El poder de librarse

Por el élder L. Tom Perry

Del Quórum de los Doce Apóstoles


Por el élder L. Tom Perry
Podemos ser librados de la maldad y la perversidad al recurrir a las enseñanzas de las Santas Escrituras.

Tengo un muy buen amigo que me manda una corbata nueva para usar durante la sesión en la que discurso en cada conferencia general. Él tiene buen gusto, ¿verdad?

Mi joven amigo tiene algunos desafíos difíciles. En algunos aspectos lo limitan, pero en otros él es extraordinario. Por ejemplo, su valentía como misionero se compara a la de los hijos de Mosíah. La simplicidad de sus creencias hace que sus convicciones sean increíblemente firmes y estables. Creo que en la mente de Scott es inimaginable que no todos sean miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, y que no todos hayan leído el Libro de Mormón ni tengan un testimonio de su veracidad.

Permítanme contarles un suceso en la vida de Scott cuando realizaba solo su primer viaje en avión para visitar a su hermano. Un pasajero que estaba sentado cerca escuchó la conversación de Scott con la persona sentada al lado de él:

“Hola, me llamo Scott. ¿Cómo se llama usted?”.

Su compañero de asiento le dijo su nombre.

“¿A qué se dedica?”.

“Soy ingeniero”.

“Qué bien. ¿Dónde vive?”.

“En Las Vegas”.

“Tenemos un templo allí. ¿Sabe dónde está el templo mormón?”.

“Sí. Es un edificio hermoso”.

“¿Es usted mormón?”.

“No”.

“Bueno, debería serlo; es una gran religión. ¿Ha leído el Libro de Mormón?”.

“No.”

“Debería hacerlo; es un gran libro”.

Estoy totalmente de acuerdo con Scott, el Libro de Mormón es un gran libro. Las palabras del profeta José Smith, citadas en la página de introducción del Libro de Mormón, siempre han sido especiales para mí: “Declaré a los hermanos que el Libro de Mormón era el más correcto de todos los libros sobre la tierra, y la clave de nuestra religión; y que un hombre se acercaría más a Dios al seguir sus preceptos que los de cualquier otro libro”.

Este año en nuestras clases de la Escuela Dominical estamos estudiando el Libro de Mormón. Al prepararnos y al participar, espero que seamos motivados a seguir el ejemplo valiente de Scott para compartir nuestro amor por este libro de Escrituras especial con otras personas que no son de nuestra fe.

Un tema dominante en el Libro de Mormón se expresa en el último versículo del primer capítulo de 1 Nefi. Nefi escribe: “Pero he aquí, yo, Nefi, os mostraré que las entrañables misericordias del Señor se extienden sobre todos aquellos que, a causa de su fe, él ha escogido, para fortalecerlos, sí, hasta tener el poder de librarse” (1 Nefi 1:20).

Deseo hablarles sobre cómo el Libro de Mormón, el cual es una tierna misericordia del Señor preservada para estos últimos días, nos libera al enseñarnos de la manera “más correcta” y pura la doctrina de Cristo.

Muchas de las historias del Libro de Mormón son historias de liberación. La partida de Lehi al desierto con su familia era sobre la liberación de la destrucción de Jerusalén. La historia de los jareditas es una historia de liberación, como lo es la historia de los mulekitas. Alma hijo fue librado del pecado. Los jóvenes guerreros de Helamán fueron librados en batalla. Nefi y Lehi fueron librados de la prisión. El tema de la liberación es evidente en todo el Libro de Mormón.

Hay dos historias en el Libro de Mormón que son muy similares y enseñan una lección importante. La primera es del libro de Mosíah, comenzando con el capítulo 19. Aquí aprendemos del rey Limhi, que vivía en la tierra de Nefi. Los lamanitas comenzaron la guerra contra el pueblo de Limhi. El resultado de la guerra fue que los lamanitas permitirían que el rey Limhi gobernara sobre su propio pueblo, pero serían cautivos de ellos. Era una paz muy insegura (véase Mosíah 19–20).

