Sacrificio

Por el élder Dallin H. Oaks

Del Quórum de los Doce Apóstoles


Por el élder Dallin H. Oaks
Nuestras vidas de servicio y sacrificio son las expresiones más apropiadas de nuestro compromiso de servir al Maestro y a nuestro prójimo.

El sacrificio expiatorio de Jesucristo ha sido llamado el “más trascendental de todos los acontecimientos desde los albores de la creación hasta las edades interminables de la eternidad”1. Ese sacrificio es el mensaje central de todos los profetas, el cual se representaba de antemano mediante los sacrificios de animales prescritos por la ley de Moisés. Un profeta declaró que el significado completo de ellos “[señalaba] a ese gran y postrer sacrificio… [del] Hijo de Dios, sí, infinito y eterno” (Alma 34:14). Jesucristo soportó un sufrimiento incomprensible para ofrecerse a Sí mismo en sacrificio por los pecados de todos. Ese sacrificio ofreció el bien supremo, el Cordero puro sin mancha, a cambio de la medida suprema de maldad, los pecados de todo el mundo. En las memorables palabras de Eliza R. Snow:

Su vida libremente dio;
Su sangre derramó.
Su sacrificio de amor
al mundo rescató2.

Ese sacrificio, la expiación de Jesucristo, es la parte fundamental del plan de salvación.

El sufrimiento incomprensible de Jesucristo puso fin al sacrificio por derramamiento de sangre, pero no puso fin a la importancia del sacrificio en el plan del Evangelio. Nuestro Salvador nos requiere que continuemos ofreciendo sacrificios, pero los sacrificios que Él manda ahora son que le “[ofrezcamos] un corazón quebrantado y un espíritu contrito” (3 Nefi 9:20). También nos manda, a cada uno de nosotros, amarnos y prestarnos servicio el uno al otro; de hecho, que ofrezcamos una pequeña imitación de Su propio sacrificio al hacer sacrificios de nuestro propio tiempo y prioridades egoístas. En un inspirado himno cantamos: “Por sacrificios se dan bendiciones”3.

Hablaré de estos sacrificios terrenales que nuestro Salvador pide que hagamos; ello no incluirá sacrificios que nos veamos obligados a hacer, ni acciones que podrían ser motivadas por ventajas personales y no por el servicio y el sacrificio (véase 2 Nefi 26:29).

I.

La fe cristiana tiene una historia de sacrificio, lo cual incluye el sacrificio supremo. En los primeros años de la era cristiana, Roma martirizó a miles a causa de su fe en Jesucristo. Siglos más tarde, cuando las controversias doctrinales dividían a los cristianos, algunos grupos persiguieron y hasta dieron muerte a miembros de otros grupos. Los cristianos asesinados por otros cristianos son los mártires más trágicos de la fe cristiana.

Muchos cristianos han hecho sacrificios de manera voluntaria motivados por la fe en Cristo y el deseo de servirle. Algunos han optado por dedicar toda su vida adulta al servicio del Maestro. Entre ese noble grupo se encuentran quienes integran las órdenes religiosas de la iglesia Católica y quienes han prestado toda una vida de servicio como misioneros cristianos de diversas denominaciones protestantes. Los ejemplos de todos ellos resultan desafiantes e inspiradores, pero no se espera que la mayoría de los creyentes en Cristo dediquen toda la vida al servicio religioso ni tampoco pueden hacerlo.

II.

Para la mayoría de los seguidores de Cristo, nuestros sacrificios abarcan lo que podemos hacer a diario en nuestra vida común y corriente. En ese aspecto, no sé de ningún grupo cuyos miembros hagan más sacrificios que los Santos de los Últimos Días. Sus sacrificios, los sacrificios de ustedes, mis hermanos y hermanas, contrastan con los habituales esfuerzos mundanales que se hacen con el fin de brindar satisfacción personal.

