Evitemos la trampa del pecado

Jairo Mazzagardi

De los Setenta


Jairo Mazzagardi
Permanezcan firmes y tomen buenas decisiones que les permitan comer del fruto del árbol de la vida.
 

Una hermosa mañana de sol, invité a mi nieta de casi ocho años a caminar conmigo cerca de un lago que en realidad es una represa de agua para nuestra hermosa ciudad.

Caminamos contentos, escuchando el sonido suave del arroyuelo cristalino que corría junto al camino. El sendero estaba bordeado de hermosos árboles verdes y flores de dulce aroma, y podíamos oír los pájaros cantar.

Le pregunté a mi alegre e inocente nieta de ojos azules cómo se estaba preparando para su bautismo.

Ella respondió con una pregunta: “Abuelo, ¿qué es el pecado?”.

Oré en silencio por inspiración y traté de responder de la manera más simple que pude: “El pecado es la desobediencia intencional de los mandamientos de Dios; eso pone triste al Padre Celestial y trae como resultado sufrimiento y tristeza”.

Evidentemente preocupada, me preguntó: “¿Y cómo nos atrapa?”.

Al principio la pregunta indica pureza, pero también revela preocupación por cómo evitar el pecado.

Para que ella entendiese mejor, usé los elementos naturales a nuestro alrededor como ilustración. Siguiendo nuestro camino, encontramos, junto a un alambrado de púas, un poste de piedra bastante grande; era una estructura pesada y crecían flores, arbustos y pequeños árboles a su alrededor. Con el tiempo, esas plantas llegarían a ser más grandes que el poste mismo.

Recuerdo que más adelante por el sendero, encontramos otro poste que ya había sido cubierto, poco a poco, casi sin notarse, por la vegetación que crecía a su alrededor. Supongo que un poste no percibiría, a pesar de su fuerza, que podía ser envuelto y destruido por plantas frágiles. Seguramente el poste habrá pensado: “No hay problema; soy fuerte y grande, y esta pequeña planta no me hará daño”.

Así que, mientras el árbol cercano crece, al principio el poste no lo nota; después, empieza a disfrutar la sombra del árbol. Sin embargo, el árbol sigue creciendo y rodea al poste con dos ramas que, al principio, parecen frágiles, pero con el tiempo entrelazan y envuelven al poste.

Aún así, el poste no se da cuenta de lo que está pasando.

Muy pronto encontramos en nuestra caminata el poste de la moraleja; había sido desgarrado de la tierra. Mi nietita parecía impresionada y me preguntó: “Abuelo, ¿es éste el árbol del pecado?”.

Entonces le expliqué que sólo era un símbolo, o un ejemplo de cómo el pecado nos atrapa.

No sé qué efecto tendrá nuestra conversación en ella, pero a mí me hizo pensar en las muchas caras que tiene el pecado y cómo entra sigilosamente en nuestra vida si lo dejamos.

Debemos estar alertas porque las pequeñas decisiones, como acostarse y levantarse temprano, tienen grandes consecuencias. En Doctrina y Convenios 88:124 se nos enseña: “… levantaos temprano para que vuestros cuerpos y vuestras mentes sean vigorizados”. Quienes se acuestan temprano se levantan descansados, con el cuerpo y la mente vigorizados, y son bendecidos por el Señor debido a la obediencia.

Lo que puede parecer de poca importancia, como acostarse tarde, no orar por un día, saltear el ayuno o quebrantar el día de reposo —esos pequeños deslices— nos harán perder la sensibilidad poco a poco, y nos llevarán a hacer cosas peores.

Cuando era un adolescente, tenía que estar en casa a las 10 de la noche. Hoy en día esa es la hora en que algunos salen a divertirse. Bien sabemos que es durante la noche cuando suceden las peores cosas. Es cuando está oscuro que algunos jóvenes van a lugares con ambientes inapropiados donde la música y la letra no les permiten tener la compañía del Espíritu Santo. Entonces, bajo esas circunstancias, se vuelven presa fácil para el pecado.

