Presten servicio con el Espíritu

Henry B. Eyring

Primer Consejero de la Primera Presidencia


Henry B. Eyring
Hagamos todo lo que se requiera para ser dignos de que el Espíritu Santo sea nuestro compañero.

Agradezco esta oportunidad de ser uno con ustedes, a quienes Dios da el honor de poseer el sacerdocio. Se nos ha llamado a usar poder divino para servir a los hijos de nuestro Padre Celestial. Lo bien que cumplamos esa obligación tendrá repercusiones eternas para aquellos a quienes prestemos servicio, para nosotros y para las generaciones que aún no han nacido.

Con gran reverencia, recuerdo a dos portadores del sacerdocio dignos de que el Espíritu de Dios los acompañara en la misión a la que el Señor los había llamado. Ellos habían encontrado el Evangelio restaurado en Estados Unidos y fueron los siervos del Señor que primero le hablaron de ese Evangelio a dos de mis antepasados europeos.

Uno de esos antepasados era una jovencita que vivía en una pequeña granja de Suiza. El otro era un joven, un huérfano que inmigró a los Estados Unidos desde Alemania y que vivía en St. Louis, Misuri.

Ambos oyeron a un poseedor del sacerdocio testificar del Evangelio restaurado; la jovencita, junto a la chimenea de su casa en Suiza; el joven, sentado en la terraza de una residencia alquilada en Estados Unidos. Los dos supieron mediante el Espíritu que el mensaje que los misioneros les habían llevado era verdadero.

El joven y la jovencita decidieron bautizarse. Años después, se conocieron en el camino polvoriento mientras caminaban cientos de kilómetros hacia las montañas del oeste de América. Al caminar juntos, iban conversando. El tema de conversación fue la milagrosa bendición que de entre todo el mundo, los siervos de Dios los habían encontrado a ellos; y más milagroso aun, que supieron que su mensaje era verdadero.

Se enamoraron y se casaron. Y gracias a un testimonio del Espíritu, que comenzó cuando oyeron las palabras de poseedores del sacerdocio bajo la influencia del Espíritu Santo, se sellaron por la eternidad por el poder del sacerdocio. Yo soy uno de las decenas de miles de descendientes de ese joven y esa jovencita que bendicen los nombres de dos poseedores del sacerdocio que llevaron con ellos la influencia del Espíritu de Dios al ascender por la colina de Suiza y al ponerse de pie para hablar en esa reunión en St. Louis.

Esa feliz historia, y millones de otras como esa, se repiten en todo el mundo y se repetirán por generaciones. Para algunos, será la historia de un joven maestro orientador que, con sus palabras, encendió en su abuelo el deseo de regresar a la Iglesia. Para otros, serán las palabras de consuelo y bendición de un patriarca que fortalecieron a su madre cuando la tragedia casi la abatió.

Habrá un tema recurrente en todas esas historias; será el poder del sacerdocio que se halla en un poseedor y que se magnifica por el Espíritu Santo.

Entonces, mi mensaje esta noche para todos es éste: Hagamos todo lo que se requiere para ser dignos de que el Espíritu Santo sea nuestro compañero, y luego avancemos sin temor con la confianza de que se nos dará el poder para hacer lo que el Señor nos llame a hacer. Ese aumento en poder para servir quizá venga despacio, quizá venga en pequeñas medidas difíciles de reconocer, pero vendrá.

Esta noche, daré algunas sugerencias para ser dignos de tener al Espíritu Santo como compañero en el servicio del sacerdocio. Luego, daré algunos ejemplos de servicio del sacerdocio en los cuales ustedes pueden esperar ver su poder para servir fortalecido por la influencia del Espíritu.

Todos sabemos que al ser confirmados en la Iglesia se nos dio el don del Espíritu Santo. Pero la compañía del Espíritu Santo, las manifestaciones de ese don en nuestra vida y servicio, requiere que pongamos nuestra vida en orden para tener derecho a ello.

