Ser felices para siempre

Por el presidente Dieter F. Uchtdorf

Segundo Consejero de la Primera Presidencia


Por el presidente Dieter F. Uchtdorf
Nuestro Padre Celestial les ofrece el don más grande de todos, la vida eterna, y la oportunidad e infinita bendición de tener sus propios “felices para siempre”.

Mis queridas jóvenes hermanas alrededor del mundo, me siento agradecido y honrado por estar hoy con ustedes. El presidente Monson y todos los líderes de la Iglesia las aman; oramos por ustedes y nos regocijamos en su fidelidad.

A lo largo de los años, he estado expuesto a muchos idiomas hermosos: cada uno de ellos es fascinante y extraordinario; cada uno tiene su encanto especial; pero sin importar cuán diferentes sean esos idiomas, suelen tener cosas en común. Por ejemplo, en la mayoría de los idiomas existe una frase, tan mágica y prometedora como quizá ninguna otra en el mundo. Esa frase es: “Érase una vez”.

¿No son esas palabras maravillosas para comenzar un relato? “Érase una vez” nos promete algo: un relato de aventura y romance, un relato de príncipes y princesas. Puede incluir historias de valor, esperanza y amor eterno; en muchos de esos relatos, lo agradable vence a lo desagradable, y el bien vence al mal. Pero quizá, más que nada, me gusta cuando llegamos a la última página, miramos las últimas líneas y vemos las encantadoras palabras “y vivieron felices para siempre”.

¿Acaso no es eso lo que todos deseamos: ser los héroes y las heroínas de nuestro propio relato, triunfar sobre la adversidad; experimentar la vida en toda su hermosura; y, finalmente, vivir felices para siempre?

Hoy quiero que presten atención a algo muy significativo, sumamente extraordinario. En la primera página de su libro del Progreso Personal de las Mujeres Jóvenes encontrarán estas palabras: “Eres una hija amada de nuestro Padre Celestial, preparada para venir a la tierra en esta época precisa para un propósito sagrado y glorioso”1.

¡Hermanas, esas palabras son verdaderas! ¡No son el invento de un cuento de hadas! ¿No es extraordinario saber que nuestro Padre Eterno las conoce a ustedes, las escucha, vela por ustedes y las ama con un amor infinito? De hecho, Su amor por ustedes es tan grande que Él les ha concedido esta vida terrenal como un precioso obsequio de “Érase una vez” lleno de su propio y real relato de aventuras, pruebas y oportunidades de grandeza, nobleza, valor y amor; y lo más glorioso de todo: Él les ofrece un don invalorable que supera precio y comprensión. Nuestro Padre Celestial les ofrece el don más grande de todos, la vida eterna, y la oportunidad e infinita bendición de tener sus propios “felices para siempre”.

Pero dicha bendición no viene sin un precio; no se da simplemente porque ustedes la deseen. Viene solamente al entender quiénes son y qué deben llegar a ser a fin de ser dignas de ese don.

Las pruebas son parte de la jornada

Por un momento, piensen en su cuento de hadas preferido. En ese relato, el personaje principal podría ser una princesa o una campesina; podría ser una sirena o una lechera, una soberana o una sirvienta; pero encontrarán una cosa que todas tienen en común: deben vencer la adversidad.

Cenicienta tiene que soportar a sus malvadas madrastra y hermanastras. Se le obliga a pasar largas horas de servidumbre y ridículo.

En “La Bella y la Bestia”, Bella se convierte en cautiva de una bestia de apariencia temible para salvar a su padre. Ella sacrifica su hogar y su familia, todo lo que ella aprecia, con el fin de pasar varios meses en el castillo de la bestia.

En el relato de “Rumpelstiltskin”, un pobre molinero le promete al rey que su hija, al hilar, puede convertir paja en oro. El rey inmediatamente manda buscarla y la encierra en una habitación con una pila de paja y una rueca. Más tarde en el relato, se enfrenta al peligro de perder a su primer hijo a menos que pueda adivinar el nombre de la criatura mágica que la ayudó con esa tarea imposible.

