Yo reprendo y disciplino a todos los que amo”

D. Todd Christofferson

Del Quórum de los Doce Apóstoles


D. Todd Christofferson
La experiencia misma de sobrellevar bien la disciplina puede perfeccionarnos y prepararnos para mayores privilegios espirituales.

Nuestro Padre Celestial es un Dios de altas expectativas. Lo que Él espera de nosotros lo expresa por medio de Su Hijo Jesucristo con estas palabras: “Quisiera que fueseis perfectos así como yo, o como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (3 Nefi 12:48). Él plantea que nos hagamos santos para que podamos “soportar una gloria celestial” (D. y C. 88:22) y “vivir en Su presencia” (Moisés 6:57). Él sabe lo que se requiere, por tanto, para hacer nuestra transformación posible, nos proporciona Sus mandamientos y convenios, el don del Espíritu Santo y, por encima de todo, la Expiación y la Resurrección de Su Hijo Amado.

En todo eso, el propósito de Dios es que nosotros, Sus hijos, podamos experimentar el gozo supremo, estar con Él eternamente y llegar a ser como Él es. Hace algunos años, el élder Dallin H. Oaks explicó que: “El juicio final no es simplemente una evaluación de la suma total de las obras buenas y malas, o sea, lo que hemos hecho. Es un reconocimiento del efecto final que tienen nuestros hechos y pensamientos, o sea, lo que hemos llegado a ser. No es suficiente que cualquiera tan sólo actúe mecánicamente. Los mandamientos, las ordenanzas y los convenios del Evangelio no son una lista de depósitos que tenemos que hacer en alguna cuenta celestial. El evangelio de Jesucristo es un plan que nos muestra cómo llegar a ser lo que nuestro Padre Celestial desea que lleguemos a ser”1.

Lamentablemente, gran parte de la cristiandad moderna no reconoce que Dios haga ninguna exigencia real a los que crean en Él, y lo ven como un mayordomo “que atiende a sus necesidades cuando se le solicita” o como un terapeuta cuya función es ayudar a la gente a “sentirse bien con ellos mismos”2. Ésa es una perspectiva religiosa que “no pretende cambiar vidas”3. “Por otro lado”, como un autor declara, “el Dios que se describe en las Escrituras hebreas y cristianas pide no sólo un compromiso, sino nuestra vida misma. El Dios de la Biblia trata asuntos de la vida y la muerte, no de la apacibilidad, y exige un amor abnegado, no una inofensiva corriente de pensamiento sin compromiso alguno”4.

Me gustaría hablar de una actitud y una práctica particular que debemos adoptar si deseamos satisfacer las altas expectativas de nuestro Padre Celestial. Es ésta: Aceptar la corrección con buena disposición, e incluso buscarla. La corrección es fundamental si deseamos moldear nuestra vida conforme a “un varón perfecto, [es decir] a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13). Pablo dijo de la corrección o la disciplina divinas: “Porque el Señor al que ama, disciplina” (Hebreos 12:6). Aunque suela ser difícil de sobrellevarlo, verdaderamente debemos alegrarnos de que Dios nos considere dignos del tiempo y la molestia para corregirnos.

La disciplina divina tiene por lo menos tres propósitos: (1) persuadirnos al arrepentimiento, (2) purificarnos y santificarnos y (3) a veces reorientar nuestro rumbo en la vida hacia lo que Dios sabe que es un mejor camino.

Consideren en primer lugar el arrepentimiento, la condición indispensable para el perdón y la purificación. El Señor declaró: “Yo reprendo y disciplino a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete” (Apocalipsis 3:19). Una vez más, dijo: “Y es necesario que mi pueblo sea disciplinado hasta que aprenda la obediencia, si es menester, por las cosas que padece” (D. y C. 105:6; véase también D. y C. 1:27). En una revelación de los últimos días, el Señor mandó a cuatro líderes prominentes de más antigüedad de la Iglesia a arrepentirse (como podría mandarnos a muchos de nosotros) por no enseñar debidamente a sus hijos “conforme a los mandamientos” y por no ser “más diligentes y atentos en el hogar” (véase D. y C. 93:41–50). El hermano de Jared, según se menciona en el Libro de Mormón, se arrepintió cuando el Señor estaba en una nube y habló con Él “por el espacio de tres horas… y lo reprendió porque no se había acordado de invocar el nombre del Señor” (Éter 2:14). Debido a que el hermano de Jared respondió a esta severa amonestación con tan buena disposición, más adelante se le dio el privilegio de ver y ser instruido por el Redentor en Su estado premortal (véase Éter 3:6–20). El fruto de la disciplina de Dios es el arrepentimiento que lleva a la rectitud (véase Hebreos 12:11).