Cultivamos dones espirituales al guardar los mandamientos e intentar llevar una vida sin culpa. Eso requiere fe en Jesucristo para arrepentirnos y quedar limpios mediante Su expiación. Así que, como poseedores del sacerdocio, nunca debemos perder una oportunidad de participar con todo nuestro corazón de la promesa que se ofrece en cada reunión sacramental a los miembros de la Iglesia restaurada de “tomar sobre [nosotros] el nombre [del] Hijo [de Dios], y… recordarle siempre, y… guardar sus mandamientos que él [nos] ha dado, para que siempre [podamos] tener su Espíritu [con nosotros]”1.

Debemos estar libres de pecado para tener el Espíritu con nosotros; debemos ser suficientemente humildes ante Dios para reconocer que necesitamos el Espíritu. Los discípulos del Salvador resucitado demostraron esa humildad, como se registra en el Libro de Mormón.

El Salvador estaba preparándolos para su ministerio y ellos se arrodillaron en el suelo a orar. Éste es el relato: “Y oraron por lo que más deseaban; y su deseo era que les fuese dado el Espíritu Santo”2. Ellos se bautizaron igual que ustedes; y el registro dice que, en respuesta a su súplica, fueron llenos del Espíritu Santo y de fuego.

El Salvador oró en voz alta para agradecer a Su Padre por dar el Espíritu Santo a los que Él había escogido debido a que creían en Él. Luego, el Salvador pidió una bendición espiritual para aquellos a quienes ellos servían. El Señor suplicó a Su Padre: “Padre, te ruego que des el Espíritu Santo a todos los que crean en sus palabras”3.

Como humildes siervos del Salvador, debemos pedir en oración que las manifestaciones del Espíritu Santo vengan a nosotros en nuestro servicio y a aquellos a quienes servimos. La oración humilde a nuestro Padre Celestial, con profunda fe en Jesucristo, es esencial para ser dignos de la compañía del Espíritu Santo.

La humildad y la fe que invitan a los dones espirituales aumentan cuando leemos, estudiamos y meditamos las Escrituras. Todos hemos oído esas palabras, pero quizá leamos unas pocas líneas o páginas de las Escrituras por día y esperemos que sea suficiente.

Sin embargo, leer, estudiar y meditar no son la misma cosa. Al leer palabras quizás obtengamos ideas. Al estudiar, quizás descubramos modelos que se repiten y conexiones entre pasajes. Pero al meditar, invitamos a la revelación por medio del Espíritu. Meditar, para mí, es pensar y orar después de leer y estudiar las Escrituras con detenimiento.

Para mí, el presidente Joseph F. Smith dio un ejemplo de cómo el meditar puede atraer la luz de Dios. Está registrado en la sección 138 de Doctrina y Convenios. Él había estado leyendo y estudiando muchos pasajes, tratando de entender cómo los resultados de la expiación del Salvador llegarían a quienes habían muerto sin jamás haber escuchado Su mensaje. Éste es su relato de cómo llegó la revelación: “Mientras meditaba en estas cosas que están escritas, fueron abiertos los ojos de mi entendimiento, y el Espíritu del Señor descansó sobre mí, y vi las huestes de los muertos, pequeños así como grandes”4.

El arrepentimiento, la oración y el meditar en las Escrituras son pasos esenciales para ser dignos de los dones del Espíritu en nuestro servicio del sacerdocio. Nuestro poder para servir será magnificado aún más al seguir adelante con fe en nuestros llamamientos, con el Espíritu Santo como ayuda.

El presidente Thomas S. Monson lo dijo así: “¿Qué significa magnificar [su] llamamiento? Significa edificarlo en dignidad… aumentarlo y fortalecerlo para que la luz del cielo brille a través de él a la vista de otros hombres. ¿Y cómo se magnifica un llamamiento? Simplemente llevando a cabo el servicio que le corresponde”5.

Propondré dos servicios a los que todos hemos sido llamados. Al llevarlos a cabo bajo la influencia del Espíritu, ustedes y los demás verán que su poder para servir se fortalece y se magnifica.

