Montañas que ascender

Por el presidente Henry B. Eyring

Primer Consejero de la Primera Presidencia


Por el presidente Henry B. Eyring
Si tenemos fe en Jesucristo, los tiempos más difíciles de la vida, así como los más fáciles, pueden ser una bendición.

En una sesión de conferencia, oí al presidente Spencer W. Kimball pedirle a Dios que le diera montañas que ascender. Él dijo: “Hay todavía grandes desafíos delante de nosotros, oportunidades gigantescas que alcanzar. Acepto con gusto esta emocionante perspectiva y con humildad quiero decirle al Señor: ‘¡Dame este monte!, dame estos desafíos’”1.

Mi corazón se conmovió, conociendo, como yo conocía, algunos de los desafíos y la adversidad que él ya había afrontado. Sentí el deseo de ser más como él, un valiente siervo de Dios. Así que, una noche oré para recibir una prueba a fin de demostrar mi valor. Lo recuerdo vívidamente. En la noche, me arrodillé en mi dormitorio con una fe que casi parecía llenar mi corazón hasta estallar.

En menos de uno o dos días mi oración fue contestada. La prueba más difícil de mi vida me sorprendió, me llenó de humildad y me proporcionó una doble lección. Primero, tuve una clara evidencia de que Dios oyó y contestó mi oración de fe; y en segundo lugar, comencé un aprendizaje, que aún continúa, para aprender el porqué tuve tal confianza esa noche de que de la adversidad podría venir una gran bendición que compensaría con creces cualquier costo.

La adversidad por la que pasé aquel día lejano ahora parece insignificante comparada con lo que hemos pasado mis seres queridos y yo desde entonces. Muchos de ustedes están pasando por pruebas físicas, mentales y emocionales que podrían hacerlos exclamar como lo hizo un gran y fiel siervo de Dios a quien conocí bien. Su enfermera lo oyó exclamar desde su lecho de dolor: “Cuando toda mi vida he tratado de ser bueno, ¿por qué me ha sucedido esto a mí?”.

Ustedes saben cómo le contestó el Señor esa pregunta al profeta José Smith cuando estaba encarcelado:

“…si eres echado en el foso o en manos de homicidas, y eres condenado a muerte; si eres arrojado al abismo; si las bravas olas conspiran contra ti; si el viento huracanado se hace tu enemigo; si los cielos se ennegrecen y todos los elementos se combinan para obstruir la vía; y sobre todo, si las puertas mismas del infierno se abren de par en par para tragarte, entiende, hijo mío, que todas estas cosas te servirán de experiencia, y serán para tu bien.

“El Hijo del Hombre ha descendido debajo de todo ello. ¿Eres tú mayor que él?

“Por tanto, persevera en tu camino, y el sacerdocio quedará contigo; porque los límites de ellos están señalados, y no los pueden traspasar. Tus días son conocidos y tus años no serán acortados; no temas, pues, lo que pueda hacer el hombre, porque Dios estará contigo para siempre jamás”2.

Me parece que no hay mejor respuesta a la pregunta de por qué vienen las pruebas y lo que debemos hacer que las palabras del Señor mismo, quien soportó por nosotros pruebas más terribles de lo que podamos imaginar.

Recordarán Sus palabras cuando aconsejó que, al tener fe en Él, debemos arrepentirnos:

“…así que, te mando que te arrepientas; arrepiéntete, no sea que te hiera con la vara de mi boca, y con mi enojo, y con mi ira, y sean tus padecimientos dolorosos; cuán dolorosos no lo sabes; cuán intensos no lo sabes; sí, cuán difíciles de aguantar no lo sabes.

“Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten;

“mas si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo;

“padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar.

“Sin embargo, gloria sea al Padre, bebí, y acabé mis preparativos para con los hijos de los hombres”3.

Ustedes y yo tenemos fe en que la manera de elevarse en medio de las pruebas y de superarlas es creer que hay “bálsamo en Galaad”4 y que el Señor ha prometido: “…no te… desampararé”5. Eso es lo que el presidente Thomas S. Monson nos ha enseñado a fin de ayudarnos a nosotros mismos y a los que prestamos servicio en lo que parecen ser pruebas solitarias y abrumadoras6.

No obstante, el presidente Monson también ha enseñado sabiamente que toma tiempo edificar un cimiento de fe en la realidad de esas promesas. Tal vez hayan visto la necesidad de ese cimiento en el lecho de alguien que está listo para abandonar la lucha de perseverar hasta el fin. Si no tenemos arraigado en nuestro corazón el cimiento de la fe, el poder para perseverar se desmoronará.

Mi propósito hoy día es describir lo que sé sobre cómo podemos establecer ese inquebrantable cimiento. Lo hago con gran humildad por dos razones: primero, lo que diga podría desanimar a algunos que estén luchando en medio de gran adversidad y sientan que su cimiento de fe se está derrumbando; y segundo, sé que ante mí yacen pruebas aún más grandes antes del final de la vida. Por lo tanto, la fórmula que les ofrezco aún no ha sido probada en mi propia vida al perseverar hasta el fin.

