Obrar con toda diligencia

Por el presidente Henry B. Eyring

Primer Consejero de la Primera Presidencia


Por el presidente Henry B. Eyring
Debemos aprender nuestro deber del Señor, y luego debemos obrar con toda diligencia y nunca ser perezosos ni holgazanes.
 

Hermanos, estoy agradecido por estar con ustedes esta noche y me siento humilde por lo que sé de su servicio fiel en el sacerdocio. Esta noche les hablaré de la diligencia cuando estamos al servicio del Señor. Experiencias recientes me han llevado a tomar esta decisión.

Una de ellas fue mi cuidadoso estudio del extraordinario librito nuevo para el Sacerdocio Aarónico, sobre el cual habló el hermano David L. Beck. Lleva el título Cumplir Mi Deber a Dios. Al leer y meditar acerca de lo que se espera que los hombres jóvenes hagan y lleguen a ser, me di cuenta de que describía lo que el presidente Brigham Young prometió al poseedor del sacerdocio que sea diligente a lo largo de toda la vida: “El individuo que posee el sacerdocio y se conserva fiel a su llamamiento, que se regocija de continuo en hacer todo lo que Dios requiere de él y sigue cumpliendo cada deber a través de su vida, obtendrá no sólo el privilegio de recibir sino también el conocimiento de saber cómo recibir las cosas de Dios, de tal manera que pueda entender siempre la voluntad de Dios”1.

Tan sólo hace algunas semanas, vi a un nuevo diácono emprender el sendero de la diligencia. Su padre me mostró un diagrama que su hijo había creado, donde aparecía cada fila de su salón sacramental, un número para cada diácono que sería asignado para repartir la Santa Cena y la ruta que tendrían que seguir en el salón sacramental para repartirles la Santa Cena a los miembros. El padre y yo sonreímos al pensar que un joven, sin que se le pidiera, había creado un plan para asegurarse de que tendría éxito en su servicio en el sacerdocio.

En su diligencia reconocí el modelo del nuevo librito Mi Deber a Dios: saber qué espera el Señor de ustedes, diseñar un plan para lograrlo, poner el plan en práctica con diligencia y luego compartir con los demás cómo su experiencia los cambió y bendijo a otras personas.

El diácono creó ese diagrama con el fin de asegurarse de que podría hacer aquello para lo cual el Señor lo había llamado. Al inicio de su servicio en el sacerdocio, el Señor le estaba enseñando a regocijarse continuamente en “hacer todo lo que Dios requiere de él”2.

La otra experiencia que me llevó a hablarles de la diligencia esta noche fue el haber observado a un hombre que estaba cerca del final de su servicio en el sacerdocio, en esta vida. Él había sido obispo dos veces. Su primer llamamiento de obispo había sido cuando era joven, años antes de que yo lo conociera. En aquel momento, ya era anciano y lo habían relevado del llamamiento de obispo por segunda vez. Sus limitaciones físicas eran cada vez mayores, por lo cual cualquier servicio del sacerdocio era muy difícil.

Sin embargo, él tenía un plan para obrar con diligencia: cada domingo que podía llegar hasta la capilla, se sentaba cerca de la fila más cercana a la puerta por donde entraban la mayoría de las personas para la reunión sacramental. Llegaba temprano para asegurarse de que hubiera un asiento libre. Cada persona que llegaba podía ver en sus ojos amor y sentimientos de bienvenida como los habían visto cuando se sentaba en el estrado como su obispo. Su influencia nos animaba y nos elevaba porque teníamos algo de conocimiento acerca del precio que pagaba por servir. Su tarea como obispo había concluido, pero su servicio en el sacerdocio no había terminado.

Ustedes han visto ejemplos así de grandes siervos en el sacerdocio. Esta noche intentaré contarles qué he aprendido de ellos. Todo comienza cuando aprenden al servicio de quién se encuentran y con qué fin. Cuando eso les llega al corazón, ya nada es igual.

