Esperanza

Steven E. Snow

De la Presidencia de los Setenta


Steven E. Snow
Nuestra esperanza en la Expiación nos concede el poder de una perspectiva eterna.

Nuestra familia se crió en la elevada región desértica del sur de Utah. Llueve poco y siempre se tienen grandes esperanzas de que haya suficiente agua para el calor del verano. Antes, como ahora, esperábamos que lloviera, orábamos para que lloviera y, en tiempos difíciles, ayunábamos para que lloviera.

Se cuenta que un abuelo llevó a su nieto de cinco años a un paseo por el pueblo. Finalmente, llegaron a una pequeña tienda de comestibles ubicada en la calle principal y se detuvieron a tomar un refresco. Un turista que conducía un automóvil que era de otro estado se acercó al anciano y, señalando a una pequeña nube le preguntó: “¿Cree que va a llover?”.

“Así espero”, contestó el anciano, “si no es por mi bien, por el bien del niño; yo sí he visto llover una vez”.

La esperanza es una emoción que enriquece nuestro diario vivir; se define como “el sentimiento de que las cosas saldrán bien”. Cuando procedemos con esperanza, “miramos hacia adelante con deseo y con razonable confianza” (dictionary.reference.com/browse/hope). Como tal, la esperanza le da a nuestra vida cierta influencia tranquilizante, mientras esperamos con confianza los acontecimientos futuros.

A veces esperamos aquello por lo que tenemos poco o nada de control; esperamos un buen clima; esperamos tener una primavera anticipada; esperamos que nuestros equipos favoritos ganen la copa mundial, el súperbowl o los campeonatos mundiales.

Esa clase de esperanzas hacen interesante nuestra vida, y muchas veces conducen a un comportamiento fuera de lo común, e incluso supersticioso. Por ejemplo, a mi suegro le gustan mucho los deportes, pero está convencido de que si no ve a su equipo favorito por televisión, es más factible que ellos ganen. Cuando yo tenía doce años, insistía en ponerme el mismo par de calcetines sin lavar para ir al juego de béisbol, con la esperanza de ganar. Mamá hacía que los dejara en el porche de atrás de la casa.

Otras veces, nuestras esperanzas nos pueden llevar a sueños que pueden inspirarnos a actuar. Si tenemos la esperanza de sacar mejores notas en la escuela, esa esperanza se puede realizar con estudio dedicado y sacrificio. Si tenemos la esperanza de jugar en un equipo ganador, esa esperanza puede llevarnos a la práctica constante, a la dedicación, al trabajo en equipo y finalmente, al éxito.

Roger Bannister era un estudiante de la facultad de medicina en Inglaterra, y tenía una ambiciosa esperanza: deseaba ser el primero en correr una milla (1.6 km) en menos de cuatro minutos. Durante los comienzos del siglo veinte, los entusiastas de atletismo habían esperado ansiosos el día en que se rompiera el récord de cuatro minutos. A través de los años, muchos excelentes corredores estuvieron a punto de hacerlo, pero no lo lograron. Bannister se dedicó a un tenaz horario de entrenamiento con la esperanza de realizar su meta de lograr un nuevo récord mundial. Algunas personas del mundo de los deportes habían empezado a dudar de que se pudiera romper el récord de cuatro minutos. Los supuestos expertos incluso habían planteado como hipótesis que el cuerpo humano fisiológicamente no era capaz de correr a esa velocidad una distancia tan larga. Un día nublado, el 6 de mayo de 1954, ¡se realizó la gran esperanza de Roger Bannister! Cruzó la meta en 3:59,4, marcando un nuevo récord mundial. Su esperanza de romper la barrera de los cuatro minutos se hizo un sueño que se logró con entrenamiento, trabajo arduo y dedicación.

La esperanza puede inspirar sueños y estimularnos a realizarlos. Sin embargo, la esperanza sola no nos hace triunfar. Muchas buenas esperanzas no se han cumplido, estrellándose en los arrecifes de las buenas intenciones y la pereza.

En calidad de padres, descubrimos que nuestras más preciadas esperanzas se centran en nuestros hijos. Esperamos que crezcan para llevar vidas responsables y rectas, pero esas esperanzas fácilmente pueden frustrarse si nosotros no actuamos como buenos ejemplos. La esperanza sola no significa que nuestros hijos llegarán a crecer en rectitud. Debemos pasar tiempo con ellos en la noche de hogar y en buenas actividades familiares; debemos enseñarles a orar; debemos leer las Escrituras con ellos y enseñarles importantes principios del Evangelio. Únicamente entonces será posible que se realicen nuestras más preciadas esperanzas.

Nunca debemos permitir que la desesperanza reemplace a la esperanza. El apóstol Pablo escribió que “con esperanza ha de arar” (1 Corintios 9:10). El proceder con esperanza enriquece nuestra vida y nos ayuda a esperar con anhelo el futuro. Ya sea que aremos campos o nos abramos camino por la vida, es imprescindible que, como Santos de los Últimos Días, tengamos esperanza.

En el evangelio de Jesucristo, el deseo de Sus seguidores es la esperanza de lograr la salvación eterna mediante la expiación del Salvador.

Ésa es verdaderamente la esperanza que todos debemos tener; es lo que nos distingue del resto del mundo. Pedro amonestó a los primeros seguidores de Cristo: “…estad siempre preparados para responder con mansedumbre y reverencia a cada uno que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 Pedro 3:15).

