“¡Hombre herido!”

Henry B. Eyring

First Counselor in the First Presidency


Henry B. Eyring
El sentimiento de responsabilidad hacia los demás constituye la esencia del servicio fiel en el sacerdocio.

Estoy agradecido por el honor y la bendición de hablarle al sacerdocio de Dios. Mi propósito esta noche es ayudarles a ser valientes y audaces en su servicio en el sacerdocio.

Se necesitará que ustedes tengan valor y resolución porque están enlistados en el ejército del Señor, en la última dispensación. Ésta no es una época de paz; y eso ha sido así desde que Satanás organizó sus huestes en contra del plan de nuestro Padre Celestial en la existencia preterrenal. No sabemos los detalles de ese combate de entonces, pero sí conocemos un resultado: Satanás y sus seguidores fueron expulsados a la tierra y desde la creación de Adán y Eva el conflicto ha continuado. Lo hemos visto intensificarse y las Escrituras sugieren que la guerra será más y más violenta, y aumentarán las pérdidas espirituales en el lado del Señor.

Casi todos hemos visto un campo de batalla en una película o leído la descripción de ello en un relato; entre el estruendo de las explosiones y los gritos de los soldados, se escucha el grito: “¡Hombre herido!”

Cuando se escucha ese grito, los fieles soldados compañeros se movilizarán hacia el sonido; un soldado o un médico no tendrán en cuenta el peligro e irán en busca del camarada lesionado; y el hombre herido sabrá que recibirá ayuda. Sin importar el riesgo, alguien, ya sea agazapándose o arrastrándose, acudirá para llegar a tiempo a fin de protegerlo y asistirlo. Eso es verdad entre cualquier grupo de hombres unidos en una misión difícil y peligrosa, la cual estén resueltos a cumplir ante cualquier sacrificio. Las historias de ese tipo de grupos están llenas de relatos de hombres leales que tenían la determinación de no dejar a ningún hombre rezagado.

Éste es un ejemplo de un relato oficial 1 . Durante la guerra en Somalia, en octubre de 1993, dos soldados de asalto del ejército de los Estados Unidos desde su helicóptero durante el intercambio de fuego se dieron cuenta de que otros dos helicópteros cercanos habían caído a tierra. Los dos soldados, en su vuelo relativamente seguro, escucharon por la radio que no había tropas en tierra que pudieran rescatar a los tripulantes caídos. El número de enemigos que se acercaban al lugar del accidente era cada vez mayor.

Los dos hombres que observaban desde arriba se ofrecieron a descender a tierra, (las palabras que usaron en la radio fueron “a infiltrarse”) para proteger a sus camaradas gravemente heridos. Su solicitud fue denegada debido a que la situación era muy peligrosa; se ofrecieron una segunda vez y otra vez no se les concedió el permiso; sólo después de su tercer pedido, se les permitió descender a tierra.

Sólo con sus armas personales se abrieron paso hasta llegar a los helicópteros caídos y a sus tripulantes heridos. Pasaron por el intenso intercambio de fuego a medida que los enemigos se aproximaban al lugar del accidente. Sacaron a los heridos de lo que quedaba de las naves y se ubicaron alrededor de sus compañeros, colocándose en las posiciones más peligrosas. Protegieron a sus compañeros hasta que se quedaron sin munición y fueron heridos de muerte. Su valor y su sacrificio salvaron la vida de un piloto que se hubiera perdido.

Se les otorgó la Medalla de Honor póstuma, el reconocimiento más alto de la nación por el valor frente a un enemigo armado. La mención dice que lo que ellos hicieron fue “más allá de su deber”.

Pero me pregunto si ellos lo consideraron así al dirigirse hacia sus compañeros caídos. Por lealtad, sentían el deber de no abandonar a sus compañeros de batalla, sin importar el costo. El valor para actuar y su servicio desinteresado provenía del sentir que eran responsables por la vida, por la felicidad y por la seguridad de sus camaradas.

