Para hallar a los perdidos

Por el élder M. Russell Ballard

Del Quórum de los Doce Apóstoles


Por el élder M. Russell Ballard
Al tratar de vivir el Evangelio y la doctrina de Cristo, el Espíritu Santo los guiará a ustedes y a su familia.

Hermanos y hermanas, según las Escrituras, la Liahona era “una esfera… esmeradamente labrada”, con dos agujas, una de las cuales indicaba el camino que la familia del padre Lehi debía seguir por el desierto (1 Nefi 16:10).

Creo que sé por qué Lehi se sorprendió grandemente cuando la vio por primera vez, porque me acuerdo de mi propia reacción la primera vez que vi una unidad de GPS (Sistema de posicionamiento global). En mi mente era un dispositivo moderno “esmeradamente labrado”. De alguna manera que no puedo ni siquiera imaginar, este pequeño dispositivo, en mi teléfono, puede determinar exactamente dónde estoy y decirme exactamente cómo llegar a donde quiero ir.

Para mi esposa, Barbara, y para mí, el GPS es una bendición. Para Barbara significa que ella no tiene que decirme que me detenga y pida indicaciones; y para mí significa que puedo tener razón cuando digo, “No tengo que preguntarle a nadie. Sé exactamente a donde voy”.

Ahora bien, hermanos y hermanas, tenemos a nuestro alcance una herramienta aún más notable que el mejor GPS. Todo el mundo se pierde en algún momento, hasta cierto punto. Es por medio de los susurros del Espíritu Santo que se nos puede llevar con seguridad de vuelta al sendero correcto; y es el sacrificio expiatorio del Salvador que nos puede llevar de regreso a casa.

El estar perdidos puede aplicarse a sociedades enteras, así como a las personas individuales. Hoy en día vivimos en una época en que gran parte de este mundo ha perdido el rumbo, en particular con respecto a los valores y las prioridades en nuestros hogares.

Hace cien años, el presidente Joseph F. Smith conectó la felicidad directamente a la familia y nos amonestó a centrar allí nuestros esfuerzos. Él dijo: “No puede haber felicidad genuina aparte y separada del hogar… No existe felicidad sin servicio, y no hay servicio más grande que el que convierte el hogar en una institución divina y fomenta y preserva la vida familiar… Es el hogar lo que debe reformase” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Joseph F. Smith 1998, págs. 410, 412).

Son nuestros hogares y nuestras familias los que deben reformarse en este mundo cada vez más materialista y secular. Un ejemplo sorprendente es el desprecio cada vez mayor que existe hacia el matrimonio aquí, en Estados Unidos. A principios de este año, el periódico New York Times informó que “la proporción de niños nacidos de madres solteras ha cruzado un umbral: más de la mitad de los nacimientos de mujeres estadounidenses menores de 30 años se producen fuera del matrimonio” (Jason DeParle y Sabrina Tavernise, “Unwed Mothers Now a Majority Before Age of 30”, New York Times, 18 de febrero de 2012, A1).

Además, sabemos que entre las parejas de los Estados Unidos que sí se casan, se divorcian cerca de la mitad. Incluso aquellas que permanecen casadas a menudo pierden su camino y dejan que otras cosas interfieran en sus relaciones familiares.

Igualmente preocupante es la brecha cada vez mayor que existe entre ricos y pobres, y la que hay entre los que se esfuerzan por conservar los valores y compromisos familiares y los que han renunciado a hacerlo. Estadísticamente, los que tienen menos formación académica y por consiguiente ingresos más bajos, son menos propensos a contraer matrimonio y a ir a la iglesia y mucho más propensos a involucrarse en la delincuencia y a tener hijos fuera del matrimonio. Estas tendencias son también preocupantes en gran parte del resto del mundo. (Véase W. Bradford Wilcox y otros autores, “No Money, No Honey, No Church: The Deinstitutionalization of Religious Life among the White Working Class”, disponible en la página www.virginia.edu/marriageproject/pdfs/Religion_WorkingPaper.pdf.)

A diferencia de lo que muchos pensaban, la prosperidad y la formación académica parecen estar conectadas a una mayor probabilidad de tener familias y valores tradicionales.

