó con gran valentía. Como familia aprendimos, aunque suene raro, que el cáncer es una enfermedad de amor; ya que nos da la oportunidad de enmendar relaciones, de despedirnos y de expresar amor. Unas semanas antes del fallecimiento de mi madre, charlábamos en la sala de la casa donde crecí. Mamá tenía buen gusto y le agradaban las cosas lindas; también soñaba con viajar, pero teníamos recursos económicos limitados y ese sueño no se cumplió completamente. Al saber eso, le pregunté si se lamentaba de algo. Esperaba escuchar que siempre había querido una casa más grande y más bonita, o quizás que expresara su tristeza y desilusión por no haber podido viajar, pero ella meditó mi pregunta por unos momentos y simplemente respondió: “Ojalá hubiera brindado más servicio”.

Su respuesta me asombró. Mi madre siempre había aceptado llamamientos en la Iglesia; había servido como presidenta de la Sociedad de Socorro de barrio, maestra de la Escuela Dominical, maestra visitante y de la Primaria. Cuando éramos niños, siempre llevábamos comidas, mermeladas y fruta envasada a los vecinos y a los miembros del barrio. Cuando le recordé todo eso, no cambió de parecer, “Pude haber hecho más”, fue todo lo que dijo. Mi madre había vivido una vida plena y ejemplar; su familia y sus amigos la amaban; había logrado mucho en una vida a menudo difícil y que quedó truncada por la enfermedad. A pesar de todo ello, su mayor pesar era no haber prestado suficiente servicio. No tengo duda de que el Señor ha aceptado el sacrificio terrenal de mi madre y la ha recibido en Su presencia. ¿Pero por qué eso ocupaba un lugar importante en su mente unos días antes de morir? ¿Qué es el servicio y por qué es tan importante en el evangelio de Jesucristo?

Primero: Se nos manda servirnos unos a otros.

El primer mandamiento es amar a Dios.

“Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”2.

Demostramos nuestro amor cuando nos ayudamos y nos servimos mutuamente.

El presidente Gordon B. Hinckley ha dicho: “Ningún hombre que no sea un buen vecino, que no tienda la mano para ayudar a los demás, es un verdadero Santo de los Últimos Días. El que lo hagamos es inherente a la naturaleza del Evangelio. Mis hermanos y hermanas, no podemos vivir sólo para nosotros mismos”3.

En Mateo, el Salvador enseñó a Sus discípulos este importante principio:

“…Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te dimos de beber?

“¿Y cuándo te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, y te cubrimos?

“¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti?

“Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis”4.

Este servicio se debe dar desinteresadamente, sin esperar obtener ganancia o recompensa personal. Se debe dar cuando sea necesario y no cuando convenga. Las oportunidades de servir no siempre serán obvias, ya que la tendencia natural es preocuparnos por nuestros propios deseos y carencias. Debemos resistir esa tendencia y buscar oportunidades de prestar servicio. Cuando visitamos a los que sufren por enfermedad, por la muerte de un ser querido o por otros pesares, no basta con decir simplemente: “Llámeme si le puedo ayudar en algo”, sino que hay que buscar las maneras de bendecir a los demás con actos de servicio que sean sencillos; es mejor hacer cosas pequeñas, de poca importancia, que no hacer nada.

Segundo: Como miembros de la Iglesia tenemos la obligación de aceptar llamamientos para servir a fin de edificar el reino de Dios sobre la tierra. Al servir en nuestros llamamientos, bendecimos a los demás. En la obra misional, las personas cambian cuando aprenden el evangelio de Jesucristo y reciben un testimonio de su veracidad. Mediante la sagrada obra del templo, bendecimos a los que ya han partido antes que nosotros. Al prestar servicio en el Evangelio, tenemos el privilegio de enseñar a los demás, de fortalecer a los jóvenes y de bendecir a los niños pequeños conforme ellos aprenden las verdades sencillas del Evangelio. Al servir en la Iglesia aprendemos a dar de nosotros mismos y a ayudar a otras personas. El presidente Spencer W. Kimball, un gran ejemplo de servicio, dijo: “Dios nos tiene en cuenta y vela por nosotros; pero por lo general, es por medio de otra persona que atiende a nuestras necesidades. Por lo tanto, es vital que nos prestemos servicio unos a otros en el reino”5. No obstante, la responsabilidad de servir en la Iglesia no nos exime de la responsabilidad de servir a nuestra familia y a nuestro prójimo. El presidente Kimball advirtió además: “Ninguno de nosotros debe estar tan ocupado con sus asignaciones de la Iglesia que no tenga tiempo de prestar un discreto servicio cristiano a su prójimo”6.

Finalmente, tenemos la responsabilidad de prestar servicio a la comunidad. Debemos ayudar a mejorar el vecindario, las escuelas, las ciudades y los pueblos. Felicito a los que, sea cual fuere su interés político, trabajan con los gobiernos locales, estatales y federales para mejorar nuestra vida. De igual manera, felicito a los que ofrecen su tiempo y sus recursos económicos para apoyar causas comunitarias y caritativas dignas que bendicen a los demás y hacen que el mundo sea un poco mejor. Mi abuelo me enseñó desde muy pequeño: “El servicio público es el alquiler que pagamos por el espacio que ocupamos en la tierra”.

El servicio requiere desinterés, compartir y dar. Mi esposa y yo aprendimos una valiosa lección durante el tiempo que prestamos servicio en África. Se nos asignó a una conferencia de distrito en Jinja, Uganda. El sábado, temprano por la mañana, antes de las reuniones, aprovechamos la oportunidad para visitar una capilla nueva en la zona. Al llegar al edificio, nos recibió un niño de unos tres o cuatro años de edad. Había ido a la capilla para ver qué ocurría allí. Enternecida por la amplia sonrisa del pequeño, mi esposa metió la mano en su bolso y le entregó un caramelo envuelto en papel. Él se quedó encantado.

Pasamos unos minutos recorriendo la capilla antes de volver a salir. Al hacerlo, encontramos a más de una docena de niños sonrientes, y todos querían conocer a la nueva dama de los dulces del vecindario.

Phyllis sintió gran pesar porque le había dado el último caramelo al niño. Les indicó a los otros niños con tristeza que ya no le quedaban más. El niñito que nos había recibido inicialmente le devolvió el caramelo a mi esposa indicándole que lo desenvolviera. Con tristeza, Phyllis lo hizo pensando que el niño se metería el dulce en la boca a la vista de sus amigos llenos de envidia.

Pero no fue así. Para sorpresa nuestra, pasó el dulce a sus amigos, los cuales sacaron la lengua y, uno por uno, lamieron el delicioso caramelo. El niñito siguió dando la vuelta alrededor del círculo probando de vez en cuando él mismo el dulce, hasta que se acabó.

Se podría aducir que ese gesto desinteresado no fue muy higiénico, pero nadie puede disputar el ejemplo que dio aquel niño. El desinterés, el compartir y el dar son esenciales para el servicio, y ese niño había aprendido muy bien esa lección.

Espero y ruego que todos prestemos más servicio. Si no lo hacemos, no recibiremos la plenitud de los privilegios y de las bendiciones del Evangelio restaurado. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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  1.  

    1.  Pathways to Happiness, com. Llewelyn R. McKay, 1957, pág. 183.

  2.  

    2. Mateo 22:39.

  3.  

    3. “Latter-day Prophets Speak: Service”, Ensign, septiembre de 2007, pág. 49.

  4.  

    4. Mateo 25:37–40.

  5.  

    5.  Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Spencer W. Kimball, pág. 92.

  6.  

    6.  Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Spencer W. Kimball, pág. 93.