En cada una de esas historias, Cenicienta, Bella y la hija del molinero tienen que sufrir tristeza y pruebas antes de llegar a “ser felices para siempre”. Piensen. ¿Ha habido alguna persona que no haya tenido que pasar por su propio valle oscuro de tentación, pruebas y pesar?

Entre el “Érase una vez” y el “felices para siempre”, todas tenían que experimentar una gran adversidad. ¿Por qué todos debemos experimentar tristeza y tragedia? ¿Por qué no podíamos simplemente vivir con dicha y paz, cada día lleno de maravillas, gozo y amor?

Las Escrituras nos dicen que es preciso que haya una oposición en todas las cosas, ya que sin ella no podríamos diferenciar lo dulce de lo amargo2. ¿Sentiría el que corre maratones el triunfo de terminar la carrera si no hubiera sentido el dolor de las horas al esforzarse más allá de sus límites? ¿Sentiría gozo el pianista al dominar una intrincada sonata sin las minuciosas horas de práctica?

En los relatos, como en la vida, la adversidad nos enseña cosas que no podemos aprender de otro modo. La adversidad ayuda a cultivar una profundidad de carácter que no viene de ninguna otra manera. Nuestro amoroso Padre Celestial nos puso en un mundo lleno de desafíos y pruebas para que, mediante la oposición, aprendamos sabiduría, seamos más fuertes y experimentemos gozo.

Permítanme compartir una experiencia que tuve cuando era adolescente, mientras mi familia asistía a la Iglesia en Fráncfort, Alemania.

Un domingo, los misioneros llevaron a nuestras reuniones a una familia nueva que jamás había visto. Era una madre con dos hermosas hijas. Me pareció que esos misioneros estaban haciendo un muy, muy buen trabajo.

Me llamó particular atención la hija que tenía un bellísimo cabello oscuro y grandes ojos color café; se llamaba Harriet y creo que me enamoré de ella desde el primer momento en que la vi. Lamentablemente, esa hermosa joven no parecía sentir lo mismo por mí. Había muchos jóvenes que deseaban conocerla y empecé a preguntarme si algún día me consideraría algo más que un amigo. Pero no dejé que eso me desalentara. Me las ingenié para estar donde ella estaba. Cuando repartía la Santa Cena, me aseguraba de estar en la posición correcta para que fuera yo quien se la diera a ella.

Cuando teníamos actividades especiales en la capilla, iba en bicicleta hasta la casa de Harriet y tocaba el timbre. Por lo general, contestaba la madre de Harriet; de hecho, abría la ventana de la cocina de su apartamento en el cuarto piso y me preguntaba qué quería. Yo le preguntaba si a Harriet le gustaría que la llevara a la capilla en mi bicicleta; y ella contestaba: “No, ella irá más tarde, pero a mí me encantaría ir contigo a la capilla”. Aunque no era exactamente lo que yo tenía en mente, ¿cómo iba a negarme?

Así que fuimos juntos a la capilla. Tengo que admitir que yo tenía una bicicleta admirable. La madre de Harriet se sentaba en la barra y yo intentaba ser el conductor de bicicleta más elegante sobre las calles de desparejos adoquines.

El tiempo pasaba. Mientras la hermosa Harriet salía con muchos otros jóvenes, parecía que yo nunca tenía ningún progreso con ella.

¿Me sentía desilusionado? Sí.

¿Me daba por vencido? ¡Por supuesto que no!

Es más, al recordarlo me doy cuenta de que no hace ningún mal estar en buenos términos con la madre de la joven de tus sueños.

Años más tarde, cuando ya había terminado mi entrenamiento como piloto de combate de la fuerza aérea, experimenté un milagro moderno con la respuesta de Harriet ante mi cortejo constante. Un día me dijo: “Dieter, has madurado mucho durante los últimos años”.

Después de eso, actué rápido y, pocos meses después, me casé con la mujer que había amado desde la primera vez que la vi. El proceso no había sido fácil: hubo momentos de sufrimiento y desesperación; pero, finalmente, mi felicidad fue total, y todavía lo es, incluso más que antes.

