¡Él vive, y yo lo honraré!

Por el élder Richard G. Scott

Del Quórum de los Doce Apóstoles


Por el élder Richard G. Scott
Nuestro entendimiento de la expiación de Jesucristo y nuestra fe en ella proporcionarán la fortaleza y la capacidad necesarias para tener una vida de éxito.
 

Es la mañana de Pascua, ese día santo designado en todo el cristianismo para conmemorar la victoria de Jesucristo sobre la muerte. Su resurrección rompió lo que hasta ese punto habían sido las rígidas cadenas de la muerte. Él abrió el sendero por medio del cual cada uno de los hijos del Padre Celestial que nace en la tierra tuviera la oportunidad de levantarse de la muerte y vivir otra vez.

Cuánto debe haberse regocijado nuestro Padre Celestial ese día sagrado, cuando Su Hijo, totalmente obediente y completamente digno, destrozó las cadenas de la muerte. ¿Qué propósito eterno habría tenido el plan de felicidad de nuestro Padre si no hubiese cobrado vida mediante la Expiación eterna e infinita de Su obediente y glorioso Hijo? ¿Qué propósito eterno hubiera tenido la Creación de la tierra, donde las inteligencias revestidas de espíritu recibirían un cuerpo, si la muerte fuese el fin de la existencia y nadie resucitara? Qué momento glorioso fue el de esa mañana para todos los que entendieron su significado.

La Pascua es esa época sagrada en la que el corazón de cada cristiano devoto se vuelve en humilde gratitud hacia nuestro amado Salvador. Es una época que debería llevar paz y gozo a todos los que lo aman y lo demuestran al obedecer Sus mandamientos. La Pascua trae pensamientos de Jesús, de Su vida, de Su Expiación, de Su resurrección, de Su amor. Él se ha levantado de los muertos “con [sanidad] en sus alas” (Malaquías 4:2; 3 Nefi 25:2). Ah, cuánto necesitamos todos esa sanidad que el Redentor puede proporcionar. El mío es un mensaje de esperanza basado en los principios comprendidos en las enseñanzas del Maestro de maestros, Jesucristo.

Los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días entienden más plenamente el alcance de la sanidad que proporciona Su Expiación porque tenemos la plenitud de Su doctrina. Nos damos cuenta de que lo que Él ha hecho voluntariamente con sufrimiento y sacrificio inmensos nos afectará no sólo en esta vida, sino a lo largo de toda la eternidad.

En esta Pascua, cuando recuerdes la Resurrección y el precio que se pagó y la dádiva que se dio mediante la Expiación, medita en lo que las Escrituras enseñan sobre esos acontecimientos sagrados. Tu testimonio personal de esa realidad se fortalecerá. Ésos deben ser más que principios que memorices, deben entretejerse en cada fibra de tu ser como un poderoso baluarte contra la creciente marea de la abominación que infecta nuestro mundo.

El profeta Lehi declaró una profunda verdad cuando dijo: “Por tanto, la redención viene en el Santo Mesías y por medio de él, porque él es lleno de gracia y de verdad. He aquí, él se ofrece a sí mismo en sacrificio por el pecado, para satisfacer las demandas de la ley, por todos los de corazón quebrantado y de espíritu contrito; y por nadie más se pueden satisfacer las demandas de la ley” (2 Nefi 2:6–7). Esa Escritura indica que para los orgullosos y los altaneros es como si nunca se hubiera efectuado una Expiación.

Jesucristo vive; Él es nuestro Salvador, nuestro Redentor. Él es un ser glorioso, resucitado; tiene la capacidad de comunicar un amor que es tan poderoso, tan conmovedor que sobrepasa la capacidad de la lengua humana para expresarlo en forma adecuada. Él dio Su vida para romper las ligaduras de la muerte. Su Expiación hizo que se activara plenamente el plan de felicidad de Su Padre Celestial.