Primero, hablaré directamente a los hombres jóvenes del Sacerdocio Aarónico. Ustedes llegarán a ser más diligentes cuando sientan la magnitud de la confianza que Dios ha depositado en ustedes. En el librito Mi Deber a Dios, hay un mensaje de la Primera Presidencia para ustedes: “Nuestro Padre Celestial tiene gran confianza en ti, cuenta contigo y tiene una importante misión para que cumplas; te ayudará si acudes a Él en oración, escuchas los susurros del Espíritu, obedeces los mandamientos y guardas los convenios que has hecho”3.

Juan el Bautista regresó a la tierra para restaurar el sacerdocio que ustedes, jóvenes, poseen. Él contaba con las llaves del Sacerdocio Aarónico. Fue a Juan a quien Jesús acudió para ser bautizado. Juan sabía quién lo había llamado. Él le dijo al Señor: “Yo necesito ser bautizado por ti”4.

Juan sabía que el Sacerdocio Aarónico “tiene las llaves del ministerio de ángeles, y del evangelio de arrepentimiento, y del bautismo por inmersión para la remisión de pecados” cuando el Señor lo mandó ordenar a José Smith y a Oliver Cowdery el 15 de mayo de 18295. Él sabía quién lo había llamado y para qué glorioso propósito había sido enviado.

El sacerdocio les permite repartir los emblemas de la Santa Cena del Señor a los miembros de Su Iglesia hoy en día. Ése es el mismo privilegio que el Salvador les concedió a Sus Doce Apóstoles durante Su ministerio terrenal, y volvió a hacerlo al llamar doce discípulos después de Su resurrección para dirigir Su Iglesia.

El Señor mismo, como se describe en el Libro de Mormón, proveyó los emblemas de Su sacrificio infinito y los administró a la gente. Piensen en Él y en cómo Él los honra cuando llevan a cabo su servicio en el sacerdocio. Al recordarlo, tendrán la determinación de efectuar ese servicio sagrado, de la manera más similar posible y tan bien y fielmente como Él lo hizo6.

Esto podría llegar a ser un modelo en la vida de ustedes, el cual aumentará su poder para ser diligentes en cada servicio del sacerdocio para el cual el Señor los esté preparando y al cual los llame. Esa determinación los ayudará a prepararse para recibir el Sacerdocio de Melquisedec, que en la antigüedad se llamaba el “Santo Sacerdocio según el Orden del Hijo de Dios”7.

Ahora deseo hablarles a quienes han sido llamados a prestar servicio en el Sacerdocio de Melquisedec y que tienen el honor de hacerlo. Al igual que el Sacerdocio Aarónico, el Sacerdocio de Melquisedec implica más que el encargo de hacer lo que el Señor haría. Es una invitación a llegar a ser como Él es. Su promesa es la siguiente:

“Porque quienes son fieles hasta obtener estos dos sacerdocios de los cuales he hablado, y magnifican su llamamiento, son santificados por el Espíritu para la renovación de sus cuerpos.

“Llegan a ser los hijos de Moisés y de Aarón, y la descendencia de Abraham, y la iglesia y reino, y los elegidos de Dios.

“Y también todos los que reciben este sacerdocio, a mí me reciben, dice el Señor;

“porque el que recibe a mis siervos, me recibe a mí;

“y el que me recibe a mí, recibe a mi Padre;

“y el que recibe a mi Padre, recibe el reino de mi Padre; por tanto, todo lo que mi Padre tiene le será dado”8.

Hay un modelo por el cual todos los poseedores del sacerdocio llegan a ser merecedores de esa bendición gloriosa. La sección 107 de Doctrina y Convenios es uno de los pasajes de las Escrituras donde el Señor nos da ese modelo:

“Por tanto, aprenda todo varón su deber, así como a obrar con toda diligencia en el oficio al cual fuere nombrado.

“El que sea perezoso no será considerado digno de permanecer, y quien no aprenda su deber y no se presente aprobado, no será considerado digno de permanecer. Así sea. Amén”9.

Debemos aprender nuestro deber del Señor, y luego debemos obrar con toda diligencia y nunca ser perezosos ni holgazanes. El modelo es simple, pero no es fácil seguirlo. Nos distraemos con tanta facilidad. Estudiar las noticias del día puede parecer más interesante que el manual de clases del sacerdocio. Sentarse a descansar puede ser más atractivo que el fijar citas para visitar a aquellas personas que necesitan nuestro servicio del sacerdocio.

