El aprendizaje y la enseñanza del Evangelio

David M. McConkie

Primer Consejero de la Presidencia General de la Escuela Dominical


David M. McConkie
Lo que más importa es la actitud o el espíritu con el que el maestro enseñe.

Como miembro de la Presidencia General de la Escuela Dominical, considero que debo comenzar mis palabras esta mañana diciéndoles: “Buenos días, clase”.

Mi mensaje de hoy es para todos aquellos que han sido llamados a enseñar, en cualquier organización en la que presten servicio, o si son conversos recientes en la Iglesia o maestros con años de experiencia.

No voy a hablar sobre los “métodos” de enseñanza sino del “método” de aprendizaje. Puede haber una gran diferencia entre lo que dice el maestro y lo que oyen o aprenden los integrantes de la clase.

Piensen por un momento en un maestro que realmente haya tenido gran impacto en la vida de ustedes. ¿Qué fue lo que les impresionó de él o ella que les permitió recordar lo que se enseñó, lo que los motivó a descubrir la verdad por ustedes mismos, a ejercer su albedrío y actuar y no para que se actuara sobre ustedes, es decir, aprender? ¿Qué fue lo que distinguió a ese maestro de los demás?

Un autor y maestro de éxito dijo: “Lo que más importa en el aprendizaje es la actitud. La actitud del maestro”1.

Tengan en cuenta que lo que más importa en el aprendizaje no es el número de años que el maestro haya sido miembro de la Iglesia, ni cuanta experiencia tenga la persona en la enseñanza, ni siquiera el conocimiento que el maestro tenga del Evangelio, ni sus técnicas de enseñanza. Lo que más importa es la actitud o el espíritu con el que el maestro enseñe.

En una reunión mundial de capacitación de líderes, el élder Jeffrey R. Holland relató lo siguiente: “Durante muchos años me ha encantado la historia que el presidente Packer ha relatado una y otra vez sobre el maestro de Escuela Dominical de William E. Berrett cuando era joven. Se llamó a un anciano hermano danés a enseñar una clase de jóvenes alborotados… él no hablaba bien inglés, tenía un acento danés muy fuerte, era mucho mayor que ellos, tenía manos grandes, de granjero. Sin embargo, debía enseñar a esos jóvenes indisciplinados de 15 años. No parecía que fueran a ser compatibles, pero el hermano Berrett solía decir, y ésta es la parte que el presidente Packer cita, que este hombre de alguna forma les enseñó; que frente a todas esas barreras, frente a todas las limitaciones, ese hombre entró al corazón de esos inquietos jóvenes de 15 años y cambió sus vidas. Y el testimonio del hermano Berrett fue: “hubiéramos podido calentarnos las manos con el fuego de su fe’”2.

Los maestros del Evangelio que tienen éxito aman el Evangelio y sienten un gran entusiasmo por él. Y a causa de que aman a sus alumnos, desean que sientan lo que ellos sienten y que pasen por lo que ellos han pasado. Enseñar el Evangelio es compartir el amor que se tiene por el Evangelio.

Hermanos y hermanas, la actitud de un maestro no se enseña, sino que se adquiere3.

Entonces, ¿cómo desarrollamos la actitud necesaria para ser un maestro de éxito? Me gustaría analizar cuatro puntos básicos en la enseñanza del Evangelio:

Primero, sumérjanse en las Escrituras. No podemos amar lo que no conocemos. Cultiven el hábito del estudio diario de las Escrituras, separado y aparte de la preparación de sus lecciones. Antes de que podamos enseñar el Evangelio debemos conocerlo.

El presidente Thomas S. Monson aún atesora el recuerdo de la maestra de la Escuela Dominical de su niñez. “De pequeño, tuve la experiencia de contar con la influencia de una maestra eficaz e inspirada que nos escuchaba y nos quería. Se llamaba Lucy Gertsch. En la clase de la Escuela Dominical, ella nos enseñaba acerca de la creación del mundo, de la caída de Adán y del sacrificio expiatorio de Jesús. Traía a nuestro salón de clases como invitados de honor a Moisés, Josué, Pedro, Tomás, Pablo y, claro está, a Cristo; y, aunque no los veíamos, aprendimos a amarlos, a honrarlos y a emularlos”4.

Lucy Gertsch pudo llevar a esos invitados de honor a su clase porque los conocía; eran sus preciados amigos. A causa de ello, su clase también aprendió a “amarlos, honrarlos y emularlos”.

El Señor le dijo a Hyrum Smith: “No intentes declarar mi palabra, sino primero procura obtenerla”5. Esta admonición se aplica a cada uno de nosotros.

El Señor nos ha mandado escudriñar las Escrituras6, deleitarnos en ellas7 y atesorarlas8. Al escudriñar y meditar las palabras del Señor con sinceridad, tendremos la compañía de Su Espíritu con nosotros, y llegaremos a conocer Su voz9.

Después de que se me llamó para ser presidente de estaca, nuestra presidencia de estaca recibió una capacitación por parte de un Setenta de Área. Durante la capacitación, hice una pregunta, a la cual él respondió: “Ésa es un muy buena pregunta. Vayamos al Manual de Instrucciones de la Iglesia para encontrar la respuesta”. Acudimos después al manual, y allí se encontraba la respuesta a mi pregunta. Más tarde en la capacitación, hice otra pregunta. Una vez más respondió: “Buena pregunta. Miremos el Manual”. No me atreví a hacer más preguntas, ya que pensé que sería mejor que leyera el manual.

