Nuestro deber a Dios: La misión de padres y líderes para con la nueva generación

Por el élder Robert D. Hales

Del Quórum de los Doce Apóstoles


Por el élder Robert D. Hales
Es nuestro deber imperioso ayudar a los jóvenes a comprender y creer el Evangelio de una forma profundamente personal.
 

Esta tarde deseo alentar a los padres y a todos los que han sido llamados a orientar y a servir a la juventud de este mundo. El Señor reveló a José Smith que tenemos “…una obligación imperiosa… para con la generación que va creciendo” (D. y C. 123:11).

En el transcurso de mi vida como padre y abuelo, he meditado en la pregunta: ¿Cuál es mi deber a Dios con relación a los jóvenes? Quisiera compartir con ustedes algo de lo que he aprendido por medio de la reflexión y el testimonio.

Para todos nosotros, el cumplir nuestro deber a Dios como padres y líderes empieza por guiar mediante el ejemplo, o sea, vivir los principios del Evangelio con constancia y dedicación en casa, lo cual requiere determinación y diligencia diarias.

Para los jóvenes, no hay nada mejor que vernos vivir el Evangelio en la vida diaria. Los jóvenes guerreros no tuvieron que preguntarse lo que sus padres creían. Ellos dijeron: “No dudamos que nuestras madres lo sabían” (véase Alma 56:47–48). ¿Están enterados nuestros hijos de lo que nosotros sabemos?

Una vez uno de mis nietos me pidió que lo acompañara a ver una película popular que no era apropiada. Le dije que yo no tenía edad para verla. Quedó desconcertado hasta que su abuela le explicó que la clasificación de las películas según la edad de la persona no se aplicaba al abuelo. Entonces él vino y me dijo: “Ya entiendo, abuelo. Nunca vas a tener la edad para ver esa película, ¿verdad?”. ¡Y tenía razón!

Además de mostrar a los jóvenes la senda por medio del ejemplo, los guiamos al comprender su corazón y al caminar a su lado en el sendero del Evangelio. Para realmente comprender su corazón, debemos hacer mucho más que sólo estar en el mismo cuarto o asistir a las mismas actividades familiares y de la Iglesia. Debemos planificar y aprovechar momentos de enseñanza que generen un impacto profundo y perdurable en su mente y en su corazón.

Por ejemplo, los líderes de la Iglesia planean con regularidad actividades del sacerdocio y también clases y campamentos de escultismo, pero ¿se logra siempre el objetivo más importante de esas actividades? He aprendido que lo que hace que una actividad del sacerdocio o de escultismo sea más significativa para el muchacho no es sólo obtener una insignia de mérito, sino tener la oportunidad de sentarse y hablar con un líder que se interese en él y en su vida.

De manera similar, madres y padres, al llevar a sus hijos a la escuela o a sus diversas actividades, en el auto o caminando, ¿aprovechan el tiempo para hablar con ellos de las esperanzas, sueños, temores y dichas de ellos? ¿Se toman el tiempo para hacerles quitarse los audífonos conectados a tantos aparatos para que puedan escucharle a usted y sentir su amor? Cuanto más vivo, más reconozco que los momentos de enseñanza de mi juventud, especialmente los que tuve con mis padres, han moldeado mi vida y me han hecho quien soy.

Es imposible sobreestimar la influencia de los padres que comprenden el corazón de sus hijos. Las investigaciones científicas demuestran que durante las transiciones más importantes de la vida —incluso los períodos en que es más probable que los jóvenes se alejen de la Iglesia— la mayor influencia no proviene de una entrevista con el obispo o con algún otro líder, sino de la interacción regular, cálida, amigable y cariñosa con los padres.

Considerando esto, cuando nos sentamos a la mesa para cenar, ¿está presente toda la familia? Recuerdo que cuando era joven pedí permiso para jugar béisbol a la hora de la cena. “Sólo pon mi comida en el horno”, le dije a mi mamá. Ella respondió: “Robert, realmente quiero que tomes un descanso, vengas a casa y cenes con la familia, y luego te puedes ir a jugar béisbol hasta que obscurezca”. Nos enseñó a todos que en las comidas familiares lo más importante no son los alimentos, sino la interacción con la familia, la cual nutre el alma. Mi madre enseñó que el amor más grande se da dentro del hogar.

