Mamá me lo dijo

Por el élder Bradley D. Foster

De los Setenta


Por el élder Bradley D. Foster
Quizás la razón por la que respondemos de un modo tan universal al amor de nuestra madre sea porque éste representa el amor de nuestro Salvador.

El Señor ha dado a los padres la responsabilidad primordial de la nutrición espiritual de sus hijos. A veces esta responsabilidad recae sobre uno de los padres. Mi propia madre era relativamente joven cuando mi padre murió, dejándola sola con cuatro hijos. Sin embargo, ella afrontó su adversidad con fe y valor, prometiéndonos que si permanecíamos en la senda de la verdad, el final sería mejor que el principio. Al igual que los hijos de madres valientes del Libro de Mormón, “No dudábamos que nuestra madre lo sabía” (véase Alma 56:48). Hermanos y hermanas, comprendo de manera personal la gran influencia de las madres.

Mi buen amigo, Don Pearson, compartió una experiencia que destaca esa influencia. Una noche, su hijo de cuatro años, le pidió que le leyera un cuento antes de dormirse. Eric había escogido su libro preferido en cuanto a las aventuras de la familia de un puerquito que vivía en las islas del mar y viajaban de isla a isla en un globo de aire caliente. Era un libro de ilustraciones sin texto, así que el hermano Pearson inventaba las palabras del cuento.

“El puerquito está en un globo de aire caliente; está a punto de aterrizar en una isla; está dejando caer un cable por el costado del globo”.

Eric lo interrumpió. “Papá, no es un cable”, le dijo, “es una cuerda”.

El hermano Pearson miró a Eric y luego otra vez al libro ilustrado y siguió adelante: “El puerquito se está saliendo del globo y bajando del árbol. ¡Ay, no! ¡Se le enganchó el abrigo en una rama!”.

Nuevamente Eric lo detuvo. “Papá, no es un abrigo; es una chaqueta”.

A esta altura, el hermano Pearson estaba algo perplejo, le dijo: “Eric, en este libro no hay palabras, sólo dibujos. ¿Por qué insistes en que es una chaqueta?”

Eric respondió: “Porque mamá me lo dijo”.

Su padre cerró el libro y dijo: “Eric, ¿quién crees que tiene la última palabra y la autoridad máxima en esta casa?”.

Esta vez Eric pensó con detenimiento antes de contestar: “Tú, papá”.

El hermano Pearson le sonrió complacido. ¡Qué respuesta excepcional! “¿Cómo lo supiste?”.

Eric respondió rápidamente: “Mamá me lo dijo”.

Como dijo el presidente James E. Faust: “No existe un bien mayor en la tierra que el que proviene de la maternidad. La influencia de una madre en la vida de sus hijos es incalculable” (Liahona, julio de 1993, pág. 41).

Por designio divino, la crianza parece ser parte del legado espiritual dado a las mujeres. Lo he visto en mis hijas, y ahora lo veo en mis nietas; incluso antes de que aprendieran a caminar, querían sostener a sus muñecas y cuidarlas.

En mi profesión de agricultor y ganadero, he observado de cerca el modo en que el afecto natural de una madre se manifiesta incluso en la naturaleza. Cada primavera llevamos una manada de vacas y sus nuevos becerros a lo largo de la ribera del río Snake de Idaho, donde pastan aproximadamente un mes; después de rodearlas, las llevamos por un camino que conduce al corral, donde las cargan en camiones que las llevan a las pasturas de verano en Montana.

Un día de primavera particularmente caluroso, yo estaba ayudando a rodear la manada y cabalgaba detrás de ella conforme iba por el polvoriento camino hacia el corral. Mi tarea era reunir a los becerros que se hubieran desviado del camino. La marcha era lenta y me daba tiempo para pensar.

Debido a que hacía mucho calor, los becerritos constantemente corrían hacia los árboles en busca de sombra. Mis pensamientos se tornaron hacia los jóvenes de la Iglesia que a veces se desvían del sendero estrecho y angosto. También pensé en los que han dejado la Iglesia o quienes quizás sientan que la Iglesia se ha alejado de su corazón, mientras estaban distraídos. Se me ocurrió que una distracción no tiene que ser mala para ser eficaz: a veces puede ser simplemente sombra.

Después de varias horas de reunir becerros descarriados, y con la cara llena de sudor, les grité a los becerros con frustración: “¡Sigan a sus madres! ¡Ellas saben a dónde van! ¡Ya han andado por este camino!” Sus madres sabían que aunque por ahora el sendero estuviera caluroso y polvoriento, el final sería mejor que el principio.