Jesús administra el balance que existe entre la justicia y la misericordia, lo que está condicionado por nuestra obediencia a Su evangelio. Él es la luz para toda la humanidad. Él es la fuente de toda verdad. Él cumple con todas Sus promesas. Todos los que obedecen Sus mandamientos obtendrán las bendiciones más gloriosas que se pueda imaginar.

Sin la Expiación, el plan de felicidad del Padre Celestial no podría haberse llevado a efecto en su plenitud. La Expiación da toda oportunidad de superar las consecuencias de errores cometidos en la vida. Cuando obedecemos una ley, recibimos una bendición. Cuando quebrantamos una ley, no hay nada que haya sobrado de la obediencia anterior que satisfaga las demandas de la justicia por dicha ley quebrantada. La expiación del Salvador nos permite arrepentirnos de cualquier desobediencia y así evitar la pena que la justicia nos hubiera impuesto.

Mi reverencia y gratitud para con la Expiación del Santo de Israel, el Príncipe de Paz y nuestro Redentor, continúan expandiéndose a medida que me esfuerzo por entender más acerca de la Expiación. Me doy cuenta de que ninguna mente mortal puede concebir adecuadamente, ni puede lengua humana expresar con propiedad, el significado total de todo lo que Jesucristo ha hecho por los hijos de nuestro Padre Celestial mediante Su Expiación. Aún así, es vital que cada uno de nosotros aprenda lo que pueda acerca de ella. La Expiación es ese ingrediente esencial del plan de felicidad de nuestro Padre Celestial sin el cual ese plan no se podría haber activado. Tu entendimiento de la Expiación y la perspectiva que ésta te proporcione realzarán grandemente el uso productivo de todo el conocimiento, la experiencia y las aptitudes que adquieras en tu vida mortal.

Pienso que sería instructivo tratar de imaginar lo que la Expiación requirió tanto del Padre como de Su obediente Hijo. Tres de los desafíos que afrontó el Salvador fueron:

Primero, un enorme sentido de responsabilidad, puesto que Él comprendía que si ésta no se llevaba a cabo perfectamente ninguno de los hijos de Su Padre Celestial podría regresar a Él. Serían desterrados para siempre de Su presencia dado que no habría forma de arrepentirse de leyes quebrantadas y porque ninguna cosa impura puede existir en la presencia de Dios. El plan de Su Padre habría fracasado y cada hijo espiritual habría estado bajo el control y el tormento eternos de Satanás.

Segundo, en Su mente y corazón absolutamente puros, Él tuvo que sentir personalmente las consecuencias de todo lo que la humanidad afrontaría, incluso los pecados más depravados e infames.

Tercero, Él tenía que soportar los despiadados ataques de las hordas de Satanás mientras se encontraba presionado al límite física y emocionalmente. Entonces, por razones que no conocemos plenamente, mientras se encontraba en el extremo de Su capacidad, en el momento en que el Salvador más necesitaba socorro, Su Padre permitió que Él cargara la onerosa responsabilidad sólo con Su propia fortaleza y capacidad.

Trato de imaginar qué momento de intenso dolor debe haber sido para nuestro Padre Celestial cuando el Salvador clamó desde la cruz: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46; Marcos 15:34). Yo no creo que el Padre Celestial haya abandonado a Su Hijo en la cruz. Sí creo que la exclamación surgió cuando el Hijo sintió que le faltaba el apoyo sustentador que siempre había gozado de Su Padre. Su Padre sabía que el Salvador debía llevar a cabo la Expiación total y completamente por Sí solo, sin apoyo externo. El Padre no abandonó a Su Hijo. Él hizo posible que Su Hijo perfecto ganara los frutos eternos de la Expiación.

Ninguno de nosotros podrá apreciar jamás adecuadamente en la vida mortal la plenitud de las consecuencias beneficiosas de la Expiación.