Mis primeros ejemplos son nuestros pioneros mormones; los grandiosos sacrificios de sus vidas, de las relaciones familiares, de sus hogares y de sus comodidades constituyen el fundamento del Evangelio restaurado. Sarah Rich aludió a lo que motivó a aquellos pioneros cuando describió a su esposo, Charles, tras recibir un llamamiento misional que lo llevaría lejos de su hogar: “Ciertamente aquel fue un tiempo de pruebas tanto para mí como para mi esposo; mas el deber nos llamó a separarnos por un tiempo y, sabiendo que [estábamos] obedeciendo la voluntad del Señor, nos sentimos inclinados a sacrificar nuestros propios sentimientos a fin de ayudar a establecer la obra… de ayudar a edificar el reino de Dios sobre la tierra”4.

Hoy, la fuerza más visible de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es el servicio y el sacrificio desinteresados de sus miembros. Antes de la rededicación de uno de nuestros templos, un ministro cristiano le preguntó al presidente Gordon B. Hinckley por qué no había en él ninguna representación de la cruz, el símbolo más común de la fe cristiana. El presidente Hinckley respondió que los símbolos de nuestra fe cristiana son “las vidas de nuestros miembros”5. En verdad, nuestras vidas de servicio y sacrificio son las expresiones más apropiadas de nuestro compromiso de servir al Maestro y a nuestro prójimo.

III.

En La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días no tenemos un clero con capacitación profesional ni asalariado. Como resultado, los miembros laicos a los que se llama a dirigir y prestar servicio a nuestras congregaciones deben llevar toda la carga de los numerosos programas, reuniones y actividades de la Iglesia. Hacen eso en las más de 14.000 congregaciones que hay sólo en los Estados Unidos y en Canadá. Claro que no somos los únicos que tienen miembros laicos de nuestras congregaciones que sirven como maestros y líderes laicos; pero la cantidad de tiempo que donan nuestros miembros para capacitarse y ministrarse el uno al otro es excepcionalmente grande. Nuestro empeño de que cada familia de nuestras congregaciones reciba la visita de sus maestros orientadores todos los meses y de que cada mujer adulta reciba a las maestras visitantes de la Sociedad de Socorro todos los meses son ejemplos de ello. Desconocemos que haya un servicio semejante en alguna otra organización del mundo.

Los ejemplos más conocidos de servicio y sacrificio excepcionales de los SUD es la obra de nuestros misioneros. Actualmente hay más de 50.000 jóvenes y jovencitas, y más de 5.000 hombres y mujeres mayores que dedican entre seis meses y dos años de su vida para enseñar el evangelio de Jesucristo y prestar servicio humanitario en más de 160 países del mundo. Su labor siempre implica sacrificio, incluso los años que dedican a la obra del Señor, así como los sacrificios que se hacen a fin de proveer los fondos para su sostén.

Quienes permanecen en sus hogares, los padres y otros miembros de la familia, también se sacrifican al tener que privarse de la compañía y el servicio de los misioneros que envían. Por ejemplo, un joven brasileño recibió su llamamiento misional mientras trabajaba para mantener a sus hermanos y hermanas tras el fallecimiento de su padre y de su madre. Una Autoridad General describió cómo esos hijos se reunieron en consejo y recordaron que sus padres ya fallecidos les habían enseñado la forma en que debían estar preparados para servir al Señor. El joven aceptó su llamamiento misional y uno de los hermanos de 16 años tomó sobre sí la responsabilidad de trabajar para mantener a la familia6. La mayoría de nosotros conoce muchos otros ejemplos de sacrificio para prestar servicio en una misión o para mantener a un misionero. Desconocemos que haya en alguna organización del mundo un servicio y un sacrificio de carácter voluntario como éste.

Con frecuencia se nos pregunta: “¿Cómo persuaden a sus jóvenes y a los miembros de mayor edad para que dejen sus estudios o su vida de jubilados y se sacrifiquen de ese modo?”. He oído a muchos dar esta explicación: “Sabiendo lo que el Señor hizo por mí, ofrecer Su gracia al sufrir por mis pecados y al vencer la muerte para que yo pudiera volver a vivir, me siento privilegiado de hacer este pequeño sacrificio que se me pide en el servicio de Él; deseo compartir el entendimiento que Él me ha dado”. ¿Cómo persuadimos a tales seguidores de Cristo para que presten servicio? Como explicó un profeta: “…simplemente se lo pedimos”7.

