Cuando el Señor manda

Por el élder Bruce A. Carlson

De los Setenta


Por el élder Bruce A. Carlson
La obediencia fiel, sin tener en cuenta cuán grande parezca la tarea, proporcionará la guía, la asistencia y la paz del Señor.
 

Se cuenta de dos aficionados a las actividades al aire libre que contrataron una avioneta para que los llevara a un lago remoto en su viaje de pesca anual. Después de una buena pesca, el piloto regresó para recogerlos. Les informó que su pequeño avión no podría soportar el peso de ellos, el del equipo y el de lo que habían pescado. Sería necesario hacer un segundo viaje, por lo que tendría que hacer dos.

Ahora bien, los pescadores no querían pagar otro viaje; así que, después de prometerle que empaquetarían bien todo y de ofrecerle una pequeña paga extra, el piloto aceptó de mala gana intentar el vuelo.

Los pescadores sonrieron con complicidad mientras el piloto forzaba la avioneta para que levantara vuelo. Sin embargo; unos segundos más tarde, el avión no despegó y cayó en una zona pantanosa al final del lago.

El avión había fallado al levantar vuelo a causa de un fenómeno bien conocido llamado “efecto suelo”, el cual se crea cuando el aire se comprime entre las alas del avión y la superficie de la tierra cuando el avión está muy cerca del suelo. En este caso, al subir lentamente fuera del “efecto suelo”, la avioneta tenía que volar por su propia fuerza, lo cual simplemente no pudo llevar a cabo.

Felizmente, ninguno se lastimó seriamente, y después de recobrarse, uno de los pescadores le preguntó al otro: “¿Qué pasó?”, a lo cual su compañero respondió: “Caímos al levantar vuelo. ¡A unos cien metros de donde caímos el año pasado!”.

Al igual que estos dos pescadores, a veces creemos que debe haber una manera más fácil, un atajo o una modificación a los mandamientos del Señor que se ajuste a nuestras propias circunstancias. Pensamientos como éste fallan en reconocer que la estricta obediencia a las leyes de Dios trae Sus bendiciones; y el dejar de obedecer Sus leyes conlleva consecuencias previsibles.

Cuando recibió su nombramiento como Presidente de la Iglesia, Harold B. Lee dijo: “La seguridad de la Iglesia descansa en que los miembros guarden los mandamientos… Si guardan los mandamientos, recibirán bendiciones”1.

Cuando optamos por desobedecer un mandamiento, generalmente es porque: (1) nos hemos convencido de que el mandamiento no se aplica a nosotros; (2) no creemos que sea importante; o (3) estamos seguros de que es muy difícil obedecerlo.

1. Ese mandamiento no se aplica a mí.

En los últimos años del reinado del rey Salomón, el Señor le informó por medio de un profeta: “…arrancaré el reino de ti y lo entregaré a tu siervo”2.

Poco después, el profeta Ahías reconoció a ese siervo como Jeroboam, “un hombre laborioso” a quien Salomón había encomendado “toda la carga de la casa de José”3. Los deberes de Jeroboam lo llevaron a viajar desde las montañas de Efraín, donde vivía, hasta la capital de Jerusalén. En uno de esos viajes, el profeta se encontró con él en el camino. A través de Ahías, el Señor le dijo: “…a ti te daré diez tribus”4. También le instruyó: “…si… andas en mis caminos… guardando mis estatutos y mis mandamientos… estaré contigo… y te entregaré a Israel”5.

Al enterarse Salomón de la profecía de Ahías, buscó matar a Jeroboam, por lo que Jeroboam huyó a Egipto6. Después de la muerte de Salomón, Jeroboam regresó de su exilio a la parte norte de Israel y comenzó a dirigir a las diez tribus del norte7.

No obstante, el plan de Jeroboam para gobernar el reino contenía una mezcla de lo bueno y lo malo. Estableció la capital de la nación en Siquem, una ciudad de gran significado religioso para su pueblo; pero, lamentablemente introdujo rituales satánicos en sus servicios religiosos8.

Jeroboam se convenció de que algunos de los mandamientos de Dios no se aplicaban a él y, como resultado de sus acciones, todos sus descendientes fueron asesinados; y por las prácticas paganas que él introdujo en sus ordenanzas sagradas, las diez tribus de Israel fueron finalmente arrancadas de su heredad9.

Al igual que el efecto suelo, el tratar de levantar vuelo con más peso de lo que las alas del avión puedan soportar llevará a consecuencias desastrosas, nuestro cumplimiento parcial o selectivo de las leyes de Dios impedirá que recibamos la plenitud de las bendiciones de la obediencia.

2. Ese mandamiento no es importante

Varias décadas después, Naamán, un héroe sirio de guerra, un hombre “valeroso en extremo” 10, viajó desde su país natal a Israel y fue a hablar con el rey Joram, para que lo sanara de la lepra11.

Naamán fue enviado entonces al profeta Eliseo quien “…le envió un mensajero, diciendo: Ve y lávate siete veces en el Jordán… y serás limpio”12.

