Llamados a Ser Santos

Benjamín De Hoyos

De los Setenta


Benjamín De Hoyos
¡Cuán bendecidos somos al haber sido traídos a esta hermandad de los santos en estos últimos días!

Mis queridos hermanos y hermanas, ruego que el Espíritu me ayude a expresar mi mensaje.

Durante mis visitas y conferencias en las estacas, barrios y ramas siempre me ha embargado un profundo sentimiento de gozo al reunirme con los miembros de la Iglesia, aquellos que, ahora, como en el meridiano de los tiempos han sido llamados santos. El espíritu de paz y amor que siempre siento entre ellos me hace saber que me encuentro en una de las estacas de Sión.

Aún cuando la mayoría de ellos representan a miembros de dos o más generaciones en la Iglesia, muchos otros son conversos recientes. A éstos, les repetimos como bienvenida las palabras del apóstol Pablo a los Efesios:

“Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos con los santos, y miembros de la familia de Dios;

“edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo” (Efesios 2:19–20).

Hace algunos años, mientras servía en la oficina de asuntos públicos de la Iglesia en México, fuimos invitados a participar en un programa radiofónico dedicado a describir las religiones del mundo. Dos de nosotros fuimos designados para representar la Iglesia y contestar las preguntas que generalmente se hacen en ese tipo de programas. Después de repetidos cortes comerciales, como se dice en el ambiente de la radio, el conductor del programa volvió a decir: “Esta noche tenemos con nosotros a dos élderes de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días”, hizo una pausa y preguntó: “¿Por qué tiene su Iglesia un nombre tan largo? ¿No podría tener uno más corto, o más comercial?”.

Mi compañero y yo sonreímos ante esa magnífica pregunta, y procedimos a explicar que el nombre de la Iglesia no había sido elegido por hombre alguno, sino que había sido dado por el Salvador a través de un profeta en estos últimos días: “porque así se llamará mi iglesia en los postreros días, a saber, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días” (D. y C. 115:4). A lo que el conductor del programa inmediata y respetuosamente agregó: “Entonces, lo repetiremos con mucho gusto”. No recuerdo ahora cuántas veces él repitió el significativo nombre de la Iglesia, pero sí recuerdo el dulce espíritu que nos acompañó mientras explicábamos, no sólo el nombre de la Iglesia, sino la manera en que se refiere a los miembros de ella: los Santos de los Últimos Días.

Leemos en el Nuevo Testamento que los primeros miembros de la Iglesia fueron llamados Cristianos por primera vez en Antioquía (véase Hechos 11:26), pero entre ellos mismos se hacían llamar santos. Qué conmovedor debe haber sido para ellos escuchar al apóstol Pablo llamarlos “…conciudadanos con los santos y miembros de la familia de Dios” (Efesios 2:19) y también dice que fueron “…llamados a ser santos” (Romanos 1:7; énfasis agregado).

A medida que los miembros de la Iglesia viven el Evangelio y siguen el consejo de los profetas, poco a poco y aún sin notarlo, se realiza en ellos el proceso de la santificación. Los humildes miembros de la Iglesia que a diario oran y leen las escrituras como familia, los que hacen historia familiar y consagran tiempo para asistir con frecuencia al templo, llegan a ser santos. Como aquellos que están dedicados a la edificación de una familia eterna. También lo son aquellos que apartan tiempo de sus ocupadas vidas para salir en rescate de sus hermanos desalentados, animándolos a venir y sentarse de nuevo a la mesa del Señor. Y todos aquellos élderes y hermanas y matrimonios maduros, que sin dudar responden al llamado de ser misioneros del Señor. Sí hermanos, llegan a ser en santos a medida que descubren ese cálido y asombroso sentimiento llamado la caridad o el amor puro de Cristo (véase Moroni 7:42–48).

Los santos o miembros de la Iglesia también llegan a conocer al Salvador en medio de las pruebas y aflicciones, no olvidemos que aún Él ha tenido que sufrir todas las cosas. “Y tomará sobre sí la muerte, para soltar las ligaduras de la muerte que sujetan a su pueblo; y sus enfermedades tomará él sobre sí, para que sus entrañas sean llenas de misericordia, según la carne, a fin de que según la carne sepa cómo socorrer a los de su pueblo, de acuerdo con las enfermedades de ellos” (Alma 7:12).

En los últimos años también he estado cerca del sufrimiento de muchas personas, incluyendo a muchos de los santos. Oramos por ellos, y les recordamos continuamente delante del Señor pidiendo que su fe no falte y que sigan adelante con paciencia. A ellos, les repetimos las reconfortantes palabras del profeta Jacob en el Libro de Mormón:

“Así pues, amados hermanos míos, venid al Señor, el Santo. Recordad que sus sendas son justas. He aquí, la vía para el hombre es angosta, mas se halla en línea recta ante él; y el guardián de la puerta es el Santo de Israel; y allí él no emplea ningún sirviente, y no hay otra entrada sino por la puerta; porque él no puede ser engañado, pues su nombre es el Señor Dios.

“Y al que llamare, él abrirá” (2 Nefi 9:41–42).

No importan las circunstancias, pruebas y desafíos que nos rodeen; el entendimiento de la doctrina de Cristo y de Su expiación será la fuente de nuestra fortaleza y la fuente de nuestra paz, sí hermanos, esa calma y tranquilidad interior que nacen del Espíritu que Dios da a Sus santos fieles. Él nos alienta diciendo: “La paz os dejo, mi paz os doy… No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo” (Juan 14:27).

Por muchos años he sido testigo de la fidelidad ejemplar de muchos miembros de la Iglesia, Santos de los Últimos Días quienes con fe en el plan de nuestro Padre Celestial y en la expiación de nuestro Señor Jesucristo, han soportado con valor y gran ánimo sus tribulaciones y aflicciones, y así perseveran en el estrecho y angosto camino de la santificación. ¡No tengo palabras para expresar mi aprecio y admiración por todos los fieles santos con quienes he tenido el privilegio de asociarme!

Aun cuando nuestro entendimiento del Evangelio no fuera tan profundo como nuestro testimonio de su veracidad, si ponemos nuestra confianza en Dios, seremos sostenidos en todas nuestras dificultades, tribulaciones y aflicciones (véase Alma 36:3). Esta promesa del Señor a Sus santos no significa que seremos exentos de sufrimientos y pruebas, sino que seremos sostenidos mientras pasamos por cada una de ellas, y sabremos que es el Señor quien nos ha sostenido.

Mis queridos hermanos, ¡Cuán bendecidos somos al haber sido traídos a esta hermandad de los santos en estos últimos días! ¡Cuán bendecidos somos al contar con los testimonios sobre el Salvador de profetas antiguos y modernos!

Doy testimonio de que nuestro Señor, el Santo de Israel, vive, y que hoy dirige Su Iglesia, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días a través de nuestro querido profeta Thomas S. Monson. En el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amén.