Con frecuencia, ser presa del pecado comienza cuando alguien escoge amigos cuyas normas no están de acuerdo con el Evangelio; y para ser popular o para ser aceptada por sus compañeros, la persona pone en peligro los principios y las leyes del Evangelio, y va por el sendero que sólo traerá dolor y tristeza a esa persona y a quienes la aman.

Debemos tener cuidado de no dejar que el pecado crezca a nuestro alrededor. El pecado está en todas partes, hasta, por ejemplo, en una computadora o teléfono celular. Estas tecnologías son útiles y pueden ser muy beneficiosas; pero el uso inapropiado de ellas ---como involucrarse en juegos que hacen perder el tiempo, o cosas mucho peores, como la pornografía--- es destructivo. La pornografía destruye el carácter y hunde a quienes la usan en un pantano de inmundicia, del cual la persona sólo puede librarse con mucha ayuda.

Ese terrible monstruo causa dolor y sufrimiento, tanto al usuario como a sus inocentes hijos, cónyuge, padre, madre y otros seres queridos. El fruto del placer carnal es amargura y tristeza; el fruto de la obediencia y del sacrificio es dulzura y gozo eterno.

La decisión en cuanto a las normas a seguir se debe hacer con anticipación, no cuando aparezca la tentación. Nuestros parámetros deben ser:

  • Haré esto porque es lo correcto, viene del Señor y me traerá felicidad.

  • No haré esto porque me alejará de la verdad, del Señor y de la felicidad eterna que Él promete al que es fiel y obediente.

Debido a que el Padre sabía que tomaríamos decisiones equivocadas, Él, en Su maravilloso plan de amor, proporcionó un Salvador del mundo para que expiara los pecados de todos los que se arrepientan, de los que vengan a Él en busca de ayuda, consuelo y perdón; y que estén dispuestos a tomar sobre sí Su nombre, Jesucristo.

Si pecamos, debemos buscar ayuda rápidamente, porque no podemos salir de la trampa del pecado solos, al igual que el poste de la moraleja no se puede liberar a sí mismo. Alguien tiene que ayudarnos a librarnos de su garra fatal.

Los padres podemos ayudar, y el obispo ha sido llamado por Dios para asistirnos. Es a él a quien debemos acudir y abrirle nuestro corazón.

Doctrina y Convenios 58:42–43 explica:

“He aquí, quien se ha arrepentido de sus pecados es perdonado; y yo, el Señor, no los recuerdo más.

“Por esto sabréis si un hombre se arrepiente de sus pecados: He aquí, los confesará y los abandonará”.

Unos meses después de nuestra caminata cerca del lago, mi nieta tuvo la entrevista con el obispo, su padre, para su bautismo. Después de la entrevista le pregunté cómo le había ido. Ella me contestó, casi reprendiéndome: “Abuelo, una entrevista es confidencial, ¿no lo sabías?”.

Obispos, espero que consideren esa respuesta con seriedad. Me parece que mi nieta creció mucho en entendimiento en muy poco tiempo.

Así como el árbol que describí trajo tristeza, dolor, sufrimiento y esclavitud; hay otro árbol que puede traer todo lo contrario. Se menciona en 1 Nefi 8:10–12:

“Y sucedió que vi un árbol cuyo fruto era deseable para hacer a uno feliz.

“Y aconteció que me adelanté y comí de su fruto; y percibí que era de lo más dulce, superior a todo cuanto yo había probado antes. Sí, y vi que su fruto era blanco, y excedía a toda blancura que yo jamás hubiera visto.

“Y al comer de su fruto, mi alma se llenó de un gozo inmenso”.

Queridos hermanos y hermanas, permanezcan firmes y tomen buenas decisiones que les permitan comer del fruto del árbol de la vida. Si por cualquier razón han cometido errores o dejado el sendero, nuestra mano está extendida y les decimos: “Vengan; hay esperanza; los amamos y queremos ayudarlos a ser felices”.

Nuestro Padre Celestial nos ama tanto que ha dado a Su único Hijo, Jesucristo.

¡Jesucristo nos ama tanto que dio Su vida para expiar nuestros pecados!

¿Qué estamos dispuestos a dar para ser limpios y recibir ese gozo?

De estas verdades doy mi testimonio en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.