A pesar de la promesa profética de que se curaría, Naamán se ofendió porque Eliseo no lo recibió en persona y se sintió aún más insultado con la instrucción del profeta de que se lavara siete veces en el pequeño y fangoso río Jordán. Su orgullo exigía algo más notable y ostentoso, algo que estuviera de acuerdo con su fama y su posición en la comunidad y en la nación.

Afortunadamente para él, uno de sus siervos lo convenció de que si obedecía, sin importar lo que el profeta le había pedido que hiciera, podría recibir las bendiciones del Señor. Naamán se lavó en el río Jordán como se le había mandado y como resultado de su obediencia se sanó de la lepra13.

La obediencia a los mandamientos del Señor, a pesar de cuán trivial o sin importancia los consideremos, traerán, sin duda alguna, Sus bendiciones prometidas.

3. Ese mandamiento es muy difícil de obedecer

Siguiendo el mandato del Señor, el profeta Lehi condujo a su familia al desierto. Durante las primeros días de la travesía Lehi instruyó a Lemuel para permanecer “firme, constante e inmutable en guardar los mandamientos del Señor”14.

Sin embargo, cuando recibieron el mandato profético de volver a Jerusalén a recobrar las planchas de bronce que contenían “los anales de los judíos”15, los dos hijos mayores se rebelaron, diciendo: “Es algo difícil”16.

A pesar de las murmuraciones de sus hermanos mayores, la fe de Nefi y su obediencia a los mandamientos del Señor permitió que se obtuvieran esas planchas de bronce. Se edificó una nación, un idioma fue preservado y se enseñó el evangelio de Jesucristo por varias generaciones.

A veces racionalizamos que el Señor comprenderá nuestra desobediencia porque nuestras circunstancias especiales hacen que sea difícil, vergonzoso o incluso doloroso que nos adhiramos a Sus leyes. Sin embargo, la obediencia fiel, sin tener en cuenta cuán grande parezca la tarea, proporcionará la guía, la asistencia y la paz del Señor.

El profeta José Smith imploró dos veces al Señor preguntándole si su prominente amigo, Martin Harris, podía llevarse las primeras ciento dieciséis páginas manuscritas del material traducido del libro de Lehi desde Harmony, Pennsylvania, hasta Palmyra. Cada vez, el Señor le aconsejó a José que no confiara el manuscrito al señor Harris.

Martin procuraba utilizar el manuscrito traducido como evidencia para evitar que sus conocidos hicieran correr rumores sobre su amistad con José Smith. La tercera vez que José le suplicó, el Señor le concedió lo que pedía17.

Martin perdió el manuscrito y como consecuencia se le quitaron al profeta José Smith las planchas durante bastante tiempo. Ésa fue una penosa lección para el profeta, quien dijo: “…me impuse esta regla: Cuando el Señor te lo mande, hazlo18. Ésa debe ser también nuestra regla.

La respuesta del Señor cuando obedezcamos Sus mandamientos está asegurada. Él nos ha prometido esto: “Y si guardas mis mandamientos y perseveras hasta el fin, tendrás la vida eterna…”19.

Además, nos ha dicho: “Yo, el Señor, soy misericordioso y benigno para con los que me temen, y me deleito en honrar a los que me sirven en rectitud y en verdad hasta el fin”20.

La obediencia a los mandamientos del Señor nos da confianza en el camino que hemos elegido, que nos permite obtener Su guía y dirección al continuar con nuestro empeño y nos ofrece el potencial de llegar a ser como nuestro Salvador Jesucristo y de regresar a la presencia de nuestro Padre.

Ruego que cada día nos encuentre esforzándonos por ser más obedientes a las leyes, las ordenanzas y los mandamientos del evangelio de Jesucristo para que Él nos bendiga más plenamente.

Testifico que la obediencia a los mandamientos de Dios trae las bendiciones del cielo, que nuestro Padre Celestial y Su Hijo Jesucristo viven, que el Libro de Mormón es la palabra de Dios y que el presidente Thomas S. Monson es el Profeta del Señor para nuestros días. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Mostrar referencias

  1.  

    1. Sección para los niños, Liahona, abril de 1994, pág. 8.

  2.  

    2. 1 Reyes 11:11.

  3.  

    3. 1 Reyes 11:28.

  4.  

    4. 1 Reyes 11:31.

  5.  

    5. 1 Reyes 11:38.

  6.  

    6. Véase 1 Reyes 11:40.

  7.  

    7. Véase 1 Reyes 12:2–3, 20.

  8.  

    8. Véase 1 Reyes 12:25–30.

  9.  

    9. Véase 1 Reyes 14:10, 15–16.

  10.  

    10. 2 Reyes 5:1.

  11.  

    11. Véase 2 Reyes 5:5–6.

  12.  

    12. 2 Reyes 5:10.

  13.  

    13. Véase 2 Reyes 5:11–14.

  14.  

    14. 1 Nefi 2:10.

  15.  

    15. 1 Nefi 3:3.

  16.  

    16. 1 Nefi 3:5.

  17.  

    17. Véase History of the Church, Tomo I, págs. 20–21; Doctrina y Convenios 3 y 10.

  18.  

    18.  Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág. 170.

  19.  

    19. Doctrina y Convenios 14:7.

  20.  

    20. Doctrina y Convenios 76:5; cursiva agregada.