El porqué del servicio en el sacerdocio

Por el presidente Dieter F. Uchtdorf

Segundo Consejero de la Primera Presidencia


Por el presidente Dieter F. Uchtdorf
Entender el porqué del Evangelio y el porqué del sacerdocio nos ayudará a ver el propósito divino de todo esto.

Atesoro esta maravillosa oportunidad de reunirme con los hermanos del sacerdocio y regocijarme con ustedes en la maravilla y la belleza del evangelio de Jesucristo. Los felicito por su fe, sus buenas obras y su rectitud perdurable.

Tenemos un vínculo en común, y es que todos hemos recibido la ordenación al sacerdocio de Dios de aquellos a quienes se les ha confiado la autoridad y el poder del santo sacerdocio. Ésa no es una bendición pequeña; es una sagrada responsabilidad.

El poder del porqué

Recientemente he estado pensando en dos llamamientos significativos que recibí como poseedor del sacerdocio en la Iglesia.

El primero de esos llamamientos vino cuando era diácono; yo asistía con mi familia a la rama de la Iglesia en Fráncfort, Alemania. En nuestra pequeña rama, fuimos bendecidos con muchas personas maravillosas; una de ellas fue nuestro presidente de rama, el hermano Landschulz. Lo admiraba mucho, a pesar de que siempre parecía estar serio, era muy formal y la mayoría de las veces vestía un traje oscuro. Recuerdo que, cuando era joven, bromeaba con mis amigos de lo anticuado que parecía ser nuestro presidente de rama.

Pensar en eso ahora me hace reír, porque es muy posible que los jóvenes de hoy en la Iglesia me vean a mí de manera muy similar.

Un domingo, el presidente Landschulz me preguntó si podía hablar conmigo. Mi primer pensamiento fue: “¿Qué habré hecho mal?”. Rápidamente pensé en las muchas cosas que podría haber hecho que hubieran inspirado a ese presidente de rama a conversar con un diácono.

El presidente Landschulz me invitó a pasar a un pequeño salón (nuestra capilla no tenía una oficina para el presidente de rama) y allí me extendió el llamamiento para servir como presidente del quórum de diáconos.

“Éste es un llamamiento importante”, dijo y luego se tomó el tiempo para señalarme el porqué. Explicó lo que él y el Señor esperaban de mí y cómo podría recibir ayuda.

No recuerdo mucho de lo que dijo, pero sí recuerdo muy bien cómo me sentí. Un espíritu sagrado y divino colmó mi corazón mientras él hablaba. Yo podía sentir que ésta era la Iglesia del Salvador, y sentí que el llamamiento que me había extendido era inspirado por el Espíritu Santo. Recuerdo que salí de ese pequeño salón sintiéndome bastante más alto que antes.

Han pasado casi sesenta años desde aquel día y todavía atesoro esos sentimientos de confianza y amor.

Al pensar en esa experiencia, traté de recordar cuántos diáconos había en nuestra rama en aquel entonces. Si recuerdo bien, creo que había dos; sin embargo, eso podría ser una gran exageración.

Pero realmente no importaba que hubiese un diácono o una docena; yo me sentía honrado, y quería servir lo mejor que me fuera posible y no defraudar ni a mi presidente de rama ni al Señor.

Ahora me doy cuenta de que el presidente de rama podría haberme extendido el llamamiento en forma rutinaria; simplemente me podría haber dicho que yo era el nuevo presidente del quórum de diáconos en el pasillo o en nuestra reunión del sacerdocio.

En cambio, pasó tiempo conmigo y me ayudó a entender no sólo qué hacer en mi asignación, sino más importante aún, el porqué.

Eso es algo que nunca olvidaré.

El punto de este relato no es sólo describir cómo extender llamamientos en la Iglesia (aunque éste fue un ejemplo maravilloso para mí en cuanto a la manera correcta de hacerlo); es un ejemplo para mí del poder motivador de liderazgo del sacerdocio que despierta al espíritu e inspira a la acción.

Se nos tienen que recordar constantemente las razones eternas detrás de lo que se nos ha mandado hacer. Los principios básicos del Evangelio deben ser parte de nuestra vida, aunque signifique aprenderlos una y otra vez. Eso no significa que este proceso debe ser rutinario o aburrido. Por el contrario, cuando enseñemos los principios fundamentales en nuestros hogares o en la Iglesia, dejemos que la llama del entusiasmo por el Evangelio y el fuego del testimonio lleve luz, calor y alegría al corazón de aquellos a quienes enseñemos.

Desde el diácono ordenado más recientemente al sumo sacerdote más antiguo, todos tenemos listas de qué podemos y debemos hacer en nuestras responsabilidades del sacerdocio. El qué es importante en nuestra obra y tenemos que prestarles atención. Pero es en el porqué del servicio en el sacerdocio que descubrimos el fuego, la pasión y el poder del sacerdocio.

