De las cosas que más importan

Dieter F. Uchtdorf

Segundo Consejero de la Primera Presidencia


Dieter F. Uchtdorf
Si la vida y su ritmo apresurado y las muchas tensiones han hecho que les sea difícil sentir gozo, entonces, quizás ahora sea un buen momento para volver a centrarse en lo que más importa.

Es impresionante lo mucho que aprendemos de la vida al estudiar la naturaleza. Por ejemplo, los científicos pueden analizar los anillos de crecimiento de los árboles y hacer conjeturas bastante acertadas del clima y de las condiciones de crecimiento que existían hace cientos e incluso miles de años. Algo que aprendemos al estudiar el crecimiento de los árboles es que en las temporadas en que las condiciones son ideales, los árboles crecen a un ritmo normal. Sin embargo, durante épocas en que las condiciones de crecimiento no son las ideales, los árboles disminuyen el ritmo de crecimiento y dedican su energía a los elementos básicos necesarios para sobrevivir.

En este momento algunos de ustedes tal vez piensen: “Eso es muy cierto y bueno; pero, ¿qué tiene que ver con pilotar un avión?”. Bueno, permítanme decirles.

¿Han estado alguna vez en un avión y sentido la turbulencia? La causa más común de la turbulencia es un cambio repentino en el movimiento del aire que hace que la aeronave cabecee, se balancee y oscile. A pesar de los aviones se construyen para resistir peores turbulencias que las de un vuelo normal, esto aún puede resultar desconcertante para los pasajeros.

¿Qué creen que hacen los pilotos cuando encuentran turbulencia? Un estudiante de aviación podría pensar que aumentar la velocidad sería una buena estrategia porque así se atravesaría la turbulencia más rápido. Pero eso podría no ser lo indicado. Los pilotos profesionales comprenden que hay una velocidad óptima de penetración que reduce al mínimo los efectos negativos de la turbulencia. Y casi siempre eso implica reducir la velocidad. El mismo principio se aplica también a los badenes [o topes] de las calles.

Por lo tanto, es un buen consejo reducir un poco la velocidad, redefinir el curso y centrarse en lo básico al atravesar condiciones adversas.

El ritmo de la vida moderna

Ésta es una lección sencilla pero fundamental que parece lógica cuando se explica con términos de árboles o turbulencia, pero es sorprendente lo fácil que es pasarla por alto cuando se tratan de aplicar esos principios en nuestra vida cotidiana. Cuando los niveles de estrés aumentan, cuando aparece la angustia, cuando la tragedia azota, con demasiada frecuencia procuramos mantener el mismo ritmo frenético, o incluso acelerar, pensando que cuanto más nos apresuremos, mejor superaremos los problemas.

Una de las características de la vida moderna parece ser que nos movemos a un ritmo cada vez mayor, independientemente de la turbulencia o los obstáculos.

Seamos sinceros; resulta un tanto fácil estar ocupados. Todos podemos pensar en una lista de tareas que colmaría nuestras agendas. Algunas personas quizás piensen que su propia valía depende de lo larga que sea su lista de tareas; llenan los espacios libres de su horario con listas de reuniones y pequeñeces, incluso durante épocas de estrés y fatiga. Debido a que se complican la vida sin necesidad, suelen sentir mayor frustración, menos gozo y le hallan muy poco sentido a la vida.

Se dice que cualquier virtud, cuando se lleva al extremo, se convierte en un vicio. Sin duda, la programación de demasiadas actividades para el día podría calificarse como tal. Llega un punto en el que las metas se convierten en piedras de molino y las ambiciones en una carga.

¿Cuál es la solución?

Los sabios comprenden y aplican las lecciones de los anillos de los árboles y la turbulencia de aire. Resisten la tentación de verse envueltos en la frenética carrera de la vida cotidiana; siguen el consejo: “Hay más en la vida que el aumentar su velocidad”1. En resumen, se centran en las cosas que más importan.

El élder Dallin H. Oaks, en una conferencia general reciente, enseñó: “Debemos abandonar algunas cosas buenas a fin de elegir otras que son mejores o excelentes porque desarrollan la fe en el Señor Jesucristo y fortalecen a nuestra familia”2.

La búsqueda de las cosas mejores inevitablemente conduce a los principios fundamentales del evangelio de Jesucristo: las verdades sencillas y hermosas que nos ha revelado un generoso, eterno y omnisciente Padre Celestial. Esas doctrinas y principios fundamentales, aunque bastante sencillos para que un niño los comprenda, aportan las respuestas a los interrogantes más complejos de la vida.

Hay belleza y claridad que proviene de la sencillez y que a veces no apreciamos en nuestro anhelo por soluciones complejas.

Por ejemplo, poco después de que los astronautas y cosmonautas giraron en órbita alrededor de la tierra, se dieron cuenta de que los bolígrafos no funcionaban en el espacio; así que, algunas personas muy inteligentes emprendieron la tarea de resolver el problema. Tomó miles de horas y millones de dólares pero, al final, inventaron un bolígrafo que escribiría en cualquier lugar, a cualquier temperatura, y en casi cualquier superficie. Pero, ¿cómo hicieron los astronautas y cosmonautas hasta que se resolvió el problema? Simplemente utilizaron un lápiz.