Para que nuestras interacciones con los jóvenes realmente tengan un efecto en su corazón, tenemos que ponerles atención de la misma forma que lo haríamos con un colega de confianza o un amigo íntimo. Lo más importante es hacerles preguntas, dejarles hablar, y después estar dispuestos a escuchar —sí, escuchar, y luego escuchar más— incluso ¡escuchar con oídos espirituales! Hace varios años estaba leyendo el periódico cuando uno de mis nietecitos se acurrucó a mi lado. Mientras leía, me dio gusto escuchar su dulce voz charlar en el fondo. Imagínense mi sorpresa cuando, unos momentos después, se puso entre el periódico y yo, me tomó de la cara y con la nariz puesta contra la mía me preguntó: “¡Abuelo! ¿Estás ahí?”.

Madres y padres, ¿están ahí? Abuelos y abuelas, ¿están ahí? Estar ahí significa comprender el corazón de los jóvenes y conectarse con ellos. Y conectarse con ellos significa no sólo conversar con ellos, sino también hacer cosas juntos.

Hace poco escuché a una madre contar cómo había ayudado a sus primeras tres hijas a cumplir los requisitos del Progreso Personal haciendo lo que se esperaba de ella: mantenerse informada y firmar cuando se completaran los proyectos. Luego tiernamente explicó, con lágrimas surcando su mejilla: “Últimamente he trabajado con mi cuarta hija haciendo los proyectos junto con ella. Esto ha tenido un gran impacto en nuestra vida y nuestra relación; pero qué tristeza siento cuando me doy cuenta de lo que me perdí por no haber hecho lo mismo con mis otras tres hijas”. El dicho más triste, hablado o escrito, es el que expresa: “¡Pudo haber sido!”1.

Los miembros adultos de la Iglesia deben comprender que los requisitos del Progreso Personal y de Mi Deber a Dios no son sólo una larga lista de tareas a realizar y firmar, sino metas personales que cada hombre y mujer joven se fija para llegar a ser dignos de recibir las ordenanzas del templo, servir en misiones, contraer matrimonio eterno y disfrutar de la exaltación. Pero que quede bien claro: ¡el que los hombres y las mujeres jóvenes traten de lograr esas metas solos sería una gran pérdida y tragedia!

Padres, madres y líderes de los jóvenes, les instamos a participar en el Progreso Personal y en Mi Deber a Dios con sus hijos y con los jóvenes. No sólo progresarán ellos, sino ustedes también. Igualmente importante es que progresarán juntos en un lazo de fe y amistad que les permitirá fortalecerse mutuamente y mantenerse en la senda del Evangelio para siempre, para ser en realidad una familia eterna.

Una parte igualmente importante del cumplimiento de nuestro deber maternal y paternal ante Dios es enseñar a nuestros hijos el Evangelio y prepararlos para participar plenamente en la Iglesia restaurada del Salvador. Recuerden la lección del pueblo del rey Benjamín. Como resultado de las enseñanzas de él, muchos adultos tuvieron un gran cambio en el corazón (véase Mosíah 5:2). Pero luego dice que “había muchos de los de la nueva generación que no pudieron entender las palabras del rey Benjamín, pues eran niños pequeños en la ocasión en que él habló a su pueblo; y no creían… y se endurecieron sus corazones” (Mosíah 26:1, 3).

Es nuestro deber imperioso ayudar a los jóvenes a comprender y creer el Evangelio de una forma profundamente personal. Les podemos enseñar a andar en la luz, pero esa luz no puede ser prestada; tienen que ganársela. Ellos deben obtener su propia luz de testimonio directamente de la fuente de luz espiritual, que es Dios mismo, a través de la oración, el estudio y la reflexión. Deben comprender quiénes son y lo que nuestro Padre Celestial desea que lleguen a ser. ¿Cómo los ayudamos?