El qué del servicio en el sacerdocio nos enseña lo que hacer; el porqué inspira nuestras almas.

El qué informa, pero el porqué transforma.

Una abundancia de cosas “buenas” para hacer

Otro llamamiento del sacerdocio en el cual he estado pensando llegó muchos años después, cuando tenía mi propia familia. Nos habíamos mudado de vuelta a Fráncfort, Alemania, y recién había recibido un ascenso en el trabajo que requeriría mucho de mi tiempo y atención. Durante esa ocupada época de mi vida, el élder Joseph B. Wirthlin me extendió el llamamiento para servir como presidente de estaca.

Durante mi entrevista con él, muchos pensamientos pasaron por mi mente; ni qué decir de la preocupación inquietante de que tal vez no tendría el tiempo suficiente que ese llamamiento requeriría. Aunque me sentía humilde y honrado por el llamamiento, me pregunté si podría aceptarlo. Pero fue sólo un pensamiento fugaz porque sabía que el élder Wirthlin había sido llamado por Dios y que él estaba haciendo la obra del Señor. ¿Qué podía hacer yo sino aceptar?

Hay veces que tenemos que avanzar hacia la oscuridad con fe, confiando en que Dios colocará tierra firme bajo nuestros pies una vez que lo hagamos. Así que, acepté con mucho gusto, sabiendo que Dios proveería.

En los primeros días de esa asignación, como estaca tuvimos el privilegio de recibir capacitación de algunos de los más grandes maestros y líderes de la Iglesia; hombres como el élder Russell M. Nelson y el presidente Thomas S. Monson fueron a nuestra área. Sus enseñanzas eran como el rocío del cielo y una inspiración para nosotros. Todavía tengo las notas que tomé durante esas sesiones de capacitación. Estos hermanos nos dieron la visión de lo que significa establecer el reino de Dios al edificar testimonios personales y fortalecer a las familias. Nos ayudaron a ver la manera de aplicar verdades y principios del Evangelio a nuestras circunstancias en particular y para nuestra época específica. Para decirlo de otra manera, líderes inspirados nos ayudaron a ver el porqué del Evangelio y, entonces, nosotros tuvimos que arremangarnos e ir a trabajar.

No pasó mucho tiempo antes de que nos diéramos cuenta de que había muchas cosas que una presidencia de estaca podía hacer; tantas, de hecho, que si no establecíamos prioridades inspiradas, pasaríamos por alto las importantes. Comenzaron a surgir prioridades opuestas, desviando nuestra atención de la visión que habían compartido las Autoridades Generales. Había muchas cosas “buenas” para hacer, pero no todas eran de tanta importancia.

Aprendimos una lección importante: el hecho de que algo sea bueno no siempre es razón suficiente para que requiera de nuestro tiempo y recursos. Nuestras actividades, iniciativas y planes deben estar inspirados y fundamentados en el porqué de nuestro servicio en el sacerdocio y no por cualquier tendencia llamativa o interés del momento. De lo contrario, pueden distraernos de nuestros esfuerzos, debilitar nuestra energía y atraparnos en nuestros pasatiempos, espirituales o temporales, que no están en el centro del discipulado.

Hermanos, todos sabemos que se requiere autodisciplina para permanecer centrados en los asuntos que tienen el mayor poder para aumentar nuestro amor por Dios y por el prójimo, vigorizar matrimonios, fortalecer familias y edificar el reino de Dios. Al igual que un árbol frutal con una abundancia de ramas y hojas, nuestras vidas tienen que ser podadas regularmente para asegurarnos de que utilicemos nuestra energía y nuestro tiempo para lograr nuestro verdadero propósito: “¡dar buenos frutos!”1.

No están solos

Entonces, ¿cómo sabemos qué elegir? Cada uno de nosotros tiene la responsabilidad de determinar eso por nosotros mismos. Sin embargo, se nos manda estudiar las Escrituras con diligencia, escuchar las palabras de los profetas y hacer de ello un asunto de oración seria, dedicada y colmada de fe.

Hermanos, Dios es fiel; por medio del Santo Espíritu, Él hablará a nuestras mentes y corazones concerniente al camino que debamos seguir durante cada segmento de nuestras vidas.

Si nuestros corazones son puros, si no buscamos nuestra propia gloria sino la gloria del Dios Todopoderoso, si procuramos hacer Su voluntad, si deseamos bendecir la vida de nuestra familia y de nuestro prójimo, no se nos dejará caminar solos. Como nos ha recordado a menudo el presidente Monson: “Cuando estamos en la obra del Señor, tenemos derecho a recibir la ayuda del Señor”2.

El Padre Celestial irá “delante de vuestra faz. [Estará] a vuestra diestra y a vuestra siniestra, y [Su] Espíritu estará en vuestro corazón, y [Sus] ángeles alrededor de vosotros, para sosteneros”3.

