¿Qué clase de hombres y mujeres habéis de ser?

Por el élder Lynn G. Robbins

De los Setenta


Lynn G. Robbins
Ruego que el empeño de ustedes por adquirir los atributos de Cristo tenga éxito a fin de que reciban la imagen de Él en su rostro y que Sus atributos se manifiesten en su comportamiento.

“Ser o no ser” es en realidad una muy buena pregunta1. El Salvador hizo la pregunta de una manera mucho más profunda, convirtiéndola en una pregunta doctrinal de vital importancia para cada uno de nosotros: “¿Qué clase de hombres [y mujeres] habéis de ser? En verdad os digo, aun como yo soy” (3 Nefi 27:27; cursiva agregada). La primera persona del presente del verbo ser es: Yo soy. Él nos invita a tomar sobre nosotros Su nombre y Su naturaleza.

Para llegar a ser como Él es, también debemos hacer las cosas que Él hizo: “En verdad, en verdad os digo que éste es mi evangelio; y vosotros sabéis las cosas que debéis hacer en mi iglesia; pues las obras que me habéis visto hacer, ésas también las haréis” (3 Nefi. 27:21; cursiva agregada).

El ser y el hacer son inseparables. Como doctrinas interdependientes se refuerzan y se promueven una a la otra. Por ejemplo, la fe nos inspira a orar y, a su vez, la oración fortalece nuestra fe.

El Salvador con frecuencia denunciaba a quienes hacían sin ser, llamándolos hipócritas: “Este pueblo con los labios me honra, mas su corazón está lejos de mí” (Marcos 7:6). El hacer sin ser es hipocresía, o fingir ser lo que uno no es; es decir, un impostor.

Del mismo modo, ser sin hacer es inútil, así como “la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma” (Santiago 2:17; cursiva agregada). Ser sin hacer realmente no es ser, es engañarse a sí mismo, es creer que uno es bueno sólo porque tiene buenas intenciones.

El hacer sin ser—la hipocresía—da una imagen falsa a los demás, mientras que el ser sin hacer da una imagen falsa a uno mismo.

El Salvador reprendió a los escribas y a los fariseos por su hipocresía: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque diezmáis”—algo que hacían—“la menta, y el eneldo y el comino, y habéis dejado lo más importante de la ley: la justicia, y la misericordia y la fe” (Mateo 23:23). O en otras palabras, no lograron ser lo que deberían haber sido.

Si bien reconoció la importancia de hacer, el Salvador estableció el ser como “lo más importante”; que ser sea lo más importante se ilustra en los siguientes ejemplos:

  • Entrar en las aguas del bautismo es algo que hacemos. El ser que debe precederlo es la fe en Jesucristo y el gran cambio de corazón.

  • Participar de la Santa Cena es algo que hacemos. Ser dignos de tomar la Santa Cena es un asunto más importante y de mucha más trascendencia.

  • La ordenación al Sacerdocio es un acto, o hacer. Lo más importante, sin embargo, es el poder en el sacerdocio, que está basado “conforme a los principios de la rectitud” (D. y C. 121:36), o ser.

Muchos de nosotros hacemos listas de las cosas que debemos hacer para ayudarnos a recordar lo que deseamos lograr. Pero muy rara vez la gente tiene listas de lo que deben ser. ¿Por qué? Lo que se debe hacer son actividades o acontecimientos que se pueden marcar en una lista como terminados una vez que los hayamos hecho. Ser, sin embargo, es algo que nunca se termina. No se pueden poner marcas de verificación a lo que debemos ser. Puedo llevar a mi esposa a una linda velada este viernes, lo que sería un hacer; pero ser un buen esposo no es un evento, tiene que ser parte de mi naturaleza, de mi carácter o de quien soy.

O como padre, ¿cuándo puedo marcar a un hijo de mi lista como terminado? Nunca acabamos de ser buenos padres. Y para ser buenos padres, una de las cosas más importantes que podemos enseñar a nuestros hijos es cómo ser más semejante al Salvador.