Cuando siento que me aparto de mis deberes del sacerdocio por otros intereses y cuando mi cuerpo suplica un descanso, me digo a mí mismo estas palabras de ánimo: “Acuérdate de Él”. El Señor es nuestro ejemplo perfecto de diligencia en el servicio del sacerdocio. Él es nuestro capitán. Él nos llamó. Él va delante de nosotros. Él nos eligió para seguirlo y para que traigamos a otras personas con nosotros.

Esta noche Lo recuerdo y mi corazón se conmueve. Ésta es la noche del sábado que precede al domingo de Pascua de Resurrección, cuando conmemoramos Su resurrección. Recuerdo Su ejemplo durante los días anteriores.

Por amor a Su padre y a nosotros, se ofreció para sufrir más allá de la capacidad de un hombre mortal. Él nos dijo parte de lo que el sacrificio infinito requirió de Él. Recordarán las palabras:

“Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten;

“mas si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo;

“padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar.

“Sin embargo, gloria sea al Padre, bebí, y acabé mis preparativos para con los hijos de los hombres”10.

Desde la cruz en el Calvario, el Señor anunció: “¡Consumado es!”11. Entonces Su Espíritu dejó Su cuerpo y Sus restos mortales fueron depositados con amor en una tumba. Él nos enseñó una gran lección con lo que hizo en tres días en el mundo de los espíritus, antes de Su resurrección, lo cual recuerdo cuando estoy tentado a sentir que he terminado una tarea difícil en Su servicio y merezco un descanso.

El ejemplo del Salvador me infunde valor para continuar. Su obra en la vida terrenal había terminado, pero Él entró en el mundo de los espíritus con la determinación de continuar Su gloriosa obra de salvar almas: organizó la obra de los espíritus fieles para rescatar a aquellos que aún podían llegar a ser partícipes de la misericordia por medio de Su sacrificio expiatorio. Recuerden las palabras de la sección 138 de Doctrina y Convenios:

“Mas he aquí, organizó sus fuerzas y nombró mensajeros de entre los justos, investidos con poder y autoridad, y los comisionó para que fueran y llevaran la luz del evangelio a los que se hallaban en tinieblas, es decir, a todos los espíritus de los hombres; y así se predicó el evangelio a los muertos;

“y los mensajeros escogidos salieron a declarar el día aceptable del Señor, y a proclamar la libertad a los cautivos que se hallaban encarcelados; sí, a todos los que estaban dispuestos a arrepentirse de sus pecados y a recibir el evangelio”12.

Cada vez que recordamos al Señor, se vuelve más fácil resistir la tentación de desear tomar un descanso de nuestra labor en el sacerdocio. Hoy debemos de haberlo recordado, ya que nos hallamos aquí para aprender cuáles son nuestros deberes, determinados a hacer lo que hemos hecho convenio de hacer con toda diligencia. Y gracias a Su ejemplo perseveraremos hasta el fin en las tareas que Él nos dé en esta vida, y estaremos comprometidos a hacer la voluntad de Su Padre para siempre, así como estuvo y está Él.

Ésta es la Iglesia del Señor. Él nos ha llamado y ha confiado en nosotros a pesar de las debilidades que sabía que teníamos. Él conocía las pruebas que pasaríamos. Mediante el servicio fiel y por medio de Su expiación, llegaremos llegar a desear lo que Él desea y ser lo que debemos ser para bendecir a aquellos a quienes servimos por Él. Si le prestamos servicio durante el tiempo que sea necesario y lo hacemos con diligencia, seremos cambiados. Podremos llegar a ser más como Él es.

He visto la evidencia de ese milagro en la vida de Sus siervos. La vi hace unas pocas semanas en la sala de estar de un fiel poseedor del sacerdocio.

Lo conocí como diácono, padre, obispo y miembro de una presidencia de estaca. Durante décadas he observado su diligencia al servir a los hijos del Señor por medio de su sacerdocio.