La verdadera pregunta, por supuesto, tiene que ver con causa y efecto. ¿Algunos sectores de la sociedad tienen valores y familias más fuertes, debido a que tienen más estudios y prosperidad, o es que tienen más estudios y prosperidad debido a que tienen valores y familias fuertes? En esta Iglesia mundial sabemos que es esto último. Cuando la gente hace compromisos familiares y religiosos con los principios del Evangelio, comienzan a mejorar espiritual y, a menudo, también temporalmente.

Y, claro está que, las sociedades en general se fortalecen a medida que las familias se hacen más fuertes. Los compromisos familiares y los valores son la causa básica. Casi todo lo demás es efecto. Cuando las parejas se casan y contraen compromisos mutuos, aumentan en gran medida sus posibilidades de bienestar económico. Cuando los niños nacen dentro del matrimonio y tienen a los dos, a una mamá y a un papá, sus oportunidades y su probabilidad de éxito en el trabajo aumentan considerablemente. Y cuando los integrantes de la familia trabajan y juegan juntos, los vecindarios y las comunidades prosperan, las economías mejoran, y se requieren menos subsidios del gobierno y menos programas costosos.

Así que la mala noticia es que la desintegración familiar está ocasionando una serie de males sociales y económicos. Pero la buena noticia es que, como en toda causa y efecto, esos males pueden ser reversibles si se cambia lo que los está causando. Las desigualdades se resuelven viviendo los principios y valores correctos. Hermanos y hermanas, la causa más importante de nuestra vida es nuestra familia. Si nos dedicamos a esta causa, mejoraremos todos los demás aspectos de nuestra vida y nos convertiremos, como pueblo y como Iglesia, en un ejemplo y un faro para todos los pueblos de la tierra.

Pero esto no es fácil en un mundo donde los corazones siguen muchos rumbos y donde el planeta entero parece estar en constante movimiento y cambiando a un ritmo nunca antes imaginado. Nada permanece igual por mucho tiempo. Los estilos, las tendencias, las modas, lo políticamente correcto e incluso la percepción del bien y el mal cambian y varían. Como predijo el profeta Isaías, lo malo se presenta como bueno y lo bueno como malo (véase Isaías 5:20).

La división espiritual se amplía aun más conforme el mal se hace cada vez más engañoso y sutil, y atrae a la gente hacia él como un oscuro imán, de la misma manera que el Evangelio de verdad y luz atrae a los honrados de corazón y a los honorables de la tierra, que buscan lo que es moral y bueno.

Tal vez seamos relativamente pocos en número, pero como miembros de esta Iglesia podemos atravesar estas brechas cada vez mayores. Conocemos el poder del servicio centrado en Cristo, que une a los hijos de Dios sin importar su condición espiritual o económica. Hace un año, la Primera Presidencia nos invitó a participar en un día de servicio, para celebrar los 75 años del Programa de bienestar que ayuda a la gente a ser más autosuficiente. Millones de horas fueron aportadas por nuestros miembros en todo el mundo.

La Iglesia es un amarradero en este mar tempestuoso, un ancla en las agitadas aguas de cambio y de división, y un faro para aquellos que valoran y buscan la rectitud. El Señor usa esta Iglesia como una herramienta para atraer a Sus hijos en todo el mundo hacia la protección de Su Evangelio.

El espíritu de Elías, que no tiene fronteras, también es un gran poder en los propósitos del Señor para el destino eterno de Sus hijos. En las palabras de Malaquías, el Espíritu Santo hace “volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres” (Malaquías 4:6).

La Iglesia se erige como un ejemplo en cuanto a hacer cambiar el corazón y como un catalizador para el bien en el mundo. Entre los miembros de la Iglesia que se casan en el templo y que asisten regularmente a las reuniones dominicales, la tasa de divorcios es significativamente menor que la del mundo, y los integrantes de la familia permanecen más cerca y se comunican más frecuentemente. La salud en nuestras familias es mejor, y vivimos varios años más que el promedio de la población. Aportamos más recursos financieros y más servicio per cápita a los necesitados, y tenemos más probabilidad de procurar una educación superior. Señalo estas cosas no para presumir, sino para testificar que la vida es mejor (y mucho más feliz) cuando los corazones se vuelven hacia la familia y cuando las familias viven en la luz del evangelio de Cristo.

