Tener la visión de actuar

Por el élder O. Vincent Haleck

De los Setenta


Por el élder O. Vincent Haleck
Si queremos prosperar en lugar de perecer, debemos obtener una visión de nosotros mismos igual a la que el Salvador tiene de nosotros.

Al igual que todos los buenos padres, los míos deseaban un futuro brillante para sus hijos. Mi padre no era miembro y, debido a circunstancias inusuales que existían en ese entonces, mis padres decidieron que mis hermanos, mis hermanas y yo dejáramos nuestro hogar en la isla de Samoa Americana, en el Pacífico Sur, y viajáramos a los Estados Unidos para ir a la escuela.

La decisión de separarse de nosotros fue muy difícil para mis padres, en especial para mi madre. Sabían que tendríamos que afrontar desafíos desconocidos al trasladarnos a un nuevo entorno. Sin embargo, con fe y determinación, siguieron adelante con su plan.

Debido a que mi madre se había criado como Santo de los Últimos Días, estaba familiarizada con los principios del ayuno y la oración, y tanto ella como mi padre sentían que necesitaban las bendiciones del cielo para ayudar a sus hijos. Con ese espíritu, comenzaron a apartar un día cada semana para ayunar y orar por nosotros. Su visión era la de preparar a sus hijos para un futuro brillante. Ellos actuaron de acuerdo con esa visión, ejerciendo su fe al buscar las bendiciones del Señor. Mediante el ayuno y la oración recibieron la seguridad, el consuelo y la paz de que todo saldría bien.

¿En qué forma obtenemos la visión necesaria para realizar las cosas que nos acercarán más al Salvador en medio de los desafíos de la vida? En referencia a tener visión, el libro de Proverbios nos enseña esta verdad: “Sin profecía, el pueblo se desenfrena” (Proverbios 29:18). Si queremos prosperar en lugar de perecer, debemos obtener una visión de nosotros mismos igual a la que el Salvador tiene de nosotros.

El Salvador vio más potencial en aquellos humildes pescadores a quienes llamó para que lo siguieran de lo que ellos inicialmente veían en sí mismos. Él tenía la visión de lo que podían llegar a ser; conocía la bondad y el potencial de ellos y decidió llamarlos. Al principio no poseían experiencia, pero al seguirlo, vieron Su ejemplo, percibieron Sus enseñanzas y se convirtieron en Sus discípulos. Hubo un momento en que algunos de los discípulos se alejaron de Él debido a que las cosas que oían les eran difíciles. Consciente de que otros quizás también se alejarían, Jesús preguntó a los Doce: “¿También vosotros queréis iros?” (Juan 6:67). La respuesta de Pedro refleja la forma en que había cambiado y cómo había captado la visión de quién era el Salvador. “¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Juan 6:68), respondió.

Con esa visión, esos discípulos fieles y devotos pudieron hacer cosas difíciles mientras viajaban para predicar el Evangelio y establecer la Iglesia después de que el Salvador hubo partido. Con el tiempo, algunos de ellos sacrificaron su vida por su testimonio.

En las Escrituras hay otros ejemplos de personas que captaron la visión del Evangelio y luego salieron y actuaron de acuerdo con esa visión. El profeta Alma captó la visión cuando escuchó a Abinadí enseñar y testificar osadamente ante el rey Noé. Alma actuó de acuerdo con las enseñanzas de Abinadí y se dedicó a enseñar lo que había aprendido, bautizando a muchos que creyeron en sus palabras (véase Mosíah 17:1–4; 18:1–16). Mientras perseguía a los antiguos Santos, el apóstol Pablo se convirtió en el camino a Damasco y luego actuó en consecuencia, enseñando y testificando de Cristo (véase Hechos 9:1–6, 20–22, 29).

En nuestra época, muchos hombres y mujeres jóvenes, y matrimonios mayores han respondido al llamado del profeta de Dios de prestar servicio misional. Con fe y valentía, dejan sus hogares y todo lo que les es familiar a causa de su fe en el bien que pueden hacer como misioneros. Al poner en práctica su visión de prestar servicio, bendicen la vida de muchos y, en el proceso, cambian su propia vida. En la última conferencia general, el presidente Thomas S. Monson nos agradeció por el servicio que nos brindamos los unos a los otros y nos recordó nuestra responsabilidad de ser las manos de Dios aquí en la tierra para bendecir a Sus hijos (véase “Hasta que nos volvamos a reunir”, Liahona, noviembre de 2011, pág. 108). El cumplimiento de este mandato ha sido reconfortante a medida que los miembros de la Iglesia han actuado de acuerdo con la visión que él tiene.