Nuestra esperanza en la Expiación nos concede poder con perspectiva eterna. Dicha perspectiva nos permite ver más allá del aquí y ahora, hacia la promesa de las eternidades. No tenemos que estar atrapados en los estrechos confines de las caprichosas expectativas de la sociedad. Somos libres de esperar la gloria celestial, sellados a nuestra familia y seres queridos.

En el Evangelio, la esperanza casi siempre se relaciona con la fe y la caridad. El presidente Dieter F. Uchtdorf ha enseñado: “La esperanza, junto con la fe y la caridad, constituye una de las tres patas de un banco. Las tres estabilizan nuestra vida sin importar los terrenos desnivelados o escabrosos en los que nos encontremos en determinado momento” (“El poder infinito de la esperanza”, Liahona, noviembre de 2008, pág. 21).

En el último capítulo del Libro de Mormón, Moroni escribió:

“Por tanto, debe haber fe; y si debe haber fe, también debe haber esperanza; y si debe haber esperanza, debe haber caridad también.

“Y a menos que tengáis caridad, de ningún modo seréis salvos en el reino de Dios; ni seréis salvos en el reino de Dios si no tenéis fe; ni tampoco, si no tenéis esperanza” (Moroni 10: 20–21).

El élder Russell M. Nelson ha enseñado: “La fe se arraiga en Jesucristo. La esperanza se centra en la Expiación. La caridad se manifiesta en el ‘amor puro de Cristo’. Estos tres atributos están entrelazados como filamentos de un cable, y quizás no siempre se distingan claramente pero, juntos, se convierten en nuestra conexión al reino celestial” (“A More Excellent Hope”, Ensign, febrero de 1997, pág. 61).

Cuando Nefi profetizó de Jesucristo al término de sus anales, escribió: “Por tanto, debéis seguir adelante con firmeza en Cristo, teniendo un fulgor perfecto de esperanza y amor por Dios y por todos los hombres” (2 Nefi 31:20).

Ese “fulgor perfecto de esperanza” del que habla Nefi, es la esperanza en la Expiación, la salvación eterna que el sacrificio de nuestro Salvador hizo posible. Esa esperanza ha llevado a hombres y mujeres, a través de las edades, a hacer cosas extraordinarias. Los apóstoles de antaño recorrieron la tierra y testificaron de Él, y, al final, dieron su vida en Su servicio.

En esta dispensación, muchos de los primeros miembros de la Iglesia abandonaron sus hogares, con el corazón lleno de esperanza y fe, en su camino hacia el oeste, a través de las llanuras, al valle del Lago Salado.

En 1851, Mary Murray Murdoch se unió a la Iglesia en Escocia, siendo viuda, a los 67 años de edad. Una mujer pequeña, de 1,2 m de altura, que pesaba menos de 41 kg, tuvo ocho hijos, seis de los cuales alcanzaron la edad adulta. Debido a su tamaño, sus hijos y nietos con afecto la llamaban “La duendecita”.

Su hijo, John Murdoch y su esposa también se unieron a la Iglesia y partieron para Utah en 1852 con sus dos hijos más pequeños. A pesar de las dificultades que tenía con su propia familia, cuatro años más tarde, John le envió a su madre los fondos necesarios para que ella pudiera unirse a la familia en Salt Lake City. Con una esperanza mucho más grande que su tamaño, Mary empezó el arduo trayecto al oeste, a Utah, a los 73 años de edad.

Después de cruzar a salvo el Atlántico, al final se unió a la desafortunada compañía de carros de mano de Martin. El 28 de julio, esos pioneros de carros de mano emprendieron su jornada hacia el oeste. El sufrimiento de esa compañía es bien conocido. De los 576 miembros del grupo, casi una cuarta parte murió antes de llegar a Utah. Muchos más habrían perecido si no hubiera sido por el esfuerzo de rescate organizado por el presidente Brigham Young, quien envió carromatos y víveres para encontrar a los indefensos santos aislados en la nieve.

Mary Murdoch murió el 2 de octubre de 1856 cerca de Chimney Rock, Nebraska, donde sucumbió a la fatiga, al frío y a las tribulaciones del trayecto. Su frágil cuerpo simplemente se agotó bajo las dificultades físicas que los santos enfrentaron. Al encontrarse en su lecho, aferrándose a la vida, pensaba en su familia en Utah. Las últimas palabras de esa fiel pionera mormona fueron: “Díganle a John que morí con el rostro hacia Sión”. (Véase Kenneth W. Merrell, Scottish Shepherd: The Life and Times of John Murray Murdoch, Utah Pioneer, 2006, págs. 34, 39, 54, 77, 94–97, 103, 112–113, 115.)

Mary Murray Murdoch es ejemplo de la esperanza y la fe de tantos de los primeros pioneros que hicieron el valiente trayecto hacia el oeste. Los trayectos espirituales de hoy día no requieren menos esperanza o fe que los de los primeros pioneros. Nuestros desafíos podrán ser diferentes, pero las dificultades son iguales de grandes.

Es mi oración que nuestras esperanzas nos conduzcan al cumplimiento de nuestros sueños justos. Ruego, particularmente, que nuestra esperanza en la Expiación fortalezca nuestra fe y caridad, y nos dé una perspectiva eterna de nuestro futuro. Que todos tengamos ese fulgor perfecto de esperanza, ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.