A Leonardo da Vinci se le atribuye la cita “La simplicidad es la sofisticación suprema”3. Cuando consideramos los principios fundamentales del plan de felicidad, el plan de salvación, reconocemos y apreciamos en su simplicidad y sencillez la elegancia y la belleza de la sabiduría de nuestro Padre Celestial. Por tanto, el volver nuestra senda a la de Él es el comienzo de nuestra sabiduría.

El poder de lo básico

Se cuenta que el legendario entrenador de fútbol americano, Vince Lombardi, ponía en práctica un ritual el primer día de entrenamiento. Sostenía en alto un balón de fútbol, se lo mostraba a los atletas que habían estado jugando ese deporte por muchos años, y decía: “Señores, ¡esto es un balón de fútbol!”. Hablaba de su tamaño y forma, de cómo se podía patear, cargar o pasar. Llevaba al equipo al campo vacío y decía: “Éste es un campo de fútbol”; les daba un recorrido, describía las dimensiones, la forma, las reglas y cómo se jugaba el deporte4.

Ese entrenador sabía que incluso esos jugadores experimentados, y de hecho el equipo, sólo podía llegar a ser excelente si dominaba lo básico. Podrían pasar el tiempo practicando jugadas complicadas, pero hasta que dominaran los principios fundamentales del juego, nunca llegarían a ser un equipo de primera.

Creo que la mayoría de nosotros comprende, por intuición, cuán importantes son los principios básicos; sólo que a veces nos distraemos por tantas cosas que parecen más atractivas.

El material impreso, la amplia gama de medios de comunicación, las herramientas y los artefactos electrónicos —todos útiles si se usan correctamente— pueden convertirse en pasatiempos perjudiciales o en frías cámaras de aislamiento.

Sin embargo, en medio de la multitud de voces y opciones, el humilde Hombre de Galilea sigue con las manos extendidas, esperando. Su mensaje es sencillo: “Ven, sígueme”5. Y no habla por un megáfono de gran alcance, sino con una voz apacible y delicada6. Es muy fácil que el mensaje básico del Evangelio pase desapercibido entre la oleada de información que nos inunda desde todas direcciones.

En las sagradas Escrituras y en la palabra hablada de los profetas vivientes se hace hincapié en los principios y las doctrinas fundamentales del Evangelio. La razón por la que volvemos a esos principios fundamentales, a las doctrinas puras, es porque son la puerta de entrada a las verdades de profundo significado. Son la puerta a las experiencias de sublime importancia que de otra manera escaparían a nuestra capacidad de comprensión. Esos principios básicos y sencillos son la clave para vivir en armonía con Dios y con el hombre; son las llaves que abren las ventanas de los cielos; nos conducen a la paz, al gozo y a la comprensión que el Padre Celestial ha prometido a Sus hijos que Lo escuchan y obedecen.

Hermanos y hermanas, nos haría bien aminorar un poco el ritmo, marchar a la velocidad óptima de nuestras circunstancias, centrarnos en lo relevante, elevar la mirada y ver realmente las cosas que más importan. Seamos conscientes de los preceptos fundamentales que nuestro Padre Celestial ha dado a Sus hijos que establecerán el cimiento de una vida mortal rica y fructífera, con las promesas de la felicidad eterna. Nos enseñarán a hacer “todas estas cosas con prudencia y orden; porque no se exige que [corramos] más aprisa de lo que [las] fuerzas [nos] permiten, sino que conviene que sea[mos] diligente[s], para que así gane[mos] el galardón”7.

Hermanos y hermanas, el hacer con diligencia las cosas que más importan nos llevará al Salvador del mundo. Es por eso que “hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo… para que [sepamos] a qué fuente… acudir para la remisión de [nuestros] pecados”8. En la complejidad, la confusión y la premura de la vida moderna, éste es el “camino más excelente”9.

Entonces, ¿qué es lo básico?

Al volvernos a nuestro Padre Celestial y buscar Su sabiduría con respecto a las cosas que más importan, aprendemos una y otra vez la importancia de cuatro relaciones clave: con nuestro Dios, con nuestra familia, con nuestro prójimo y con nosotros mismos. Al evaluar nuestra propia vida con una mente dispuesta, veremos dónde nos hemos desviado del camino más excelente. Los ojos de nuestro entendimiento se abrirán y reconoceremos qué hay que hacer para purificar nuestro corazón y reorientar nuestra vida.

Primero, nuestra relación con Dios es la más sagrada y vital. Somos Sus hijos procreados como espíritus. Él es nuestro Padre y desea nuestra felicidad. A medida que lo busquemos, al aprender de Su Hijo Jesucristo, al abrir nuestro corazón a la influencia del Santo Espíritu, nuestra vida se hace más estable y segura. Tenemos mayor paz, gozo y satisfacción al dar lo mejor de nosotros para vivir de acuerdo con el plan eterno de Dios y guardar Sus mandamientos.

