Sacerdocio Aarónico: Levántense y usen el poder de Dios

Por Adrián Ochoa

Segundo Consejero de la Presidencia General de los Hombres Jóvenes


Por Adrián Ochoa
El sacerdocio debe ejercerse para lograr algo bueno. Se les ha llamado a “[levantarse y brillar]” y no a ocultar su luz en la oscuridad.

Hace poco estuve en Sudáfrica visitando a una familia con Thabiso, el primer ayudante del quórum de presbíteros del Barrio Kagiso. Thabiso y su obispo, quien preside y posee las llaves del quórum, habían estado orando por los miembros del quórum que eran menos activos, buscando inspiración para saber a quién visitar y qué hacer para ayudarlos. Se sintieron inspirados a visitar la casa de Tebello y me invitaron a que fuera con ellos.

Una vez que logramos que el feroz perro guardián nos dejara pasar, nos encontramos en la sala de estar con Tebello, un joven con un espíritu sosegado que había dejado de asistir a la Iglesia porque había empezado a ocuparse de otras cosas los domingos. Estaba nervioso, pero feliz de recibirnos, e incluso invitó a su familia a que lo acompañaran. El obispo expresó su amor por la familia y su deseo de ayudarles a llegar a ser una familia eterna que se sellara en el templo. Sus corazones se conmovieron y todos pudimos sentir la fuerte presencia del Espíritu Santo que guiaba cada palabra y cada sentimiento.

Pero fueron las palabras de Thabiso las que marcaron la diferencia en la visita. A mí me pareció que ese joven presbítero hablaba en el lenguaje de los ángeles, con tiernas palabras que todos pudimos comprender plenamente, pero que sobre todo conmovieron a su amigo. “Me encantaba hablar contigo todo el tiempo en la Iglesia”, le dijo. “Siempre me dices cosas amables; y, ¿sabes qué?, nuestro equipo de fútbol prácticamente ha desaparecido ahora que tú no estás. Eres tan buen jugador”.

“Lo siento”, respondió Tebello, “volveré con ustedes”.

“Genial”, dijo Thabiso. “¿Y te acuerdas de cómo nos preparábamos antes para servir como misioneros? ¿Podemos empezar a hacerlo otra vez?”.

“Sí”, contestó Tebello, “quiero volver”.

Tal vez la mayor alegría que experimento como consejero de la Presidencia General de los Hombres Jóvenes es ver a los poseedores del Sacerdocio Aarónico de todo el mundo ejercer el poder del Sacerdocio Aarónico. Pero, a veces también soy testigo, con tristeza, de muchos jóvenes que no entienden cuánto bien pueden hacer con el poder que poseen.

El sacerdocio es el poder y la autoridad de Dios mismo para actuar al servicio de Sus hijos. ¡Oh, si cada hombre joven, cada poseedor del Sacerdocio Aarónico, pudiera comprender plenamente que su sacerdocio posee las llaves del ministerio de ángeles! Si tan sólo entendieran que tienen el sagrado deber de ayudar a sus amigos a encontrar el sendero que conduce al Salvador. Si sólo supieran que el Padre Celestial les dará el poder de explicar las verdades del Evangelio restaurado con tanta claridad y sinceridad que los demás sentirán la verdad innegable de las palabras de Cristo.

Queridos jóvenes de la Iglesia, permítanme hacerles una pregunta que espero conserven en su corazón por el resto de su vida. ¿Qué mayor poder pueden adquirir en la tierra que el sacerdocio de Dios? ¿Qué poder podría ser mayor que la capacidad para ayudar a nuestro Padre Celestial a cambiar la vida de sus semejantes, de ayudarles a lo largo del sendero de la felicidad eterna al ser limpiados del pecado y la maldad?

Al igual que cualquier otro poder, el sacerdocio debe ejercerse para lograr algo bueno. Se les ha llamado a “[levantarse y brillar]” (D. y C. 115:5), no a ocultar su luz en la oscuridad. Sólo aquellos que son valientes serán contados entre los elegidos. Al ejercer el poder de su sagrado sacerdocio, su valor y su confianza aumentarán. Jóvenes, ustedes saben que son mejores cuando están al servicio de Dios. Saben que son más felices cuando están anhelosamente consagrados a una causa buena. Magnifiquen el poder de su sacerdocio siendo puros y siendo dignos.

Uno mi voz al llamado que el élder Jeffrey R. Holland les hizo hace seis meses desde este púlpito: “busco a hombres jóvenes y mayores a los que les preocupe lo suficiente esta batalla entre el bien y el mal que se enlisten y que defiendan la obra. Estamos en guerra”, dijo, “pido una voz más firme y más devota, una voz no sólo contra el mal… sino una voz para el bien, una voz para el Evangelio, una voz para Dios” (“Somos los soldados”, Liahona, noviembre 2011, págs. 44, 47).