De joven trabajé con un contratista construyendo bases (zapatas) y cimientos para casas nuevas. En el calor del verano era mucho trabajo preparar el terreno para el molde en el que vaciábamos el cemento para hacer las bases. No había maquinaria; usábamos el pico y la pala. En aquellos días era mucho trabajo construir cimientos duraderos para los edificios.

También se necesitaba paciencia. Después de verter el cemento, esperábamos a que curara. A pesar de lo mucho que queríamos seguir adelante con el trabajo, también esperábamos después de hacer los cimientos antes de quitar los moldes.

Y aún más impresionante para un constructor novato era lo que parecía ser un proceso tedioso que llevaba mucho tiempo: poner con cuidado varillas de metal dentro de los moldes para reforzar el cimiento.

De manera similar, el terreno se debe preparar con mucho cuidado para que nuestro cimiento de fe resista las tormentas que vendrán a la vida de todos. Esa base firme para un cimiento de fe es la integridad personal.

El elegir lo justo constantemente, cuando tengamos que tomar una decisión, crea el terreno firme bajo nuestra fe. Puede dar comienzo en la niñez, siendo que toda alma nace con el don gratuito del Espíritu de Cristo. Con ese Espíritu, podemos saber cuando hemos hecho lo correcto ante Dios y cuando hemos hecho lo malo ante Su vista.

Esas decisiones, cientos de ellas en la mayoría de los días, preparan el terreno firme sobre el cual se construye nuestro edificio de fe. El armazón alrededor del cual se vierte la sustancia de nuestra fe es el evangelio de Jesucristo con todos sus convenios, ordenanzas y principios.

Una de las claves para tener una fe perdurable es evaluar correctamente el tiempo de curación que se necesita. Ésa es la razón por la que no fui prudente al pedir en oración, a tan temprana edad en mi vida, montañas más altas que ascender y mayores pruebas.

La cura no se lleva a cabo automáticamente con el paso del tiempo, pero sí requiere tiempo. No basta sólo con envejecer; el servir a Dios y a los demás constantemente, con todo el corazón y el alma, es lo que convierte el testimonio de la verdad en fortaleza espiritual inquebrantable.

Ahora deseo alentar a aquellos que están en medio de pruebas difíciles, quienes sienten que su fe se va disipando bajo la avalancha de problemas. Las dificultades mismas pueden ser la forma de fortalecer y, al final, obtener una fe inquebrantable. Moroni, el hijo de Mormón, del Libro de Mormón, nos dijo cómo se podría obtener esa bendición. Él enseña la simple y dulce verdad de que al ejercer aun una partícula de fe permite que Dios la haga crecer:

“Y ahora yo, Moroni, quisiera hablar algo concerniente a estas cosas. Quisiera mostrar al mundo que la fe es las cosas que se esperan y no se ven; por tanto, no contendáis porque no veis, porque no recibís ningún testimonio sino hasta después de la prueba de vuestra fe.

“Porque fue por la fe que Cristo se manifestó a nuestros padres, después que él hubo resucitado de los muertos; y no se manifestó a ellos sino hasta después que tuvieron fe en él; por consiguiente, fue indispensable que algunos tuvieran fe en él, puesto que no se mostró al mundo.

“Pero por motivo de la fe de los hombres, él se ha manifestado al mundo, ha glorificado el nombre del Padre y preparado un medio por el cual otros pueden ser partícipes del don celestial para que tengan esperanza en las cosas que no han visto.

“Por lo tanto, vosotros también podéis tener esperanza, y participar del don, si tan sólo tenéis fe”7.

La partícula de fe más valiosa, la cual deben proteger y utilizar al grado que les sea posible, es la fe en el Señor Jesucristo. Moroni enseñó el poder de esa fe de esta manera: “Y en ningún tiempo persona alguna ha obrado milagros sino hasta después de su fe; por tanto, primero creyeron en el Hijo de Dios”8.

Hablé con una mujer que recibió el milagro de recibir la fuerza suficiente para soportar pérdidas inimaginables por su simple capacidad de repetir incesantemente las palabras: “Yo sé que vive mi Señor”9. Esa fe y esas palabras de testimonio aún estaban presentes en la bruma que oscureció pero que no borró los recuerdos de su niñez.

También quedé atónito al enterarme de que otra mujer había perdonado a una persona que la había agraviado por años. Me sorprendí y le pregunté por qué había decidido perdonar y olvidar tantos años de terrible maltrato.

Dijo en voz baja: “Fue la cosa más difícil que he hecho, pero sabía que tenía que hacerlo; así que, lo hice”. La fe que tenía de que el Salvador la perdonaría si ella perdonaba a los demás la preparó para tener un sentimiento de paz y esperanza al enfrentarse con la muerte tan sólo meses después de haber perdonado a su enemiga impenitente.

Ella me preguntó: “Cuando llegue allí, ¿cómo será estar en el cielo?”.

Le dije: “Todo lo que sé, por lo que he visto en cuanto a su capacidad para ejercer la fe y para perdonar, es que le darán una maravillosa bienvenida”.