Mejoramos nuestra relación con nuestro Padre Celestial al aprender de Él, al comunicarnos con Él, al arrepentirnos de nuestros pecados y al seguir activamente a Jesucristo; porque “nadie viene al Padre, sino por [Cristo]”10. Para fortalecer nuestra relación con Dios necesitamos pasar tiempo provechoso con Él a solas. El centrarnos con discreción en la oración personal y el estudio diario de las Escrituras, siempre con la mira de ser dignos de una recomendación vigente para el templo; éstas serán algunas de las inversiones prudentes de nuestro tiempo y esfuerzos para acercarnos más a nuestro Padre Celestial. Escuchemos la invitación en Salmos: “Quedaos tranquilos, y sabed que yo soy Dios”11.

Nuestra segunda relación clave es con nuestra familia. Debido a que “ningún otro éxito puede compensar el fracaso”12 en este aspecto, debemos dar gran prioridad a nuestra familia. Establecemos relaciones familiares profundas y amorosas al hacer cosas sencillas juntos, como cenar en familia, la noche de hogar, y simplemente al divertirnos juntos. En las relaciones familiares, amor en realidad se deletrea t-i-e-m-p-o, tiempo. El tomar tiempo para estar juntos es la clave para la armonía en el hogar. Hablamos el uno con el otro, en vez del uno sobre el otro. Aprendemos unos de otros y apreciamos nuestras diferencias así como nuestras cosas en común. Establecemos un vínculo divino los unos con los otros al acercarnos a Dios juntos mediante la oración familiar, el estudio del Evangelio y la adoración dominical.

La tercera relación clave que tenemos es con nuestro prójimo. Establecemos esta relación con una persona a la vez, al ser sensible a las necesidades de los demás, al servirles y al brindarles nuestro tiempo y talentos. Quedé profundamente impresionado con una hermana que estaba agobiada por los desafíos de la edad y la enfermedad, pero que decidió que aunque no podía hacer mucho, podía escuchar. Así que cada semana buscaba personas que parecían preocupadas o desanimadas y pasaba tiempo escuchándolas. ¡Qué bendición fue en la vida de tantas personas!

La cuarta relación clave es con nosotros mismos. Puede parecer extraño pensar en tener una relación con uno mismo, pero es así. Algunos no pueden llevarse bien consigo mismos; se critican y se menosprecian todo el día hasta que comienzan a odiarse. Permítanme sugerir que reduzcan la prisa y tomen un poco de tiempo extra para llegar a conocerse mejor. Caminen en la naturaleza, vean un amanecer, disfruten de las creaciones de Dios, reflexionen en las verdades del Evangelio restaurado, y averigüen lo que significan para ustedes personalmente. Aprendan a verse a ustedes mismos como el Padre Celestial los ve: como Su preciosa hija o Su precioso hijo con potencial divino.

Regocíjense en el Evangelio puro

Hermanos y hermanas, seamos prudentes. Volvamos a las aguas de la doctrina pura del evangelio restaurado de Jesucristo. Participemos con alegría de ellas en su simplicidad y sencillez. Los cielos están abiertos de nuevo. El evangelio de Jesucristo está una vez más en la tierra, ¡y sus sencillas verdades son una abundante fuente de gozo!

Hermanos y hermanas, tenemos gran razón para alegrarnos. Si la vida y su ritmo apresurado y las muchas tensiones han hecho que les sea difícil sentir gozo, entonces quizás ahora sea un buen momento para volver a centrarse en lo que más importa.

La fortaleza no proviene de la actividad agitada, sino de estar establecido sobre un firme cimiento de verdad y luz; proviene de centrar nuestra atención y nuestros esfuerzos en los aspectos básicos del evangelio restaurado de Jesucristo; proviene de prestar atención a las cosas divinas que más importan.

Simplifiquemos un poco nuestra vida. Hagamos los cambios necesarios para volver a centrar nuestra vida en la sublime belleza del camino sencillo y humilde del discipulado cristiano, el camino que siempre conduce a una vida con significado, alegría y paz. Ruego por ello al dejarles mi bendición, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

Mostrar referencias

  1.  

    1. Mahatma Gandhi, en Larry Chang, Wisdom for the Soul 2006, pág. 356.

  2.  

    2. Dallin H. Oaks, “Bueno, Mejor, Excelente”, Liahona, octubre de 2007, pág. 104.

  3.  

    3. Leonardo da Vinci, en John Cook, comp., The Book of Positive Quotations, 2da ed., 1993, pág. 262.

  4.  

    4. Vince Lombardi, en Donald T. Phillips, Run to Win: Vince Lombardi on Coaching and Leadership, 2001, pág. 92.

  5.  

    5.  Lucas 18:22.

  6.  

    6. Véase 1 Reyes 19: 12.

  7.  

    7.  Mosíah 4:27.

  8.  

    8.  2 Nefi 25:26.

  9.  

    9.  1 Corintios 12:31; Éter 12:11.

  10.  

    10.  Juan 14:6.

  11.  

    11.  Salmo 46:10.

  12.  

    12. J. E. McCulloch, Home: The Savior of Civilization, 1924, pág. 42; véase también Conference Report, abril de 1935, pág. 116.