Las sagradas llaves del Sacerdocio Aarónico

Larry M. Gibson

Primer Consejero de la Presidencia General de los Hombres Jóvenes


Larry M. Gibson
El Señor quiere que cada poseedor del Sacerdocio Aarónico invite a todos a venir a Cristo, empezando con su propia familia.

Uno de mis hijos, a la edad de 12, decidió criar conejos. Construimos jaulas y obtuvimos un conejo macho grande y dos hembras de un vecino. Yo no tenía ni idea en lo que nos estábamos metiendo. En poco tiempo, nuestro cobertizo estaba repleto de conejos. Ahora que mi hijo es mayor, he de confesar mi asombro de cómo los controlaban; el perro de un vecino, de vez en cuando, se metía al cobertizo y hacía desaparecer a algunos.

Sin embargo me conmovió ver a mi hijo y a sus hermanos cuidar de esos conejos y protegerlos. Ahora, en calidad de esposos y padres, son dignos poseedores del sacerdocio que aman, fortalecen y velan por sus propias familias.

Mis sentimientos se enternecen al verlos a ustedes, hombres jóvenes del Sacerdocio Aarónico, velar por quienes los rodean y fortalecerlos, incluso sus familias, los miembros de su quórum y muchas personas más. Cuánto los amo.

Recientemente vi como apartaban a un hombre joven de 13 años como presidente del quórum de diáconos. Después de eso, el obispo le estrechó la mano, se dirigió a él como “presidente” y les explicó a los miembros del quórum: “Me dirijo a él como presidente para hacer hincapié en lo sagrado de su llamamiento. El presidente del quórum de diáconos es una de sólo cuatro personas en el barrio que poseen las llaves de la presidencia. Con esas llaves, él, junto con sus consejeros, dirigirán el quórum bajo la inspiración del Señor”. Este obispo comprendía el poder de una presidencia dirigida por un presidente que posee y ejercita las sagradas llaves del sacerdocio (véase D. y C. 124:142–43).

Más tarde le pregunté a ese joven si estaba listo para presidir ese gran quórum. Su respuesta fue: “Estoy nervioso. No sé qué es lo que hace un presidente del quórum de diáconos. ¿Me lo puede decir?”.

Le dije que tenía un maravilloso obispado y asesores que le ayudarían a convertirse en un potente líder del sacerdocio con éxito. Sabía que ellos respetarían las sagradas llaves de la presidencia que él poseía.

Luego le hice esta pregunta: “¿Piensas que el Señor te llamaría a este importante llamamiento sin darte dirección?”.

Lo pensó, y luego respondió: “¿Dónde la encuentro?”.

Después de hablar un rato con él, se dio cuenta de que hallaría guía en las Escrituras, las palabras de los profetas vivientes y en las respuestas a sus oraciones. Nos propusimos encontrar una Escritura que sería el punto de partida en su búsqueda por aprender las responsabilidades de su nuevo llamamiento.

Fuimos a la sección 107 de Doctrina y Convenios, versículo 85, donde se menciona que el presidente del quórum de diáconos se sienta en concilio con los miembros de su quórum y les enseña sus deberes. Nos dimos cuenta de que su quórum no es sólo una clase sino también un concilio de hombres jóvenes y que ellos deben fortalecerse y edificarse unos a otros, bajo la guía del presidente. Le expresé confianza en que él sería un presidente formidable que dependería de la inspiración del Señor y magnificaría su sagrado llamamiento a medida que enseñara a sus compañeros diáconos sus responsabilidades.

Después le pregunté: “Ahora que sabes que has de enseñar a los diáconos sus responsabilidades, ¿sabes tú cuáles son?”.

De nuevo, fuimos a las Escrituras y encontramos:

  1. 1.

    Un diácono es nombrado para velar por la Iglesia y para ser su ministro residente (véase D. y C. 84:111).