Otros sacrificios que resultan del servicio misional son los sacrificios que hacen aquellos que actúan movidos por las enseñanzas de los misioneros y se convierten en miembros de la Iglesia. Para muchos conversos, esos sacrificios son muy significativos e incluyen la pérdida de amistades y relaciones familiares.

Hace muchos años, en una de estas conferencias se oyó de un joven que conoció el Evangelio restaurado mientras estudiaba en los Estados Unidos. Cuando este hombre estaba a punto de regresar a su país de origen, el presidente Gordon B. Hinckley le preguntó qué le sucedería cuando volviera a casa siendo cristiano. “Mi familia se decepcionará”, respondió el joven. “Puede que me expulsen y que me den por muerto. En cuanto a mi futuro y mi carrera, quizás se me niegue toda oportunidad”.

“¿Está dispuesto a pagar un precio tan alto por el Evangelio?”, le preguntó el presidente Hinckley.

Con lágrimas en los ojos, el joven le contestó: “Es verdadero, ¿no es así?”. Cuando se le confirmó que sí, agregó: “Entonces, ¿qué importa lo demás?”8. Ése es el espíritu de sacrificio que existe entre muchos de nuestros miembros nuevos.

Otros ejemplos de servicio y sacrificio se observan en la vida de los miembros fieles que prestan servicio en los templos. El servicio en el templo es algo único de los Santos de los Últimos Días, pero el significado de tal sacrificio debe ser entendible para todos los cristianos. Los Santos de los Últimos Días no cuentan con una tradición de servicio en un monasterio, pero aun podemos entender y honrar el sacrificio de aquéllos cuya fe cristiana los motiva a dedicar su vida a esa actividad religiosa.

Hace justo un año, en esta conferencia, el presidente Thomas S. Monson compartió un ejemplo de sacrificio en relación con el servicio en el templo. Un fiel padre Santo de los Últimos Días de una isla remota del Pacífico realizó un arduo trabajo físico durante seis años en un lugar distante a fin de ganar el dinero necesario para llevar a su esposa y 10 hijos a casarse y sellarse por la eternidad en el Templo de Nueva Zelanda. El presidente Monson explicó: “Aquellos que comprenden las bendiciones eternas que se reciben mediante el templo saben que ningún sacrificio es demasiado grande, ningún precio demasiado caro ni ningún esfuerzo demasiado difícil para recibir esas bendiciones”9.

Estoy agradecido por los maravillosos ejemplos de amor, servicio y sacrificio cristianos que he visto entre los Santos de los Últimos Días. Los veo desempeñando sus llamamientos de la Iglesia, a menudo a costa de un gran sacrificio de tiempo y de recursos. Los veo sirviendo en misiones costeadas por ustedes mismos; los veo donando alegremente sus aptitudes profesionales en actos de servicio a su prójimo; los veo atendiendo al pobre mediante esfuerzos personales y al contribuir con los programas de bienestar y humanitario de la Iglesia10. Todo eso se confirma en un estudio a nivel nacional que concluyó que los miembros activos de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días “se ofrecen como voluntarios y donan muchísimo más que el estadounidense común y corriente, y que incluso son más generosos en su donación de tiempo y de dinero que las personas religiosas que están en el [20 por ciento del] estrato superior de los Estados Unidos”11.

Tales ejemplos de dar a los demás nos fortalecen a todos y nos recuerdan la enseñanza del Salvador:

“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo…

“Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá, y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 16:24–25).

IV.

Tal vez los ejemplos más conocidos e importantes de servicio y de sacrificio desinteresados ocurren en nuestra familia. La madre se dedica a la crianza y al cuidado de los hijos, mientras que el esposo se entrega al sostén de su esposa e hijos. Los sacrificios que existen en ese servicio de importancia eterna para nuestra familia son demasiado numerosos y demasiado conocidos para mencionarlos.