El ser como Cristo no se ve, pero es la fuerza motivadora de todo lo que hacemos, que sí se ve. Por ejemplo, cuando los padres ayudan a un hijo a aprender a caminar, los vemos hacer cosas como sostener y elogiar a su hijo. Eso que hacen revela el amor que albergan en su corazón, la fe y esperanza en el potencial de su hijo, las cuales permanecen ocultas. Día tras día continúan sus esfuerzos, lo que es evidencia invisible delserpacientes y diligentes.

Ya que lo que uno es origina lo que uno hace y es el motivo que impulsa el hacer, el enseñar a ser mejorará el comportamiento con mayor eficacia de lo que centrarse en el hacer ayudará a modificarlo.

Cuando los niños se comportan mal, por ejemplo cuando pelean unos con otros, con frecuencia los disciplinamos en cuanto a lo que hicieron, o la pelea que observamos. Pero el hacer—sus comportamientos—es sólo un síntoma de un motivo oculto en su corazón.Tal vez deberíamos preguntarnos: “¿Qué atributos, si el niño los comprendiese, cambiarían su comportamiento en el futuro? ¿El ser paciente y perdonar cuando está enojado? ¿El amar y ser un pacificador?¿Asumir la responsabilidad de nuestras acciones y no culpar a los demás?”.

¿Cómo enseñan los padres esos atributos a sus hijos? Nunca tendremos una mejor oportunidad de enseñar y demostrar los atributos de Cristo a nuestros hijos que cuando los disciplinamos. La disciplina viene de la misma raíz que la palabra discípulo y supone paciencia e instrucción de nuestra parte. No debe hacerse con enojo. Podemos y debemos disciplinar de la manera que se nos enseña en Doctrina y Convenios 121: “por persuasión, por longanimidad, benignidad, mansedumbre y por amor sincero; por bondad y por conocimiento puro” (versículos 41–42). Esos son los atributos de ser como Cristo y deben ser parte de quienes nosotros somos como padres y madres, y discípulos de Cristo.

Por medio de la disciplina el niño aprende en cuanto a las consecuencias. En esos momentos es bueno convertir lo negativo en positivo. Si el niño confiesa un error, elógienlo por el valor que tuvo para confesarlo. Pregúntele al niño lo que él o ella aprendió del error o de la mala acción, eso les da a ustedes, y más importante aún, al Espíritu, la oportunidad de amar y enseñar al niño. Cuando enseñamos a los niños doctrina por medio del Espíritu, esa doctrina, con el tiempo tiene el poder de cambiar la naturaleza misma de su—ser—.

Alma descubrió ese mismo principio, que “…la predicación de la palabra tenía gran propensión a impulsar a la gente a hacer lo que era justo —sí, había surtido un efecto más potente en la mente del pueblo que la espada” (Alma 31:5; cursiva agregada). ¿Por qué? Porque la espada sólo se centraba en castigar el comportamiento, o el hacer, mientras que predicar la palabra cambiaba la naturaleza misma de las personas; es decir, quienes eran o quienes podían llegar a ser.

Un hijo dulce y obediente hará que el padre y la madre solamente reciban un curso básico de crianza de los hijos. Si cuentan con la bendición de tener un hijo que pruebe su paciencia hasta la enésima potencia, recibirán el curso de postgrado de crianza de los hijos. En vez de preguntarse qué es lo que quizás hayan hecho mal en la vida premortal para merecer ese reto, podrían considerar al hijo que es un desafío como una bendición y una oportunidad para que ustedes lleguen a ser más semejantes a Dios. ¿Cuál de los hijos pondrá a prueba, desarrollará y refinará la paciencia, la longanimidad y otras virtudes cristianas en ustedes? ¿Sería posible que ustedes necesiten a ese niño tanto como él los necesita a ustedes?

Todos hemos oído el consejo de condenar el pecado pero no al pecador. Del mismo modo, cuando nuestros hijos se comportan mal, tenemos que tener cuidado de no decir cosas que les hagan pensar que lo que ellos hicieron mal es lo que ellos son. “Nunca dejen que el fracaso pase de ser una situación a una identidad”, al usar designaciones que lo implican como “tonto”, “lento”, “holgazán” o “torpe”2. Nuestros hijos son hijos de Dios. Ésa es su verdadera identidad y potencial. El plan de Él es ayudar a Sus hijos a superar los errores y el mal comportamiento, y a progresar a fin de que lleguen a ser como Él es. Por lo tanto, el comportamiento indebido debe considerarse algo temporario y no permanente, un hecho y no una identidad.