    Dado que la familia es la unidad básica de la Iglesia, el lugar más importante en el cual un poseedor del Sacerdocio Aarónico puede cumplir ese deber es en su propio hogar. Él aporta servicio del sacerdocio a su padre y a su madre a medida que ellos dirigen a la familia. También vela por sus hermanos y hermanas, los hombres jóvenes de su quórum y los demás miembros del barrio.

  2. 2.

    Si la ocasión lo requiere, un diácono le ayuda al maestro en todos sus deberes en la Iglesia (véase D. y C. 20:57).

    Determinamos que si el diácono debe ayudar con las responsabilidades del maestro, él necesita saberlas. Escudriñamos las escrituras y rápidamente encontramos más de una docena de responsabilidades para el oficio de maestro (véase D. y C. 20:53–59; 84:111). Qué experiencia tan poderosa sería para cada hombre joven y para su padre, sus asesores y para todos nosotros, hacer exactamente lo que este hombre joven hizo: recurrir a las Escrituras y descubrir por nosotros mismos cuáles son nuestras responsabilidades. Sospecho que muchos de nosotros nos sorprenderíamos, y seríamos inspirados, por lo que hallemos. El libro Mi Deber a Dios contiene resúmenes útiles de los deberes del Sacerdocio Aarónico y es un excelente punto de partida para el desarrollo espiritual. Les insto a usarlo constantemente.

  3. 3.

    Los diáconos y maestros también deben “amonestar, exponer, exhortar, enseñar e invitar a todos a venir a Cristo” (D. y C. 20:59; véanse los versículos 46 y 68 para los presbíteros).

    Muchos hombres jóvenes piensan que su experiencia misional empieza cuando cumplen los 19 años y entran al Centro de capacitación misional. Aprendemos de las Escrituras que se empieza mucho antes de eso. El Señor quiere que cada poseedor del Sacerdocio Aarónico invite a todos a venir a Cristo, empezando con su propia familia.

Después, para ayudar a este joven presidente a comprender que él y nadie más era el oficial presidente del quórum, le sugerí leer tres veces la primera responsabilidad que se encuentra en Doctrina y Convenios 107:85. Él leyó, “Presidir a doce diáconos”. Le pregunté, ¿Qué es lo que te dice personalmente el Señor en cuanto a tu deber como presidente?”.

“Pues”, dijo, “varias cosas me han venido a la mente mientras hemos estado hablando. Creo que el Padre Celestial quiere que yo sea el presidente de 12 diáconos. Sólo somos cinco los que venimos y uno sólo viene a veces. ¿Cómo obtendremos a doce?”.

Ahora, yo nunca he interpretado esa escritura de la manera en que él lo hizo, pero claro, él tenía las llaves sagradas y yo no. Me estaba enseñando un presidente del quórum de diáconos de 13 años sobre el poder de la revelación que viene a aquellos con las llaves sagradas de la presidencia, sin importar su intelecto, estatura o edad.

Le respondí: “No lo sé. ¿Tú qué piensas?”.

Y él me dijo: “Necesitamos ver cómo podemos conseguir que él siga viniendo. Sé que hay dos más que deberían estar en nuestro quórum, pero no vienen y en verdad, no los conozco. Quizá, me pueda hacer buen amigo de uno de ellos y hacer que mis consejeros trabajen con los demás. Si todos ellos vienen, tendremos siete, pero ¿dónde consigo a los otros cinco?”.

“No lo sé”, fue mi respuesta, “pero si Padre Celestial quiere que estén allí, Él sabe”.

“Entonces necesitamos orar como presidencia y como quórum para saber qué hacer”. Luego me preguntó: “¿Soy responsable por todos los jóvenes en edad de diáconos de nuestro barrio, a pesar de que no sean miembros?”.

En asombro, dije: “A la vista del Señor, ¿el obispo es responsable sólo por los miembros del barrio o por todos los que viven en los límites del barrio?”.