También veo a generosos Santos de los Últimos Días que adoptan niños, incluso aquéllos con necesidades especiales, y que procuran brindar a los niños que tienen bajo su tutela la esperanza y las oportunidades que les fueron negadas en circunstancias anteriores. Los veo atendiendo a familiares y vecinos que tienen defectos congénitos y dolencias mentales y físicas, y a los que sufren los efectos del paso de los años. El Señor también los ve y ha hecho que Sus profetas declaren que “al sacrificarse el uno por el otro y por sus hijos, el Señor los bendecirá”12.

Creo que los Santos de los Últimos Días que dan servicio desinteresado y se sacrifican imitando a nuestro Salvador como forma de adoración, se adhieren a valores eternos en una mayor medida que cualquier otro grupo de personas. Los Santos de los Últimos Días consideran sus sacrificios de tiempo y recursos como parte de su formación y preparación para la eternidad. Ésta es una verdad revelada en Lectures on Faith (Discursos sobre la fe) que enseñan que “una religión que no requiere el sacrificio de todas las cosas nunca tiene el poder suficiente de producir la fe necesaria para llevar a la vida y salvación… [Es] mediante este sacrificio, y sólo éste, que Dios ha ordenado que los hombres gozarán de la vida eterna”13.

Así como el sacrificio expiatorio de Jesucristo es la parte fundamental del plan de salvación, los seguidores de Cristo debemos hacer nuestros propios sacrificios para prepararnos para el destino que ese plan nos proporciona.

Sé que Jesucristo es el Hijo Unigénito de Dios el Padre Eterno. Sé que, debido a Su sacrificio expiatorio, tenemos la certeza de la inmortalidad y la oportunidad de la vida eterna. Él es nuestro Señor, nuestro Salvador y nuestro Redentor, y testifico de Él, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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  1.  

    1. Bruce R. McConkie, The Promised Messiah: The First Coming of Christ, 1981, pág. 218.

  2.  

    2. “Jesús, en la corte celestial”, Himnos, Nº 116.

  3.  

    3. “Loor al Profeta”, Himnos, Nº 15.

  4.  

    4. Sarah Rich, en Guinever Thomas Woolstenhulme, “I Have Seen Many Miracles”, en Richard E. Turley Jr. y Brittany A. Chapman, editores, Women of Faith in the Latter Days: Volume 1, 1775–1820, 2011, pág. 283.

  5.  

    5. Gordon B. Hinckley, “El símbolo de nuestra fe”, Liahona, abril de 2005, pág. 3.

  6.  

    6. Véase Harold G. Hillam, “El sacrificio al prestar servicio”, Liahona, noviembre de 1995, pág. 46.

  7.  

    7. Gordon B. Hinckley, “El milagro de la fe”, Liahona, julio de 2001, pág. 84.

  8.  

    8. Gordon B. Hinckley, “¿No es acaso la verdad?”, Liahona, julio de 1993, pág. 2; véase también Neil L. Andersen, “Es verdadero, ¿no es así? Entonces, ¿qué importa lo demás?”, Liahona, mayo de 2007, pág. 74.

  9.  

    9. Thomas S. Monson, “El Santo Templo: Un faro para el mundo”, Liahona, mayo de 2011, pág. 92.

  10.  

    10. Véase, por ejemplo, Naomi Schaefer Riley, “What the Mormons Know about Welfare”, Wall Street Journal, 18 de febrero de 2012, pág. A11.

  11.  

    11. Ram Cnaan y otros, “Called to Serve: The Prosocial Behavior of Active Latter-day Saints”, borrador, pág. 16.

  12.  

    12. Véase Ezra Taft Benson, “A los mayores solteros de la Iglesia”, Liahona, mayo de 1988, pág. 49.

  13.  

    13.  Lectures on Faith, 1985, pág. 69.