El poder de hacer

Mis queridos hermanos, las bendiciones divinas del servicio en el sacerdocio se activan por medio de nuestro esfuerzo diligente, nuestra disposición a sacrificarnos y nuestro deseo de hacer lo correcto. Seamos aquellos que actúan y no sobre quienes se actúa. Predicar está bien, pero los sermones que no conducen a la acción son como fuego sin calor o como el agua que no sacia la sed.

Es en la aplicación de la doctrina que la llama purificadora del Evangelio crece y el poder del sacerdocio enciende nuestras almas.

Thomas Edison, el hombre que cubrió el mundo de brillante luz eléctrica, dijo que “el valor de una idea reside en el uso de la misma”4. De la misma manera, la doctrina del Evangelio se hace más valiosa cuando se pone en práctica.

No debemos permitir que las doctrinas del sacerdocio permanezcan latentes en nuestros corazones y sin que se apliquen en nuestras vidas. Si hay algún matrimonio o alguna familia que necesite ser rescatada, tal vez aún la nuestra, no sólo esperemos y veamos. Más bien, demos gracias a Dios por el plan de felicidad que incluye la fe, el arrepentimiento, el perdón y los nuevos comienzos. La aplicación de la doctrina del sacerdocio nos ayudará a ser esposos, padres e hijos que entienden el porqué del sacerdocio y su poder para recuperar y proteger la belleza y la santidad de las familias eternas.

La conferencia general siempre es un buen momento tanto para oír como para hacer. Por lo tanto, seamos “hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores”5. Hermanos, los invito a considerar las palabras de los siervos de Dios este fin de semana; entonces arrodíllense y pídanle a Dios, nuestro Padre Celestial, que ilumine su mente y conmueva su corazón. Supliquen a Dios por guía en sus vidas diarias, en sus responsabilidades en la Iglesia y en sus desafíos específicos. Sigan los susurros del Espíritu, no los posterguen. Si hacen todo esto, les prometo que el Señor no los dejará caminar solos.

Continuar con paciencia

Sabemos que a pesar de nuestras mejores intenciones, las cosas no siempre salen según lo planeado. Cometemos errores en la vida y en nuestro servicio en el sacerdocio. De vez en cuando tropezamos y no alcanzamos hacerlo todo.

Cuando el Señor nos aconseja que “[continuemos] con paciencia hasta [perfeccionarnos]”6, Él está reconociendo que se necesita tiempo y perseverancia. Entender el porqué del Evangelio y el porqué del sacerdocio nos ayudará a ver el propósito divino de todo esto; nos dará motivación y fortaleza para hacer lo correcto, aun cuando sea difícil. Mantenernos centrados en los principios básicos de vivir el Evangelio nos bendecirá con claridad, sabiduría y dirección.

“¿No hemos de seguir adelante en una causa tan grande?”7. ¡Sí, hermanos, lo haremos!

Guiados por el Espíritu Santo, aprenderemos de nuestros errores. Si tropezamos, nos levantaremos; si fallamos, seguiremos adelante. Nunca dudaremos, nunca nos daremos por vencidos.

Como una poderosa hermandad del sacerdocio sempiterno de Dios, estaremos juntos, hombro a hombro, centrados en los principios del evangelio restaurado de Jesucristo y sirviendo con gratitud a nuestro Dios y al prójimo con dedicación y amor.

¡Dios vive!

Mis queridos hermanos, les testifico en este día que Dios el Padre y Su Hijo Jesucristo viven. ¡Son reales! ¡Ellos están allí!

Ustedes no están solos. Su Padre Celestial se preocupa por ustedes y desea bendecirlos y sostenerlos en rectitud.

Tengan la certeza de que Dios habla a la humanidad en nuestra época. ¡Él les hablará a ustedes!

El profeta José Smith vio lo que dijo que vio. La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días se ha restaurado en la tierra por el poder y la autoridad del Dios Todopoderoso.

Mi ruego es que como poseedores de Su sacerdocio, siempre estemos en sintonía con el porqué del servicio en el sacerdocio y utilicemos los principios del Evangelio restaurado para transformar nuestra vida y la vida de aquellos a quienes servimos.

Al hacerlo, el infinito poder de la Expiación purificará, limpiará y refinará nuestro espíritu y carácter hasta que lleguemos a ser los hombres que debemos ser. De ello testifico, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

Mostrar referencias

  1.  

    1.  Mateo 7:18.

  2.  

    2. Thomas S. Monson, “Aprendamos, hagamos, seamos”, Liahona, noviembre de 2008, pág. 60.

  3.  

    3.  Doctrina y Convenios 84:88.

  4.  

    4. Véase Thomas Edison, en Elbert Hubbard, Little Journeys to the Homes of Good Men and Great, Libro 2, 1910, pág. 155.

  5.  

    5.  Santiago 1:22.

  6.  

    6.  Doctrina y Convenios 67:13.

  7.  

    7.  Doctrina y Convenios 128:22.