Debemos tener cuidado al usar frases permanentes como “siempre …” o “nunca …” al disciplinar. Tengan cuidado con frases como “Nunca consideras mis sentimientos” o “¿Por qué siempre nos haces esperar?” Frases como esas hacen que las acciones parezcan ser una identidad y pueden influenciar negativamente en la percepción y estima propias del niño.

También puede ocurrir una confusión de identidad cuando les preguntamos a los niños lo que quieren ser cuando sean grandes, como si lo que una persona hace para ganarse la vida equivale a lo que es. Ni la profesión ni las posesiones deben definir la identidad de alguien ni su autoestima. El Salvador, por ejemplo, era un humilde carpintero, pero eso de ninguna manera definió Su vida.

Al ayudar a los niños a descubrir quiénes son y al fortalecer su autoestima, podemos elogiar de forma apropiada su logro o comportamiento, el hecho. Pero sería incluso más sabio dirigir nuestros elogios principalmente a su carácter y a sus creencias, a quienes son.

En los deportes, una manera sabia de elogiar el desempeño de nuestros hijos—hacer—sería desde el punto de vista de lo que son, como por ejemplo, elogiar su energía, su perseverancia, su actitud ante la adversidad, etc.; de ese modo se elogian tanto el ser como el hacer.

Cuando les pedimos a los niños que hagan ciertas tareas, también podemos buscar maneras de elogiarlos por lo que son, como por ejemplo decir: “Me pone muy feliz cuando haces tus tareas de buena voluntad”.

Cuando los niños reciben las calificaciones de la escuela, podemos felicitarlos por sus buenas notas, pero tendría un efecto más duradero y beneficioso si los alabásemos por su diligencia: “Entregaste todos tus trabajos; eres alguien que sabe cómo emprender las cosas difíciles y terminarlas. Estoy orgulloso de ti”.

Cuando lean las Escrituras como familia, busquen y analicen ejemplos de atributos mencionados en lo que leyeron ese día. Debido a que los atributos de Cristo son dones de Dios y no pueden ser desarrollados sin Su ayuda3, en sus oraciones individuales y como familia, pidan por esos dones.

De vez en cuando, durante la cena hablen sobre los atributos, especialmente de aquellos que hayan encontrado en las Escrituras esa mañana. “¿De qué manera fueron buenos amigos hoy? ¿De qué manera mostraron compasión? ¿Cómo la fe los ayudó a enfrentar los desafíos de hoy? ¿Eres digno de confianza?, ¿honrado?, ¿generoso?, ¿humilde?”. Hay muchísimos atributos en las Escrituras que se deben enseñar y aprender.

La manera más importante de enseñar a ser, es ser la clase de padres para nuestros hijos que nuestro Padre Celestial es para nosotros. Él es el único padre perfecto, y ha compartido con nosotros Su manual para la crianza de los hijos: las Escrituras.

He dirigido mis palabras primordialmente a los padres, pero los principios se aplican a todos. Ruego que el empeño de ustedes por adquirir los atributos de Cristo tenga éxito a fin de que reciban la imagen de Él en su rostro y que Sus atributos se manifiesten en su comportamiento. Entonces, cuando sus hijos o las demás personas perciban el amor que sienten por ellos y vean el modo en que ustedes se comportan, eso los hará recordar del Salvador y los acercará más a Él; es mi ruego y testimonio, en el nombre de Jesucristo, Amén.

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  1.  

    1. William Shakespeare, Hamlet, Príncipe de Dinamarca, acto tercero, escena primera, pág. 1359, Obras Completas de William Shakespeare, decimoquinta edición, Ediciones Aguilar, 1967.

  2.  

    2. Carol Dweck, citado en Joe Kita, “Bounce Back Chronicles”, Reader’s Digest, mayo de 2009, pág. 95.

  3.  

    3. Véase Predicad Mi Evangelio: Una guía para el servicio misional, 2004, pág. 63.