Además de impulsarnos al arrepentimiento, la experiencia misma de sobrellevar bien la disciplina puede perfeccionarnos y prepararnos para mayores privilegios espirituales. El Señor dijo: “Es preciso que los de mi pueblo sean probados en todas las cosas, a fin de que estén preparados para recibir la gloria que tengo para ellos, sí, la gloria de Sión; y el que no aguanta el castigo, no es digno de mi reino” (D. y C. 136:31). En otro lugar Él dice: “Porque todos los que no quieren soportar la disciplina, antes me niegan, no pueden ser santificados” (D. y C. 101:5; véase también Hebreos 12:10). Como dijo el élder Paul V. Johnson esta mañana: Debemos tener cuidado de no resentir esas mismas cosas que nos ayudan a ser participantes de la naturaleza divina.

Los seguidores de Alma establecieron una comunidad de Sión en Helam, pero luego fueron llevados al cautiverio. Ellos no merecían sufrir, sino todo lo contrario, pero el registro dice:

“Con todo, el Señor considera conveniente castigar a su pueblo; sí, él prueba su paciencia y su fe.

“Sin embargo, quien pone su confianza en él será enaltecido en el postrer día. Sí, y así fue con este pueblo” (Mosíah 23:21–22).

El Señor los fortaleció y aligeró sus cargas hasta el punto de que casi no podían sentirlas sobre sus espaldas y luego, en el debido momento, los liberó (véase Mosíah 24:8–22). Su fe se fortaleció enormemente por su experiencia, y desde entonces y para siempre disfrutaron de una relación especial con el Señor.

Dios usa otra forma de castigo o corrección para guiarnos hacia un futuro que no podemos ni logramos imaginar ahora, pero que Él sabe es el mejor camino para nosotros. El presidente Hugh B. Brown, quien fue miembro de los Doce y consejero de la Primera Presidencia, compartió una experiencia personal. Él contó que compró una granja muy descuidada en Canadá hace muchos años. Mientras limpiaba y reparaba su propiedad, se encontró con un grosellero que había crecido unos dos metros de alto y que no producía grosellas, así que lo podó radicalmente, dejando sólo pequeños tallos. Entonces observó una gota parecida a una lágrima en la punta de cada uno de los tallos como si el grosellero estuviese llorando y se imaginó que decía:

“¿Cómo pudiste hacerme esto? Estaba creciendo tan maravillosamente … y ahora me has talado. Todas las plantas del huerto me mirarán con desprecio … ¿Cómo pudiste hacerme esto? Creí que tú eras el jardinero aquí”.

El presidente Brown respondió: “Mira, pequeño grosellero, yo soy el jardinero aquí y sé lo que quiero que seas. No quería que fueras un árbol frutal ni un árbol de sombra; quiero que seas un grosellero, y algún día, pequeño arbusto, cuando estés cargado de fruta, me dirás: ‘Gracias, Señor Jardinero, por quererme lo suficiente como para talarme’”.

Años más tarde, el presidente Brown servía de oficial de campo del ejército canadiense en Inglaterra. Cuando un oficial cayó en combate, el presidente Brown estaba en línea para ser ascendido a general y fue enviado a Londres. Pero a pesar de que estaba plenamente calificado para el ascenso, se lo negaron porque era mormón. El general en jefe dijo básicamente: “Usted merece el nombramiento, pero no puedo otorgárselo”. Lo que el presidente Brown había añorado, por lo que había orado y se había preparado por diez años, se le escurrió de las manos debido a una flagrante discriminación. Continuando con su relato el presidente Brown recordó:

“Abordé el tren y volví a mi pueblo… con un corazón entristecido y con amargura en el alma… Cuando volví a mi tienda… tiré la capa y el cinto sobre el catre. Elevé los puños hacia el cielo y dije: ‘¿Cómo pudiste hacerme esto, Dios? He hecho todo lo que estaba de mi parte para prepararme; no hay nada que podría haber hecho, que no hubiera hecho. ¿Cómo pudiste hacerme esto?’. Estaba tan amargado como la hiel.

“Luego oí una voz, y reconocí su tono. Era mi propia voz que decía: ‘Yo soy el jardinero aquí, y sé lo que quiero que hagas’. La amargura abandonó mi alma y caí de rodillas cerca del catre para pedir perdón por mi ingratitud y amargura …

“y ahora, casi cincuenta años más tarde, miro hacia arriba [a Dios] y digo: ‘Gracias, Señor Jardinero, por talarme, por quererme lo suficiente para herirme’”5.

Dios sabía lo que Hugh B. Brown tenía que llegar a ser y lo que se necesitaba para que eso sucediera, y Él redirigió su curso a fin de prepararlo para el santo apostolado.

Si tenemos un deseo sincero y nos esforzamos por estar a la altura de las expectativas de nuestro Padre Celestial, Él se asegurará de que recibamos toda la ayuda que necesitemos, ya sea de consuelo, de fortaleza o de disciplina. Si estamos abiertos a ella, la debida corrección vendrá de muchas maneras y de muchas fuentes. Puede venir en el curso de nuestras oraciones cuando Dios hable a nuestra mente y a nuestro corazón mediante el Espíritu Santo (véase D. y C. 8:2). Puede venir en forma de oraciones que se respondan con un no o de forma diferente de la que esperábamos. La amonestación puede llegar a medida que estudiemos las Escrituras y se nos recuerden las deficiencias, la desobediencia o la negligencia en pequeños asuntos.