Mis queridas jóvenes hermanas, deben saber que experimentarán sus propias adversidades. Ninguno está exento. Sufrirán, tendrán tentaciones y cometerán errores. Aprenderán por ustedes mismas lo que cada heroína ha aprendido: que, al vencer los desafíos, llega el crecimiento y la fortaleza.

Es cómo reaccionan ante la adversidad, no la adversidad en sí, lo que determina la manera en que su historia se llevará a cabo.

Hay muchas entre ustedes que, aunque son jóvenes, ya han sufrido una medida total de congoja y pesar. Mi corazón está lleno de compasión y amor por ustedes. ¡Cuán preciadas son para la Iglesia! ¡Cuánto las ama el Padre Celestial! Aunque parezca que estén solas, hay ángeles que las cuidan. Aunque quizá sientan que nadie entiende la profundidad de su desesperación, nuestro Salvador Jesucristo entiende. Él sufrió más de lo que aun podemos imaginarnos, y lo hizo por nosotros; lo hizo por ustedes. No están solas.

Si alguna vez sienten que su carga resulta demasiado grande de llevar, eleven su corazón a su Padre Celestial y Él las sostendrá y bendecirá. Él les dice, como le dijo a José Smith: “Tu adversidad y tus aflicciones no serán más que por un breve momento; y entonces, si lo sobrellevas bien, Dios te exaltará”3.

El soportar la adversidad no es lo único que deben hacer para tener una vida feliz. Permítanme repetir que la forma en que reaccionen ante la adversidad y la tentación es un factor crítico que determinará si llegarán o no a su propio “ser felices para siempre”.

Permanezcan leales a lo que saben que es correcto

Hermanas, jóvenes hermanas, amadas jóvenes hermanas, permanezcan leales a lo que saben que es correcto. Dondequiera que hoy miren, encontrarán promesas de felicidad. Los anuncios de las revistas prometen una dicha total con sólo comprar ciertas prendas, champú o maquillaje. En ciertos espectáculos se trata de dar un aire sofisticado a las personas que abrazan la maldad o que ceden a instintos deshonrosos. A menudo se representa a estas mismas personas como modelos de éxito y logro.

En un mundo que muestra lo malo como bueno y lo bueno como malo, a veces es difícil discernir la verdad. En cierto modo, es casi como el dilema de Caperucita Roja: uno no está seguro de si lo que está viendo es una querida abuelita o un peligroso lobo.

Pasé muchos años en la cabina de mando de un avión. Mi tarea consistía en que un avión grande llegara a salvo desde cualquier parte del mundo hasta nuestro destino deseado. Yo sabía con certeza que, si quería ir de Nueva York a Roma, debía volar hacia el este. Si alguien me decía que debía ir hacia el sur, sabía que no había verdad en sus palabras. No confiaría en esa persona porque yo lo sabía por mí mismo. Ninguna dosis de persuasión, ninguna dosis de halagos, el soborno ni las amenazas podían convencerme de que volar hacia el sur me llevaría a mi destino, porque yo lo sabía.

Todos buscamos felicidad y tratamos de encontrar nuestro “ser felices para siempre”. La verdad es que, ¡Dios sabe cómo llegar allí! Y ha creado un mapa para ustedes; Él conoce el camino. Él es el amado Padre Celestial de ustedes, quien procura su bien, su felicidad. Él desea con todo el amor de un Padre perfecto y puro que lleguen a su destino divino. El mapa está a disposición de todos. Da indicaciones explícitas de qué hacer y adónde ir a cualquiera que se esfuerce por venir a Cristo y “ser [testigo] de Dios en todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar”4. Todo lo que tienen que hacer es confiar en su Padre Celestial. Confiar lo suficiente en Él para seguir Su plan.

No obstante, no todos seguirán el mapa. Puede que lo miren. Puede que piensen que es razonable y tal vez hasta que sea verdadero; pero no siguen las direcciones divinas. Muchos creen que cualquier camino los llevará a “ser felices para siempre”. Algunas personas puede que hasta se enojen cuando otras que conocen el camino traten de ayudarlas y explicarles. Suponen que ese consejo es anticuado, irrelevante, fuera de tono con respecto a la vida moderna.