Su familia estaba reunida a su alrededor en la sala de estar de su casa. Él sonreía, vestido de camisa blanca, traje y corbata. Me sorprendió, ya que me encontraba allí porque me habían dicho que estaba en medio de tratamientos médicos dolorosos que aún no le habían curado.

No obstante, me había recibido como debe de haber recibido a otros miles de visitantes durante el transcurso de una vida de servicio en el sacerdocio: con una sonrisa. Yo había ido a ayudarlo con las tribulaciones que padecía, pero, como muchas veces sucede en el servicio del sacerdocio, yo fui quien recibió la ayuda y aprendió.

Nos sentamos y conversamos gratamente. Me contó que su padre había cuidado de mi madre cuando ella estaba por morir. Yo no lo sabía. Entonces me di cuenta de que, en su niñez, él había aprendido de su padre, un diligente poseedor del sacerdocio, cómo dar socorro. El pensar en eso me hizo estar agradecido por las ocasiones en que llevé a mis hijos conmigo, cuando eran pequeños, a hacer visitas del sacerdocio para dar consuelo y bendecir.

Después de unos minutos, él me preguntó en voz baja: “¿Sería apropiado si le pidiera que me dé una bendición?”. Su ex presidente de estaca, con quien había servido por años, ungió su cabeza con aceite consagrado por el poder del Sacerdocio de Melquisedec.

Al sellar la bendición, el Santo Espíritu me hizo sentir parte, al menos, de lo que el Señor ya había hecho por ese fiel poseedor del sacerdocio. Él estaba limpio y sus pecados habían sido lavados. Su naturaleza había cambiado y deseaba lo mismo que el Salvador. No temía a la muerte. El deseo de su corazón era vivir para prestar servicio a su familia y a otros hijos del Padre Celestial que lo necesitaran.

Esa noche salí de allí agradecido por haber sido testigo de la bondad del Señor hacia Sus siervos que son constantemente diligentes en el sacerdocio. Él cambia el corazón de ellos a fin de que deseen lo que Él desea y actúen como Él actuaría.

Termino ahora con este consejo para los siervos del Señor en el sacerdocio. Mediten profunda y diligentemente en las Escrituras y en las palabras de los profetas vivientes. Perseveren en la oración para que el Santo Espíritu les revele la naturaleza de Dios el Padre y de Su Hijo Amado. Supliquen que el Espíritu les muestre lo que el Señor quiere que hagan. Planeen hacerlo. Prométanle que obedecerán. Obren con determinación hasta haber hecho lo que Él haya pedido. Y después oren para agradecerle la oportunidad de servir y para saber qué podrían hacer a continuación.

Testifico que nuestro Padre Celestial y Jesucristo viven. Ellos son seres resucitados y glorificados que nos aman y nos cuidan. Las llaves del sacerdocio fueron restauradas por mensajeros celestiales al profeta José Smith, las cuales han pasado en una línea ininterrumpida hasta el presidente Thomas S. Monson. Esas llaves las posee cada uno de los apóstoles vivientes.

Les dejo mi bendición para que puedan llegar a sentir por el Espíritu la magnitud de la confianza y de las promesas que han recibido como siervos ordenados del sacerdocio en la Iglesia verdadera del Señor. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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  1.  

    1.  Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Brigham Young, 1997, pág. 138.

  2.  

    2. Ibídem.

  3.  

    3.  Cumplir Mi Deber a Dios: Para poseedores del Sacerdocio Aarónico, librito, 2010, pág. 5.

  4.  

    4. Mateo 3:14.

  5.  

    5. Véase Doctrina y Convenios 13.

  6.  

    6. Véase 3 Nefi 20:3–9.

  7.  

    7. Doctrina y Convenios 107:3; véase también Alma 13:1–9.

  8.  

    8. Doctrina y Convenios 84:33–38.

  9.  

    9. Doctrina y Convenios 107:99–100.

  10.  

    10. Doctrina y Convenios 19:16–19.

  11.  

    11. Juan 19:30.

  12.  

    12. Doctrina y Convenios 138:30–31.