El proceso de obtener un testimonio

Carlos A. Godoy

Of the First Quorum of the Seventy


Carlos A. Godoy
Recibir un testimonio de la “voz apacible y delicada” algunas veces ejerce una mayor influencia en nuestro testimonio que la visita de un ángel.

Hace años, cuando servía como Setenta de Área en Brasil, mi familia y yo fuimos de vacaciones a la bella ciudad de Florianópolis. El domingo, como de costumbre, fuimos al centro de reuniones más cercano. Mi esposa, mi hija mayor y yo asistimos a la clase de la Escuela Dominical, que se trataba de nuestro testimonio personal del Evangelio.

En un momento de la lección, la maestra pidió a los miembros de la clase que compartieran una experiencia espiritual poderosa que hubieran tenido al desarrollar un testimonio de la Iglesia. Mientras algunos hermanos y hermanas compartían sus relatos, yo repasaba en mi mente mis experiencias como converso en busca de algo para compartir con ellos, mas no lograba hallar nada digno de mención relacionado con mi proceso de obtener un testimonio.

Mientras escuchaba las experiencias de los demás y pensaba en ellas, me percaté de que la maestra aguardaba mi participación. Ella prestaba atención a los demás miembros y me hizo saber que esperaba que yo compartiera mi gran experiencia. Después de todo, yo era un Setenta de Área y debería tener algo impresionante que compartir. Viendo que el tiempo pasaba y que ella seguía esperándome, me esforcé por encontrar algo que se ajustara a lo que ella consideraba un acontecimiento portentoso; pero, para su decepción, no fui capaz de pensar en nada. A pesar de mis deseos de ayudar, no logré estar a la altura de sus expectativas.

Afortunadamente, aquél era un domingo de ayuno y durante la reunión sacramental aproveché la oportunidad de expresar mi testimonio a la congregación y, particularmente, a aquella hermana y a su clase de la Escuela Dominical. No compartí una experiencia destacable, sino mi sincero testimonio de las verdades del Evangelio restaurado.

En ocasiones, creemos que para tener un testimonio de la Iglesia es preciso presenciar una experiencia grandiosa y poderosa, o un hecho singular que erradique cualquier duda de haber recibido una respuesta o una confirmación.

El presidente Boyd K. Packer enseñó: “La voz del Espíritu se describe en las Escrituras como una voz que no es ni ‘áspera’ ni ‘fuerte’; no es ‘una voz de trueno, ni una voz de un gran ruido tumultuoso’, sino que es ‘una voz apacible de perfecta suavidad, cual si hubiese sido un susurro’, y penetra ‘hasta el alma misma’ y hace ‘arder’ los ‘corazones’. (véase 3 Nefi 11:3; Helamán 5:30; D. y C. 85:6–7). Recuerden que Elías descubrió que la voz del Señor no se encontraba en el viento, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino que era ‘un silbo apacible y delicado’ (1 Reyes 19:12)”.

El presidente Packer prosigue: “El Espíritu no atrae nuestra atención por medio de gritos ni de sacudidas bruscas. Por el contrario, nos susurra; nos acaricia tan tiernamente que si nos encontramos demasiado enfrascados en nuestras preocupaciones, quizás no lo percibamos en absoluto…

“En algunas ocasiones tendrá la firmeza necesaria para que le prestemos atención, pero la mayoría de las veces, si no hacemos caso a esa suave impresión, el Espíritu se alejará y esperará hasta que acudamos en su busca y lo escuchemos y digamos, según nuestra propia manera de expresarnos, como Samuel de antaño le dijo al Señor: ‘Habla, porque tu siervo oye’ (1 Samuel 3:10)” (Boyd K. Packer, “Lámpara de Jehová”, Liahona, octubre de 1983, pág. 31).