El primero es, como Sus agentes, enseñar y testificar a los demás por Él. El Señor incluyó a los más jóvenes y menos experimentados poseedores del Sacerdocio Aarónico en ese llamado a servir. Después de definir los deberes de los poseedores del Sacerdocio Aarónico, dijo:

“Pero ni los maestros ni los diáconos tienen la autoridad para bautizar, bendecir la santa cena, ni imponer las manos;

“deben, sin embargo, amonestar, exponer, exhortar, enseñar e invitar a todos a venir a Cristo”6.

Esta semana, en alguna parte del mundo, un presidente de quórum le pedirá a un diácono que invite a una reunión a un miembro de su quórum a quien jamás ha visto. Es poco probable que el presidente de trece años use las palabras “amonestar, exhortar y enseñar”, pero eso es lo que el Señor espera del diácono asignado a ir al rescate.

Al diácono que reciba el llamado de visitar al miembro del quórum le haré tres promesas. Primero, al orar para pedir ayuda, el Espíritu calmará tus temores. Segundo, te sorprenderás porque sabrás qué decir al llegar a su casa y al caminar con él de vuelta a la capilla. Lo que digas quizá a ti no te parezca claro, pero sentirás que te fueron dadas palabras en el momento en que las necesitabas. Y tercero, sentirás la aprobación del Señor, quien te llamó mediante tu presidente, sea cual sea el resultado.

No puedo prometerte qué tipo de éxito tendrás, pues cada persona es libre de escoger cómo responderá a un siervo de Dios. Pero el diácono a quien le hables en lugar del Señor, recordará que lo visitaste. Sé de un joven, ahora un hombre todavía alejado de la actividad de la Iglesia, a quien se le envió un diácono a buscarlo, que le contó a su abuelo de esa visita hace veinte años. Y pareciera no haber surtido ningún efecto, pero él incluso recordaba el nombre del diácono que fue a visitarlo. El abuelo me pidió que buscara y agradeciera al diácono que había sido llamado a invitar, exhortar y enseñar. Sólo había sido un día más en la vida de un muchacho, pero un abuelo y el Señor recuerdan las palabras que el joven fue inspirado a decir, y también el nombre de ese joven.

Exhorto a todos nosotros, jóvenes y mayores, a quienes se nos llame a hablar en una reunión en el nombre del Señor, a desechar los sentimientos de falta de confianza en nosotros mismos y de ineptitud. No necesitamos usar palabras elocuentes ni expresar ideas profundas. Las palabras sencillas de testimonio serán suficientes. El Espíritu les dará las palabras y las llevará al corazón de las personas humildes que busquen la verdad de Dios. Si seguimos procurando hablar por el Señor, un día nos sorprenderemos al ver que hemos amonestado, exhortado, enseñado e invitado con la ayuda del Espíritu para bendecir vidas, con un poder que sobrepasa el nuestro.

Además del llamado a enseñar, el Señor nos enviará a todos a socorrer a los necesitados. Ése es otro servicio del sacerdocio en el que sentiremos que la influencia del Espíritu aumenta nuestro poder para servir. Descubrirán que podrán reconocer mejor el dolor y la preocupación en el rostro de la gente. Vendrán a su mente nombres o rostros de personas de su quórum con la impresión de que tienen una necesidad.

Los obispos tienen esos sentimientos durante la noche y cada vez que, sentados en el estrado, observan a los miembros del barrio o piensan en los que no están allí. Puede ocurrirles al estar cerca de un hospital o un hogar de ancianos. Más de una vez he oído estas palabras al entrar por la puerta de un hospital: “Yo sabía que vendría”.

No debemos preocuparnos por saber qué decir ni qué hacer cuando lleguemos. El amor de Dios y el Espíritu Santo tal vez sean suficientes. Cuando era joven, temía no saber qué hacer o decir para ayudar a las personas con grandes necesidades.

En una ocasión, estaba en el hospital junto a la cama de mi padre cuando parecía que iba a morir. Escuché un alboroto entre las enfermeras en el pasillo. De pronto, el presidente Spencer W. Kimball entró en la habitación y se sentó en una silla al otro lado de la cama. Pensé: “He aquí una oportunidad para observar y aprender de un experto en acudir a los que padecen dolor y sufrimiento”.

