El poder de las Escrituras

Richard G. Scott

Del Quórum de los Doce Apóstoles


Richard G. Scott
Las Escrituras son como partículas de luz que iluminan nuestra mente y dan lugar a la guía e inspiración de lo alto.

Quienes estamos en este púlpito durante la conferencia sentimos el poder de sus oraciones. Las necesitamos y se las agradecemos.

Nuestro Padre Celestial sabía que para que lográramos el progreso deseado durante nuestra probación terrenal, teníamos que afrontar retos difíciles, algunos de los cuales serían casi abrumadores. Él proporcionó los medios para ayudarnos a tener éxito en nuestra probación mortal, uno de ellos lo constituyen las Escrituras.

A lo largo de las épocas, el Padre Celestial ha inspirado a hombres y mujeres escogidos para encontrar, mediante la guía del Espíritu Santo, las soluciones a los problemas más perplejos de la vida. Él ha inspirado a Sus siervos autorizados a registrar esas soluciones en una especie de manual para aquellos de Sus hijos que tuviesen fe en Su plan de felicidad y en Su Amado Hijo Jesucristo. Nosotros tenemos al alcance esa guía por medio del tesoro que llamamos libros canónicos: el Antiguo Testamento, el Nuevo Testamento, el Libro de Mormón, Doctrina y Convenios y la Perla de Gran Precio.

Debido a que las Escrituras se originaron de la comunicación inspirada del Espíritu Santo, son verdad pura. No debemos preocuparnos acerca de la validez de los conceptos que contienen los libros canónicos, dado que el Espíritu Santo ha sido el instrumento que ha motivado e inspirado a esas personas que los han escrito.

Las Escrituras son como partículas de luz que iluminan nuestra mente y dan lugar a la guía e inspiración de lo alto. Ellas se convierten en la llave que abre el canal de comunicación con nuestro Padre Celestial y Su Amado Hijo Jesucristo.

Las Escrituras, cuando se citan correctamente, proporcionan autoridad a nuestras declaraciones. Ellas se convierten en amigas incondicionales que no están limitadas por la geografía ni el calendario. Siempre están ahí cuando las necesitamos. Usarlas proporciona un fundamento de verdad que el Espíritu Santo puede despertar. Aprender, meditar, escudriñar y memorizar las Escrituras es como llenar un archivo con amigos, valores y verdades a las que podemos recurrir en cualquier momento, en cualquier parte del mundo.

Se obtiene un gran poder al memorizar pasajes de Escrituras. El memorizar un pasaje es como crear una nueva amistad. Es como descubrir a una persona nueva que puede ayudarnos en tiempos de necesidad, darnos inspiración y consuelo, y ser la fuente de motivación para lograr un cambio necesario. Por ejemplo, el cometido de memorizar este salmo ha sido para mí una fuente de poder y comprensión:

“De Jehová es la tierra y su plenitud, el mundo y los que en él habitan,

“porque él la fundó sobre los mares, y la afirmó sobre los ríos.

“¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo?

“El limpio de manos y puro de corazón, el que no ha elevado su alma a la vanidad ni jurado con engaño.

“Él recibirá bendición de Jehová, y justicia del Dios de salvación” (Salmos 24:1–5).

El meditar sobre un pasaje de Escrituras como ése, da gran dirección a nuestra vida. Las Escrituras se pueden convertir en un apoyo y proporcionar un recurso increíblemente enorme de amigos dispuestos a ayudarnos. Una escritura memorizada pasa a ser una amistad duradera que no se debilita con el paso del tiempo.

El meditar en un pasaje de las Escrituras puede ser la llave que abra la revelación, la guía y la inspiración del Espíritu Santo. Las Escrituras pueden calmar un alma atribulada, brindándole paz, esperanza y restaurándole confianza en su propia capacidad para vencer los desafíos de la vida. Ellas tienen gran poder para sanar los desafíos emocionales, si se tiene fe en el Salvador y pueden acelerar la sanación física.

Las Escrituras pueden comunicar diferentes significados durante diferentes momentos de nuestra vida, de acuerdo con nuestras necesidades. Un pasaje que quizás hayamos leído muchas veces puede tomar matices con significados que sean refrescantes e inspiradores al afrontar un nuevo desafío en la vida.

¿Cómo utilizas tú las Escrituras? ¿Marcas tus ejemplares? ¿Pones notas en el margen para recordar un momento de guía espiritual o una experiencia que te haya enseñado una profunda lección? ¿Utilizas todos los libros canónicos, incluso el Antiguo Testamento? Yo he encontrado verdades muy preciadas en las páginas del Antiguo Testamento que son partes claves para la plataforma de verdad que me guía y me sirve como recurso cuando trato de compartir un mensaje del Evangelio con los demás. Por esa razón, amo el Antiguo Testamento. He encontrado joyas preciadas de verdad esparcidas a lo largo de sus páginas. Por ejemplo:

“Y Samuel dijo: ¿Acaso se complace Jehová tanto en los holocaustos y en los sacrificios como en la obediencia a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros” (1 Samuel 15:22).

“Confía en Jehová con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia.

“Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas.

“No seas sabio en tu propia opinión; teme a Jehová y apártate del mal…

“No rechaces, hijo mío, la disciplina de Jehová, ni te canses de su corrección,

“Porque Jehová corrige al que ama, como el padre al hijo a quien quiere.

