El hoy

Lance B. Wickman

Of the First Quorum of the Seventy


Lance B. Wickman
Siempre que hayamos vivido el “hoy” de modo que podamos reclamar la gracia purificadora de la Expiación, viviremos con Dios para siempre.
 

Hace tres semanas entré en el “ayer” y en ese momento redescubrí el “hoy”, y es del “hoy” que deseo hablarles.

Una asignación de la Iglesia me llevó por la vasta expansión del Pacífico a la tierra de Vietnam. Para mí, ese fue más que un vuelo sobre el océano; fue un paso hacia el pasado. Hace más de 40 años había estado en los campos de batalla de ese país como oficial de infantería. En el transcurrir de estas décadas he tenido grabados en la memoria recuerdos del lugar, de la gente y de mis compañeros de armas con quienes presté servicio. Una vez Jacob escribió: “Nuestras vidas… han pasado como si fuera un sueño” (Jacob 7:26). Así me sentía yo, y ahora regresaba del salón de mis recuerdos a ese lugar de recuerdos después de casi medio siglo. Concluí los asuntos eclesiásticos y decidí volver a visitar esos campos de desesperada batalla, y junto a mi querida esposa realicé la peregrinación.

No estoy seguro de lo que esperaba encontrar después de tantos años, pero lo que encontré fue inesperado. En lugar de un pueblo devastado por la guerra, encontré uno joven y vibrante. En vez de un terreno destruido por la artillería, encontré campos verdes y tranquilos. Aun la vegetación de la selva era nueva. Supongo que en cierta forma esperaba encontrar el “ayer”, pero lo que encontré fue el “hoy” y la promesa de un gran “mañana”. Recordé que “por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría” (Salmos 30:5).

Al caminar una vez más por el campo y por un sendero de la selva, en mi mente oí nuevamente el ruido de la ametralladora, el silbido de las municiones y el traqueteo de las armas. Volví a ver las caras jóvenes y bronceadas de amigos que “dieron el máximo de su devoción” (Abraham Lincoln, discurso pronunciado en Gettysburg). Pensé en uno en concreto, en un día particular: el 3 de abril de 1966, el Domingo de Ramos, en la temporada de la Pascua, hace casi exactamente 42 años.

Nuestro batallón de infantería había estado en Vietnam por varios meses. Yo era teniente, el líder de un pelotón de fusileros, y participábamos casi constantemente en operaciones de combate. Al amanecer de ese día específico, nuestro batallón estaba en medio del territorio enemigo. Muy temprano mandamos una patrulla de reconocimiento de unos diez hombres, entre los que estaba el sargento Arthur Morris. Varios fueron heridos en un tiroteo, incluso el sargento Morris, que recibió una herida superficial. Con el tiempo, los hombres volvieron cojeando a nuestras líneas.

Pedimos un helicóptero de evacuación por radio. Al cargar a los heridos en el helicóptero, le pedí al sargento Morris que también subiera; él se opuso. Se lo volví a pedir y una vez más objetó. De nuevo lo amonesté y nuevamente se negó. Finalmente le dije: “Sargento Morris, súbase al helicóptero”.

Con una mirada seria y suplicante, me dijo: “Por favor, señor”, y luego pronunció las palabras que me perseguirán para siempre: “No pueden matar a un viejo testarudo como yo”.

La escena completa está grabada en mi mente como una maqueta de guerra: el claro de la selva, la hélice del helicóptero vibrando con impaciencia, el piloto con mirada expectante y mi amigo rogando para quedarse con sus hombres. Transigí; hice señas al piloto para que se fuera, llevándose con él la oportunidad de un mañana. Antes de la puesta del sol, mi querido amigo, el sargento Arthur Cyrus Morris, yacía muerto por el fuego enemigo. En mi mente oigo una y otra vez el eco de su exclamación: “No pueden matar, no pueden matar, no pueden matar…”.

Por supuesto, en un sentido, él estaba muy equivocado; la vida es muy frágil; sólo un latido, un respiro, separa esta vida de la próxima. Mi amigo era una persona viva y activa, y en un instante, su espíritu inmortal se había ido, dejando su tabernáculo terrenal como un bulto de arcilla sin vida. La muerte es una cortina por la cual todos debemos pasar y, como el sargento Arthur Morris, nadie sabe cuando eso ocurrirá. De todos los desafíos que enfrentamos, quizás el mayor sea la equívoca sensación de que la vida terrenal continúa indefinidamente y su consecuencia: que podemos postergar hasta mañana el pedir perdón y el perdonar que, según el evangelio de Jesucristo, son dos de los propósitos principales de la vida terrenal.

Amulek enseñó esta profunda verdad en el Libro de Mormón:

“Porque he aquí, esta vida es cuando el hombre debe prepararse para comparecer ante Dios; sí, el día de esta vida es el día en que el hombre debe ejecutar su obra.

“…os ruego, por tanto, que no demoréis el día de vuestro arrepentimiento hasta el fin…

“…porque el mismo espíritu que posea vuestros cuerpos al salir de esta vida, ese mismo espíritu tendrá poder para poseer vuestro cuerpo en aquel mundo eterno” (Alma 34:32–34; cursiva agregada).

¡Qué expresión tan contundente usa Amulek: “el día de esta vida”! El Apóstol Santiago lo dijo de esta manera: “…no sabéis lo que será mañana. Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco tiempo, y luego desvanece” (Santiago 4:14). La persona que somos al salir de esta vida es la persona que seremos al entrar en la venidera. Por fortuna, tenemos el “hoy”.

Si bien el sargento Morris estaba muy equivocado, ¡también tenía mucha razón! En realidad somos inmortales, en el sentido de que la expiación de Cristo conquista la muerte, tanto física como espiritual; y siempre que hayamos vivido el hoy de modo que podamos reclamar la gracia purificadora de la Expiación, viviremos con Dios para siempre. Esta vida no es para obtener y acumular sino más bien para dar y llegar a ser. La vida mortal es el campo de batalla donde se enfrentan la justicia y la misericordia; pero no tienen que hacerlo como adversarias, pues se concilian en la expiación de Jesucristo para todos los que utilizan el “hoy” sabiamente.

Sólo queda que ustedes y yo busquemos y ofrezcamos el perdón, que nos arrepintamos y extendamos caridad a los demás, lo cual nos permite pasar por la puerta que el Salvador mantiene abierta, y así cruzar el umbral de esta vida a la exaltación. Hoy es el día para perdonar a los demás sus ofensas, con la seguridad de que el Señor perdonará las nuestras. Como lo escribió Lucas con elocuencia: “Sed, pues, misericordiosos” (Lucas 6:36; cursiva agregada). Puede que no lleguemos a la perfección aquí, pero podemos ser misericordiosos y, al final, el arrepentimiento y el perdón son dos de las cosas primordiales que Dios requiere de nosotros.

Mi peregrinación hacia el pasado terminó, miré los campos tranquilos de “hoy” y vi en su fertilidad la promesa del “mañana”. Pensé en mi amigo, el sargento Arthur Cyrus Morris, en ese fatídico Domingo de Ramos de “ayer” y me sentí profundamente agradecido por el Redentor de la mañana de Pascua que nos da vida, cuyo descenso debajo de todo hace posible nuestro ascenso sobre todas las cosas el día de “mañana”, pero sólo si aprovechamos el “hoy”. En el nombre de Jesucristo. Amén.