Desde ese entonces, he pensado que el Señor podría responder de la misma manera a cada uno de nosotros cuando acudimos a Él con inquietudes o preguntas. Él podría decir: “Buena pregunta; si pudiese repasar Alma capítulo 5 o Doctrina y Convenios sección 76, recordarás que ya te he hablado en cuanto a eso”.

Hermanos y hermanas, es en contra de la economía del cielo que el Señor repita de forma individual a cada uno de nosotros lo que Él ya ha revelado en forma colectiva. Las Escrituras contienen las palabras de Cristo; son la voz del Señor. El estudiar las Escrituras nos capacita para oír la voz del Señor.

Segundo, lleven a la práctica las cosas que aprendan. Cuando Hyrum Smith tenía el deseo de llegar a ser parte de esta gran obra de los últimos días, el Señor le dijo: “He aquí, ésta es tu obra: Guardar mis mandamientos, sí, con toda tu alma, mente y fuerza”10. Como maestros, nuestra obra, ante todo, es guardar los mandamientos con toda nuestra alma, mente y fuerza.

Tercero, busquen la ayuda del cielo. Supliquen al Señor Su Espíritu con toda la energía de su corazón. Las Escrituras declaran: “Si no recibís el Espíritu, no enseñaréis”11. Esto significa que a pesar de que utilicen todas las técnicas de enseñanza correctas, el aprendizaje verdadero no tendrá lugar sin el Espíritu.

La función de un maestro es “ayudar a la persona para que acepte la responsabilidad de aprender el Evangelio: despertar en ella el deseo de estudiar, entender y vivir el Evangelio”12. Esto significa que como maestros no debemos enfocarnos tanto en nuestra actuación, sino en cómo ayudar a otras personas a vivir el Evangelio13.

¿Cuándo fue la última vez que se arrodillaron en oración y le pidieron al Señor que les ayudara no sólo con su lección, sino que también los ayudara a conocer y satisfacer las necesidades de cada uno de los alumnos de su clase? Ninguna clase es tan grande que no podamos orar y pedir inspiración en cuanto a cómo acercarse a cada alumno.

Es natural que los maestros se sientan inadecuados. Ustedes deben entender que “la edad, la madurez y la formación intelectual no son de ninguna manera ni en ningún grado necesarios para la comunión con el Señor y su Espíritu”14.

Las promesas del Señor son ciertas. Si ustedes sinceramente escudriñan las Escrituras y atesoran en su mente las palabras de vida, si guardan los mandamientos con todo su corazón y oran por cada alumno, gozarán de la compañía del Espíritu Santo y recibirán revelación15.

En cuarto lugar, hermanos y hermanas, es de suma importancia que ejercitemos nuestro albedrío y actuemos, sin demora, de acuerdo con los susurros espirituales que recibamos.

El presidente Thomas S. Monson enseñó: “Vemos. Esperamos. Escuchamos esa voz suave y apacible. Cuando habla, las mujeres y los hombres sabios obedecen. No se deben posponer los susurros del Espíritu”16.

No deben temer ejercer su albedrío y actuar en cuanto a los pensamientos y las impresiones que el Espíritu del Señor ponga en su corazón. Podrán sentirse incómodos al principio, pero les prometo que las experiencias más dulces y gratificantes que tendrán como maestros ocurrirán cuando se sometan a la voluntad del Señor y sigan los susurros que reciban del Espíritu Santo. Sus experiencias fortalecerán su fe y les darán mayor valor para actuar en el futuro.

Queridos maestros, ustedes son uno de los grandes milagros de esta Iglesia. Tienen un deber sagrado. Los amamos y tenemos confianza en ustedes. Sé que si escudriñamos las Escrituras, y vivimos de tal modo que seamos dignos de tener la compañía del Espíritu Santo, el Señor nos magnificará en nuestros llamamientos y responsabilidades para que podamos cumplir con nuestro mandato del Señor. Ruego que todos lo hagamos, es mi oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.

Mostrar referencias

  1.  

    1. David McCullough, “Enséñeles lo que usted ama”, discurso dado en el Tabernáculo de Salt Lake, Salt Lake City, Utah, 9 de mayo de 2009.

  2.  

    2. Véase Jeffrey R. Holland, “Enseñar y aprender en la Iglesia”, Liahona, junio de 2007, pág. 72.

  3.  

    3. Véase McCullough, “Enséñeles lo que usted ama”.

  4.  

    4. Thomas S. Monson, “Ejemplos de grandes maestros”, Liahona, junio de 2007, pág. 76.

  5.  

    5.  Doctrina y Convenios 11:21.

  6.  

    6. Véase Juan 13:39.

  7.  

    7. Véase 2 Nefi 32:3.

  8.  

    8. Véase José Smith---Mateo 1:37.

  9.  

    9. Véase Doctrina y Convenios 18:36; 84:52.

  10.  

    10.  Doctrina y Convenios 11:20.

  11.  

    11.  Doctrina y Convenios 42:14.

  12.  

    12.  La enseñanza: El llamamiento más importante: Guía de consulta para la enseñanza del Evangelio, 1999, pág. 66.

  13.  

    13. Véase La enseñanza: El llamamiento más importante, pág. 66.

  14.  

    14. J. Reuben Clark, Jr., El curso trazado por la Iglesia en la educación, discurso pronunciado a los líderes de seminario e instituto, Aspen Grove, Utah, el 8 de agosto de 1938, folleto, 2004.

  15.  

    15. Véase Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág. 268.

  16.  

    16. Thomas S. Monson, “El Espíritu da vida”, Liahona, junio de 1997, pág. 4.