Al tener una noche de hogar, un consejo familiar o una conversación edificante del Evangelio con nuestros hijos, tenemos la oportunidad de verlos a los ojos y decirles que los amamos y que nuestro Padre Celestial los ama. En esos entornos sagrados, también podemos ayudarles a comprender, en lo profundo del corazón, quiénes son y lo afortunados que son de haber venido a esta tierra y a nuestro hogar, y de participar en los convenios que hemos hecho en el templo de ser una familia para siempre. En toda interacción que compartamos, demostramos los principios y las bendiciones del Evangelio.

En estos tiempos peligrosos, no es suficiente que nuestros jóvenes sólo sepan; deben actuar. La participación entusiasta en ordenanzas, en quórumes y organizaciones auxiliares, en programas inspirados y actividades que fortalecen, ayuda a los jóvenes a ponerse toda la armadura de Dios. ¿Les ayudaremos a ponerse esa armadura para que resistan los ardientes dardos del adversario? Para realmente escoger el camino del Señor, ellos deben conocer ese camino. Y para que realmente conozcan Su camino, debemos enseñarles y guiarles a actuar, participar y hacer.

La obra misional más grande que realicemos será en nuestro propio hogar. Los hogares, los quórumes y las clases forman parte del campo misional. Los hijos y nietos son nuestros investigadores más importantes.

La obra de historia familiar más grande que realicemos será dentro de nuestro propio hogar. La preparación espiritual de nuestros hijos que son de la nueva generación, mediante su obediencia, será lo que garantizará la preservación y la perpetuidad eternas de nuestra familia para las generaciones venideras.

El rescate y la activación más grandes se realizarán en nuestro propio hogar. Si alguien de su familia anda por senderos extraños, ustedes son rescatadores que participan en el mayor esfuerzo de rescate que la Iglesia haya conocido. Les testifico por experiencia propia: El único fracaso es darnos por vencidos. Nunca es demasiado tarde ni demasiado temprano para comenzar. No se preocupen por lo que haya ocurrido en el pasado. Hagan una llamada; escriban una nota; hagan una visita; invítenlos a regresar a casa. No tengan miedo ni vergüenza. Su hijo es hijo de nuestro Padre Celestial. Ustedes están haciendo la obra de Dios. Él ha prometido juntar a Sus hijos, y está con ustedes.

La mayor fe que tengamos será dentro del hogar al permanecer fuertes en las pruebas y tribulaciones de ser padres. Hace poco el presidente Monson le dijo a un pequeño grupo de madres: “A veces juzgamos demasiado pronto el efecto de nuestros éxitos y fracasos”. Y yo quisiera agregar que no consideremos eternas las pruebas de hoy. Nuestro Padre Celestial hace Su obra a largo plazo. “[Hay] mucho en lo futuro”, dijo el profeta José Smith. “Por tanto… hagamos con buen ánimo cuanta cosa esté a nuestro alcance; y entonces podremos permanecer tranquilos, con la más completa seguridad, para ver la salvación de Dios y que se revele su brazo” (D. y C. 123:15, 17).

Este domingo de Pascua espero que tengamos la oportunidad de dar testimonio de que sabemos que Dios vive y que Jesús es el Cristo. Espero que demos nuestro testimonio para que nuestros hijos sepan lo que es importante para nosotros y que los amamos. El amor más grande y las enseñanzas más grandes deben existir en nuestro hogar.

Invoco las bendiciones del Señor para los padres y las madres, y para los jóvenes que son criados en hogares fieles, para que comprendan el gozo de vivir en un hogar y con una familia donde puedan ser amados, encaminados y guiados. Ruego que tengamos familias eternas y estemos juntos para siempre en la presencia de Dios el Padre y de Su Hijo, Jesucristo.

Doy mi testimonio especial de que Jesucristo vive. Él es el pastor de las ovejas perdidas, el rescatador del alma desamparada, el sanador del corazón herido, la esperanza de toda la humanidad. Que con Él como Maestro, cumplamos nuestro deber a Dios con fe en Él y en Su eterno amor por cada uno de nosotros, lo suplico en el nombre de Jesucristo. Amén.

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  1.  

    1. Véase “Maud Muller”, The Complete Poetical Works of John Greenleaf Whittier, 1876, pág. 206.