“Ustedes son Mis manos”

Por el presidente Dieter F. Uchtdorf

Segundo Consejero de la Primera Presidencia


Por el presidente Dieter F. Uchtdorf
Como discípulos de Jesucristo, nuestro Maestro, se nos llama a apoyar y a sanar en vez de condenar.
 

Se cuenta que en el bombardeo de una ciudad durante la Segunda Guerra Mundial una estatua de Jesucristo resultó sumamente dañada. Cuando los habitantes hallaron la estatua entre los escombros, se lamentaron porque había sido un amado símbolo de su fe y de la presencia de Dios en su vida.

Los expertos lograron reparar la mayor parte de la estatua, pero las manos estaban tan dañadas que no las pudieron restaurar. Algunos sugirieron contratar a un escultor para que hiciera manos nuevas, pero otros querían dejarla así, como recordatorio permanente de la tragedia de la guerra. Al final, la estatua permaneció sin manos; sin embargo, la gente de la ciudad agregó en la base de la estatua de Jesucristo una placa con estas palabras: “Ustedes son Mis manos”.

Nosotros somos las manos de Cristo

Esa historia encierra una profunda lección. Cuando pienso en el Salvador, a menudo me lo imagino con las manos extendidas para consolar, sanar, bendecir y amar. Él siempre hablaba con la gente, y no les hablaba mal. Amaba a los humildes y a los mansos y anduvo entre ellos, ministrándoles y ofreciendo esperanza y salvación.

Eso es lo que hizo durante Su vida mortal; es lo que estaría haciendo si viviera entre nosotros hoy; y es lo que debemos estar haciendo como discípulos Suyos y miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Esta hermosa mañana de Pascua de Resurrección, nuestros pensamientos y corazones se dirigen hacia Él, la Esperanza de Israel y la Luz del Mundo.

Al emular Su ejemplo perfecto, nuestras manos pueden ser Sus manos; nuestros ojos, Sus ojos; y nuestro corazón, Su corazón.

Nuestras manos pueden abrazar

Me admira profundamente la forma en que los miembros de la Iglesia se ponen a disposición de los demás. Cuando nos enteramos de sus sacrificios desinteresados y de su enorme compasión, nuestros corazones se llenan de gratitud y felicidad. Ustedes son una luz brillante para el mundo, y se les conoce por su bondad y compasión en todo el planeta.

Desafortunadamente, de vez en cuando también nos enteramos de miembros que se desaniman y que posteriormente dejan de ir a las reuniones de la Iglesia y de participar en ellas porque no se sienten integrados.

Cuando yo era pequeño, después de la Segunda Guerra Mundial, Alemania estaba destruida y en ruinas. Había mucha gente hambrienta, enferma y moribunda. Recuerdo bien los envíos humanitarios de alimentos y ropa que llegaron de la Iglesia en Salt Lake City. Hasta el día de hoy, puedo recordar el olor de la ropa y aún puedo probar la dulzura de los duraznos enlatados.

Algunos se unieron a la Iglesia por los bienes que recibían en esa época. Algunos de los miembros menospreciaban a esos nuevos conversos; incluso les dieron un apodo ofensivo: Büchsen Mormonen, o “Mormones Enlatados”. Resentían a esos nuevos miembros porque creían que una vez satisfechas sus necesidades temporales, se apartarían.

Aunque algunos sí se fueron, muchos se quedaron: vinieron a la Iglesia, probaron la dulzura del Evangelio y sintieron el tierno abrazo de buenos hermanos y hermanas. Descubrieron un “hogar”. Y ahora, tres o cuatro generaciones después, el origen de muchas familias en la Iglesia se remonta a esos conversos.

Espero que recibamos y amemos a todos los hijos de Dios, incluso a los que tal vez tengan otra apariencia o forma de vestir, de hablar y de hacer las cosas. No está bien hacer sentir a los demás como si fuesen deficientes; elevemos a los que nos rodean. Extendamos una mano de bienvenida. Depositemos sobre nuestros hermanos y hermanas de la Iglesia una medida especial de humanidad, compasión y caridad para que los haga sentir que, después de tanto tiempo, por fin han llegado a casa.

Cuando sintamos la tentación de juzgar, pensemos en el Salvador, quien “ama al mundo, al grado de dar su propia vida para traer a todos los hombres a él…

“[Y] Él dice: Venid a mí, vosotros, todos los extremos de la tierra… [porque] todo hombre tiene tanto privilegio como cualquier otro, y nadie es excluido”1.