Ese joven “ministro residente” captó la idea. Reconoció la función de cada diácono, maestro y presbítero en velar sobre la Iglesia e invitar a todos a venir a Cristo.

Mis pensamientos se dirigen a una Escritura al pensar en nuestros maravillosos hombres y mujeres jóvenes de la Iglesia, una que Moroni citó a José Smith, diciéndole que “todavía no se [había cumplido], pero que se realizaría en breve” (José Smith—Historia 1:41)—“Y acontecerá que después de esto, derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas…vuestros jóvenes verán visiones” (Joel 2:28).

Lo que “se le vino” a la cabeza de ese joven presidente fue una visión de lo que el Padre Celestial quiere que sea su quórum. Era la revelación que él necesitaba para fortalecer a los miembros activos de su quórum, rescatar a los que estaban teniendo dificultades e invitar a todos a venir a Cristo. Con esa inspiración, hizo planes para llevar a cabo la voluntad del Señor.

El Señor le enseñó a este joven presidente que el sacerdocio significa extender la mano para servir a otras personas, de la misma manera en que nuestro amado profeta, el Presidente Thomas S. Monson, explica: “El sacerdocio no es tanto un don, sino el mandato de servir, el privilegio de elevar y la oportunidad de bendecir la vida de los demás” (en “Nuestra sagrada responsabilidad del sacerdocio”, Liahona, mayo de 2006, pág. 57).

El servicio es la fundación misma del sacerdocio, el servicio a los demás como lo ejemplificó el Salvador. Les testifico que es Su sacerdocio, que estamos en Su obra, y que Él ha mostrado a todos los poseedores del sacerdocio el camino del fiel servicio del sacerdocio.

Invito a cada presidencia de quórum de diáconos, maestros y presbíteros a reunirse en consejo, a estudiar y orar frecuentemente para aprender cuál es la voluntad del Señor para su quórum y luego, ir y hacerla. Consideren utilizar el libro Mi Deber a Dios como herramienta para ayudarles a enseñar a los miembros de su quórum sus deberes. Invito a cada miembro de quórum a sostener a su presidente de quórum y a buscar su consejo a medida que aprendan, y en rectitud cumplan, todos sus deberes del sacerdocio; e invito a cada uno de nosotros a ver a estos extraordinarios hombres jóvenes como el Señor los ve: como un poderoso instrumento para edificar y fortalecer Su reino aquí y ahora.

Ustedes, maravillosos jóvenes que poseen el Sacerdocio Aarónico que fue restaurado por Juan el Bautista a José Smith y Oliver Cowdery cerca de Harmony, Pensilvania. Su sacerdocio posee las llaves sagradas que abren la puerta para que todos los hijos del Padre Celestial vengan a Su Hijo Jesucristo, y le sigan. Eso se proporciona por medio del “evangelio de arrepentimiento y de bautismo por inmersión para la remisión de pecados”, la ordenanza semanal de la Santa Cena, y “del ministerio de ángeles”. (D. y C. 13:1; José Smith—Historia 1:69). Ustedes en verdad son ministros que deben ser limpios, dignos, fieles, y hombres del sacerdocio en todo tiempo y en todo lugar.

¿Por qué? Escuchen las palabras de nuestra querida Primera Presidencia, que se han dado a cada uno de ustedes en su Deber a Dios:

“Tienes la autoridad para administrar las ordenanzas del Sacerdocio Aarónico… Podrás bendecir en gran medida la vida de las personas que te rodeen…

“Nuestro Padre Celestial tiene gran confianza en ti… y tiene una importante misión para que la cumplas…” (Cumplir Mi deber a Dios: Para poseedores del Sacerdocio Aarónico, 2010, pág. 5).

Sé que estas palabras son verdaderas y ruego que cada uno de nosotros obtenga ese mismo testimonio; y estas cosas las digo en el sagrado nombre de Él, de quien poseemos el sacerdocio, Jesucristo. Amén.