Hermanas, ellas suponen mal.

El Evangelio es el camino hacia el “ser felices para siempre”

Entiendo que, a veces, algunas personas podrían preguntarse por qué asisten a las reuniones de la Iglesia o por qué es tan importante leer las Escrituras regularmente u orar al Padre Celestial a diario. Aquí está mi respuesta: Ustedes hacen esas cosas porque son parte del sendero que Dios tiene para ustedes; y ese sendero las llevará hasta su destino de “ser felices para siempre”.

“Ser felices para siempre” no es algo que encontramos sólo en los cuentos de hadas. ¡Ustedes pueden tenerlo! ¡Está a su disposición! Pero deben seguir el mapa del Padre Celestial.

Hermanas, ¡por favor, abracen el evangelio de Jesucristo! Aprendan a amar a su Padre Celestial con todo su corazón, fuerza y mente. Llenen sus almas de virtud, y amen la bondad. Esfuércense siempre por suscitar lo mejor en ustedes mismas y en los demás.

Aprendan a aceptar los valores de las Mujeres Jóvenes y a ejercitarlos. Vivan las normas de Para la Fortaleza de la Juventud. Estas normas las guiarán y dirigirán hacia el “ser felices para siempre”. Vivir estas normas las preparará para hacer convenios sagrados en el templo y para establecer su propio legado de bondad en sus circunstancias personales. “Permane[zcan] en lugares santos y no se[an] movid[as]”5 a pesar de las tentaciones o las dificultades. Les prometo que las generaciones futuras les agradecerán y alabarán su nombre por su valor y fidelidad durante esta época crucial de su vida.

Mis queridas jóvenes hermanas, a ustedes que defienden la verdad y la rectitud, que buscan la bondad, que han entrado en las aguas del bautismo y andan en los caminos del Señor, nuestro Padre que está en los cielos ha prometido que ustedes “levantarán las alas como águilas; correrán y no se cansarán; caminarán y no se fatigarán”6. “No será[n] engañad[as]”7. Dios las bendecirá y las prosperará8. “Las puertas del infierno no prevalecerán contra [ustedes]; sí, y Dios el Señor dispersará los poderes de las tinieblas de ante [ustedes], y hará sacudir los cielos para [su] bien y para la gloria de su nombre”9.

Hermanas, las amamos. Oramos por ustedes. Sean fuertes y de buen ánimo. Ustedes son en verdad hijas espirituales de la realeza del Dios Todopoderoso. Son princesas, destinadas a ser reinas. Su propio relato maravilloso ya ha comenzado. Su “érase una vez”es ahora.

Como apóstol del Señor Jesucristo, les dejo mi bendición y les prometo que, en la medida en que acepten y vivan los valores y principios del evangelio restaurado de Jesucristo, “estar[án] preparadas para fortalecer el hogar y la familia, hacer convenios sagrados y cumplirlos, recibir las ordenanzas del templo y gozar de las bendiciones de la exaltación”10. Y vendrá el día en que, al llegar a las últimas páginas de su propio y glorioso relato, leerán y experimentarán el cumplimiento de esas benditas y maravillosas palabras: “y vivieron felices para siempre”. De esto testifico en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

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  1.  

    1.  Mujeres Jóvenes Progreso Personal, librito, 2009, pág. 1.

  2.  

    2. Véase 2 Nefi 2:11, 15.

  3.  

    3. Doctrina y Convenios 121:7–8.

  4.  

    4. Mosíah 18:9.

  5.  

    5. Doctrina y Convenios 87:8.

  6.  

    6. Isaías 40:31.

  7.  

    7. José Smith—Mateo 1:37.

  8.  

    8. Véase Mosíah 2:22–24.

  9.  

    9. Doctrina y Convenios 21:6.

  10.  

    10.  Mujeres Jóvenes Progreso Personal, pág. 3.