Al leer las Escrituras, me parece que los que reciben la más fuerte reprimenda del Salvador son con frecuencia los que se consideran a sí mismos en gran estima a causa de su riqueza, influencia o supuesta rectitud.

En una ocasión, el Salvador enseñó una parábola de dos hombres que fueron al templo a orar. Uno de ellos, un respetado fariseo, oró: “Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres: ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano”.

El otro, un odiado publicano, se detuvo a cierta distancia, “no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, ten compasión de mí, pecador”.

Y Jesús dijo: “Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro”2.

En verdad, “todos [hemos pecado] y [estamos] destituidos de la gloria de Dios”3; todos necesitamos misericordia. En el día final, cuando se nos llame ante el tribunal de Dios, ¿no esperamos que se nos perdonen todas nuestras imperfecciones? ¿No añoramos sentir el abrazo del Salvador?

Lo apropiado y lo correcto es que hagamos a los demás lo que tanto deseamos para nosotros mismos.

No sugiero que aceptemos el pecado ni que pasemos por alto el mal en nuestra vida personal ni en el mundo; sin embargo, en nuestro afán, a veces confundimos el pecado con el pecador y condenamos con demasiada prisa y con muy poca compasión. Sabemos por las revelaciones modernas que “el valor de las almas es grande a la vista de Dios”4. No podemos calcular el valor de otra alma así como no podemos medir la extensión del universo. Toda persona que conocemos es de suma importancia para nuestro Padre Celestial. Una vez que lo entendamos, podemos comenzar a comprender cómo debemos tratar a nuestros semejantes.

Una mujer que había pasado años de pruebas y dolor dijo a través de las lágrimas: “He llegado a comprender que soy como un viejo billete de 20 dólares: arrugada, hecha trizas, sucia, maltratada y cicatrizada; pero sigo siendo un billete de 20 dólares. Tengo valor. Aunque parezca que no valgo nada, y aunque me hayan golpeado y maltratado, todavía tengo un valor íntegro de 20 dólares”.

Nuestras manos pueden consolar

Con esto en mente, extendamos nuestros corazones y nuestras manos en compasión hacia los demás, porque todos andan por su propio sendero difícil. Como discípulos de Jesucristo, nuestro Maestro, se nos llama a apoyar y a sanar en vez de condenar. Se nos manda “llorar con los que lloran” y “consolar a los que necesitan de consuelo”5.

Como cristianos, es indigno de nosotros pensar que los que sufren se merecen su sufrimiento. El domingo de Pascua de Resurrección es un buen día para recordar que nuestro Salvador voluntariamente tomó sobre Sí el dolor, la enfermedad y el sufrimiento de todos, incluso los que parecemos merecer nuestro sufrimiento6.

En el libro de Proverbios leemos que “en todo tiempo ama un amigo, y el hermano nace para el tiempo de angustia”7. Amemos en todo momento y, en especial, tendamos una mano a nuestros hermanos y hermanas durante épocas de angustia.

Nuestras manos pueden dar servicio

Una antigua leyenda judía cuenta de dos hermanos, Abram y Zimri, que tenían un campo que trabajaban juntos. Acordaron dividir la labor y la cosecha en partes iguales. Una noche, al terminar la cosecha, Zimri no podía dormir porque no parecía justo que Abram, que tenía una esposa y siete hijos a quienes mantener, recibiera sólo la mitad de la cosecha, mientras que él, que estaba solo, tuviera tanto.

Así que Zimri se vistió y calladamente se fue al campo, donde tomó una tercera parte de su cosecha y la colocó en la porción de su hermano. Después regresó a acostarse, satisfecho de que había hecho lo correcto.

Mientras tanto, Abram tampoco podía dormir. Pensó en su pobre hermano Zimri, que estaba muy solo y no tenía hijos para ayudarle con su labor. No le parecía justo que Zimri, que trabajaba tanto por sí mismo, recibiera sólo la mitad de la cosecha. Eso seguramente no complacía a Dios. Así que Abram fue en silencio al campo, tomó una tercera parte de su cosecha y la puso en la porción de su amado hermano.

A la mañana siguiente, los hermanos fueron al campo y se asombraron al ver que sus porciones todavía parecían ser del mismo tamaño. Esa noche los dos salieron de sus casas para repetir lo que habían hecho la noche anterior, pero esta vez se descubrieron el uno al otro, y cuando eso sucedió, lloraron y se abrazaron. Ninguno pudo hablar, porque sus corazones rebosaban de amor y gratitud8.