Ese sentimiento de responsabilidad hacia los demás constituye la esencia del servicio fiel en el sacerdocio. Nuestros camaradas están siendo heridos en el conflicto espiritual que nos rodea, así como las personas a quienes se nos ha llamado a servir y proteger del mal. Las heridas espirituales no se ven fácilmente, salvo con ojos inspirados; pero los obispos, los presidentes de rama y los presidentes de misión sentados frente a los condiscípulos del Salvador pueden ver a los heridos y las heridas.

Eso ha sucedido durante años en la tierra. Recuerdo, como obispo, que al estar mirando el rostro y la postura de un joven del sacerdocio, vino a mi mente una idea tan clara que parecía oírla: “Necesito verlo…y pronto. Algo está pasando; necesita ayuda”.

Nunca desecharía una impresión como esa porque había aprendido que, con frecuencia, la persona afectada no siente las heridas del pecado al principio. A veces parece que Satanás inyecta algo para adormecer el dolor espiritual mientras causa el daño y, a menos que algo ocurra pronto para iniciar el arrepentimiento, la herida puede empeorar y agrandarse.

En consecuencia, como poseedor del sacerdocio responsable por la supervivencia espiritual de algunos de los hijos del Padre Celestial, ustedes se movilizarán para ayudar sin esperar el grito: “¡Hombre herido!”. Tal vez, incluso ni el mejor amigo ni otros líderes ni los padres vean lo que ustedes hayan visto.

Puede que ustedes sean los únicos en percibir, por inspiración, el grito de alerta. Los demás podrían sentir lo que ustedes se verán tentados a pensar: “Tal vez el problema que me pareció ver fue sólo mi imaginación. ¿Qué derecho tengo de juzgar a los demás? No es mi responsabilidad, no me preocuparé sino hasta que él solicite mi ayuda”.

Sólo a un juez autorizado de Israel se le da el poder y la responsabilidad de verificar si existe una herida grave, de explorarla y, después, bajo la inspiración de Dios, de recomendar el tratamiento para iniciar la cura. Sin embargo, ustedes se encuentran bajo convenio de ir y ayudar a un hijo de Dios espiritualmente herido; ustedes son responsables de ser suficientemente valientes y audaces para no echarse atrás.

Debo explicar, lo mejor que pueda, por lo menos dos cosas. Primero: ¿Por qué tienen la responsabilidad de movilizarse para ayudar a un amigo herido? Y, segundo: ¿cómo cumplen con esa responsabilidad?

Primero, ustedes están bajo convenio, como se les ha aclarado, de que cuando aceptaron el mandato de Dios para recibir el sacerdocio, aceptaron una responsabilidad para lo que sea que harían o dejaran de hacer por la salvación de los demás sin importar lo difícil o peligroso que pudiese ser para ustedes.

Hay incontables ejemplos de poseedores del sacerdocio que asumieron esa seria responsabilidad como debemos hacerlo ustedes y yo. Así es como Jacob, en el Libro de Mormón, describió su sagrado deber cuando actuó bajo circunstancias difíciles para proporcionar ayuda: “Pues bien, mis amados hermanos, yo, Jacob, según la responsabilidad bajo la cual me hallo ante Dios, de magnificar mi oficio con seriedad, y para limpiar mis vestidos de vuestros pecados, he subido hoy hasta el templo para declararos la palabra de Dios” 2 .

Ahora bien, ustedes podrían objetar que Jacob era un profeta y ustedes no; pero el oficio de ustedes, cualquiera que sea en el sacerdocio, conlleva la obligación de “levanta[r] las manos caídas y fortalece[r] las rodillas debilitadas” 3 de aquellos que los rodean. Ustedes son los siervos del Señor que concertaron convenio de hacer por los demás, de la mejor manera posible, lo que Él haría.

Su gran oportunidad y responsabilidad se describe en Eclesiastés:

“Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo. Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante” 4 .

De esto ustedes comprenderán las palabras auténticas y edificantes de José Smith: “Nadie más que un necio jugaría con las almas de los hombres” 5 .Como lo opinaba Jacob, la aflicción de cualquier hombre o mujer caídos a quienes él podría haber ayudado pero no lo hizo, se convertiría en su propia aflicción. La felicidad de ustedes, así como la de aquellos a quienes son llamados a servir como poseedores del sacerdocio están ligadas.