Tan pronto como metimos la manada al corral, nos fijamos que tres de las vacas caminaban nerviosamente enfrente del portón; no podían hallar a sus becerros y parecían percibir que se habían quedado en alguna parte del camino. Uno de los vaqueros preguntó qué debíamos hacer, y le dije: “Creo que sé dónde están; a medio kilómetro de aquí hay una pequeña arboleda; estoy seguro de que los encontraremos allí”.

Y, como sospechaba, hallamos a los becerros perdidos dormidos bajo la sombra. Nuestra llegada los sobresaltó y se resistieron a que los rodeáramos. ¡Estaban atemorizados porque noéramos sus madres! Cuanto más nos esforzábamos por dirigirlos hacia el corral, más obstinados se ponían. Finalmente les dije a los vaqueros: “Lo siento, muchachos; sé que hay una manera mejor de hacerlo. Volvamos y dejemos que sus madres salgan del corral; las vacas vendrán y reunirán a sus becerros, y éstos las seguirán”. Estaba en lo correcto: las vacas supieron con exactitud a dónde ir para hallar a sus becerros, y los condujeron al corral, como yo lo esperaba.

Hermanos y hermanas, en un mundo donde a todos se nos concede el albedrío, algunos de nuestros seres queridos podrán descarriarse por una temporada. Pero no podemos darnos nunca por vencidos. Debemos regresar a buscarlos siempre; nunca debemos dejar de hacerlo. Nuestro profeta, el presidente Thomas S. Monson, nos ha suplicado que rescatemos a nuestros seres queridos que estén perdidos (véase, por ejemplo, “Permanece en el lugar que se te ha designado”, Liahona, mayo de 2003, págs. 54–57). Con la ayuda de los líderes del sacerdocio, los padres deben seguir regresando a buscar a sus seres perdidos, asegurándoles que siempre habrá un “hogar” en la familia y en la Iglesia que espera su regreso. No sabemos cuándo podrá cambiar un corazón; no sabemos cuándo un alma podría estar cansada y desgastada por el mundo. Cuando eso suceda, parece que nuestros hijos casi siempre se tornan primeramente a su madre, con emociones como las que se expresan en un poema de Elizabeth Akers Allen:

Atrás, vuelve atrás, oh tiempo que vuelas,
Qué agobiada estoy de afanes y lágrimas…
Cansada de lo vano, lo vulgar y lo vil,
Madre, oh, madre, ¡mi corazón te anhela!…
Mi corazón, en los días pasados,
Amor como el maternal jamás ha abrazado;
Nadie cual madre desvanece angustias
Del espíritu afligido y del mundo hastiado.
La dulce calma del sueño mis ojos rendidos subyuga;
¡Arrúllame, oh, madre, mi sueño acuna!
(Rock Me to Sleep,The Family Library of Poetry and Song, editado por William Cullen Bryant, 1870, págs. 190–191; puntuación actualizada).

Quizás la razón por la que respondemos de un modo tan universal al amor de nuestra madre sea porque éste representa el amor de nuestro Salvador. Como el presidente Joseph F. Smith dijo: “El amor de una buena madre se aproxima más al amor de Dios que cualquier otra clase de amor” (“The Love of Mother”, Improvement Era, enero de 1910, pág. 278).

Como en todas las cosas, el Salvador dio el ejemplo perfecto mediante el amor que mostró por Su madre terrenal. Incluso en el momento más crucial de Su vida mortal —tras la angustia del Getsemaní, del falso juicio, de la corona de espinas y de la pesada cruz a la que se le clavó brutalmente— Jesús miró hacia abajo desde la cruz y vio a Su madre, María, quien había venido a estar con su Hijo. Su último acto de amor antes de morir fue asegurarse de que se cuidara de Su madre, al decirle a Su discípulo: He ahí tu madre, y de allí en adelante el discípulo la recibió en su casa. Tal cual se dice en las Escrituras, entonces Jesús supo que “ya todo se había consumado”, e inclinó la cabeza y murió (véase Juan 19:27–28, 30).

Hoy estoy ante ustedes para testificar que Jesucristo es el verdadero Salvador y Redentor del mundo. Ésta es Su Iglesia, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Nuestro Padre Celestial desea que todos Sus hijos regresen a Él. Sé esto inequívocamente debido al testimonio del Espíritu Santo a mi corazón. No siempre lo supe; cuando era más joven debía confiar en el testimonio de mis padres. Mi madre me aseguró que si permanecía en la senda de la verdad, aun cuando pareciera calurosa y polvorienta, aun cuando hubiera distracciones, el fin sería mejor que el principio. Estaré eternamente agradecido porque mi madre me lo dijo. En el nombre de Jesucristo. Amén.