La corrección puede venir mediante otras personas, especialmente de los que son inspirados por Dios para promover nuestra felicidad. En la actualidad, los apóstoles, profetas, patriarcas, obispos y otros se han constituido en la Iglesia como se hizo en la antigüedad “a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo” (Efesios 4:12). Tal vez algunas de las cosas que se digan en esta conferencia tengan el objeto de llamarles al arrepentimiento o cambiar, y si hacen caso a ello, les llevará a un lugar más alto. Podemos ayudarnos unos a otros como miembros de la Iglesia; ésa es una de las razones principales por las que el Salvador estableció una iglesia. Aún cuando encontramos críticas mal intencionadas de personas que no nos aprecian ni nos aman, sería útil tener suficiente mansedumbre para sopesar y examinar algo que podría beneficiarnos.

La corrección, que esperemos que sea serena, puede venir de nuestro cónyuge. El élder Richard G. Scott, quien acaba de dirigirnos la palabra, recuerda una época al principio de su matrimonio cuando su esposa Jeanene le aconsejó mirar directamente a las personas cuando hablara con ellas. Ella dijo: “Tú miras al suelo, al techo, a la ventana, a cualquier lado excepto a los ojos”. Él aceptó esa amable reprimenda, y eso le permitió ser más eficaz al aconsejar y relacionarse con la gente. Como uno de los que sirvió como misionero de tiempo completo bajo la dirección del entonces presidente Scott, puedo dar fe de que mira a uno directamente a los ojos en sus conversaciones. También puedo añadir que cuando uno necesita corrección, esa mirada suya puede ser muy penetrante.

Los padres pueden y deben corregir, incluso disciplinar, para que sus hijos no sean lanzados a la deriva, a merced de un adversario implacable y de sus partidarios. El presidente Boyd K. Packer ha observado que cuando una persona que está en una posición para corregir a otra no lo hace, piensa en sí misma. Recuerden que la amonestación debe ser oportuna, con nitidez o claridad, “cuando lo induzca el Espíritu Santo; y entonces demostrando mayor amor hacia el que [hayan] reprendido, no sea que [los] considere su enemigo” (D. y C. 121:43).

Recuerden que si nos oponemos a la corrección, los demás dejarán de ofrecerla por completo a pesar del amor que nos tengan. Si reiteradamente nos abstenemos de actuar según la amonestación de un Dios bondadoso, entonces Él también desistirá. Él ha dicho: “Mi Espíritu no siempre luchará con el hombre” (Éter 2:15). Con el tiempo, gran parte de nuestra disciplina debe venir de adentro, es decir, debemos llegar a corregirnos a nosotros mismos. Una de las formas en la que nuestro amado y difunto compañero, el élder Joseph B. Wirthlin, se convirtió en el discípulo puro y humilde que era, fue mediante el análisis de su desempeño en todas sus asignaciones y tareas. En su deseo de agradar a Dios, estaba resuelto a determinar lo que él podría haber hecho mejor y luego aplicar con diligencia cada lección aprendida.

Todos podemos satisfacer las altas expectativas de Dios, sin importar cuán grandes o pequeños sean nuestra capacidad y nuestro talento. Moroni afirma: “Si os abstenéis de toda impiedad, y amáis a Dios con toda vuestra alma, mente y fuerza, entonces [la] gracia [de Cristo] os es suficiente, para que por su gracia seáis perfectos en Cristo” (Moroni 10:32). Nuestro esfuerzo diligente y dedicado es lo que trae esa gracia que nos faculta y nos abre las puertas, un esfuerzo que sin duda implica sumisión a la mano disciplinaria de Dios, así como arrepentimiento sincero y absoluto. Oremos para recibir Su corrección inspirada en el amor.

Que Dios los sostenga al esforzarse para satisfacer Sus altas expectativas y les conceda la felicidad y la paz plenas que derivan naturalmente de ello. Sé que ustedes y yo podemos llegar a ser uno con Dios y con Cristo. Testifico con humildad y confianza de nuestro Padre Celestial y de Su Hijo Amado, y del dichoso potencial que tenemos debido a Ellos. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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  1.  

    1. Dallin H. Oaks, “El desafío de lo que debemos llegar a ser”, Liahona, enero de 2001, página 40.

  2.  

    2. Kenda Creasy Dean, Almost Christian: What the Faith of Our Teenagers Is Telling the American Church, 2010, pág. 17.

  3.  

    3. Dean, Almost Christian, pág. 30; véase también Christian Smith y Melinda Lundquist Denton, Soul Searching: The Religious and Spiritual Lives of American Teenagers, 2005, págs. 118–171.

  4.  

    4. Dean, Almost Christian, pág. 37.

  5.  

    5. Véase Hugh B. Brown, “El grosellero”, Liahona, marzo de 2002, págs. 22, 24.