Los grandes acontecimientos no son una garantía de que nuestro testimonio será fuerte. Lamán y Lemuel son buenos ejemplos de ello. Aun recibiendo la visita de ángeles, casi al instante siguiente volvían a cuestionar la voluntad del Señor. Algunos de los grandes líderes de estos últimos días pueden enseñarnos en cuanto a este principio. Ellos fueron instruidos de lo alto en los primeros días de la Restauración, y aun así no fueron lo bastante fuertes para perseverar hasta el fin. Estas experiencias demuestran que recibir un testimonio de la “voz apacible y delicada” algunas veces ejerce una mayor influencia en nuestro testimonio que la visita de un ángel.

Conocí la Iglesia gracias a dos misioneras que me enseñaron en Porto Alegre, Brasil, cuando yo era joven. Recuerdo que buscaba una respuesta a mis oraciones que incluyera algo importante e incuestionable. Nunca sucedió algo así, aunque ello no implica que no desarrollara la certeza suficiente para unirme a la Iglesia restaurada.

Alma enseña el proceso de cómo se nutre el testimonio: “Mas he aquí, si despertáis y aviváis vuestras facultades hasta experimentar con mis palabras, y ejercitáis un poco de fe, sí, aunque no sea más que un deseo de creer [y pienso que ese era mi caso como investigador], dejad que este deseo obre en vosotros, sí, hasta creer de tal modo que deis cabida a una porción de mis palabras” (Alma 32:27).

Desde esos días, para mí como investigador de la Iglesia, y posteriormente como misionero y después como padre y líder, todas estas vivencias conforman un conjunto de experiencias y sentimientos, con frecuencia pequeños, que no abrigan duda alguna de que “la semilla es buena” (véase Alma 32:30).

Alma continúa su enseñanza en cuanto al testimonio: “Compararemos, pues, la palabra a una semilla. Ahora bien, si dais lugar para que sea sembrada una semilla en vuestro corazón, he aquí, si es una semilla verdadera, o semilla buena, y no la echáis fuera por vuestra incredulidad, resistiendo al Espíritu del Señor, he aquí, empezará a hincharse en vuestro pecho; y al sentir esta sensación de crecimiento, empezaréis a decir dentro de vosotros: Debe ser que ésta es una semilla buena, o que la palabra es buena, porque empieza a ensanchar mi alma; sí, empieza a iluminar mi entendimiento; sí, empieza a ser deliciosa para mí” (Alma 32:28).

Algunas personas reciben su testimonio a través de un acontecimiento único e irrefutable, pero para otras puede tratarse de un proceso de experiencias que tal vez no sean tan impactantes, aún así, cuando se las agrupa, testifican indiscutiblemente que lo que hemos aprendido y vivido es verdad.

Hoy, después de muchos años como miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, no sería capaz de recordar la mayor parte de las experiencias que han contribuido a mi testimonio, lo cual no ha impedido que todas ellas hayan dejado su marca y hayan contribuido a mi testimonio de la Iglesia restaurada. Hoy poseo una absoluta certeza de las verdades del Evangelio de Jesucristo.

Quisiera concluir expresando mi testimonio, no sólo para aquella hermana que impartió la lección de la Escuela Dominical, sino para todos ustedes. Sé que nuestro Padre Celestial vive y nos ama; somos Sus hijos y Él escucha nuestras oraciones. Sé que Jesucristo es nuestro Salvador. Él murió, resucitó y expió nuestros pecados. Su expiación ha bendecido cada día de mi vida.

Testifico que la Iglesia de Jesucristo ha sido restaurada en los últimos días por conducto del profeta José Smith, un profeta de Dios. Sé que en la actualidad nos guía un profeta viviente, el presidente Thomas S. Monson. Sé que él es un profeta para nuestros días, tal y como Moisés, Abraham e Isaías lo fueron en su época.

El Libro de Mormón es la palabra de Dios, al igual que la Biblia, y es otro testamento del Salvador. Sé que el poder del sacerdocio fue restaurado y que ha bendecido a muchos santos en todo el mundo. Y de todo esto doy testimonio en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.