Ahora llegamos a la pregunta de cuál es la mejor manera de ayudar a quienes se les ha llamado a servir y rescatar. Eso dependerá de sus habilidades y de la naturaleza de su relación en el sacerdocio con la persona que se encuentre ante un peligro espiritual. Permítanme comentar tres casos que tal vez tengan la ocasión de experimentar durante su servicio en el sacerdocio.

Empecemos cuando ustedes sean compañeros menores sin experiencia, maestros en el Sacerdocio Aarónico asignados a visitar a una familia joven con un compañero de experiencia. Antes de prepararse para la visita, ustedes orarán pidiendo fortaleza e inspiración para reconocer las necesidades de la familia y saber qué ayuda prestar. Si pueden, tendrán esa oración con su compañero y nombrarán a los que van a visitar. Al orar, su corazón se llenará de amor hacia ellos de modo personal y hacia Dios. Ustedes y su compañero se pondrán de acuerdo sobre lo que esperan lograr; trazarán un plan de lo que harán.

Cualquiera que sea el plan, observarán y escucharán atentamente y con humildad durante su visita. Ustedes son jóvenes y sin experiencia, pero el Señor conoce perfectamente la condición espiritual y las necesidades de esas personas y las ama. Como ustedes saben que Él los envía para actuar en lugar de Él, tengan fe de que percibirán las necesidades de ellos y sabrán lo que deben hacer para cumplir el mandato de ayudarlos; eso lo descubrirán al conversar cara a cara con ellos en su hogar. Es por eso que tienen este mandato del sacerdocio en Doctrina y Convenios de “…visitar la casa de todos los miembros, y exhortarlos a orar vocalmente, así como en secreto, y a cumplir con todos los deberes familiares” 6 .

Y también tienen un mandato extra que requiere aun mayor discernimiento:

“El deber del maestro es velar siempre por los miembros de la iglesia, y estar con ellos y fortalecerlos; y cuidar de que no haya iniquidad en la iglesia, ni aspereza entre uno y otro, ni mentiras, ni difamaciones, ni calumnias; y ver que los miembros de la iglesia se reúnan con frecuencia, y también ver que todos cumplan con sus deberes” 7 .

Ustedes y su compañero raramente recibirán inspiración para conocer en detalle hasta qué punto ellos cumplen esas normas; pero les prometo, por experiencia propia, que recibirán el don para saber lo que está bien con ellos y, en base a eso, podrán animarlos. Hay otra promesa que puedo hacer: ustedes y su compañero recibirán inspiración para saber qué cambios ellos podrían hacer para iniciar la curación espiritual que necesiten. Las palabras que se les mande decir en cuanto a lo que deba suceder en la vida de ellos casi con seguridad incluirán algunos de los cambios más importantes que el Señor quisiera que ellos hicieran.

Si sus compañeros sienten la impresión de hacer un cambio súbito, fíjense en lo que ellos hacen. Es probable que ustedes se sorprendan de la manera en que el Espíritu inspire a hablar a su compañero; la voz de de su compañero tendrá el sonido del amor; su compañero hallará la forma de relacionar el cambio necesario con la bendición que seguirá. Si es el padre o la madre quien necesita cambiar, tal vez el compañero de ustedes les explique cómo eso traerá felicidad a los hijos; él describirá el cambio como un modo de salir de la infelicidad hacia un lugar mejor y más seguro.

Las contribuciones que ustedes hagan durante la visita les podrán parecer pequeñas, pero pueden ser más poderosas de lo que ustedes piensan. Por medio de sus semblantes y sus modales, mostrarán que se interesan por ellos y verán que el amor que ustedes tienen por ellos y por el Señor los hace perder el temor; de ese modo, tendrán la audacia para testificar sobre la verdad. Sus humildes, sencillos y quizás breves testimonios podrían tocar el corazón de una persona más fácilmente que el de sus compañeros, que tienen más experiencia. He visto que eso ocurre.

Cualquiera sea la función de ustedes en esa visita del sacerdocio, sus deseos de visitar a las personas en representación del Señor para ayudarlas tendrá como resultado por lo menos dos bendiciones. Primero, sentirán el amor de Dios por las personas que visiten y, segundo, sentirán la gratitud del Salvador por su deseo de prestar la ayuda que Él sabía que ellas necesitaban.