Cuando el pueblo de Limhi se cansó de los abusos de los lamanitas, la gente convenció a su rey de que fueran a la batalla contra los lamanitas. El pueblo de Limhi fue derrotado tres veces y se impusieron pesadas cargas sobre ellos. Finalmente se humillaron y clamaron fervientemente al Señor para que Él los liberara (véase Mosíah 21:1–14). En el versículo 15 del capítulo 21 se nos dice cómo respondió el Señor: “Ahora bien, el Señor fue lento en oír su clamor a causa de sus iniquidades; sin embargo, oyó sus clamores y empezó a ablandar el corazón de los lamanitas, de modo que empezaron a aligerar sus cargas; no obstante, el Señor no juzgó oportuno librarlos del cautiverio”.

Poco después, Ammón y un pequeño grupo de hombres de Zarahemla llegaron y, con Gedeón, uno de los líderes del pueblo de Limhi, idearon un plan que tuvo buenos resultados y lograron escapar de los abusos de los lamanitas. El Señor fue lento en escuchar sus lamentaciones. ¿Por qué? Por sus iniquidades.

La segunda historia es similar en muchos aspectos pero a la vez diferente. El relato se registra en Mosíah 24.

Alma y su pueblo se habían establecido en la tierra de Helam cuando un ejército de lamanitas vino a la frontera de la tierra. Se reunieron y encontraron una solución pacífica (véase Mosíah 23:25–29). Muy pronto, los líderes de los lamanitas comenzaron a imponer su voluntad sobre el pueblo de Alma y colocaron sobre ellos pesadas cargas de soportar (véase Mosíah 24:8). En el versículo 13 leemos: “Y aconteció que la voz del Señor vino a ellos en sus aflicciones, diciendo: Alzad vuestras cabezas y animaos, pues sé del convenio que habéis hecho conmigo; y yo haré convenio con mi pueblo y lo libraré del cautiverio”.

El pueblo de Alma fue librado de las manos de los lamanitas y regresaron a salvo para reunirse con el pueblo de Zarahemla.

¿Cuál fue la diferencia entre el pueblo de Alma y el pueblo del rey Limhi? Obviamente había muchas diferencias: el pueblo de Alma era pacífico y más justo; ellos ya habían sido bautizados y establecido un convenio con el Señor; se humillaron ante el Señor incluso antes de que comenzaran sus tribulaciones. Todas estas diferencias hicieron oportuno y justo que el Señor los liberara rápidamente de una manera milagrosa de las manos que los tenían cautivos. Estas Escrituras nos enseñan en cuanto al poder liberador del Señor.

Las profecías que anunciaban los acontecimientos de la vida y misión de Jesucristo nos prometen la liberación que Él dará. Su Expiación y Resurrección nos proporcionan a todos nosotros un escape de la muerte física y, si nos arrepentimos, un escape de la muerte espiritual, trayendo con ello las bendiciones de la vida eterna. Las promesas de la Expiación y Resurrección, las promesas de liberación de la muerte física y espiritual, fueron declaradas por Dios a Moisés cuando Él dijo: “Porque, he aquí, ésta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39).

En contraste con las creencias bellísimamente diseñadas para nosotros en las Santas Escrituras, encontramos las fuerzas del secularismo empeñadas en oponerse a las creencias que desde hace mucho tiempo están en los escritos sagrados, escritos que nos han guiado por tantos siglos al definir los valores eternos y las normas de nuestra conducta en la vida. Ellos declaran que las enseñanzas en la Biblia son falsas y que las enseñanzas del Maestro son anticuadas. Sus voces claman que cada persona debe tener la libertad de establecer sus propias normas; intentan alterar los derechos de los creyentes, cosa contraria a lo que se enseña en las Escrituras y en las palabras de los profetas.