Sí, poseedores del Sacerdocio Aarónico, estamos en guerra. Y en esta guerra, la mejor manera de defenderse contra el mal es promover activamente la rectitud. No pueden escuchar palabras vulgares y fingir que no las escuchan. No pueden ver, solos o con otras personas, imágenes que ustedes saben son obscenas y fingir que no las ven. No pueden tocar algo inmundo y pretender que no habrá consecuencias. No se puede ser pasivo cuando Satanás trata de destruir lo que es moral y puro. En vez de ello, ¡defiendan con valentía lo que sabemos que es verdad! Cuando escuchen o vean algo que viola las normas del Señor, recuerden quiénes son: soldados del ejército de Dios a quienes se les ha conferido el poder de Su santo sacerdocio. No hay mejor arma contra el enemigo, el padre de las mentiras, que la verdad que saldrá de sus bocas a medida que ejerzan el poder del sacerdocio. La mayoría de sus compañeros los respetarán por su valentía e integridad; algunos no lo harán, pero eso no importa. Ustedes obtendrán el respeto y la confianza del Padre Celestial, pues habrán utilizado Su poder para lograr Sus objetivos.

Hago un llamado a todas las presidencias de los quórumes del Sacerdocio Aarónico para que levanten una vez más el estandarte de la libertad y organicen y dirijan a sus batallones. Utilicen el poder del sacerdocio al invitar a quienes los rodean a venir a Cristo por medio del arrepentimiento y del bautismo. Ustedes tienen el mandato y el poder de nuestro Padre Celestial para hacerlo.

Hace dos años, durante mi visita a Santiago de Chile, quedé muy impresionado con Daniel Olate, un joven que a menudo acompañaba a los misioneros. Le pedí que me escribiera, y con su permiso voy a leer una parte de su último correo electrónico: “Acabo de cumplir 16 años y el domingo se me ordenó al oficio de presbítero. Ese mismo día bauticé a una amiga que se llama Carolina. Le enseñé el Evangelio; ella asistía a la Iglesia con frecuencia, incluso recibió el reconocimiento del programa Mi Progreso Personal; pero sus padres no le permitían que se bautizara hasta que llegaron a conocerme y a confiar en mí. Ella quería que yo la bautizara, así que tuvimos que esperar un mes hasta el domingo, cuando cumplí 16 años. Me siento tan bien de haber ayudado a que una persona tan buena se haya bautizado y me siento feliz de haber sido yo el que la bautizara”.

Daniel es sólo uno de los muchos jóvenes de todo el mundo que vive de acuerdo con el poder que Dios les ha confiado. Otro joven es Luis Fernando, de Honduras, que se percató de que su amigo estaba yendo por un camino peligroso y compartió su testimonio con él y, literalmente, le salvó la vida (véase “Un cambio de corazón”, lds.org/youth/video). Olavo, de Brasil, es otro ejemplo. Un verdadero ministro residente en su casa (véase D. y C. 84:111). Olavo inspiró a su madre para que volviera y se activara completamente en la Iglesia (véase “Reunidos por la fe”, lds.org/youth/video). Ustedes pueden encontrar algunos de estos relatos y muchos otros parecidos en el sitio web de la Iglesia para los jóvenes en youth.lds.org. Por cierto, internet, los medios de comunicación social y otros tipos de tecnología son herramientas que el Señor ha puesto en sus manos para ayudarles a ejercer sus deberes del sacerdocio y a extender la influencia de la verdad y la virtud.

Queridos jóvenes, cuando ejerzan el Sacerdocio Aarónico en la forma que he descrito, se estarán preparando para asumir responsabilidades en el futuro; sin embargo, estarán haciendo mucho más que eso. Al igual que Juan el Bautista, ese ejemplar poseedor del Sacerdocio Aarónico, ustedes también están preparando la vía del Señor y enderezando Sus sendas. Cuando declaran con valentía el Evangelio de arrepentimiento y de bautismo, como lo hizo Juan, estarán preparando al pueblo para la venida del Señor (véase Mateo 3:3; D. y C. 65:1–3; 84:26–28). A menudo se les habla de su gran potencial; bueno, ahora es el momento de poner ese potencial en acción, de hacer uso de las habilidades que Dios les ha dado para bendecir a los demás, sacarlos de la oscuridad a la luz y preparar la vía del Señor.

La Iglesia les ha proporcionado el libro Mi deber a Dios como un recurso para ayudarles a aprender y cumplir con sus deberes. Estúdienlo con frecuencia. Pónganse de rodillas, lejos de la tecnología, y busquen la guía del Señor; y luego levántense y utilicen el poder de Dios. Les prometo que recibirán respuestas de nuestro Padre Celestial sobre cómo dirigir su propia vida y cómo ayudar a los demás.

Cito las palabras del presidente Thomas S. Monson: “No subestimen nunca la influencia trascendental que… tiene [su testimonio]… tienen la capacidad de reparar en las personas en las que los demás ni siquiera reparan. Si tienen ojos para ver, oídos para oír y corazón para sentir, les es posible extender una mano de ayuda y rescatar a otros jóvenes de su edad” (véase “Sean un ejemplo”, Liahona, mayo de 2005, pág. 115).

Testifico que el poder del sacerdocio es real. Obtuve mi testimonio al ejercer el sacerdocio que poseo. He visto a aquellos que tienen el poder del Sacerdocio Aarónico efectuar un milagro tras otro. He sido testigo del poder de la ministración de ángeles cuando los fieles poseedores del Sacerdocio Aarónico hablan palabras de esperanza llenas del Espíritu y abren el corazón de alguien que tiene necesidad de luz y de amor. En el nombre de Jesucristo, nuestro Señor, nuestro líder y nuestro Salvador. Amén.