El presidente Kimball saludó con unas pocas palabras, le preguntó a mi padre si había recibido una bendición del sacerdocio y, luego, cuando papá contestó que sí, el profeta se sentó en la silla.

Esperé una demostración de sus técnicas de consuelo, que yo sentía que no tenía y que necesitaba mucho. Después de pasar unos cinco minutos observándolos sólo sonreírse en silencio el uno al otro, el presidente Kimball se levanta y dice: “Henry, creo que me iré antes que te agotemos”.

Pensé que me había perdido la lección, pero ésta vino después. En un momento de tranquilidad con papá, una vez que se recuperó lo suficiente para volver a casa, terminamos hablando de la visita del presidente Kimball. Papá dijo con voz suave: “De todas las visitas que tuve, la suya fue la que más me levantó el ánimo”.

El presidente Kimball no dijo muchas palabras de consuelo, o al menos que yo escuchara, pero fue con el Espíritu del Señor como compañero a brindar consuelo. Ahora entiendo que estaba demostrando la lección que enseñó el presidente Monson: “¿Cómo magnifica uno un llamamiento? Simplemente llevando a cabo el servicio que le corresponde”.

Esto se aplica ya sea que se nos llame a enseñar el Evangelio por el Espíritu o a ir con el Espíritu Santo a aquellos que tienen rodillas debilitadas y manos caídas7. Nuestro servicio del sacerdocio será fortalecido, las personas serán bendecidas y la luz del cielo estará allí. La luz del cielo estará allí tanto para nosotros como para los que sirvamos. Quizá estemos cansados. Quizá nos preocupen nuestros propios problemas y los de nuestra familia. Pero hay una bendición de aliento para los que sirven bajo la influencia del Espíritu.

El presidente George Q. Cannon sufrió muchísimo dolor, oposición y pruebas durante sus años de servicio del sacerdocio. También tuvo experiencias con el Espíritu Santo como su compañero durante épocas difíciles y servicio arduo. Ésta es la seguridad que nos da en cuanto a nuestro servicio del sacerdocio en la Iglesia y en nuestra familia. Para mí, la promesa se ha cumplido cuando he sentido el Espíritu en mi servicio del sacerdocio. “Siempre que nuestra mente se llene de oscuridad, podemos estar seguros de que no tenemos el Espíritu de Dios… Al llenarnos con [el Espíritu de Dios], nos inundan el gozo, la paz y la felicidad, sean cuales fueren las circunstancias que nos rodeen, porque es un Espíritu de regocijo y de felicidad. El Señor nos ha dado el don del Espíritu Santo. Tenemos el privilegio de que ese Espíritu Santo more en nosotros, a fin de que, desde la mañana hasta la noche y desde la noche hasta la mañana, tengamos el gozo, la luz y la revelación que provienen de Él”8.

Podemos esperar tener esa bendición de felicidad y gozo cuando la necesitemos durante las épocas difíciles de nuestro fiel servicio del sacerdocio.

Testifico que somos llamados por Dios, por profecía. Ésta es la verdadera Iglesia de Jesucristo, restaurada mediante el profeta José Smith. Dios vive y escucha toda oración. Jesús es el Cristo resucitado y nuestro Salvador. Pueden saber que estas cosas son verdaderas por el poder del Espíritu Santo que llegará a ustedes en su servicio. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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  1.  

    1.  Doctrina y Convenios 20:77.

  2.  

    2.  3 Nefi 19:9.

  3.  

    3.  3 Nefi 19:21.

  4.  

    4.  Doctrina y Convenios 138:11.

  5.  

    5. Thomas S. Monson, “El poder del sacerdocio”, Liahona, enero de 2000, pág. 60.

  6.  

    6.  Doctrina y Convenios 20:58–59.

  7.  

    7. Véase Doctrina y Convenios 81:5.

  8.  

    8. Véase “Doctrina y Convenios, Religión 324–325”, Manual para el alumno, pág. 151. Véase también George Q. Cannon, en Brian H. Stuy, compilación, Collected Discourses Delivered by President Wilford Woodruff, His Two Counselors, the Twelve Apostles, and Others, 5 tomos. (1987–1992), tomo IV, pág. 137.