Qué bendición es tener el relato de la misión de nuestro Señor y Salvador declarada en el Libro de Mormón para añadir un segundo testigo a la doctrina proclamada en la Biblia. ¿Por qué es importante para el mundo tener tanto la Biblia como el Libro de Mormón? Creo que la respuesta se encuentra en el decimotercer capítulo de 1 Nefi. Nefi registra: “Y el ángel me habló, diciendo: Estos últimos anales que has visto entre los gentiles, establecerán la verdad de los primeros [la Biblia], los cuales son los de los doce apóstoles del Cordero, y darán a conocer las cosas claras y preciosas que se les han quitado, y manifestarán a todas las familias, lenguas y pueblos que el Cordero de Dios es el Hijo del Eterno Padre, y es el Salvador del mundo; y que es necesario que todos los hombres vengan a él, o no serán salvos” (versículo 40).

Ni la Biblia ni el Libro de Mormón por sí solos son suficiente. Ambos son necesarios para que enseñemos y aprendamos sobre la total y completa doctrina de Cristo. La necesidad de uno no disminuye la importancia de ninguno de los dos. Tanto la Biblia como el Libro de Mormón son necesarios para nuestra salvación y exaltación. Como enseñó el presidente Ezra Taft Benson tan poderosamente: “Cuando se usan juntos, la Biblia y el Libro de Mormón, confunden las falsas doctrinas” (“Un nuevo testigo de Cristo”, Liahona, enero de 1984, pág. 4).

Quisiera concluir mencionando dos historias, una del Antiguo Testamento y la otra del Libro de Mormón, a fin de mostrar cómo los libros trabajan juntos armoniosamente.

La historia de Abraham comienza con su liberación de los caldeos idólatras (véase Génesis 11:27–31; Abraham 2:1–4). Él y su esposa Sarah posteriormente fueron librados de su dolor; y se les prometió que mediante su posteridad todas las naciones de la tierra serían bendecidas (véase Génesis 18:18).

El Antiguo Testamento contiene el relato de Abraham que lleva a Lot, su sobrino, con él fuera de Egipto. Al darle la opción de escoger un lugar, Lot eligió la llanura del Jordán y asentó su tienda en dirección a Sodoma, una ciudad de gran maldad (véase Génesis 13:1–12). La mayoría de los problemas a los que Lot se enfrentó más tarde en la vida, y fueron varios, pueden remontarse a su primera decisión de colocar la puerta de su tienda en dirección a Sodoma.

Abraham, el padre de los fieles, experimentó la vida de manera diferente. Ciertamente tuvo muchos desafíos, pero fue una vida bendecida. No sabemos hacia qué dirección miraba la puerta de Abraham, pero hay un fuerte indicio en el último versículo del decimotercer capítulo de Génesis. Dice: “Abram [o Abraham], pues, levantando su tienda, vino y moró en el valle de Mamre, que está en Hebrón, y edificó allí un altar a Jehová” (Génesis 13:18).

Aunque no lo sé, personalmente creo que la puerta de la tienda de Abraham miraba hacia el altar que él construyó para el Señor. ¿Cómo llego a esa conclusión? Porque conozco la historia del Libro de Mormón sobre las instrucciones del rey Benjamín a su pueblo cuando los reunió para que escucharan sus últimas palabras. El rey Benjamín los instruyó para que pusieran las puertas de sus tiendas mirando al templo (véase Mosíah 2:1–6).

Podemos ser librados de la maldad y la perversidad al recurrir a las enseñanzas de las Santas Escrituras. El Salvador es el Gran Libertador, porque Él nos liberó de la muerte y del pecado (véase Romanos 11:26; 2 Nefi 9:12).

Declaro que Jesús es el Cristo y que podemos acercarnos más a Él al leer el Libro de Mormón. El Libro de Mormón es otro testamento de Jesucristo. Los primeros testamentos de nuestro Salvador son el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento, es decir, la Biblia.

Nuevamente recordemos la descripción de mi amigo Scott sobre el Libro de Mormón: “Es un gran libro”. Les testifico que mucha de la grandeza del Libro de Mormón es producto de su armonía con la Santa Biblia. En el nombre de Jesucristo. Amén.