Por tanto, ¿qué podemos hacer para no perdernos? En primer lugar, sugiero que establezcamos prioridades. Que todo lo que hacen fuera de casa esté sujeto a lo que sucede dentro de ella y lo apoye. Recuerden el consejo del presidente Harold B. Lee, que “la obra más importante…que harán será la que realicen dentro de las paredes de su propio hogar” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Harold B. Lee, 2000, pág. 142) y el clásico consejo del presidente David O. McKay: “Ningún éxito puede compensar el fracaso en el hogar” (citado de J. E. McCulloch, Home: The Savior of Civilization, 1924, pág. 42, en Conference Report, abril de 1935, pág. 116).

Organicen sus vidas personales para dar tiempo a la oración, a las Escrituras y a las actividades en familia. Den a sus hijos responsabilidades en el hogar que les enseñen cómo trabajar. Enséñenles que vivir el Evangelio los alejará de la suciedad, de la promiscuidad y la violencia de internet, de los medios de comunicación y de los videojuegos; no se perderán y estarán preparados para afrontar reponsabilidadesa cuando les sean confiadas.

En segundo lugar, ¡tenemos que hacer las cosas en el orden correcto! Primero el matrimonio y después la familia. Son demasiados en el mundo los que han olvidado este orden natural de las cosas y piensan que pueden cambiarlo o incluso invertirlo. Alejen cualquier temor que tengan por medio de la fe. Confíen en el poder de Dios para guiarlos.

A ustedes que aún no están casados, pongan especial atención para encontrar a su pareja eterna. Hombres jóvenes, recuerden algo más que dijo el presidente Joseph F. Smith: “El estado de soltero… [inculca] en la mente superficial la idea de que [es] cosa deseable, porque [trae] consigo sólo un responsabilidad mínima… La verdadera culpa descansa en los [varones] jóvenes. La libertad de la época los desvía de las sendas del deber y la responsabilidad… Las hermanas son las víctimas… [y] se casarían, si pudieran, y aceptarían gustosamente las responsabilidades de la vida familiar” (véase Doctrina del Evangelio, 1939, pág. 275).

Y para ustedes, las mujeres jóvenes, añadiría que tampoco deben perder de vista esta responsabilidad. Ninguna carrera profesional puede traerles tanta satisfacción como la crianza de una familia. Y cuando tengan mi edad, se darán cuenta de eso aún más.

En tercer lugar, esposos y esposas, ustedes deben ser compañeros iguales en su matrimonio. Lean con frecuencia y comprendan la proclamación sobre la familia y síganla. Eviten el injusto dominio en cualquiera de sus formas. Nadie es dueño del cónyuge o de los hijos; Dios es el Padre de todos nosotros y nos ha concedido el privilegio de tener nuestra propia familia, que antes era sólo de Él, para ayudarnos a ser más como Él. Como hijos Suyos, debemos aprender en el hogar a amar a Dios y saber que podemos pedirle a Él la ayuda que necesitemos. Todos, casados o solteros, podemos ser felices y servir de apoyo dentro de cualquier familia que tengamos.

Y, por último, utilicen los recursos para la familia de la Iglesia. En la crianza de los hijos, las familias pueden recurrir a la ayuda del barrio. Apóyense y trabajen en conjunto con los líderes del sacerdocio y de las organizaciones auxiliares, y aprovechen al máximo los programas de la Iglesia para la juventud y las familias. Recuerden otra de las interesantes frases del presidente Lee, que la Iglesia es el andamiaje con el que formamos familias eternas (véase Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Harold B. Lee, 2000, pág. 164).

Ahora bien, si por alguna razón ustedes, individualmente o como familias, se han desviado del camino, entonces sólo tienen que aplicar las enseñanzas del Salvador, que están en Lucas, capítulo 15, para corregir el rumbo. Aquí el Salvador habla del esfuerzo de un pastor en busca de su oveja perdida, de una mujer que busca una moneda perdida y de la acogida que recibió el hijo pródigo que volvía a casa. ¿Por qué enseñó Jesús estas parábolas? Él quería que supiéramos que nunca estaremos tan perdidos como para no poder encontrar el camino por medio de Su expiación y Sus enseñanzas.

Al tratar de vivir el Evangelio y la doctrina de Cristo, el Espíritu Santo los guiará a ustedes y a su familia. Tendrán un GPS espiritual para indicarles siempre dónde están y hacia dónde van. Doy testimonio de que el resucitado Redentor de la humanidad nos ama a todos y Él ha prometido que, si lo seguimos, Él nos conducirá con seguridad de regreso a la presencia de nuestro Padre Celestial, de lo que testifico en el nombre de Jesucristo. Amén.