Existe la necesidad imperativa de que cada uno de nosotros fortalezca su entendimiento sobre el significado de la expiación de Jesucristo para que llegue a ser un fundamento inquebrantable sobre el cual edificar nuestras vidas. A medida que el mundo llegue a ser más carente de normas fundamentales, y el honor, la virtud y la pureza se dejen cada vez más a un lado para ir en pos de apetitos, nuestro entendimiento de la expiación de Jesucristo y nuestra fe en ella proporcionarán la fortaleza y la capacidad necesarias para tener una vida de éxito. Ello también traerá confianza en épocas de prueba y paz en momentos de confusión.

Con gran energía, te animo a establecer un plan de estudio personal para entender y apreciar mejor las incomparables, eternas e infinitas consecuencias del cumplimiento perfecto del llamamiento divinamente designado de Jesucristo como nuestro Salvador y Redentor. La meditación personal profunda de las Escrituras, acompañada de la oración inquisitiva y sincera, fortificará tu entendimiento y tu agradecimiento por Su Expiación invalorable. Otro medio poderoso para aprender de Jesucristo y Su Expiación es mediante la asistencia constante al templo.

Que cada uno de nosotros renueve su determinación de enseñar principios verdaderos dentro de la santidad de nuestros hogares. Al hacer eso, proporcionaremos la oportunidad más grande de felicidad a los espíritus que se hayan confiado a nuestro cuidado. Utilicen la Iglesia como una herramienta de rectitud para fortalecer el hogar, pero reconozcan que, como padres, tenemos la responsabilidad y el privilegio primordiales de ser guiados por el Señor en la crianza de los hijos espirituales que Él nos ha confiado a nuestro cuidado.

La importancia vital de enseñar la verdad en el hogar es fundamental. La Iglesia es importante, pero es en el hogar donde los padres proporcionan el entendimiento y la dirección requeridos para los hijos. Se ha dicho con toda justicia que los llamamientos más importantes por tiempo y eternidad son los de padre y madre. Con el tiempo, se nos relevará de toda otra asignación, pero nunca de la que tenemos como padre o madre.

Cuando medites, no sólo cuando leas, sino cuando medites y reflexiones en los pasajes de las Escrituras, el poder del Espíritu Santo destilará verdades en tu mente y tu corazón como un fundamento seguro en estos tiempos de incertidumbre en los que vivimos. Como padre o madre, prepara a tus hijos para los desafíos que ellos encontrarán. Enséñales la verdad, anímalos a vivirla y ellos estarán bien, sin importar cuán fuerte sea sacudido el mundo.

En esta Pascua, toma la resolución de hacer que el Señor Jesucristo sea el centro de tu hogar. Asegúrate de que cada decisión que tomes, ya sea de naturaleza espiritual o física, sea guiada por el pensamiento: “¿Qué desearía el Señor Jesucristo que yo hiciera?”. Cuando el Salvador es el centro de tu hogar, éste se llena de paz y serenidad; hay un espíritu de segura calma que domina el hogar y la sienten tanto los niños como los adultos.

La mejor manera de realizar un cambio permanente para bien es hacer que Jesucristo sea tu modelo y que Sus enseñanzas sean tu guía para la vida.

Si has sido desobediente a Sus mandamientos y te sientes indigno, reconoce que fue por eso que el Señor Jesucristo dio Su vida. Mediante Su expiación, Él ha abierto para siempre la oportunidad de vencer esos errores, de arrepentirnos de decisiones impropias y de conquistar los efectos negativos de una vida contraria a Sus enseñanzas.

El Salvador nos ama a cada uno de nosotros y hará posible que se satisfaga toda necesidad nuestra al hacernos merecedores, mediante la obediencia, de todas las bendiciones que Él quiere que tengamos en esta tierra. Yo lo amo y lo adoro. Como Su siervo autorizado, testifico solemnemente con todas las facultades de mi ser que Él vive, en el nombre de Jesucristo. Amén.