Bienaventurado el hombre que halla la sabiduría y que adquiere entendimiento” (Proverbios 3:5–7, 11–13).

El Nuevo Testamento es también un diamante valioso:

“Y Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente.

“Éste es el primero y grande mandamiento.

“Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

“De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas” (Mateo 22:37–40).

“Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo;

“pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, fortalece a tus hermanos.

“Y él le dijo: Señor, dispuesto estoy a ir contigo aun a la cárcel y a la muerte.

“Y él dijo: Pedro, te digo que el gallo no cantará hoy antes que tú niegues tres veces que me conoces…

“Y cuando una criada le vio que estaba sentado al fuego, se fijó en él y dijo: Éste estaba con él.

“Entonces él lo negó, diciendo: Mujer, no le conozco.

“un poco después, viéndole otro, dijo: Tú también eres de ellos. Y Pedro dijo: Hombre, no lo soy.

“Y como una hora después, otro afirmaba, diciendo: Verdaderamente también éste estaba con él, porque es galileo.

Y Pedro dijo: Hombre, no sé lo que dices. Y en seguida, mientras él aún hablaba, el gallo cantó.

“Entonces, se volvió el Señor y miró a Pedro; y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había dicho: Antes que el gallo cante, me negarás tres veces.

“Y Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente” (Lucas 22:31–34, 56–62).

Cómo duele mi corazón por lo que ocurrió con Pedro en esa ocasión.

Este pasaje de Doctrina y Convenios me ha bendecido enormemente: “No intentes declarar mi palabra, sino primero procura obtenerla, y entonces será desatada tu lengua; luego, si lo deseas, tendrás mi Espíritu y mi palabra, sí, el poder de Dios para convencer a los hombres” (D. y C. 11:21).

En mi opinión, el Libro de Mormón enseña la verdad con claridad y poder únicos. Por ejemplo:

“Y ahora quisiera que fueseis humildes, que fueseis sumisos y dóciles; fáciles de persuadir; llenos de paciencia y longanimidad; siendo moderados en todas las cosas; siendo diligentes en guardar los mandamientos de Dios en todo momento; pidiendo las cosas que necesitéis, tanto espirituales como temporales; siempre dando gracias a Dios por las cosas que recibís.

“Y mirad que tengáis fe, esperanza y caridad, y entonces siempre abundaréis en buenas obras” (Alma 7:23–24).

Y otra:

“Y la caridad es sufrida y es benigna, y no tiene envidia, ni se envanece, no busca lo suyo, no se irrita fácilmente, no piensa el mal, no se regocija en la iniquidad, sino se regocija en la verdad; todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

“Por tanto, amados hermanos míos, si no tenéis caridad, no sois nada, porque la caridad nunca deja de ser. Allegaos, pues, a la caridad, que es mayor que todo, porque todas las cosas han de perecer;

“pero la caridad es el amor puro de Cristo, y permanece para siempre; y a quien la posea en el postrer día, le irá bien.

“Por consiguiente, amados hermanos míos, pedid al Padre con toda la energía de vuestros corazones, que seáis llenos de este amor que él ha otorgado a todos los que son discípulos verdaderos de su Hijo Jesucristo; para que lleguéis a ser hijos de Dios; para que cuando él aparezca, seamos semejantes a él, porque lo veremos tal como es; para que tengamos esta esperanza; para que seamos purificados así como él es puro” (Moroni 7:45–48).

Mi querida esposa Jeanene amaba el Libro de Mormón. En su juventud, de adolecente, llegó a ser el cimiento de su vida y una fuente de testimonio y enseñanza durante su servicio misional de tiempo completo en los estados del noroeste de los Estados Unidos. Cuando servimos en el campo misional en Córdoba, Argentina, ella alentaba con gran firmeza el uso del Libro de Mormón en nuestro esfuerzo proselitista. Jeanene confirmó desde muy joven que quienes leían en forma consecuente el Libro de Mormón eran bendecidos con una porción más del Espíritu del Señor, con una gran resolución de obedecer Sus mandamientos y un firme testimonio de la divinidad del Hijo de Dios1. No sé por cuántos años, al acercarse el fin del año, la veía sentada muy callada terminando de leer detenidamente el Libro de Mormón una vez más antes de que terminase el año.

En 1991, quise dar a mi familia un regalo especial de Navidad. Al registrar el logro de ese deseo, en mi diario personal anoté: “Son las 12:38 de la noche del miércoles 18 de diciembre de 1991. He terminado recién la grabación en audio del Libro de Mormón para mi familia. Ésta ha sido una experiencia que ha acrecentado mi testimonio de esta divina obra y fortalecido mi deseo de familiarizarme más con sus páginas, para extraer de estas Escrituras verdades para utilizar en mi servicio al Señor. Amo este libro. Testifico con toda mi alma que es verdadero, que fue preparado para bendecir la Casa de Israel y que todas sus partes se propagan por el mundo. Todos los que estudien su mensaje con humildad, con fe, creyendo en Jesucristo, sabrán de su veracidad y encontrarán un tesoro que les conducirá a una mayor felicidad, paz y logro en esta vida. Testifico, por todo lo que es sagrado, que este libro es verdadero”.

Que cada de uno de nosotros nos beneficiemos con la riqueza de las bendiciones que resultan del estudio de las Escrituras. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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  1.  

    1. Véase Gordon B. Hinckley, “Un testimonio vibrante y verdadero,” Liahona, agosto de 2005, pág. 3.