Él los envió a ellas porque confiaba en que ustedes irían sintiendo la responsabilidad de instarlas a que se acerquen a Él y a la felicidad.

Cuando sean un poco más grandes, hay otra oportunidad que recibirán durante el servicio en el sacerdocio. Llegarán a conocer mejor a sus compañeros miembros del quórum; ya habrán jugado al baloncesto o al fútbol o habrán participado en actividades de la juventud y en proyectos de servicio; con algunos de ellos llegarán a ser muy buenos amigos.

Reconocerán cuando ellos estén felices o tristes. Tal vez ninguno de ustedes ocupe un cargo de autoridad en el quórum, pero ustedes se sentirán responsables por sus compañeros en el sacerdocio. Tal vez uno de ellos les confíe que ha comenzado a desobedecer un mandamiento y ustedes saben que eso le causará daño espiritual; tal vez les pida consejo porque confía en ustedes.

Por experiencia propia, les digo que si tienen éxito al ejercer una influencia para que él se aleje del camino peligroso, nunca olvidarán el gozo que habrán sentido por ser su verdadero amigo. Si no tienen éxito, les prometo que, cuando le llegue el dolor y la tristeza, como sucederá, ustedes sentirán el pesar de él como si fuera su propio pesar. Aunque eso ocurra, si han tratado de ayudarlo, seguirá siendo su amigo y, de hecho, por años puede que él hable con ustedes acerca de lo bueno que podría haber sucedido y de cuán agradecido está de que ustedes se hayan interesado lo suficiente para intentarlo. Entonces ustedes lo consolarán y lo volverán a invitar, como lo hicieron en su juventud, a que regrese a la felicidad que aún puede lograr, puesto que la Expiación lo hace posible.

Ahora bien, más adelante en la vida ustedes serán padres, padres que poseen el sacerdocio. Lo que hayan aprendido durante el servicio en el sacerdocio al ayudar a otras personas a alejarse de la tristeza e ir hacia la felicidad les dará el poder que necesiten y que deseen. Los años que pasaron responsabilizándose por las almas de los hombres los prepararán para ayudar y proteger a su familia, a la que amarán más de lo que pudieron imaginar en su juventud. Sabrán guiarlos con el poder del sacerdocio hacia la seguridad.

Mi ruego es que sientan gozo durante su servicio en el sacerdocio a través de su vida y para siempre. Ruego que desarrollen el valor y el amor por los hijos del Padre Celestial que llevó a los hijos de Mosíah a suplicar por la oportunidad de enfrentar la muerte y los peligros para llevar el Evangelio a un pueblo empedernido. Su deseo y su valor derivaron del sentirse responsable por la felicidad eterna de extraños, en peligro de sufrir un tormento sin fin 8 .

Que tengamos una porción del deseo que Jehová tuvo en el mundo anterior, cuando Él solicitó venir de los reinos de gloria para servirnos y dar Su vida por nosotros. El le pidió a Su Padre: “Envíame a mí” 9 .

Testifico que ustedes son llamados por Dios y que fueron enviados para prestar servicio a Sus hijos. Él desea que nadie quede rezagado. El presidente Monson posee las llaves del sacerdocio en toda la tierra. Dios les dará la inspiración y fortaleza para cumplir con su mandato de ayudar a Sus hijos a encontrar el camino a la felicidad, el cual es posible mediante la Expiación de Jesucristo; lo testifico a ustedes en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

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  1.  

    1. Véase The U.S. Army Leadership Field Manual, 2004, págs. 28–29.

  2.  

    2. Jacob 2:2.

  3.  

    3. D. y C. 81:5

  4.  

    4. Eclesiastés 4:9–10.

  5.  

    5.  History of the Church, Volumen 3, pág. 295.

  6.  

    6. D. y C. 20:47.

  7.  

    7. D. y C. 20:53–55.

  8.  

    8. Véase Mosíah 28:1–8.

  9.  

    9. Véase Abraham 3:27.