Tengo otras palabras de aliento para aquellos que ahora se preguntan si su fe en Jesucristo les será suficiente para perseverar bien hasta el fin. Tuve la bendición de conocer a otros de ustedes, que ahora están escuchando, cuando eran más jóvenes, vigorosos y más talentosos que la mayoría de los que los rodeaban; sin embargo, eligieron hacer lo que el Salvador habría hecho. De su abundancia encontraron maneras de ayudar y cuidar a los que tal vez hubieran ignorado o despreciado desde su posición en la vida.

Cuando lleguen las pruebas difíciles, allí estará la fe para soportarlas, fe que fue edificada, como podrán notar ahora, pero que quizás no hayan notado en el momento en que actuaron con el amor puro de Cristo, sirviendo y perdonando a los demás como el Salvador lo habría hecho. Ustedes edificaron un cimiento de fe al amar como el Salvador amó y al servirlo. Su fe en Él condujo a actos de caridad que les brindarán esperanza.

Nunca es demasiado tarde para fortalecer el cimiento de la fe. Siempre hay tiempo. Con fe en el Salvador, pueden arrepentirse y suplicar perdón. Hay alguien a quien perdonar; hay alguien a quien agradecer; hay alguien a quien servir y animar. Pueden hacerlo dondequiera que estén y no importa cuán solos y aislados se sientan.

No puedo prometerles que se acabarán sus adversidades en esta vida; no puedo asegurarles que sus tribulaciones les parecerán como si fueran sólo un momento. Una de las características de las pruebas de la vida es que parecen hacer que los relojes anden más lentos y luego, hasta parecen casi detenerse.

Hay razones para ello; el conocerlas quizás no brinde mucho consuelo, pero puede darles un sentimiento de paciencia. Esas razones se derivan de este hecho: el Padre Celestial y el Salvador, en el amor perfecto que tienen por ustedes, desean que estén en condiciones de estar con Ellos a fin de vivir en familias para siempre. Únicamente aquellos que han quedado perfectamente limpios mediante la expiación de Jesucristo pueden morar en ese lugar.

Mi madre luchó contra el cáncer durante casi diez años. Los tratamientos, las cirugías y finalmente el estar confinada en cama fueron algunas de sus pruebas.

Recuerdo a mi padre decir al verla dar su último aliento: “Una niña se ha ido a casa a descansar”.

Uno de los oradores en su funeral fue el presidente Spencer W. Kimball. Entre los homenajes que rindió, recuerdo uno que fue algo así: “Tal vez algunos de ustedes hayan pensado que Mildred sufrió mucho y por tanto tiempo debido a algo malo que había hecho y que requería de las pruebas”. Luego él dijo: “No fue eso; sólo era que Dios quería que se la puliera un poco más”. Recuerdo que pensé en ese momento: “Si una mujer tan buena necesitó que se la puliera tanto, ¿qué puedo esperar yo?”.

Si tenemos fe en Jesucristo, los tiempos más difíciles de la vida, así como los más fáciles, pueden ser una bendición. En todas las situaciones, podemos elegir lo justo con la guía del Espíritu. Tenemos el evangelio de Jesucristo para dar forma y guía a nuestra vida si así lo decidimos. Y con los profetas que nos revelan nuestro lugar en el plan de salvación podemos vivir con perfecta esperanza y con un sentimiento de paz. Nunca tenemos que sentir que estamos solos ni que no se nos ama cuando estamos al servicio del Señor, porque nunca es así. Podemos sentir el amor de Dios. El Salvador ha prometido ángeles a nuestra diestra y a nuestra siniestra para sostenernos10. Él siempre cumple Su palabra.

Testifico que Dios el Padre vive y que Su Amado Hijo es nuestro Redentor. El Espíritu Santo ha confirmado la verdad en esta conferencia y lo hará de nuevo a medida que ustedes la busquen al escuchar y cuando después estudien los mensajes de los siervos autorizados del Señor que están aquí. El presidente Thomas S. Monson es el profeta del Señor para todo el mundo. El Señor vela por ustedes. Dios el Padre vive, Su Hijo Amado Jesucristo es nuestro Redentor y Su amor es inagotable. De ello testifico en el nombre de Jesucristo. Amén.

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  1.  

    1. Véase Spencer W. Kimball, “Dame, pues, ahora este monte”, Liahona, enero de 1980, pág. 125.

  2.  

    2.  Doctrina y Convenios 122:7–9.

  3.  

    3.  Doctrina y Convenios 19:15–19.

  4.  

    4.  Jeremías 8:22.

  5.  

    5.  Josué 1:5.

  6.  

    6. Véase Thomas S. Monson, “Contemplad a Dios y vivid”, Liahona, julio de 1998, pág. 56.

  7.  

    7.  Éter 12:6–9.

  8.  

    8.  Éter 12:18.

  9.  

    9. “Yo sé que vive mi Señor”, Himnos, Nº 73.

  10.  

    10. Véase Doctrina y Convenios 84:88.