Ése es el espíritu de la compasión: que amemos a los demás como a nosotros mismos9, que procuremos su felicidad y hagamos con ellos lo que esperaríamos que ellos hicieran con nosotros10.

El verdadero amor requiere acción

El verdadero amor requiere acción. Podemos hablar del amor todo el día —escribir notas o poemas que lo proclamen, entonar canciones que lo alaben y predicar sermones que lo promuevan— pero hasta que no manifestemos ese amor con hechos, nuestras palabras no son más que “metal que resuena o címbalo que retiñe”11.

Cristo no sólo habló del amor, sino que lo demostró cada día de Su vida. No se alejó de las multitudes, sino que al estar entre la gente Jesús sirvió a las personas individualmente. Rescató al perdido. No enseñó simplemente una lección acerca de dar servicio con amor para después delegar el trabajo a los demás. No sólo enseñó sino que también nos demostró cómo “[socorrer] a los débiles, [levantar] las manos caídas y [fortalecer] las rodillas debilitadas”12.

Cristo sabe cómo ministrar a los demás con perfección. Cuando el Salvador extiende Sus manos, aquellos a los que toca son edificados y por ello llegan a ser personas más excelentes, más fuertes y mejores.

Si nosotros somos Sus manos, ¿no debemos hacer lo mismo?

Nosotros podemos amar como Él amó

El Salvador reveló las perfectas prioridades para nuestra vida, nuestros hogares, nuestros barrios, nuestras comunidades y naciones cuando habló del amor como el gran mandamiento del cual “dependen toda la ley y los profetas”13. Podemos pasar los días obsesionándonos por los más ínfimos detalles de la vida y de la ley, y con una larga lista de cosas por hacer; pero si desatendemos los grandes mandamientos, no hemos entendido y somos nubes sin agua, las cuales son llevadas de acá para allá por los vientos; árboles… sin fruto14.

Sin ese amor por Dios el Padre y por nuestros semejantes, somos únicamente la forma de Su Iglesia, pero no la substancia. ¿De qué sirve nuestra enseñanza sin amor? ¿De qué sirve la obra misional, del templo o de Bienestar sin amor?

El amor es lo que inspiró a nuestro Padre Celestial a crear nuestros espíritus; es lo que llevó a nuestro Salvador al Jardín de Getsemaní para ser Él mismo el rescate por nuestros pecados. El amor es el gran motivo del plan de salvación; es la fuente de felicidad, la siempre renovadora primavera de la curación, la valiosa fuente de la esperanza.

Al extender nuestras manos y nuestro corazón hacia los demás con amor cristiano, nos sucede algo maravilloso. Nuestro propio espíritu llega a ser sanado y se vuelve más refinado y fuerte. Somos más felices, más pacíficos y más receptivos a los susurros del Santo Espíritu.

Con todo mi corazón y mi alma agradezco a nuestro Padre Celestial Su amor por nosotros, el don de Su Hijo, la vida y el ejemplo de Jesús el Cristo y Su sacrificio desinteresado y sin pecado. Me regocijo en el hecho de que Cristo no está muerto, ¡sino que se ha levantado del sepulcro! Él vive y ha regresado a la tierra para restaurar Su autoridad y Evangelio al hombre. Nos ha dado el ejemplo perfecto de la clase de hombres y mujeres que debemos ser.

En este domingo de Pascua de Resurrección, y todos los días, al contemplar con reverencia y asombro la forma en que nuestro Salvador nos abraza, nos consuela y nos sana, comprometámonos a ser Sus manos, para que, por medio de nosotros, las demás personas sientan Su amoroso abrazo. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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  1.  

    1. 2 Nefi 26:24, 25, 28; cursiva agregada.

  2.  

    2. Véase Lucas 18:9–14.

  3.  

    3. Romanos 3:23.

  4.  

    4. Doctrina y Convenios 18:10.

  5.  

    5. Véase Mosíah 18:9.

  6.  

    6. Véase Alma 7:11–3; Doctrina y Convenios 19:16.

  7.  

    7. Proverbios 17:17.

  8.  

    8. Véase Clarence Cook, “Abram and Zimri”, en Poems by Clarence Cook, 1902, págs. 6–9.

  9.  

    9. Véase Mateo 22:39.

  10.  

    10. Véase Mateo 7:12.

  11.  

    11. 1 Corintios 13:1.

  12.  

    12. Doctrina y Convenios 81:5.

  13.  

    13. Mateo 22:40.

  14.  

    14. Véase Judas 1:12.