Antes de que el Señor partiera, comprendiendo que necesitaríamos ayuda, dijo: “No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros” (Juan 14:18). Enseñó a Sus discípulos: “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que os he dicho” (Juan 14:26). Éste es el mismo Espíritu Santo que puede habilitarnos y motivarnos a hacer lo que el Salvador y los profetas y apóstoles de nuestros días nos enseñan.

Al poner en práctica las enseñanzas de nuestros líderes, obtenemos una comprensión más profunda de la visión que nuestro Salvador tiene para nosotros. A lo largo de esta conferencia hemos recibido consejo inspirado de profetas y apóstoles. Estudien sus enseñanzas y medítenlas en su corazón mientras buscan el Espíritu Santo para que los ayude a captar la visión de esas enseñanzas en sus vidas. Con esa visión, ejerzan su fe para actuar de acuerdo con el consejo de ellos.

Escudriñen y estudien las Escrituras concentrándose en recibir más luz y conocimiento de sus mensajes; medítenlos en su corazón y permitan que los inspiren; entonces actúen según la inspiración que reciban.

Tal como hemos aprendido en familia, actuamos cuando ayunamos y oramos. Alma habló de ayunar y orar como una manera de recibir certeza cuando dijo: “…he ayunado y orado muchos días para poder saber estas cosas por mí mismo” (Alma 5:46). Nosotros también llegamos a saber cómo afrontar los desafíos al ayunar y orar.

Experimentamos dificultades en la vida que algunas veces pueden restringir nuestra visión y fe para hacer lo que debemos. Llegamos a estar tan ocupados que muchas veces nos sentimos abrumados e incapaces de hacer más. A pesar de que cada uno de nosotros es diferente, con humildad sugiero que debemos centrar nuestra visión en el Salvador y en Sus enseñanzas. ¿Qué vio Él en Pedro, Santiago y Juan, y en los demás apóstoles, que hizo que los invitara a que lo siguieran? Al igual que la visión que Él tuvo de ellos, el Salvador tiene una gran visión de lo que nosotros podemos llegar a ser. Requerirá la misma fe y valor que tuvieron los primeros apóstoles para que nos volvamos a centrar en las cosas que más importan para tener felicidad imperecedera y gran gozo.

Al estudiar la vida de nuestro Salvador y Sus enseñanzas, lo vemos entre la gente enseñando, orando, dando ánimo y sanando. Cuando lo emulamos y hacemos lo que vemos que Él hace, comenzamos a tener una visión de quiénes podemos llegar a ser. Ustedes serán bendecidos con entendimiento mediante la ayuda del Espíritu Santo para hacer mayor bien. Empezarán a cambiar y establecerán un orden diferente en su vida que los bendecirá a ustedes y a su familia. Durante Su ministerio entre los nefitas, el Salvador preguntó: “…¿qué clase de hombres habéis de ser?”. Y respondió: “En verdad os digo, aun como yo soy” (3 Nefi 27:27). Necesitamos Su ayuda para llegar a ser cómo Él, y Él nos ha mostrado el camino: “Por consiguiente, pedid, y recibiréis; llamad, y se os abrirá; porque el que pide, recibe; y al que llama, se le abrirá” (3 Nefi 27:29).

Sé que al obtener una visión de nosotros mismos tal como el Salvador nos ve, y al actuar de acuerdo con ella, nuestras vidas serán bendecidas de formas inesperadas. Gracias a la visión de mis padres, no sólo fui bendecido con experiencias académicas, sino que me encontré en circunstancias en las que conocí y acepté el Evangelio. Más importante aún, aprendí el significado de padres buenos y fieles. En pocas palabras, mi vida cambió para siempre.

De la misma forma en que la visión de mis padres los llevó a ayunar y a orar por el bienestar de sus hijos, y al igual que la visión de los antiguos apóstoles los llevó a seguir al Salvador, esa misma visión está a nuestro alcance para inspirarnos y ayudarnos a actuar. Hermanos y hermanas, somos un pueblo con una historia de visión, y con la fe y la valentía para actuar. ¡Miren a dónde hemos llegado y las bendiciones que hemos recibido! Crean que Él puede bendecirlos con visión en la vida y con la valentía para actuar.

Les doy mi testimonio del Salvador y de Su deseo de que regresemos a Él. Para lograrlo, debemos tener fe para actuar, seguirlo y llegar a ser como Él. Muchas veces en la vida Él nos tiende la mano y nos invita:

“Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas.

“Porque mi yugo es fácil y ligera mi carga” (Mateo 11:29–30).

Al igual que el Salvador vio un gran potencial en Sus primeros apóstoles, Él también ve lo mismo en nosotros. Veámonos a nosotros mismos como el Salvador nos ve. Oro para que tengamos esa visión, con la fe y la valentía de actuar. En el nombre de Jesucristo. Amén.